La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 42 de 45

Páginas del PDF

La librera y el hereje

Capítulo XLI

 

El aire anhela lanzar vapores nocivos contra el hombre maligno. El mar anhela arrollarlo con sus olas, las montañas caer sobre él, los valles alzarse hacia él, la tierra abrirse bajo sus pies, el infierno engullirlo cuando caiga de cabeza, los demonios arrojarlo a abismos de llamas eternas.

SIR TOMÁS MORO escribiendo desde la cárcel de la Torre sobre

William Tyndale

 

—¿ odéis transmitir un mensaje por mí? —suplicó Kate al guardia que le llevó el P

tazón de caldo aguado de la casa de beneficencia—. A un capitán de barco llamado Tom Lasser. Su barco está atracado en el Steelyard. Es El canto de la sirena.

—¿Tengo yo cara de mensajero? —rugió el guardia. Dejó bruscamente el tazón, derramando parte del caldo.

—El capitán Lasser os pagará por la información. Es un hombre muy generoso. Por favor —rogó—. Decidle que Kate Frith está prisionera en Newgate.

Ver el caldo le dio náuseas. Ya se formaba una capa verde en su superficie. Lo apartó con la mano para no tener que mirarlo. Quizá llegara la hora en que se alegrara de ver incluso eso. Pero todavía no.

El guardia la miró a ella y después al tazón.

—Lo dejaré por si cambiáis de idea. —Las llaves tintinaban en su mano y la puerta estaba entreabierta.

Es demasiado corpulento. No llegarías ni al patio.

—¿Frith? Es un apellido corriente —observó—. Aquí hemos tenido a otro Frith. No ha estado mucho tiempo.

A Kate le dio un vuelco el corazón, y luego otro.

—¿Decís que lo habéis tenido aquí?

—Se ha marchado esta mañana.

El aire quedó atrapado en el pecho de Kate.

—¿Se llamaba John? ¿Era joven? ¿No había cumplido aún los treinta?

—Era difícil saberlo debajo de semejante barba. No recuerdo su nombre de pila. Era raro. —Movió el dedo en círculo junto a la sien, un gesto de mofa—. Hablaba solo. Básicamente decía cosas incomprensibles.

—No es raro. Es brillante. Es un hombre amable y maravilloso cuyo único delito ha sido proporcionar a la gente libros que pueda leer en su propia lengua.

—¿Es pariente vuestro?

Si John estaba allí cuando la encerraron a ella, ¿por qué no había percibido su cercanía?

—Es mi marido —contestó.

Él la miró con atención, como si de pronto ella le interesase.

—¿Sabéis adónde lo han llevado? —preguntó.

Él desvió la mirada y su expresión se suavizó.

Dios, te lo ruego, que eso que hay en sus ojos no sea lástima.

—Decidme adónde lo han llevado. Tengo que saberlo.

—A Smithfield. Lo han llevado a Smithfield —respondió él, circunspecto.

Sus palabras resonaron en la cabeza de Kate como las campanas de St. Mary-le-Bow, y el suelo se onduló bajo sus pies a cada sílaba. «¡Smith-field! ¡Smith-field! ¡Smith-field!» Las paredes oscilaron al ritmo de las palabras en su cabeza. El mundo se desintegraba en torno a ella, desprendiéndose la esperanza hebra a hebra, dejando en su mente una maraña de lana enredada.

Una mujer gritaba en algún sitio.

 

No era un viernes cualquiera para sir Tomás: 4 de julio de 1533. Un día de celebración. Un día de expiación. El único día más digno de celebración sería el día en que las llamas consumieran a William Tyndale, deteniendo su pluma vil para siempre. Esperó que ese día llegara pronto. Esperó también vivir para verlo. Cuthbert le había advertido que Cromwell investigaba a la santa Doncella de Kent en busca de indicios de traición. Tomás se había reunido con Elizabeth Barton en más de una ocasión, hecho que Cromwell sin duda descubriría. El Parlamento se había vuelto contra la Iglesia. Incluso los obispos habían perdido el valor. Eran todos unos cobardes. Era solo cuestión de tiempo. Él preparaba ya a su familia para lo inevitable, llegando al punto de escenificar un ensayo de su arresto una noche durante la cena, cuando estaban sentados a la mesa. Había sido aleccionador observar la reacción de todos ellos.

Pero ese día no pensaría en eso, se dijo, cuando, con el flagelo, entró en su capilla privada. El sol habría alcanzado ya su cenit. Estarían prendiendo la hoguera. Cerró los ojos e inhaló como si pudiera llenarse los pulmones del humo de la leña y el pelo y la carne en llamas. Alzó su pequeña tralla y sintió el primer azote de dolor en los hombros. Luego otro. Y otro, hasta que un estremecimiento de éxtasis recorrió su cuerpo.

John Frith sentía una extraña calma cuando los soldados los condujeron a él y al joven aprendiz Andrew Hewet, que moriría con él, a aquella única estaca justo al otro lado de la muralla de Londres. El sol, como si fuera incapaz de contemplar directamente tal abominación, ocultó su tórrida cara de julio detrás de una bruma vaporosa en un cielo blanquecino. John susurró a su compañero las palabras que Tyndale había escrito en su última carta:

—Si el dolor es superior a vuestras fuerzas, Andrew, recordad: «Todo aquello que pidáis en mi nombre, os lo concederé». Rogad al Padre en ese nombre, y Él aliviará nuestro dolor.

John se había aferrado a esas palabras aquellos últimos días como un hombre a punto de ahogarse en la inmensidad del mar se aferra a un madero, suplicando que no le flaqueara el valor, que su actitud transmitiera fuerza y consuelo al otro hombre. El aprendiz asintió con los labios apretados y cerró los ojos cuando lo obligaron a subir, a él primero, a la inestable plataforma de madera y lo ataron a la estaca de espaldas a la muchedumbre.

Cuando le llegó el turno a John, lo ataron a la misma estaca, de cara a la multitud. Cuando sus manos amarradas encontraron las de su compañero, percibió su temblor. John le cogió dos dedos con dos de los suyos.

—Bienaventurado sois cuando por Mi causa os vituperen y os persigan —susurró John. El temblor no cesó.

Cuando le sujetaron el cuello y la cadera a la estaca, John contempló al gentío. Salvo por el rector que estaba al frente de la quema, no lo miraba ningún rostro conocido. Eso era de agradecer. Esta última soledad no podía compartirla. Si se hubiese visto obligado a presenciar el horror en el rostro de Kate, ese horror habría penetrado en su propio corazón, y entonces no habría podido soportar cumplir con su obligación. La imaginó a salvo y lejos, como si la mujer inclinada sobre su bordado en la Casa Inglesa de Amberes fuese alguien a quien había amado en otra vida. Tyndale había prometido cuidar de ella. Y si Tyndale seguía los pasos de él, allí estaría el capitán Lasser para velar por ella.

El rector hizo una seña con la cabeza y los dos soldados, uno a cada lado de la estaca, hundieron las antorchas encendidas en el círculo exterior de broza. Un murmullo se elevó de la muchedumbre como si fuera un coro, y una valiente voz se elevó por encima de las demás:

—Soltadlos. No han hecho nada malo.

—No sintáis más piedad por ellos que por los perros —amonestó el rector al gentío.

Se levantó un viento surgido de ninguna parte que revolvió la barba a John, agitó un mechón de pelo ante su cara e hizo flamear su capa suelta. Se alegró de haber escondido los dos chelines que habrían servido para pagar el pasaje de regreso a casa en el dobladillo de aquella sencilla prenda de lino. Actuarían de lastre hasta que el fuego de la broza alcanzara el dobladillo. Para cuando la capa ardiese, las llamas cubrirían ya su desnudez.

—Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos —vociferó a pleno pulmón. Iría a la muerte con las Sagradas Escrituras en inglés en los labios.

Los presentes lo miraron con los ojos muy abiertos: algunos con curiosidad, otros con miedo, otros con estupefacción, sin querer estar allí pero incapaces de marcharse. Algunos se regodeaban. John se dio cuenta por la manera en que se relamían los labios. Algunos contenían las lágrimas. Otros apartaban la mirada. Él se compadeció de todos ellos, y rogó a Dios que tuviera la misericordia de perdonar al rector y al obispo Stokesley y a Tomás Moro. Él no se presentaría ante Dios con odio en el corazón.

—Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.

Incluso a él le sorprendió que su voz resonara tan claramente sin delatar el temblor que sentía en su interior.

La leña había sido apilada en forma de alta pirámide y la plataforma estaba impregnada de brea. Apretó más la mano de Andrew cuando las llamas se elevaron entre la yesca seca con un chasquido y una lluvia de chispas.

—Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia — gritó Andrew detrás de John. Las llamas prendieron su ropa.

—Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios —contestó John—. Bienaventurados los… —Pero el calor y el humo le cortaron la respiración y ya no pudo acabar su respuesta.

Sintió que la mano de Andrew quedaba flácida en la suya y se alegró.

—Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos —entonó una voz entre la muchedumbre.

Pero John no la escuchó.

 

El Steelyard no quedaba muy lejos de su camino, pensó el guardia al acabar su turno y marcharse a casa. Le había dicho que el capitán pagaría. Pero incluso si no lo hacía, las circunstancias de la mujer habían despertado algo parecido a la compasión en su corazón tan encallecido como sus propias manos. A causa de sus lamentos y su llanto histérico había acabado en el pabellón de mujeres con las otras locas que debían permanecer encadenadas. Pero cuando llegó la matrona, se dejó llevar como un corderito. Él había visto llegar al pabellón de las locas a otras mujeres con esa misma mirada fija. Solo salían envueltas en una sábana sucia.

Cuando llegó al Steelyard, recorrió el muelle con la mirada en busca de un barco llamado El canto de la sirena, pero no vio ninguno con ese nombre. Encogiéndose de hombros, se dio la vuelta y se encaminó hacia su casa, sintiendo una vaga curiosidad por el casco quemado de un barco que se mecía en el agua como un pato muerto. Por lo visto, la mala suerte estaba muy extendida últimamente.

 

Cuando Tom Lasser leyó la nota que Kate le había dejado, un temor como el lastre de un ancla se abatió sobre él. Kate debía de andar de cárcel en cárcel buscando a su marido como en otro tiempo había buscado a su hermano, pero esta vez no había vuelto. Intentó consolarse con la idea de que quizá había encontrado a John y sencillamente se había negado a marchar, quizá incluso había convencido a algún guardia para que le permitiera quedarse al lado de su esposo. Empezaría preguntando en las cárceles. Pero no fue más allá de Fleet.

No, allí no había nadie llamado John Frith, ni se había interesado por él ninguna mujer ni nadie durante su turno. Había sido un día de poca actividad. Todo el mundo había ido a Smithfield para presenciar la ejecución de aquellos dos herejes.

Dios mío, pensó. Que no esté ella allí. Que no lo haya encontrado precisamente a tiempo de verlo arder.

Olió el humo antes de llegar a la puerta de la ciudad y el estómago se le revolvió a causa del nauseabundo hedor. El gentío se apartó cuando él se abrió paso hacia la hoguera, llamando a gritos a Kate. Nadie contestó.

Para cuando llegó a la gran pirámide de fuego, las llamas se elevaban a tal altura y el calor y la pestilencia eran tan intensos que los asistentes, uno por uno, empezaron a marcharse. Nada quedaba de John Frith que pudiera reconocerse. Los dos cuerpos carbonizados amarrados a la estaca no parecían humanos. Al menos Kate no estaba allí para verlo, pensó, a la vez que, volviéndose a un lado, arrojaba el contenido de su estómago en la tierra cubierta de ceniza. Una lluvia de chispas traspasó la tela de su jubón. Después descubriría las pequeñas ampollas en la piel, pero en ese momento no sintió nada más que espanto al apartarse del fuego para reanudar su búsqueda.

¿Qué diría a Kate cuando la encontrara? Si es que la encontraba.

 

Kate estaba en su pequeña habitación encima de la tienda.

—¿Cómo he llegado aquí? —preguntó.

Pero aquello no era real. No era más que otro sueño fruto de la fiebre. Al despertar, oiría los gritos de la loca Maud y vería a Sal acurrucada en el rincón de la celda, babeando encima de su muñeca de trapo.

—Os encontró Endor. Ella sabía dónde buscar.

Era la voz del capitán, muy lejana. Y no era la loca Maud quien estaba inclinada sobre ella. Era Endor. Su queridísima Endor, que sostenía un tazón de caldo humeante ante ella. Olía a pollo. El caldo de sus sueños no olía a nada, y ella nunca lo probaba.

Tampoco ahora lo probó. Se sumió profundamente en la fiebre abrasadora.

Cuando Kate despertó más tarde, Endor seguía allí, pero la mano apoyada en su frente era la del capitán.

—Le ha bajado la temperatura —dictaminó él—. Prueba otra vez con el caldo.

Kate sintió en su espalda el brazo de él cuando la ayudó a incorporarse. Tomó un sorbo de caldo. Sabía bien, pero se percibía el regusto del remedio de Endor. Tosió, escupiendo el líquido, y cuando recobró el aliento preguntó:

—¿Cuánto hace que estoy aquí?

—Dos semanas —respondió el capitán.

¡Dos semanas!

—¡John! ¿Habéis encontrado a John? —Intentó erguirse, pero se desplomó de nuevo contra el fuerte brazo, que la depositó en la almohada—. Llevadme con él.

El capitán retiró el brazo de detrás de su espalda y se irguió, agachando la cabeza bajo el techo abuhardillado. No la miró. Se limitó a respirar hondo, posando la mirada en un nido de golondrina abandonado al otro lado de la estrecha ventana. No dijo nada. No era necesario.

—Está muerto. John ha muerto, ¿no?

—Kate, yo…

—Lo han matado.

Tom se arrodilló junto a la cama y le cogió la mano, pero ella la retiró bruscamente, como si negándose a aceptar su consuelo pudiera anular la certidumbre.

—¿Fue…? —Pero ni siquiera pudo articular las palabras.

—Murió en paz, y con vuestro nombre en los labios. —Parecían unas palabras ensayadas. Tom hizo pliegues en la colcha con sus largos dedos.

El nido abandonado bajo el alero se convirtió de pronto en lo más triste que Kate había visto en su vida.

—Mentís, Tom Lasser —susurró—. Conozco a mi marido. Si algún nombre tenía en los labios cuando murió, era el de Dios. Siempre amó su trabajo más que a mí.

—Entonces era un necio —afirmó el capitán con tal amargura que ella también sintió pena por él.

—No. No era un necio —replicó Kate—. A mí me amaba, me consta. Sencillamente pertenecía a Dios. Yo solo lo tuve en préstamo durante un tiempo.

Permanecieron un rato en silencio.

Endor la miró con expresión de sabiduría y complicidad en los ojos. Le acercó otra vez el caldo a los labios. Pero Kate negó con la cabeza.

—¿Quedó… algo? —preguntó.

Tom hizo un gesto de impotencia con las manos.

—Unas… cenizas, algún pequeño trozo de hueso. Sir Humphrey y yo recogimos lo que pudimos y lo enterramos en el camposanto de la iglesia de St. Dunstan, donde antes predicaba Tyndale.

¡Tyndale! La última vez que vio a su marido, Tyndale estaba con ella mientras lo despedían desde el puerto. Si en ese momento hubiera viajado Tyndale, habría muerto él y no John. ¿Pensaría él eso cuando se enterara?

—¿Lo sabe Tyndale?

—A estas alturas seguro que sí.

Kate asintió, preguntándose por qué no lloraba. Tenía los ojos tan secos que le dolían.

—Me parece que ahora quiero dormir —dijo, siendo su único deseo que ellos la dejaran sola. No era mentira. Quería dormir eternamente.