La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 24 de 45

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La librera y el hereje

Capítulo XXIII

 

No hay hombre en Europa con mayor aptitud [que Tomás Moro] para dirigir malas palabras en buen latín.

OBISPO FRANCIS ATTERBURY,

anglicano del siglo XVII

 

Tomás Moro salió de la Cámara Estrellada tan excitado como un sabueso con las aletas del hocico abiertas al captar un rastro. El nuevo obispo de Londres estaba resultando ser un aliado mucho más valioso que su predecesor. Cuthbert Tunstall había sido un amigo y un hombre docto, pero carecía del estómago necesario para el cargo, en tanto que el obispo Stokesley había recordado a Tomás que atacar con palabras era meritorio, pero una amenaza como la herejía en realidad solo podía eliminarse con la hoguera. Tomás no podía estar más de acuerdo. Su verdadera labor se hallaba aún por realizar.

Ese día habían hecho un gran avance. Habían obtenido una confesión pública ante el tribunal de un tal George Constantine, un importante distribuidor de traducciones y tratados heréticos. Tras ciertas tácticas de persuasión en el jardín privado de Moro en Chelsea y un breve descanso en el cepo de la garita del portero, Constantine había sido generoso al prestar declaración en la Cámara Estrellada, ofreciendo los nombres de sus contactos, no solo en Inglaterra, sino también en Amberes. John Frith, autor de un atrevido y blasfemo tratado que presentaba al papa como el Anticristo de Roma, era uno de esos nombres. Otra cabeza joven y brillante perdida a causa de las influencias de Lutero: ese cacodemon, ese diablo de mierda.

De hecho, no se sorprendió cuando se enteró de que Frith se escondía en Amberes, ya que se sabía que era un protegido de Tyndale, y que aquello era un nido de herejes, sobre todo la Casa Inglesa. Hacía tiempo que lo sospechaba, pero la Corona de Inglaterra no tenía potestad en Flandes. Aunque las autoridades católicas cooperarían con mucho gusto, los tratados comerciales protegían a los ocupantes de la Casa Inglesa de toda injerencia extranjera. Lo que necesitaban era infiltrar a un espía, y ahora ya tenían a uno. Henry Phillips era un cobarde y también la clase de bazofia capaz de traicionar a su propio padre por dinero. Precisamente la clase de hombre que necesitaban. Y si Henry Phillips no se animaba a hacer algo mediante el soborno, podían obligarlo con la intimidación. Pero el obispo Stokesley había averiguado algo más a través de su red de espías. Algo inquietante.

Tomás cruzó las macizas puertas de Westminster Hall, deshaciéndose de la omnipresente multitud de suplicantes en el patio del Palacio Nuevo. «… ¡Sir Tomás Moro, me han agraviado! Sir Tomás. Busco justicia… tenéis fama de hombre justo…» Una mujer que no estaba dispuesta a pasar inadvertida se abrió camino entre la muchedumbre y le puso un paquete en las manos. «… Un regalo, sir Tomás, por pronunciar un veredicto justo en el caso de mi marido.» Él se detuvo solo el tiempo suficiente para devolvérselo —debía evitar a toda costa dar la impresión de que cedía al soborno; Wolsey ya había hecho bastante daño al cargo de canciller—, pero la mujer se esfumó tan pronto como había aparecido. Preocupado por la información que acababa de transmitirle el obispo Stokesley, ocultó el objeto bajo la toga oficial de su cargo y se olvidó de él. Tenía asuntos más importantes en que pensar.

Según el obispo, el rey llevaba a cabo indagaciones por su cuenta en relación con algunos de los hombres que, como él bien sabía, sir Tomás y Stokesley también perseguían. Eso inquietaba a Tomás. ¿Por qué no habría informado a su consejero jefe de que había enviado a un hombre llamado Stephen Vaughan a buscar el escondrijo de Frith y Tyndale? Temía que el soberano de Inglaterra llegara a ser más abierto de miras de lo que convenía. Sin duda, era por influencia de la Bolena.

O tal vez sencillamente se debía a que el rey no confiaba del todo en su nuevo canciller, e incluso lamentaba hasta cierto punto su elección. Tomás solo tenía que recordar la visita del rey a Chelsea hacía dos semanas para entender el origen de la frialdad entre su soberano y él. Tomás estaba podando los rosales mientras esperaba la llegada del mensajero real, que debía llevarle unos documentos para firmarlos, cuando de pronto Enrique se presentó en persona. Tomás no debería haberse sorprendido, pensó ahora; a Enrique le gustaba coger a sus cortesanos desprevenidos. En tales circunstancias era cuando más peligroso resultaba.

—Tomás —saludó con su tono más cordial y desenfadado—. Me moría de ganas de disfrutar de una compañía ingeniosa y se me ha ocurrido traerte esto en persona. —Agitó un legajo de pergaminos por encima de la cabeza.

Tomás se limpió las manos en el blusón, cohibido por la sencillez de su atuendo, pensando en lo mal preparada que estaba su casa para recibir al rey, cuyo séquito debía de permanecer en la pequeña barcaza del puerto, aguardando hospitalidad. Pero eso el rey lo sabía. Había formado parte de su estrategia desde el principio, para tener ventaja.

Enrique hizo un comentario sobre la belleza de los amplios jardines de Chelsea como si se hubiera dejado caer allí para visitar a un viejo amigo.

—Podemos sentarnos en esa bonita mesa de picnic bajo el sauce. No es necesario molestar a tu señora con cuestiones de hospitalidad. —Rodeó el hombro de Tomás con el brazo mientras caminaban, riendo y bromeando sobre la última pulla del bufón de la corte—. Tendrías que haber visto la expresión en la cara de Brandon cuando Will Somers se mofó de él.

Pero Tomás sabía que cuando el rey se mostraba afable y jocoso para relajar a un hombre, era el momento en que dicho hombre más debía ponerse en guardia. Se sentaron en el banco del jardín bajo la luz moteada, y Tomás leyó por encima los documentos de la corte, firmándolos uno por uno: una orden para aumentar el suministro de forraje destinado a las cuadras reales —las lluvias de esa primavera habían echado a perder gran parte de los pastos—; un nuevo tributo para la exportación de lana —eso no iba a gustar a los comerciantes textiles, pero el Parlamento lo había aprobado a instancias de Moro—; en su mayor parte asuntos prosaicos y cotidianos que podría haberle llevado un mensajero.

—Ah, me parece que hay uno más. —Enrique había plantado el pergamino enrollado ante él—. Esto es un remanso de paz, canciller —dijo, contemplando el río —. Eres un hombre con suerte.

Tomás miró la petición con su ilustración dorada y su regia caligrafía negra. Eso no era un asunto de Estado rutinario. Era un documento instando al papa a «declarar por vuestra autoridad lo que tantos hombres doctos proclaman», a saber, que el matrimonio de Enrique y Catalina de Aragón era ilícito y debía anularse, dejando así al rey la libertad de contraer nupcias de nuevo. Seguían dos columnas de nombres, nombres de eruditos de universidades y eclesiásticos de renombre. A Moro no le extrañó ver algunos de ellos, como el de Thomas Cranmer. En cambio, otros, como el del obispo Stokesley, lo llevaron a vacilar por un momento en su determinación. ¿Qué lealtad tenía precedencia? ¿La lealtad a la Corona o la lealtad a la Iglesia? Pero en Tomás no había espacio para la duda. No podía contemporizar. Dejó la pluma y apartó el documento. Repudiar a la reina española equivalía a repudiar todo aquello que ella representaba. Y ella representaba a una Inglaterra católica.

—Vuestra majestad, con todo mi pesar debo recordaros que, en conciencia, no puedo firmar esto.

Enrique lo miró fijamente, entrecerrando los ojos hasta reducirlos a dos rendijas. Los músculos de su mandíbula formaron una tensa hilera de nudos. No dijo nada. Un arrendajo en el árbol por encima de ellos expresó con un graznido una especie de protesta, o advertencia.

—Vuestra majestad conoce mi opinión al respecto desde hace tiempo.

La sonrisa de Enrique se tensó. Retiró la petición y, enrollándola apretadamente, se la metió en el jubón.

—No te pediríamos que actuaras contra tu conciencia, maese Moro. Pensaba que tal vez simplemente podías prestar tu firma… una entre tantas, todas de hombres con conciencia… a este último intento de presentar al papa… como un favor a tu rey.

¿Último intento? ¿Significaba eso que renunciaba si la petición no convencía a su santidad de que el matrimonio debía anularse?

—Como vos mismo decís, majestad, es una entre tantas. La firma de un laico no se echará de menos.

—Laico o no, es la firma del canciller de Inglaterra. —Enrique se permitió una brusca palmada en la rodilla antes de adoptar una actitud más despreocupada, como si no tuviera la menor importancia que su canciller fuese un obstáculo para alcanzar su mayor deseo—. Pero es intrascendente. Si esto no da resultado, quizá busque una vía de actuación más eficaz.

Decidió no hacer partícipe a su canciller de cuál era esa vía de actuación más eficaz, pero Tomás no tuvo que preguntarlo. En torno a la Bolena había consejeros que vertían veneno en los oídos del rey, asegurándole que el papa no tenía autoridad sobre un rey ungido, asegurándole que Inglaterra podía cortar sus lazos con Roma.

El rey se despidió bruscamente y desde entonces no había vuelto a hablar con Tomás. Pero comoquiera que fuese, Tomás no iba a dejarse distraer por ese recuerdo ni flojearía en su determinación. Ese día habían hecho un gran avance. Si podían romper el grueso de la cadena de contrabando y quemar a unos cuantos proveedores, el mundo recuperaría su debido orden.

Tomás llamó a su barquero, que descansaba junto al embarcadero de Westminster Stairs. Mientras bogaban en dirección a Chelsea, recordó el paquete que llevaba bajo la toga. Lo sacó y lo desenvolvió bajo la atenta mirada de su barquero.

—¿Un regalo para vuestra esposa? —preguntó Richard, el barquero.

—No, un regalo de una mujer para cuyo marido el tribunal dictaminó una sentencia favorable.

—¿Ah, sí? —Richard se mostró sorprendido.

—Una sentencia justa. —Sir Tomás respondió a la pregunta no formulada.

Era un jarrón de plata de calidad mediocre. Reportaría unas cuantas libras en el mercado. Lo vendería y entregaría el dinero a la casa de beneficencia. Envolvió otra vez el jarrón y cerró los ojos para dormir un poco en el largo camino de vuelta a casa.

 

El capitán Lasser observó a Kate Frith mientras esta comía su guiso de pescado con menos entusiasmo del que él recordaba. Advirtiendo el nerviosismo en sus manos, la vio cambiada de un modo que no podía precisar. Se preguntó si era feliz en su vida de exilio. A su marido se lo veía igual, o prácticamente igual que antes, como si hubiera tomado un elixir mágico de una fuente de perpetua alegría. Su personalidad exhibía esa misma calidez contagiosa por la que era difícil sentir aversión por él, pese a que algo dentro de Tom lo intentaba. Lo intentaba de verdad.

—¿Habéis encontrado trabajo en la contaduría de Amberes, pues? ¿Os basta con eso? Yo podría hablar…

—Ah, no, os aseguro que nos las arreglaremos. Pese a que el Kontor no es más que una contaduría subsidiaria, tienen trabajo más que suficiente, pero no es el trabajo que yo deseo hacer. En cuanto mi amigo Tyndale regrese a Amberes, no daré abasto.

—Me extrañaría que Tyndale pueda pagaros. Quiero decir… sé que sus traducciones y tratados se venden bien. Al fin y al cabo, he transportado muchos de ellos. Pero son muy baratos, y es probable que tenga problemas para imprimir a precio de mercado dado el riesgo que eso implica para el impresor.

—Ah, no espero pago alguno. Hay cosas que uno hace porque sí —dijo Frith, con cierta ampulosidad, o eso pensó Tom—. Espero ahorrar lo suficiente para que cuando él llegue a Amberes, mi mujer y yo podamos arreglárnoslas. De momento solo somos nosotros dos.

Tom advirtió cómo cerraba Kate los ojos al oír estas palabras. En realidad, fue solo un lento parpadeo, pero a la vez apartó la vista de su marido, como si no soportara oírlas.

Abochornado por entrometerse en un dolor privado, Tom también desvió la mirada. Al otro lado del ojo de buey, donde tenía que estar el cielo azul, se alzaba una pared de roca escarpada.

—Estamos entrando en el cañón. Aquí el canal se estrecha. Mejor será que suba a cubierta. —Luego añadió—: Quizá queráis acompañarme. La vista de los acantilados es tan magnífica como cualquier catedral.

—Quiero charlar con Endor —dijo Kate. No miró a su marido al agregar—: Sube tú, John.

A Tom le sonó a rechazo, pero John no pareció darse por aludido. Dio a su mujer un beso expeditivo en la mejilla y siguió a Tom por la escalerilla.

 

—Me alegro de volver a verte, Endor. ¿Has estado bien? —preguntó Kate después de que los dos hombres se fueran.

Endor movió la cabeza en un solemne gesto de asentimiento y, desplegando una sonrisa, cogió a Kate de la mano y le dio unas palmadas para indicar que sí, que estaba bien y además contenta. Alzó la copa de vino de Kate con una expresión interrogativa en la mirada.

—No. Más vino, no. Pero querría un poco de agua. —Luego, dándose cuenta de que no era fácil disponer de agua dulce en el mar, añadió—: Si hay.

Endor sonrió y asintió; luego cogió la copa de Kate y la colocó bajo el grifo de un pequeño barril de madera colgado de la pared. Kate había supuesto que contenía cerveza.

—¿Quieres sentarte un rato conmigo? —preguntó cuando Endor le entregó el agua.

Con cierta sorpresa, pero complacida, Endor se sentó a la mesa frente a Kate, no recostada contra el respaldo de la silla, sino en el borde como un ave a punto de levantar el vuelo.

—Pienso en ti a menudo. —Kate se llevó la mano bajo el corpiño y sacó el emblema de santa Ana que llevaba colgado al cuello—. Tengo esto para acordarme de ti.

Endor sonrió y asintió.

Kate volvió a dejar el colgante bajo la camisola, sintiendo el frescor del metal cuando se deslizó entre sus pechos; a continuación puso las manos en la mesa para detener el movimiento nervioso de sus dedos. Deslizó muy suavemente las yemas de los índices por los lisos contornos de las tablas de la mesa. Sin saber por dónde empezar, respiró hondo el aire del mar mezclado con los olores a aceite de linaza y a madera vieja. Endor la miró con actitud expectante. Los sonidos amortiguados del agua al lamer el casco del buque penetraban en el silencio.

—Ahora tenemos otra cosa en común, Endor —dijo—. Yo también he perdido a un niño.

Endor alargó los brazos por encima de la mesa y apoyó las manos en las de ella. Las tenía ásperas, fuertes y reconfortantes. La copa de agua permanecía justo a la derecha de sus manos unidas.

—Fue muy doloroso para mí —prosiguió Kate, procurando que no se le quebrara la voz.

Endor asintió y cerró los ojos; luego sacudió la cabeza como si se quitara de encima un recuerdo.

Kate retiró la mano de debajo de la de Endor y, tras coger la copa, bebió un trago. Era transparente y estaba fría, llena todavía casi hasta el borde. Vio sus propios ojos reflejados en ella cuando se la llevó a los labios. No había otra manera de decirlo más que preguntar. Sencillamente preguntar.

—¿Fue eso lo que viste la otra vez en el agua, Endor? ¿Sabías que perdería a mi hijo?

Endor ensanchó los ojos y apretó los labios formando una tensa línea. Retiró la mano de la mesa y se acercó aún más al borde del asiento, dispuesta a huir. Kate recordó lo mucho que se había alterado la otra vez. No debía pedirle que volviera a hacerlo. Sería un pecado, no solo una mancha en su propia alma, sino también en el alma de Endor. Y eso estaba prohibido. Como traficar con Biblias en inglés, una transgresión digna de la hoguera. No permitirás que viva una bruja, decía la Biblia. Pero desde luego Endor no era una bruja. Simplemente tenía un don. Quizá era Dios quien le había concedido ese don. En ella no había la menor maldad.

Kate dejó la copa en medio de la mesa.

—¿Tendré otro hijo? —susurró.

Endor permaneció inmóvil; esta vez fue Kate quien se puso en pie y, alterada, se dio la vuelta. No debería haberlo preguntado, estaba decidida a abstenerse. Se le habían escapado las palabras.

—Perdona. No tengo derecho…

Sintió un tirón en la manga, instándola a sentarse de nuevo. Endor asintió, y acto seguido, rodeando con las manos el pie de la copa, se la acercó. Fijó la mirada en el agua. Kate contuvo el aliento, pero Endor se limitó a cabecear ligeramente. A continuación cerró los ojos y, cuando los abrió, volvió a mirar dentro de la copa sin parpadear, con cara de profunda concentración. Kate no era consciente de que ella misma, a imagen de Endor, no parpadeaba, hasta que los ojos empezaron a escocerle y a llorar. Endor sonrió y se apresuró a asentir con aquella barbilla pequeña y afilada suya. Alzó un dedo.

—Un hijo —exclamó Kate, casi sin respiración—. Has visto un hijo.

Endor asintió y se señaló los ojos con dos dedos, luego el ojo de buey, luego los ojos otra vez.

Kate negó con la cabeza.

—No lo entiendo.

Endor volvió a señalarse los ojos.

—Mi hijo tendrá… ojos…

Endor señaló el mapa colgado en la pared al lado del barril de agua. Era un mapamundi azul.

—¡Mi hijo… tendrá ojos azules!

La pequeña y afilada barbilla osciló de nuevo.

—Pero John tiene los ojos castaños y yo verdes… cómo… bah, da igual. Por mí como si los tiene de color violeta. Gracias, Endor. Gracias —dijo, y estrechó a la mujer.

Endor asintió y se encogió de hombros como para quitarle importancia.

 

Aquella noche, horas más tarde, Endor, aún despierta, contemplaba el cielo de terciopelo estrellado a través de la porción de noche enmarcada por su puerta abierta, a la vez que escuchaba los ruidos nocturnos: el chirrido de los cabos del ancla contra el casco, los crujidos de las tablas, las risas de la guardia de noche mientras jugaban a los dados. Lo que le impedía conciliar el sueño no eran esos sonidos ya conocidos, sino una leve punzada de culpabilidad. Desde aquella última vez que el capitán le había pedido que mirara dentro de la sopera, había rezado para que desapareciera el don de la segunda visión. Le llenaba el corazón de angustia. Desconfiando de sus plegarias, no había vuelto a posar la mirada en aguas quietas el tiempo suficiente para tener sus visiones.

Hasta esa noche.

Endor sentía el dolor de la mujer en su propio corazón. ¿Cómo no iba a ofrecerle el poco consuelo que podía darle? Y, sin embargo, parecía que el Dios silencioso e incognoscible que había esparcido esos millones de estrellas por el firmamento había atendido por fin sus plegarias.

Ya que lo único que Endor había visto era el reflejo de sus propios ojos azules.

El camarote estaba a oscuras cuando John volvió. La luz de la luna, filtrándose a través del ojo de buey, creaba una penumbra fantasmagórica. Kate dormía en el estrecho camastro, con el pelo extendido sobre la almohada. A no ser por el rítmico movimiento de su respiración, toda ella podría haber sido un sueño. Él le acarició el pelo con delicadeza. Ella se movió pero no despertó. Él anheló sentir su cuerpo junto al suyo, tal y como imaginaba que el señor griego del inframundo debió de anhelar a Perséfone, David a Betsabé, Menelao a su Helena secuestrada. Era casi irresistible.

Casi. Porque lo único que necesitaba John Frith para sofocar su virilidad era el recuerdo del vestido ensangrentado en un rebujo húmedo y arrugado en el suelo y la imagen del rostro de Kate, rojo e hinchado por el llanto, la tristeza en sus ojos, todavía presente. Sabía que cada vez que él se retraía, ella lo consideraba una actitud egoísta por su parte, egoísta porque estaba tan absorto en su trabajo y sus objetivos que no quería compartir su vida con hijos. Por eso ella siempre le mencionaba a Lutero, recordándole de manera indirecta que el gran doctor Martín Lutero tenía hijos y, aun así, encontraba tiempo para el trabajo.

Extendió las mantas en el suelo y se acostó en ellas, procurando no molestarla. No quería ver la acusación en sus ojos cuando él le diera la espalda. Mientras yacía despierto, oía la respiración acompasada de ella, exhalando su aliento suavemente en la quietud del camarote, y escuchaba también la respiración del mar cuando besaba el barco. Deseó apretar sus labios contra los de ella, absorber el aliento de su esposa en su cuerpo, inhalar su espíritu para unirlo al suyo. Quiso poseer su alma para que no pudiera haber división alguna entre ambos.

Entró en un duermevela y soñó que era Ulises, solo, un náufrago que flotaba sobre un ancho tablón en un mar infinito. Iba a la deriva hacia una costa anhelada que veía pero nunca alcanzaba. Poco antes del alba, despertó y la encontró tendida a su lado en el suelo. Ella susurró su nombre y él abrió los brazos para envolverla. Era Betsabé. Era Perséfone. Era Helena. Ejercía una atracción irresistible.