La librera y el hereje
Capítulo XVIII
Es y ha sido mi más firme deseo devolver la religión de Cristo a su pureza primitiva y dedicar todo el talento y los recursos de que dispongo a extinguir la herejía y dar libre curso a la Palabra del Señor.
El joven Enrique VIII en una carta a Erasmo
Para cuando El canto de la sirena se acercaba al estuario, Kate ya empezaba a sentirse bien y pudo apreciar la puesta de sol. Sería la última de su travesía, y sorprendentemente eso la entristeció. El resplandor reflejado bañaba en luz roja, malva y anaranjada, las velas parduscas de docenas de barcos y teñía la superficie del mar de un sinfín de colores. Ante tal espectáculo, casi se le cortó la respiración.
—Parecen mariposas gigantes suspendidas por encima del mar —dijo a John.
—El río —la corrigió John—. Amberes en realidad está a orillas de río Escalda, y no del mar del Norte, del mismo modo que Londres está en el Támesis.
—El río Escalda —repitió ella, intentando envolver la lengua en torno a la palabra.
Maese Vaughan se reunió con ellos en el alcázar.
—El puerto más hermoso, y más concurrido, de Europa —comentó—. Debéis de alegraros de volver a casa, señora Gough. El color ha vuelto a vuestro hermoso rostro. Celebro que os encontréis mejor.
—Mucho mejor, gracias —respondió Kate.
Y no era mentira. Porque, al parecer, el espía del rey se había creído su historia. Por lo visto, lo habían conseguido, y eso, comprendió, se debía en gran medida al capitán Lasser. Lo observó dirigir el barco hacia el canal fluvial y luego río arriba hacia el puerto, con su rostro iluminado por una ligera sonrisa mientras rastreaba las aguas del canal en busca de las boyas indicadoras. Este sí es un hombre que ha encontrado su vocación, pensó, fijándose en todos los detalles: la forma en que sus amplias mangas se agitaban con la brisa marina, de color blanco azulado en contraste con el ocre de su jubón de ante; su postura de capitán, con los brazos extendidos sobre el timón, las piernas abiertas para mantener el equilibrio. Intentó imaginárselo con una sotana, el pelo moreno tonsurado en lugar de recogido y sujeto con una cinta, y casi soltó una carcajada. Si existía algún hombre poco apto para la Iglesia, ese era Tom Lasser. Probablemente tenía una mujer en cada puerto.
Endor había salido de su habitáculo para ver también ella la llegada al puerto. Orientó el rostro hacia la fina espuma que levantaba el barco en su estela, y Kate se alegró y sorprendió al ver su expresión de satisfacción, casi de dicha. Es feliz, pensó. Pese a sus circunstancias, es feliz. Kate casi envidió esa satisfacción en la mujer maltrecha. ¿Eso era efecto del sufrimiento?, se preguntó. ¿Le causaba a uno tal dolor que cuando este menguaba la satisfacción llegaba más fácilmente? O acaso le bastara con estar en presencia del hombre amado.
Se arriaron las últimas velas del barco y redujo la marcha, meciéndose suavemente en las estelas creadas por el tráfico fluvial. Minutos después topó contra el atracadero con un crujido y un gran chirrido de cabos en las poleas mientras el ancla caía y la pasarela descendía hacia el muelle. La luz crepuscular había menguado, dibujando en el cielo vetas de vivos colores naranja y morado y sumiendo en la sombra los almacenes del puerto. La gente iba apresuradamente de aquí para allá, vociferando en un idioma que ella no entendía y trajinando entre los carromatos y carretas que aguardaban la carga y descarga. Por todas partes los caballos chacoloteaban y relinchaban y los carreteros los maldecían impacientemente. Los sonidos del comercio la abrumaron.
Voces extrañas.
Edificios extraños.
Sintió una repentina añoranza de su casa, de algo, cualquier cosa que le resultara familiar. Aunque fuera el reducido camarote en el que había pasado las últimas cinco noches, acurrucada con John como dos cucharas en una alacena.
John se inclinó para coger el baúl de Kate, que ella tenía a sus pies.
—Yo me encargo de eso, caballero —se ofreció uno de los marineros, y antes de que John pudiera darle las gracias, se cargó al hombro el pesado baúl y empezó a cruzar la pasarela. Esa era la señal para que lo siguieran. Ha llegado la hora, pensó ella, y la invadió momentáneamente el pánico.
En su inquietud, se olvidó por completo de Endor hasta que la mujer se acercó a ella y, buscando a tientas la mano de Kate, le puso algo en la palma. Kate, sorprendida, bajó la vista y vio la tosca medalla de hojalata que Endor llevaba siempre colgada del cuello por medio de un cordel. Reconoció el emblema: una puerta con dos mujeres, una mayor, de pie, detrás de otra más joven que sostenía a un niño en su regazo. La madre de la Virgen María. La abuela de Jesús. Santa Ana. La santa patrona de las mujeres sin hijos. Kate experimentó un tirón atroz en el corazón. Un amuleto sagrado para una mujer que había perdido a un hijo, un obsequio a una mujer que deseaba un hijo. ¿Cómo podía ella conocer ese deseo? Kate no se lo había dicho. Pero era raro que una mujer no deseara hijos. Quizá Endor actuara solo basándose en una suposición.
—Gracias, Endor, pero no quiero dejarte sin medalla. Estarás perdida sin ella.
Endor, frunciendo el entrecejo, imitó el gesto de colgarse el collar al cuello y señaló a Kate.
—Ponéroslo —dijo el capitán—. Quiere que os lo quedéis. No estará contenta hasta que lo aceptéis.
Conque él había estado observando. Kate se mordió la lengua para no preguntar si él conocía la importancia de esa santa en concreto para una mujer pobre y sin hijos como Endor, pero naturalmente no podía hacerlo delante de Endor. Se la puso.
—La guardaré como un tesoro y recordaré siempre la amabilidad de la mujer que me la regaló —dijo—. Ahora me siento protegida.
Endor asintió con semblante sombrío, como si acabara de toparse con una catástrofe y se diera por satisfecha con haber hecho lo que estaba a su alcance. Esa expresión de satisfacción recordó a Kate la noche que Endor había salido corriendo del camarote después de mirar el agua en la sopera. El obsequio fue un claro recordatorio de que acaso necesitara protección —como si le hiciera falta un recordatorio estando tan cerca del agente del rey— y su peso tenía algo de tranquilizador. No era que se sintiese protegida por aquel trozo de hojalata sin ningún valor, sino que se sentía reconfortada por aquella mujer que tenía tan poco y parecía preocuparse tanto.
—Bien, capitán, muchas gracias por vuestra… —John no podía expresarse debidamente teniendo a Vaughan tan cerca—. Por vuestra amabilidad y hospitalidad.
Tendió la mano al capitán y se la estrechó efusivamente, como si intentara decir con ese apretón lo que no podía manifestar con palabras.
—Sí, capitán Lasser, os estamos muy agradecidos —añadió Kate, intentando decir con la mirada lo que no podía decir de viva voz.
—Visito este puerto con frecuencia. Si en el futuro necesitáis viajar alguna vez, buscad El canto de la sirena o preguntad en los muelles.
Lo dijo con naturalidad, como de pasada. A modo de cumplido. Una respuesta cortés. Como si fueran solo dos pasajeros que quizá él volviera a encontrar en adelante o quizá no… y, de hecho, eso eran.
Al notar la presión de la mano de John en la espalda, Kate se dejó guiar hacia la pasarela.
—Ahora camina con cuidado —recomendó él—. No es la mejor época del año para nadar.
En su voz no apreció el menor rastro de la inquietud que ella sentía. Como tampoco vio rastro alguno, al pisar muelle, del hombre que había cargado con su baúl. Recorrió a la muchedumbre con la mirada. Era un individuo de pelo castaño, ¿no? Sí, pelo castaño. Y llevaba un pañuelo azul en la cabeza en lugar de gorra. Seguía sintiendo la mano de John en la espalda, su presión firme e insistente cuando él apretó el paso.
Vaughan gritó en dirección a ellos:
—Maese Gough, si llegáis a ver a Frith o Tyndale, no os olvidéis de decirles que tengo un ofrecimiento de perdón del rey.
—Sigue adelante —susurró John a la vez que avanzaban apresuradamente hacia la parte más concurrida del muelle—. Haz como si no lo hubieras oído. Lo próximo será preguntarnos dónde vivimos.
Alguien la zarandeó y le pisó el dobladillo de la falda. Kate notó que se le rasgaba pero mantuvo el paso.
—John, ha dicho «perdón»… —señaló ella con la respiración entrecortada—, un ofrecimiento de perdón del rey… tal vez debamos volver y…
—O quizá no sea más que un truco —dijo él—. Sigue caminando.
Al cabo de unos minutos, volvieron la vista atrás y vieron que Stephen Vaughan había desaparecido entre el gentío, pero John no aflojó el paso. Kate empezaba a tener flato, pero pronto olvidó la molestia. Se detuvo bruscamente y él casi tropezó.
—Mi baúl, John —gimió ella—. Todas nuestras pertenencias. ¿Qué ha sido del hombre con el baúl?
—No te preocupes por el baúl. Puede que hayamos sido afortunados de salir con vida.
Había oscurecido rápidamente y la temperatura había bajado tanto que amenazaba con helar. El tráfico peatonal también había disminuido. Incluso los estibadores habían desaparecido, deseosos sin duda de encontrar el calor de una chimenea. Kate se ciñó la capa y gimió para sus adentros: todas aquellas cosas tan bonitas. Ya era bastante malo empezar una nueva vida entre desconocidos, y ahora encima sin nada más que lo puesto. Deja de lamentarte, Kate. Intentó mostrarse más valiente de lo que se sentía.
—¿Sabes cómo encontrar la casa a la que vamos? —quiso saber ella.
—Iba a preguntárselo al capitán —dijo él con tristeza, y mirando alrededor al menguante número de transeúntes, añadió—: Esta zona no debe de ser segura de noche.
—¿Qué significa Antwerpen Grote Markt? —preguntó Kate, señalando un indicador con esas palabras marcadas a fuego.
—Plaza Mayor. Allí están los edificios de los gremios. Allí pediremos indicaciones.
Estaban a unos doscientos pasos de los muelles. Los tenues contornos de los buques se mecían a lo lejos. Kate ya no sabía cuál era El canto de la sirena, pero en realidad daba igual. Doblaron siguiendo la dirección de la flecha indicadora, dejando atrás el río. Al final de una calle estrecha y tortuosa, donde los olores de los fuegos de las cocinas y la carne asada se mezclaban con los olores nocturnos del río, los atrajo un farol colgado de un poste.
Cuando fueron hacia allí, Kate oyó unos pasos al mismo ritmo que los suyos.
—John…
—Ya lo sé. Yo también lo he oído. Acelera.
—No puedo caminar más deprisa.
Y de pronto:
—Maese Frith, esperad. Tengo vuestro baúl. —Era la voz del marinero que se había llevado el baúl.
—Intentaba alcanzaros. El capitán me ha ordenado que os siguiera y me asegurara de que llegabais bien a vuestro destino. He estado a punto de perderos.
Si a Kate le hubiese quedado aliento, habría dejado escapar un suspiro de alivio.
Endor se agitaba mientras dormía en su catre en el pequeño espacio de la proa del barco. Siempre soñaba lo mismo.
Corría por Rottenhouse Row, un callejón estrecho. Corría desaladamente. Sin aliento y asustada. La perseguían, la alcanzaban, los pasos de ellos se oían cada vez más y más cerca, mucho más cerca, resonantes, atronadores. Como los latidos de su corazón. Eran cinco.
Antes, detrás de la taberna adonde ella había ido a entregar el pan, había un sexto hombre. Vio la hoja del cuchillo que lo degolló, oyó el gorgoteo de la sangre, lo contempló paralizada por el terror mientras la sangre manaba a borbotones de su cuello.
«No lo diré. No lo diré», gritó cuando ellos la atraparon. «No lo dirás. Zorra, claro que no lo dirás.» Uno le dobló el brazo por detrás de la espalda. «Por favor, por favor, dejadme ir. No lo diré.» Pero la violaron uno tras otro, asfixiándola con sus cuerpos brutales, lastimándola hasta que quedó allí ahogándose, atragantándose en su propia vergüenza y su vómito, y entonces el último le metió el puño en la boca y le tiró de la lengua hasta que ella temió que se la arrancara de cuajo. Pero no era ese su plan. Un tosco tajo y otro y otro más —mientras ella forcejeaba para zafarse de quienes la sujetaban—, y todo con el mismo cuchillo que habían utilizado para matar a aquel hombre. Al final, el universo entero desapareció menos el sabor del metal oxidado y la sangre, y un sufrimiento que le traspasaba el cerebro igual que un metal al rojo vivo traspasa la carne.
Siempre despertaba intentando pedir ayuda a gritos con palabras que no cobraban forma: eran solo gemidos desvalidos y llenos de vergüenza.
Siempre pasaba un minuto, un minuto terrible y agónico hasta que caía en la cuenta de dónde estaba, hasta que sentía primero las tablas debajo de ella y luego las suaves mantas de lana. No estaba en la vera de un camino, pues, ni yacía en su propia sangre, mientras el mundo se desvanecía alrededor, ni se preguntaba cuándo se había confesado por última vez. Pensaba que iría al infierno porque ¿cómo iba a confesarse sin lengua? Pensaba que estaba ya en el infierno. Durante un largo minuto pensó que su corazón no volvería a latir hasta que por fin se acordaba. Estaba a salvo. Estaba en el espacio que Él le había construido. Era un lugar bendito: el único rincón que le había pertenecido.
Allí ese sueño no volvió a asaltarla hasta transcurrida una semana. Pero al menos al despertar se sentía mejor. Él le había proporcionado una hamaca como la de algunos de los tripulantes, pero ella prefería el nido de cálidas mantas de lana en el suelo. A lo largo de su vida había dormido siempre en el suelo o en la tierra, pero se alegraba de tener aquella litera colgante. Hacía las veces de estante para guardar sus cosas. Pese a que no las veía en la oscuridad, era agradable saber que estaban allí: un cepillo para el pelo con empuñadura de hueso, obsequio de su hermana Meggie antes de que la mandaran a trabajar en las cocinas de la casa grande; una segunda enagua; una blusa de repuesto; y una capa que Él le había regalado para los días fríos. Sus pertenencias —incluso los paños que empleaba para el mes bien doblados en el cubo de hojalata que empleaba para lavarlos—, donde nadie las tocaría. Un lugar privado. Un lugar seguro. Con una puerta que podía cerrarse por dentro.
El barco, aún al abrigo del puerto, se mecía suavemente de vez en cuando. Tapándose la cabeza con la manta, se hizo un ovillo, pero sabía que esa noche ya no volvería a dormirse. Buscó a tientas el amuleto que siempre la reconfortaba después del sueño, y de pronto se acordó. Santa Ana ya no estaba con ella; se la había regalado a la muchacha. El agua quieta le había anunciado que ella la necesitaba más. Dios ya había concedido a Endor un protector.
Endor. Ese era el nombre que Él le había puesto cuando lo siguió hasta el barco. «Dime tu nombre», había dicho Él, y naturalmente ella no pudo decirlo: «Ella. Me llamo Ella». Él, dirigiéndole su peculiar media sonrisa, dijo: «Te llamaré Endor». Ahora ella misma consideraba que su nombre era Endor. Endor tenía un protector. Ella no. Ella había muerto.
Era una noche serena y fría. Descorrió el pasador y abrió la puerta para que entrara el calor de la estufa, que se hallaba a unos pasos. Las brasas amontonadas entre las cenizas jamás se apagaban. Le daban calor incluso en las noches más frías. En el barco reinaba el silencio. Los hombres habían ido a las tabernas de la ciudad. Mejor así. Aliviarían su lujuria en los burdeles. Ninguno de ellos se acercaba a ella, pero en las travesías largas a los puertos orientales a veces advertía sus miradas ávidas. Sabía que los marinos creían que ella traía mala suerte y solo la toleraban porque Él los obligaba… y porque ella hacía buen pan con la excelente harina de los toneles de la bodega, harina destinada a las cocinas de los nobles y los poderosos.
Por la rendija de la puerta veía el cielo negro reflejado en el mar negro. No sabía distinguir dónde acababa el uno y empezaba el otro. Envolviéndose en su manta, salió a cubierta. Esas eran las noches que más le gustaban, sin luna, frías y claras. Grandes acumulaciones de estrellas salpicaban el cielo negro. Dios debía de vivir en una de ellas, pensó. La noche que Ella murió no había estrellas. Dios no miraba.
En aquel silencio parecía oírse más el correteo de pequeñas patas en las entrañas del buque, donde se hallaba la carga en cajas. Pero las ratas no la asustaban ya como cuando era niña. Solo eran criaturas hambrientas. Siempre que alguna se aventuraba a entrar en su cubículo, ella la golpeaba con su zueco de madera hasta que el roedor volvía a su sitio. Todo tenía un sitio. El cubículo era el suyo, y ella no permitía la entrada de intrusos. El sitio asignado a las ratas era la bodega, entre los toneles de madera llenos de género caro para los ricos que no pagaban tributos al rey. Si cerraba los ojos, las oía roer inútilmente. No conseguirían entrar en los toneles con flejes de hierro, y necesitarían roer mucho para acceder a los sacos de lona cosidos. La mayoría tendría que conformarse con los pequeños granos desparramados.
Así eran siempre las cosas.
Pero el sonido la entristecía de todos modos. Le recordaba a Jemmy. Su hermano solía atrapar las ratas en los muelles de Londres y las llevaba a casa en una jaula que él mismo había confeccionado. El dinero que obtenía vendiéndolas al servicio para la prevención de las plagas del ayuntamiento lo empleaban para comprar pan. Cuando no había pan, se comían las ratas.
Jemmy siempre había cuidado de ella. La llevaba cogida de la mano cuando iban por la calle. Lo primero que ella vio en el agua quieta fue el presagio de la muerte de Jemmy. Siendo solo una niñita, sin más de cinco o seis primaveras, miró en un charco después de llover y vio la soga del patíbulo. Al cabo de una semana habían ahorcado a Jemmy con otros dos cortabolsas. Ella había llorado dos días seguidos, y había descubierto que las imágenes en el agua nunca mentían. Endor se preguntó cuánto tiempo tardaría la muchacha o el hombre —no había distinguido cuál de ellos, ya que solo había visto la hoguera— en encontrar su destino.
Kate arrugó la nariz cuando la mujer abrió la puerta del piso superior: una pequeña sala de estar, un retrete y un dormitorio, y todo ello bañado por aquella magnífica luz diáfana que flotaba sobre la ciudad.
—Huele a trementina —dijo a John—, pero supongo que ya nos acostumbraremos. Está limpio y desde luego la cama es más grande que la que veníamos usando.
—Eso es lo único que la hace indeseable. —Él sonrió—. No me gusta la mera idea de que pueda haber tanto espacio entre los dos.
—Chist —dijo Kate, sonrojándose al mirar a la austera mujer que les enseñaba el piso, utilizado antes como taller de pintura.
Era la hermana del antiguo propietario, quien, según la señora Poyntz, la dueña de la casa a la que habían ido la noche anterior, había muerto en esa misma habitación hacía menos de un mes.
—No sé si me gustará vivir en el taller de un muerto —había empezado a protestar Kate cuando la señora Poyntz le habló del piso horas antes esa misma mañana, pero la señora Poyntz intentó tranquilizarla.
—Lo he visto. No me cabe duda de que estaréis a gusto, querida. Es un piso amplio y bonito, con buena luz. El hermano era un artista conocido. Y Catherine dijo que pondría un colchón de plumas. Será un alojamiento provisional, hasta que alguien se marche de la Casa de los Mercaderes Ingleses, y estos nunca se quedan mucho tiempo. No podéis seguir durmiendo en un camastro en el salón como anoche.
Kate contempló la bonita alcoba, pensando que tal vez pudiera quitarse la idea de la mente. Era una habitación agradable, más que la suya de encima de la imprenta, más incluso que la que había ocupado durante su estancia en casa de los Walsh.
—Apartaremos la cama de la ventana hacia el caballete, donde están los esbozos de esa mujer tan fea —dijo John.
—¡John! La casera va a oírte. No podemos permitirnos ofenderla —reprendió Kate en voz baja por la comisura de los labios—. Lady Poyntz ha dicho que los alquileres están muy caros aquí, y esta mujer se acomoda a nuestras posibilidades.
—No te preocupes. Seguro que solo habla flamenco. —Luego, en voz más alta, mirando por encima del hombro de Kate, añadió—: Nos lo quedamos —dijo en inglés, y acto seguido lo repitió en el idioma de la mujer.
Ella contestó algo que a Kate le resultó incomprensible y él se rebuscó en el bolsillo.
—¿También hablas flamenco? —preguntó Kate, asombrada.
—En cierto modo. Solo es bajo alemán, no muy distinto del holandés. —Entregó a la mujer una de sus preciadas monedas.
Kate se sentó en el banco bajo uno de los ventanales y acarició los cojines de vivos colores.
—Deberíamos volver a la Casa de los Mercaderes Ingleses a por nuestro baúl, supongo.
Advirtió una mancha de pintura en el ribete de damasco. También se fijó en que el piso estaba muy bien amueblado para haber sido el taller de un artista. Sus cuadros debían de haberse vendido bien. Supuso que los feos también querían hacerse retratos.
Catherine, la mujer que iba a ser su nueva casera —Kate no recordaba su apellido, aunque le parecía que empezaba por «m»—, revolvía en el armario. Sacó toallas limpias y una pastilla de jabón castellano, que colocó en la mesilla al lado de la cama.
—Podemos ir a buscarlo más tarde —propuso John al sentarse en la cama con un brillo en la mirada que ella ya conocía. Dio unas palmadas en la colcha—. Probemos este colchón de plumas nuevo en cuanto la mujer se vaya. A ver si estar en tierra firme tiene un efecto deletéreo en nuestras relaciones amorosas.
Kate dirigió una mirada a la mujer, que sacaba otro cobertor cuyo penetrante olor a hierbas impregnó el aire y se mezcló con el de la trementina. Parecía ajena a ellos.
Kate hizo una mueca, como si se escandalizara, y musitó:
—Caramba, maese Frith, para ser teólogo sois un marido de lo más ardiente.
La mujer les entregó el cobertor y sonrió, reflejándose en sus ojos una jocosidad inusual.
—Espero que estéis a gusto aquí —dijo en un inglés no solo correcto, sino perfecto—. Celebro que vuelva la alegría a esta habitación. También a Quentin le habría complacido. No solo retrataba a mujeres feas. Podréis ver su obra en la catedral. El retablo es muy conocido. La gente viene desde muy lejos para verlo.
John se puso del color de las colgaduras carmesí de la cama.
—Gra… gracias, señora Massys. Es muy… gentil por vuestra parte aceptarnos durante vuestro período de duelo. No sabía que hablabais inglés. Y tan bien. Nos hacemos cargo de vuestra pérdida y trataremos el taller de vuestro hermano con el debido respeto.
Kate ahogó una risita. Bien estaba que John se pillara los dedos de vez en cuando.
Catherine Massys movió la cabeza con un grave gesto de asentimiento pero aún le chispeaban los ojos.
—Gracias por vuestras tranquilizadoras palabras. Me hará mucha ilusión veros en la reunión para el estudio de la Biblia en la Casa Inglesa. Aunque no esta noche, supongo.
Mientras hablaba, se dirigía ya hacia la puerta, gracias a Dios.
—Si necesitáis algo más, decídselo a Merta, mi doncella, que os traerá el desayuno todos los días. No habla inglés, pero eso para vos no será problema, claro está.
Cerró la puerta mientras John farfullaba aún una respuesta.
Se tendió en la cama con los brazos y las piernas abiertos mientras Kate se desternillaba de risa.
—John, ¿cómo vamos a poder mirar a la cara a esa mujer otra vez?
—Ahora no pensemos en eso —respondió él—. Alegrémonos de estar a salvo y tener un techo bajo el que vivir.
—Además de esta preciosa cama —dijo ella. Se tumbó a su lado y volvió a levantarse enseguida.
—¿Y ahora qué pasa? —preguntó él con un gimoteo mientras ella cruzaba el dormitorio y volvía del revés el caballete. Acto seguido empezó a desvestirse hasta quedarse solo con la enagua.
—No permitiré que una duquesa fea nos mire —contestó—. Podría dejar marca en nuestros hijos aún por nacer.