La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 21 de 45

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La librera y el hereje

Capítulo XX

 

Esto no ha sido obra mía, pero quiera Dios que pueda yo de este modo liberar a las conciencias esclavizadas y vaciar los claustros de quienes allí moran.

MARTÍN LUTERO al enterarse de que nueve monjas reformistas se

habían fugado de un convento agustino. Una de esas monjas era

Katharina von Bora (1523)

 

En invierno Kate salía menos. Catherine Massys convirtió la planta baja, donde antes Quentin tenía su academia de pintura, en dos pequeñas tiendas. Un cerero alquiló una, y la otra la ocupó ella misma, vendiendo material artístico: pigmentos y lienzos y pinceles de marta. Era una buena manera de deshacerse de las existencias que había dejado su hermano, explicó. Su hermano aprovisionaba a los artistas de su academia, pero ella no tenía intención de dar el material de balde.

Los días fríos y grises, Kate se complacía en sentarse con ella en la tienda, afanándose con el tapiz del unicornio. Hablaban de cosas de mujeres: los nuevos sombreros en el escaparate de la tienda de enfrente, lo rácano que era el vendedor de paño veneciano cuando medía la seda; pero también hablaban de otras cosas.

Fue por mediación de Catherine Massys que Kate se enteró de que los reformistas religiosos estaban mucho más afianzados en el continente que en Inglaterra y de que el doctor Martín Lutero, el hombre que lo había iniciado todo y cuya teología Kate abrazaba aún más desde su exilio, estaba casado.

—A veces su mujer viaja con él —explicó Catherine—. Y también los hijos. A ella la vi una vez.

—Pero yo pensaba que Lutero era monje. Sacerdote —dijo Kate.

—¿No os parece bien que los sacerdotes se casen?

—No. Es decir, supongo que siempre he pensado en él como alguien demasiado… devoto para casarse. El monje solitario en su celda. Claro que no veo razón alguna para que el clero no contraiga matrimonio. San Pablo dijo que era mejor casarse que abrasarse.

—¿Abrasarse? —Catherine fruncía el entrecejo cuando no entendía algo en inglés.

—De lujuria —respondió Kate—. Sentirse tentado por… ya sabéis…

Catherine sonrió y asintió.

—Ya entiendo. Abrasarse. Como abrasa el fuego. Un amor devorador. El inglés es un idioma poético —comentó. Y añadió—: ¿En Inglaterra los sacerdotes se casan? ¿O sencillamente… se consumen?

—Algunos se casan. —Kate pensó en el cardenal Wolsey, quien, según rumores, tenía esposa, y en el obispo Cranmer, quien, se decía, llevaba a su esposa de aquí para allá en una caja—. Pero lo mantienen en secreto. —Kate tiró de un hilo en el que se había hecho un nudo. En lo alto del cuerno del unicornio empezaba a aparecer un agujero allí donde había tirado de los hilos con demasiada frecuencia—. ¿Cómo es ella, la mujer de Martín Lutero? —preguntó, tensando las fibras como si así el agujero fuera a desaparecer.

Katherine se encogió de hombros.

—La vi de lejos. El doctor Lutero le dobla la edad. Cara pequeña y ovalada, viste con sencillez. Ojos separados, y se la ve más inteligente que guapa. Su boca es un poco… —Apretó los labios en un mohín para expresar lo que no sabía cómo decir—. Se llama Kate, como vos. Kate von Bora. Es de una gran familia, pero la repudiaron cuando rompió los votos.

—¿Rompió los votos? ¿Era monja?

—Se escapó de un convento de clausura con otras ocho monjas. Después de convertirse a las ideas de Lutero.

Una monja apóstata y un sacerdote renegado viviendo juntos sin tapujos como marido y mujer. Kate se preguntó cómo conseguían no acabar en la cárcel.

—Debe de estar muy comprometida con la causa luterana para casarse con un hombre que le dobla la edad, por sus escritos.

—O quizá, como decís los ingleses, simplemente le «abrasa» el deseo por su Martín.

—Es posible —dijo Kate. Se sonrojó solo de pensar en cómo se le disparaba el corazón y se le estremecía la carne con el contacto de John. Notó la sonrisa de Catherine.

—Me alegro de que seáis feliz aquí con vuestro marido —comentó Catherine, y tras un breve silencio, añadió—: Y me alegro de que viváis en mi casa. Creo que podríamos llegar a ser amigas. Me reúno con un grupo de mujeres todos los viernes. Estudiamos la Biblia juntas. Quizá podríais acompañarnos. Dos de las mujeres hablan inglés. Les gustaría practicar con vos.

—¿Os reunís en la Casa Inglesa?

—No, nos reunimos aquí. Las mujeres flamencas no serían aceptadas en la Casa de los Mercaderes Ingleses, y además a veces traen a sus hijos.

—¿No hay peligro?

Catherine se encogió de hombros.

—No creo. Nadie nos molestará. Las autoridades nos consideran inofensivas, simples amas de casa chismosas.

—Me haría mucha ilusión asistir —contestó Kate. Se levantó y se acercó a la ventana para ver si John doblaba ya la esquina de regreso a casa—. Quería deciros que he visto el retablo de la catedral. Vuestro hermano era un pintor de gran talento. La figura del Cristo muerto parece tan…

—¿Muy, muy muerto? —Esta vez Catherine apretó los labios por su propia voluntad—. Quentin tenía mucho talento. Pero a veces, pienso, sus imágenes eran un poco demasiado… reales.

—El esbozo de la anciana que hay en el taller…

—Si os molesta, lo quitaré. Fue un descuido dejarlo allí. Sus hijos se llevaron todos los cuadros. Quizá pensaron que el esbozo inacabado no tenía ningún valor.

—No —dijo Kate—. No os lo llevéis. Me he acostumbrado a vivir con él. Como si fuera un fantasma melancólico pero bondadoso. ¿Es el retrato de una mujer real?

—No. O al menos eso creo. Me parece que pretendía hacer referencia a la vanidad de las ancianas.

—¡La vanidad de las ancianas! ¿Y la vanidad de los ancianos? —exclamó Kate, sin concederse un instante para eliminar el desdén de su voz—. Quentin Massys debería haber pintado las pantorrillas marchitas de los ancianos, envueltas en delicadas medias de seda, y sus traseros flacos, enfundados en brocado de oro, y sus ojos bizcos lanzando miradas lujuriosas desde sus rostros marcados de viruela ante cada pecho generoso que aparece ante ellos…

La risita aguda de Catherine reverberó en la tienda.

—Perdonadme —suplicó Kate, consciente ya demasiado tarde de lo grosero que sonaba el comentario—. No pretendía insultar a vuestro hermano. —Tras tener abandonado por un momento el delicado cuerno del unicornio, le hincó la aguja en el cuello—. Debería aprender a no expresar todas las opiniones que me pasan por la cabeza.

—No. Eso es… franqueza. Quentin admiraba la franqueza. Él prefería a las personas con opiniones. Detestaba los rostros vacíos. Os habría retratado con los ojos muy abiertos en una expresión de… agravio. Eso era lo que se le daba mejor: cualquier clase de emoción. El retrato del prestamista y su esposa… ahí se ve la codicia en sus rostros.

Al oír los pasos y el relincho de un caballo, Kate dirigió la atención hacia la ventana.

—Parece que tenéis un cliente. Debería llevar arriba mis opiniones y mis ojos redondos en expresión de agravio. John no tardará en llegar. No debería tener que salir en busca de su mujer cuando vuelva a casa. Esperaré el viernes con impaciencia —dijo por encima del tintineo de la campanilla de la puerta de la tienda.

 

Kate asistió solo unas cuantas veces a las reuniones en torno a la Biblia de Catherine Massys y su pequeño grupo de mujeres antes de iniciarse una racha de lluvias torrenciales. Pero le bastaron para saber que eso era algo que deseaba seguir haciendo. Aunque rezaban y cantaban e incluso debatían en flamenco, dos de las mujeres hablaban bastante bien en inglés, y le traducían cuando la conversación sobre las escrituras luteranas se animaba, e incluso le pedían su opinión. Y podía adivinar el contenido de las oraciones. Algunas de las mujeres expresaban en silencio su asentimiento a las plegarias que Catherine recitaba en voz alta. Kate sabía flamenco suficiente para darse cuenta de que esas palabras no procedían de ningún devocionario o liturgia romana. Esas plegarias eran ardientes y sinceras y personales. Lo sabía por cómo estrechaban a sus hijos contra su pecho mientras rezaban.

La segunda semana, a propuesta de Catherine, Kate llevó su Biblia de Tyndale, y cuando Catherine acabó de leer un pasaje del Evangelio según san Juan —de la Biblia alemana de Lutero porque no existía traducción al flamenco—, Kate leyó en voz alta de la Biblia inglesa de Tyndale.

—«Yo soy la Vid, vosotros las ramas…».

La tercera semana Kate les enseñó a cantar uno de los himnos de Lutero que había copiado de la traducción de John. El pequeño coro ascendía a una docena de voces femeninas y producía un jubiloso sonido dirigido al Señor, entonando cada verso de: «Una poderosa fortaleza es nuestro Dios» primero en inglés y luego en alemán con más sinceridad que sentido de la armonía. Mientras cantaban el último verso, Kate recordó lo mucho que John y ella tenían en común con su autor alemán y la esposa de este, en particular el peligro que todos corrían. Estas mujeres, que amamantaban a sus pequeños mientras rezaban, desarrollaban una especie de liturgia propia, y Kate tenía la certeza de que no era una liturgia que fueran a aprobar los prelados de la Iglesia.

—En Amberes, siempre y cuando no celebremos la misa, no nos acosarán —le había asegurado Catherine.

Aun así, cuando sonó la aldaba de hierro en la puerta atrancada de la tienda mientras cantaban, Catherine les indicó que guardaran silencio. Kate vio el miedo en sus rostros, y también ella se asustó. En Inglaterra un hombre podía ser azotado o algo peor por pronunciar una oración a Dios en su propia lengua. ¿Qué diría John si su esposa fuera detenida por culto ilegal?, se preguntó. ¿Se enorgullecería de ella o se enfurecería? De una cosa sí estaba segura: se preocuparía. Eso al menos podía ahorrárselo. A veces deseaba saber menos de las peligrosas aguas que vadeaban William Tyndale y él.

Después de la reunión de la cuarta semana se iniciaron las lluvias y el diluvio prosiguió implacablemente, anegando las calles de la zona baja y el alcantarillado. Las mujeres ya no pudieron reunirse. Solo las calles en las zonas más altas de la ciudad se libraron de las inundaciones. Se sucedían los días lluviosos uno tras otro. Cada día que pasaba eran menos los desesperados o aguerridos que se aventuraban a salir a las calles empantanadas, y la mayoría de las tiendas situadas en los bajos de las casas habían cerrado.

Como ya no podía mantener la tienda abierta, Catherine Massys volvió a su casa de Lovaina. El hijo de Quentin mandaba a un criado a cobrar los seis chelines del alquiler. No hablaba en inglés. Viendo sus vanos esfuerzos por achicar el agua del interior de la tienda cada vez que los visitaba, Kate se alegraba de que su pequeño nido estuviera en la planta de arriba. Contemplaba desde el ventanal las calles inundadas y vacías y pensaba que así debía de sentirse la esposa de Noé y se preguntaba si la lluvia caería también a cántaros al otro lado del Canal de la Mancha. John lo preguntó y, según dijeron en la Casa Inglesa, en efecto así era: en Inglaterra llovía «como si fuera el fin del mundo». El Támesis no daba abasto con el caudal vertido por los ríos de Inglaterra y la cripta de san Pablo estaba bajo el agua. Eso significaba que probablemente también la imprenta se había inundado. Se preguntaba qué se encontraría cuando regresara, si es que regresaba algún día.

A la cuarta semana de lluvias, las precipitaciones amainaron hasta reducirse a una llovizna y, bajo la ventana de Kate, la calle desaguó lo suficiente para ser casi transitable. Kate puso un cartel en la puerta de la tienda, indicando a las mujeres que subieran. Si iban, serían bien recibidas, y ella tenía la intención de estar preparada. Mientras seleccionaba hojas desechables entre los papeles de John, este la miró a la vez que se ponía el abrigo.

—¿Qué buscas?

—Solo unas cuantas hojas y algún carboncillo para que los niños puedan dibujar a Noé y su arca.

John arrugó la frente.

—Pensaba que eso se había terminado ahora que Catherine ha vuelto a casa de sus padres en Lovaina.

—¿Por qué habría de terminarse? Además, algunas no saben que Catherine se ha ido, y quizá vengan ahora que la lluvia ha cesado. —Levantó un papel garabateado, que a todas luces había sido corregido y pasado a limpio—. ¿Podemos usar el dorso de esta hoja?

Él le lanzó una rápida mirada, y luego asintió y rebuscó en la pila hasta encontrar dos más. Kate le dio un beso de agradecimiento y empezó a cortar lo que quedaba de la hogaza de pan de la noche anterior en rebanadas finas para que salieran al menos ocho, suficientes para los niños si iban todos. Quedaban aún una o dos cucharaditas de mermelada que no se había enmohecido. John miró con cara de desaprobación la fina capa que ella extendía sobre el pan, pero ella supo que su ceño no se debía a la mermelada.

—Kate, una cosa era reunirte con Catherine y esas mujeres. Pero no sé si esto es muy buena idea. No me parece que…

—Te preocupas demasiado.

—Si esto suscita sospechas, vendrán a buscar a la cabecilla. Sin Catherine aquí, podrían tomarte a ti por cabecilla.

Ella dejó escapar un suspiro de fingida exasperación.

—No somos más que un grupo de amas de casa, John, que nos reunimos para cotillear. ¿Eso qué tiene de malo? Yo solo cuento historias a los niños, les enseño unas palabras en inglés, mientras las mujeres hablan de otras cosas.

—¿Qué cosas?

—Cosas de mujeres. —Limpió el cuchillo con un paño y desvió la mirada—. Desde luego no son doctas conversaciones como las que tú mantienes con el capellán. —Y luego, para suavizar las duras aristas del engaño, añadió—: A veces cantamos un poco… algún himno de Lutero o…

—¡Himnos de Lutero! Kate…

—Por favor, John, no te enfades. ¿Crees que yo no me preocupo por tus actividades? Esto es muy importante para mí. Me permite hacer una aportación mientras tú te dedicas a tu gran causa.

Él frunció el entrecejo, le cogió la cara con las manos ahuecadas y le dio un leve beso en la frente. Mirándola con expresión seria, dijo:

—Tienes razón. ¿Quién soy yo para impedírtelo? Pero sé prudente, Kate. Ten mucho cuidado con lo que dices. Hay espías de la Iglesia por todas partes. —Tendió la mano y le quitó el papel—. No uses esto. Los traería directamente a nuestra puerta.

¡Espías!, pensó Kate. Un escalofrío le recorrió la espalda. Claro, la hoja contenía una traducción de material de contrabando.

—Debería haberlo pensado. Prometo estar alerta por si aparecen viles espías y no dejar que salga de aquí ningún papel —aseguró ella con aparente despreocupación para disimular su inquietud—. Ahora vete. Quizá hoy tengan trabajo para ti en el Kontor.

Pero al mediodía la lluvia había arreciado otra vez con ímpetu y continuó así hasta el mes siguiente. No apareció ninguna mujer del grupo. Para Kate casi fue un alivio.

La actividad en el anegado Grote Markt se redujo notablemente. También disminuyó el tráfico en el río Escalda, y los mercaderes tenían menos trabajo para John. Disponían de unos pocos ahorros para ir tirando, y vivían en un sitio alto y seco, y la mayoría de los días el agua no subía tanto como para que el caballo y la carreta del lechero no pudieran pasar. Aventurándose a salir entre aguacero y aguacero, Merta les suministraba aún pan recién hecho y requesón. Solo abrían unos pocos puestos del mercado, pero un día John encontró unos nabos mustios en el tenderete de un vendedor callejero acurrucado bajo los aleros de la catedral, y otro día unas manzanas resecas. La Casa Inglesa se hallaba en un terreno más alto, y lady Poyntz les envió un mensaje invitándolos a ir allí y comer cuando se sintieran con ánimos de arrostrar la lluvia y el frío.

Se las apañaban. Solo eran ellos dos. Y también eso empezaba a inquietar a Kate. Seguía teniendo el período con la puntualidad del reloj del edificio del gremio de Mercaderes, aunque bien sabía Dios que si no concebía no era por falta de oportunidades. Cada vez que yacía con John, pensaba: Esta vez. Esta vez habrá un hijo, y se acordaba de Pip e incluso de la pequeña que la mujer había dejado a su cuidado, aquella criatura de ojos azules cuya sabia mirada había despertado en ella un anhelo que ya no la abandonaría.

A finales de febrero las lluvias casi habían cesado y las mujeres del grupo de la Biblia volvieron, agradecidas de poder reunirse igualmente en ausencia de Catherine. Pero la actividad en el Kontor no se había restablecido plenamente, y John daba indicios de desasosiego.

—¿Has sabido algo del capellán Rogers o de tu amigo Tyndale? —preguntó Kate un día mientras él, apático, miraba las calles vacías por la ventana.

—Es curioso que me lo preguntes, dulce esposa. Debes de haberme leído el pensamiento. Precisamente pensaba en él. Lo último que se ha sabido es que está en Worms. Pero dicen que planea venir a Amberes para imprimir su segunda edición y seguir trabajando en sus traducciones del Antiguo Testamento. —Siguió mirando por la ventana como si maese Tyndale fuese a surgir súbitamente de entre las nubes—. Ya llueve un poco menos. Creo que voy a pasar por la Casa Inglesa para ver qué noticias tienen.

Acabas de venir de la sede de los mercaderes: si hubiera alguna novedad, te habrías enterado, pensó Kate, pero no lo dijo.

—¿Quieres acompañarme?

—No. —La idea de pasar otra velada con un grupo de hombres sin más ocupación que el raído unicornio no la atraía—. Prefiero no mojarme.

—¿No te sientes mal?

—No, estoy bien. Sencillamente no me apetece salir bajo la lluvia. Vete. Tendría que escribir una carta a mi hermano y a Mary, para hacerles saber que estamos a salvo e instalados. La señora Poyntz dijo que la enviaría junto con su correspondencia a lady Walsh.

Eso no era mentira. Venía postergando la carta desde hacía semanas, deseando anunciarles cuando escribiese que estaba embarazada. Pero bien podía mandarla ya.

John le dio un leve beso en la mejilla.

—Si estás segura, pues —dijo él con una amplia sonrisa, como si las nubes en el cielo se hubiesen despejado y asomase el sol, poniéndose ya la capa—. Te traeré comida, y no tardaré.

Cuando John se marchó, Kate se quedó sentada largo rato a la creciente luz crepuscular, escuchando el repiqueteo intermitente de la lluvia en el cristal de la ventana. Reprendiéndose finalmente por haber malgastado la luz natural, encendió una vela y, cogiendo pluma y tinta, se sentó a escribir en el pequeño escritorio del rincón donde John trabajaba.

Mi querido hermano:

Espero que Mary, Pip y tú estéis bien. Te escribo para que sepas que mi

marido y yo llegamos sanos y salvos a Amberes y ya estamos instalados. Esta

es una ciudad muy grande. Por las calles pululan bestias de carga y

carromatos chirriantes y gente que vocea en muchos idiomas. John ha

encontrado trabajo con los mercaderes ingleses. Yo me he unido a una

especie de clases sobre la Biblia para mujeres de la ciudad y sus hijos, que

iban muy bien hasta que empezaron las lluvias del invierno. Nos enteramos

de que también allí ha habido inundaciones. Espero que el agua no haya

entrado en la tienda de nuestro padre, aunque allí ya poco queda que pueda

echarse a perder. Lord Walsh prometió que se ocuparía de que la tapiaran y

protegieran de los vagabundos hasta que decidamos qué hacer con ella. ¿Has

empezado a construir tu nueva casa o sigues en la de los Clapham? Supongo

que…

Se detuvo cuando la vela chisporroteó y la llama vaciló, manteniendo la pluma en alto sobre el papel e intentando imaginar qué era lo que «suponía». Por fin, exhalando un profundo suspiro, dejó la pluma y tachó lo que ya había escrito. La terminaría al día siguiente.

Se acostó sola, hundiéndose en el colchón de plumas como una piedra, echando de menos a John. Seguía despierta cuando oyó sus pasos en la escalera. Cuando él se agachó y le dio un leve beso, ella le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo hacia sí.

—Me alegro de que me hayas esperado —dijo él, y rio—. Te he echado de menos.

Ella le dio una suave bofetada, una palmada afectuosa.

—No te he esperado, zoquete, me has despertado con tus silbidos de felicidad. No creo que me hayas echado mucho de menos.

Pero ¿cómo podía ella fingir descontento estando él allí, a su lado, mordisqueándole la oreja? Se quedó largo rato despierta después de hacer el amor, escuchando el sonido de la lluvia y el ritmo acompasado de la respiración de John a la vez que se preguntaba si esa noche habrían concebido un hijo.

 

Ana Bolena había huido después de las celebraciones de Año Nuevo. Mandó llamar a su hermano George y le pidió que la acompañara a la casa de su padre. No permanecería en Hampton Court siendo el hazmerreír de todos. Naturalmente, el rey había ido a buscarla, cabalgando hasta el castillo de Hever con Charles Brandon y lord Neville, «para que ellos presenciaran sus contritas disculpas», había dicho. ¿Acaso no era consciente de que esos dos testigos de su humillación eran las últimas personas a las que ella deseaba ver?

Pero ¿cómo podía no perdonarlo cuando él había afrontado valerosamente el frío y la lluvia para llevarle un nuevo retrato en miniatura, igual que el otro, del que habían sido retiradas las ofensivas E C, amén de un collar de diamantes y esmeraldas y tres piezas de paño de oro carmesí? ¿Qué mujer podía resistirse a Enrique Tudor en toda su gloria, y más aún a Enrique Tudor cargado de regalos? Había engalanado su caballo y a sí mismo de tal modo que el sol habría podido palidecer de envidia.

—Por vuestro atuendo veo que no habéis salido de caza, majestad.

Se hallaban en el salón que daba al jardín encharcado por la lluvia. El corazón le dio un ligero vuelco, no supo si por la magnificencia de su traje o por el esplendor del pretendiente.

—Estoy de caza. —Desplegó su sonrisa—. Algunas presas merecen una indumentaria más espléndida.

—¿No soy, pues, más que una presa que acechar, mi señor? —preguntó ella en voz baja para que no la oyeran Neville y Brandon.

—Una presa digna de un rey. Y yo la tuya. Una presa digna de una reina.

Ana sentía los latidos de su corazón en las sienes. Deseaba insultarlo y golpearle el pecho con las manos. Deseaba rozarle los labios con los suyos y sentir la presión del apremio de él contra su cuerpo. No hizo nada de eso sino que se obligó a permanecer ante él en presencia de sus secuaces con el recato de una doncella.

Enrique apretó la miniatura contra su mano.

—Algún día todos los retratos del rey incluirán las iniciales E A en oro. Enrique y Ana. —Se paseó por un momento de aquí para allá. Desvió la mirada y contempló por la ventana los tejos del jardín donde los cuervos se refugiaban de la lluvia. La sonrisa desapareció tan pronto como había asomado—. ¿Te darás por contenta entonces?

—Me daré por contenta, mi señor. Siempre estoy a gusto en vuestra presencia. ¿Debo regresar ahora con vos a la corte?

Anhelaba la vida en la corte. Si bien allí tenía enemigos, cualquier cosa era mejor que la existencia monacal en casa de su padre. Había suplicado a su progenitor que la llevara con él cuando se fuera al continente como hacía antes, pero él se había negado, aduciendo que quizá el rey deseara su compañía.

Por lo visto, no era así. El rey frunció el entrecejo.

—Quizá sea mejor que os quedéis aquí por un tiempo. El cardenal Carpeggio viene de Roma. Albergo la esperanza de que a pesar de la incompetencia de Wolsey, todavía pueda encontrarse una solución y evitarse un enfrentamiento con Roma. El cardenal no debe vernos juntos. Es necesario convencerlo de tu virtud y de que nuestro matrimonio es correcto.

—¿Y qué pasa con Catalina? ¿Está ella convencida?

—Ella nunca se dejará convencer. Pese a que no he estado en su cama desde hace dos años, aún conserva la esperanza. No puedo hacerle entender que nuestra unión fue pecaminosa. Si ella ingresara en un convento, sería fácil apelar en favor de nuestro matrimonio, pero se niega.

—¿Ella sigue en Greenwich, pues? ¿Sigue en los aposentos reales?

—Así es. Hasta que este asunto quede zanjado, no puedo permitirme tener encima al rey de España y al emperador del Sacro Imperio Romano. Carlos viene a ver a su «tía preferida». A Fernando nunca se lo podrá apaciguar, pero Carlos parece más razonable. De hecho, voy de camino a Greenwich para reunirme con él.

—Así que la vestimenta principesca no era para mí…

—¿Crees que vestiría así para una conversación privada con otro hombre? No es esa mi inclinación. —Se rio y se llevó la mano de Ana a los labios—. Una dama domina mi corazón.

Bajo la atenta mirada del duque de Suffolk y lord Neville la besó con delicadeza en la mejilla a la vez que se despedía, un beso tan casto como el que le había dado su padre al marcharse para cumplir con sus obligaciones de embajador.

—¿Me informaréis acerca del resultado del encuentro? —preguntó ella levantando la voz cuando él se alejaba—. Hasta pronto, si Dios quiere, mis señores.

 

Pero por lo visto Dios no tenía prisa. Ana no volvió a saber de Enrique hasta mediados de febrero. Él estaba cazando bajo la lluvia en New Forrest. Le mandó un par de conejos y un ciervo, «cazados por el propio rey» y un mensaje para informarla de que el cardenal había notificado su retraso a causa de los mares helados y la pleamar y no sabía cuándo llegaría. Enrique no mencionó su encuentro con el sobrino de la reina, pero le decía con palabras cameladoras que añoraba tenerla a su lado. Palabras bonitas. Ana arrugó el mensaje y lo tiró al fuego, preguntándose si Catalina lo había acompañado a Richmond. Puede que Enrique no se acostara con ella, pero sí viajaba con ella. El pueblo la saludaba aún como a su reina. Según había oído, a veces las mujeres se apiñaban en las calles cuando ella desfilaba, llamándola «buena reina Catalina» y echando flores a sus pies.

En abril estalló en Londres la peste sudorosa. Enrique envió una nota para decirle que no fuera a la ciudad. Si el cardenal no llegaba pronto y ejercía sus derechos de legado para dejar la decisión en manos de los arzobispos ingleses, se vería obligado a romper relaciones con Roma y hacerlo él mismo. En cualquier caso, dijo, como él estaría viajando de ducado en ducado, allí donde no hubiese llegado la peste sudorosa, ella debía permanecer en Hever. Pero añadió que le mandaría un regalo especial, cuya expectativa le levantó un poco el ánimo. Aun así, pronto sucumbió de nuevo al desaliento. ¿De qué servían los diamantes y el oro si una no tenía dónde lucirlos?

Y cuando por fin llegó su regalo especial, no tenía nada que ver con los diamantes y el oro.