La librera y el hereje
Capítulo XXXVIII
… Vuestra esposa está conforme con la voluntad divina y no desea ser un obstáculo para la gloria de Dios.
Fragmento de la carta de TYNDALE a John Frith cuando estaba
preso
John no se sorprendió al ver a Thomas Cromwell cuando este fue a su celda pocos días después de la coronación de la reina. Últimamente había notado diferencias en el trato que le daban. Ya no le permitían recibir visitas, ni le proporcionaban velas, ni pluma ni papel, ni siquiera un libro que leer, excepto una copia de la respuesta de Tomás Moro al sermón de John sobre la eucaristía, que apareció como por arte de magia en su celda.
Se había sumido en su lectura con avidez, exultante ante la pobre argumentación del canciller. Sin duda, todo ser pensante vería la lógica defectuosa del texto. Era el escrito más endeble que había visto salir de la pluma de Moro. Y de pronto tomó conciencia de lo que implicaba la existencia de ese documento. Si Moro contestaba a su discurso sobre la eucaristía, quería decir que tenía una copia del sermón de John. ¡Lo habían traicionado! Nunca debería haberse fiado del sastre, debería haber hecho caso de las advertencias de Tyndale y no escribir sobre el tema. Tomás Moro había tendido una trampa más, y en esta ocasión John, como buen necio, había caído de pleno. Durante la última semana había dispuesto de tiempo de sobra para pensar en las consecuencias de eso.
—Dejadnos —ordenó Cromwell al chambelán—. Y cerrad la puerta al salir. Ya os llamaré cuando haya acabado.
—No sois portador de buenas noticias, sospecho —dijo John a su visitante.
Unas arrugas surcaron la frente de Cromwell.
—Una copia de vuestro sermón ha llegado a manos del rey.
—Me pregunto cómo habrá ocurrido —dijo John.
—Por más que su majestad haya desafiado al papa, no llegará al punto de volverle la espalda a la misa. El arzobispo Cranmer ha preparado vuestro juicio por herejía. No puede hacerse nada más. —Su tono era más acusador que compasivo—. Ahora que habéis entregado a vuestros enemigos la antorcha con la que prender vuestra hoguera.
—¿Y la influencia de la reina?
—La reina está alterada por su embarazo y angustiada porque el pueblo no la acoge como su legítima reina. Corren rumores de que ha discutido con el rey. No querrá intervenir, creo, pese a sus simpatías. Las pruebas contra vos son demasiado contundentes.
Un cuervo se posó en el alféizar y, sacudiendo la cabeza, picoteó a un desafortunado insecto. Miró hacia el interior de la celda y alzó el vuelo con un estridente graznido y un aleteo.
—¿Me torturarán primero? —John no podía mirar al secretario. No quería que este viera el temor que debían delatar sus ojos. ¿Era pecado tener miedo?
Cromwell no sonrió, pero su actitud se ablandó por primera vez desde que entró en la celda de John.
—No si el proceso queda a cargo de Cranmer y si la influencia de Moro sigue en declive. Y Stokesley, según la nueva ley, no puede acceder a vos. Tal como yo lo veo, tenéis tres opciones. —Apoyó una mano en el hombro de John—. Podéis retractaros, negar lo que habéis escrito, prometer que aceptaréis la doctrina de la presencia real en la eucaristía y poneros a merced de la Iglesia, en cuyo caso probablemente os permitirán volver a Amberes con vuestra esposa después de convertiros en espectáculo público. —Hizo un alto y añadió sin contemplaciones—: O podéis arder.
Esa era más o menos la conclusión a la que había llegado John en esa última semana. Sabía, naturalmente, cuál de esas opciones elegiría, si Dios le concedía el valor. Solo le faltaba un detalle, y ese se lo había proporcionado Tyndale en la misma carta donde, irónicamente, le advertía por enésima vez que no escribiera sobre la eucaristía. En la correspondencia entre John y Kate, nunca habían abordado el tema de su ejecución, por si mencionarlo era convertirlo en una posibilidad. Solo hablaban de su amor y añoranza mutuos. En cambio, Tyndale, en una carta anterior, había escrito sobre el posible desenlace, alentándolo a tener valor. En respuesta a la pregunta de John sobre cómo sobrellevaba Kate su encarcelamiento, Tyndale había contestado que su esposa, según sus propias palabras, no deseaba que él negara su fe por ella. Era libre de decidir por sí mismo. Pero en realidad ¿qué libertad tenía cuando, como el apóstol san Pablo, había profesado ser esclavo de Cristo?
En la celda reinaba un profundo silencio mientras Cromwell aguardaba a que él se planteara estas dos posibilidades.
—Habéis dicho que hay una tercera. ¿O he entendido mal?
Cromwell se encogió de hombros y miró en dirección a la puerta.
—Podéis fugaros.
—No muchos hombres se han fugado de la Torre. No es una elección con grandes probabilidades de éxito. —Recordó que Tom Lasser había intentado convencerlo de la viabilidad de tramar un plan de fuga. Pero eso habría puesto en peligro al capitán. John se había negado a contemplar siquiera la posibilidad.
Cromwell ladeó la cabeza como si aguzara el oído para captar algún ruido exterior; a continuación bajó la voz tanto que John, pese al silencio, tuvo que hacer un esfuerzo para oírlo.
—Primero seréis interrogado por el arzobispo en su palacio de Croydon. Quedaréis bajo la custodia de los hombres de Cranmer. En algún momento os darán la oportunidad de huir. —Elocuentemente, añadió—: Los guardias no os perseguirán.
¿Había dicho el secretario lo que a él le había parecido oír? ¿Era aquello una trampa? Tenía que ser una trampa.
—Sé qué estáis pensando. Pero no os darán caza. El arzobispo Cranmer y el obispo Gardiner, a quien creo que conocéis bien, presidirán el tribunal junto con el obispo Stokesley. Están al servicio de las leyes de la Iglesia y obligados por tanto a declararos culpable si comparecéis ante ellos. Pero tanto el arzobispo como el obispo Gardiner han dicho que no os perseguirán si tratáis de escapar. —Se encogió de hombros y, con la misma naturalidad que si hablara del precio del grano y no de un asunto de vida o muerte, añadió—: El obispo Stokesley ya es otro cantar.
John negó con la cabeza.
—Nunca lo conseguiré. Stokesley y Tomás Moro tendrán espías apostados a lo largo de todo el camino.
—Posiblemente. Pero ¿qué tenéis que perder? Si os dais a la fuga en el bosque de Brixton, basta con que recorráis unas cinco millas al noreste para llegar al río cerca de Greenwich. Los guardias tienen orden de retrasar el anuncio de vuestra huida: dirán que os buscaron en el bosque y luego informarán de que escapasteis en dirección oeste, así ganaréis un poco de tiempo. Seguid el río rumbo este hasta ver cierto barco atracado. Reconoceréis la insignia. Creo que el capitán y vos sois viejos amigos.
¡Tom Lasser! Por fin asomaba una esperanza. Confiaba en Tom Lasser. Pero al mismo tiempo se le presentaba allí un nuevo dilema. No era como la otra vez que el capitán y Humphrey Monmouth organizaron su huida. En aquella ocasión él solo era fugitivo de una persecución ilegal. Ahora había sido acusado formalmente. ¿Acaso cualquier opción que no fuese reafirmarse en su postura ante el organismo eclesiástico reunido no equivaldría a retractarse? ¿No estaría de hecho, al igual que Pedro ante la fogata del diablo, negando al mismo Cristo a quien había prometido servir? Incluso Lutero, antes de buscar refugio, había proclamado su fe ante el concilio de la Iglesia, declarando: «Esta es mi postura. No puedo hacer otra cosa».
¿Podía John Frith hacer otra cosa?
Cromwell se llevó la mano al bolsillo y sacó una vela y un pequeño rollo de papel y pluma.
—Cranmer está en Canterbury y dice que no volverá a Lambeth hasta dentro de una semana. Sospecho que lo ha hecho con la intención de daros tiempo para pensar en la propuesta y a vuestro amigo para organizar los preparativos. He pensado que quizá desearíais plasmar vuestros pensamientos por si decidís seguir adelante con el juicio. A veces es difícil para un hombre poner en orden su cabeza… incluso para un hombre de vuestra inteligencia… ante la amenaza de la condenación.
—¿Cómo se ha involucrado…? —Era mejor no pronunciar su nombre—. ¿Cómo se ha involucrado mi amigo?
—El obispo Gardiner también fue profesor suyo. Según parece, él, al igual que vos, abandonó una prometedora carrera en la Iglesia, aunque por una misión menos sagrada que la de Tyndale y la vuestra. Es él quien ha convencido al obispo. Pero os lo advierto, maese Frith, si esa ventana se cierra, no habrá otra.
Mucho después de cerrarse la puerta tras salir su visitante, John seguía sentado en la creciente oscuridad. El cuervo volvió dos veces y se posó brevemente en el elevado alféizar antes de emprender el vuelo con sus estridentes graznidos. Si aquello fuera un poema, pensó John, la gran ave sería un emisario, o un augurio simbólico de la muerte. Pero desde donde John estaba sentado, no se sentía el centro heroico de tal poema, y no tenía la menor noción de cuál era el posible mensaje que el cuervo traía para él. Se sentía sencillamente como un hombre, solo y asustado. Deseaba ver a Kate, para que le aconsejara qué hacer. ¿Le diría que defendiera sus creencias o le diría que huyera?
Sacó la carta arrugada de Tyndale y volvió a leerla una vez más. «No deseo ser un obstáculo para la gloria de Dios», reproduciendo sus palabras textuales. Tyndale era muy cuidadoso en esos asuntos. El significado era claro, y sin embargo… ¿cómo podía abandonarla?
Cuando oscureció, encendió la vela, pero no cogió la pluma y el papel. No se sentía capaz de preparar una defensa. ¿De qué serviría? Ya había publicado todas sus argumentaciones. Solo podía decir, al igual que Lutero, «esta es mi postura». Pero eso tenía que hacerlo. De lo contrario, sus enemigos lo tacharían de cobarde.
Colocó la palma de la mano encima de la llama de la vela y la mantuvo allí hasta que se le saltaron las lágrimas a causa del dolor. Quizá a pesar de lo que Cromwell había dicho, habría otra ventana para escapar una vez que él le hubiera hecho frente, no solo a sus enemigos, sino también a los enemigos de la Palabra de Dios. Alguna manera de preservar su honor y su vida. Cerró los ojos y rezó para pedir valor.
Kate vio El canto de la sirena cuando entró en el puerto. Desde hacía semanas iba cada día al muelle para ver si el barco llegaba, por si tenía noticias de John. Cuando los ya familiares aparejos se acercaron lo suficiente para que ella, protegiéndose los ojos del sol, distinguiera el nombre en el flanco, el corazón se le aceleró. Por un breve instante incluso se atrevió a pensar que acaso John se hallara a bordo. En su carta de un mes atrás expresaba la esperanza de que, tras la coronación de la nueva reina, lo pusieran en libertad. Era un cálido día de junio, y con la emoción de concebir esa posibilidad, la cabeza le dio vueltas mientras corría hacia el muelle donde creía que atracaría el barco.
El capitán la avistó de inmediato y le hizo señas para que subiera a bordo a la vez que enviaba a un tripulante que ella conocía para que la ayudara. Recorrió la cubierta con la mirada en busca de algún perfil que pudiera ser el de John, pero cuando vio al capitán, estaba solo. Bastó con mirarlo a la cara —incluso la irónica sonrisa con la que siempre la saludaba había desaparecido— para saber que la vuelta a casa de John no era inminente.
—¿Cuándo lo habéis visto? —preguntó ella mientras se sentaban a la mesa del capitán.
Endor puso ante ellos un plato de aquellos bollos dulces que tanto gustaban a Kate. El olor casi le produjo náuseas, pero esta vez no fue por el balanceo del barco en el puerto. Tenía la garganta cerrada a causa de la angustia —por algo en la manera de actuar de Tom, por cómo eludía su mirada—, y la respiración agitada y anhelosa.
—Hace ya unas semanas. He estado haciendo encargos para la Liga, y cuando intenté verlo la semana pasada, me dijeron que no se le permitían visitas.
—Pero sigue… ¿vivo? —Apenas pudo pronunciar la palabra. Él apartó la vista. Dios bendito, ¿por qué no la miraba?—. ¿Está…?
—Sí, está vivo. —Él apoyó la mano en la de Kate. Esta, cabizbaja, contempló el encaje veneciano en su muñeca, que casi cubría la mano trémula de ella. La retiró—. Pero sus perspectivas no son ya tan propicias como antes.
Kate se llevó la mano a la barbilla para detener su temblor. Cuando habló, fue más una afirmación que una pregunta.
—Van a procesarlo por herejía, ¿verdad?
—Pero conservad la esperanza, Kate. El arzobispo ha accedido a impedir su persecución si él se fuga de camino al juicio.
—¿Ha accedido también Tomás Moro? ¿Ha accedido el obispo de Londres? — Ella intentó contener el temblor en su voz—. ¿Cómo va a poder…?
—Tenemos un plan.
—¿Tenemos? ¿Quiénes?
—Yo lo ayudaré.
—¿Haríais eso por nosotros? Sois consciente del riesgo que corréis. —Ella examinó su rostro, recordando cómo se había reído con John durante el viaje a Amberes, lo a gusto que estaban juntos.
—Ya os lo dije: no tengo intención de dejarme atrapar. Pero aún falta un detalle. Él tiene que aceptarlo.
—Pero ¿por qué no iba a aceptarlo? ¿Qué podría…?
Pero ella lo sabía, aun antes de que él lo dijera, ya lo sabía.
—Creo que vuestro marido posee esa extraña cualidad que define el honor de modo muy restrictivo. Me temo que tiene madera de mártir.
Kate hizo todo lo posible por controlarse. Ese no era el momento. El momento para llorar ya llegaría más tarde cuando estuviera sola y recordara de pronto la desesperación en el rostro de Mary cuando se llevaron a su marido, y cómo su propia madre se había consumido hasta morir de pena; eso Kate no lo había entendido plenamente. Qué ingenua había sido, enorgulleciéndose tanto del recuerdo de su padre. Pero a su padre no le habían dado opción. ¿Acaso no era igual de honorable elegir vivir por las propias creencias que morir por ellas? ¿Sobre todo cuando uno tenía elección? Incluso Jesús había suplicado en Getsemaní que apartaran de él aquel cáliz.
Kate intentó desesperadamente recordar si alguna vez había dicho algo a John que pudiera influir en él. Estuvo aquella vez en que le habló de la vergüenza que sintió al ver sucumbir a su hermano. No podía ser que él interpretara eso… pero ¿por qué no iba a hacerlo? ¿No habían sido sus propios sentimientos ambivalentes cuando su hermano cedió bajo la tortura? Rogó a Dios que no permitiera que torturasen a John. Que se retractase para no sufrir lo que su hermano había sufrido. Que volviera con ella como su hermano había vuelto con Mary y Pip. Ella tenía que convencerlo de que sería más útil para su causa vivo que muerto.
De pronto apareció Endor junto a ella y, cogiendo la mano de Kate entre las suyas, se la apretó con fuerza, hasta casi lastimarla. No podía expresar con palabras su compasión. No era necesario. Kate la veía en su semblante, en el agua que manaba de sus ojos azules. Y en ese momento lo supo. Eso era lo que Endor había visto en el agua aquella primera vez, cuando, alterada, salió corriendo del camarote. Ahora tenía en el rostro aquella misma expresión de lástima y pesadumbre. En la imaginación de Endor, John era ya un hombre muerto. Al tomar conciencia de eso, una calma paralizante se adueñó de Kate, una sensación de distanciamiento, como si se viera a sí misma desde fuera.
—Llevadme hasta él —dijo—. Tengo que verlo.
—Eso es demasiado peligroso… tanto para vos como para él.
—Llevadme hasta él —insistió Kate—. Si no me lleváis vos, encontraré otra manera de ir. Sé que hay barcos de pasajeros que van y vienen con regularidad. Cogeré uno de ellos.
Tom no dijo nada, solo cerró los ojos como si buscara la solución de un problema difícil. Cuando los abrió, fijó su mirada en la de ella y respondió en tono lúgubre.
—Estad atenta junto a la ventana de la Casa Inglesa al amanecer. A mí no me dejan entrar. Enviaré a un marinero para que os ayude con el equipaje.