La librera y el hereje
Capítulo XXVI
De haber servido a Dios como he servido al rey, me habrían salido menos canas.
CARDENAL WOLSEY al ser arrestado por traición
La luz del día declinaba cuando Thomas Wolsey salía custodiado de la gabarra que lo había llevado hasta la puerta de los traidores de la Torre de Londres. Mientras el cardenal ascendía por la escalera desde el río, el resplandor de la antorcha delineó su sombra en el muro de defensa que delimitaba el cauce del Támesis. Bajo aquella luz vacilante, parecía un hombre de estatura menguada; tras un recodo en la escalera de piedra que conducía a la torre del homenaje, su sombra se agrandó de manera imponente; después de otros dos tramos, no era más que un espectro. Si hubiese sido un hombre más reflexivo, acaso se hubiese detenido a pensar qué podía augurar esa representación inconstante. Pero como no lo era, no le dio mayor importancia.
Su mayor preocupación en ese momento era su ardor crónico en las entrañas, que había entrado en erupción al llegar los soldados del rey con la citación de la Corona. A duras penas mantenía el porte erguido y la dignidad cuando entró en los confortables aposentos del carcelero.
En el viaje de regreso a Londres se había permitido pensar que todo quedaría en una amonestación del rey. Siempre había sabido doblegar la voluntad de Enrique. Quizá el monarca tuviera la última palabra sobre la vida y la muerte en este mundo, pero Wolsey, como representante papal en Inglaterra, tenía la última palabra en el más allá: «Todo lo que atéis en la tierra será atado en el cielo». Y esa era una herramienta poderosa que sostener sobre la cabeza de un hombre, incluso sobre la de un rey. Los soldados que lo habían arrestado en la sala capitular de York ciertamente le habían mostrado la debida deferencia, llamándolo «su eminencia», ayudándolo incluso a llenar un baúl y permitiéndole llevarse a dos de sus criados. Estos esperaban ahora junto con sus pertenencias ante los aposentos del carcelero.
Cuando entró el alguacil, Wolsey se tragó el sabor a bilis que brotaba del fondo de su garganta. No sentía el menor aprecio por sir William Kingston. Debido al complejo sistema de tarifas y extorsiones de la Torre a sus prisioneros, Wolsey consideraba al alguacil un oportunista y explotador sin escrúpulos. El cargo de alguacil de la Torre era uno de los más lucrativos de Inglaterra, al margen de la Iglesia. Era como un pequeño feudo: cada barco que navegaba río arriba hacia Londres tenía que pasar por el muelle de la Torre y dejar allí un diezmo de las mercancías que transportaba. Todo lo que se cultivaba o se movía por la Colina de la Torre o nadaba bajo el Puente de la Torre le pertenecía. Y además estaban, naturalmente, los honorarios que cobraba a los prisioneros por sus «aposentos de hierro». Si el cardenal hubiese sido un hombre más reflexivo, se le habría ocurrido que quizá el alguacil se habría sentido como en casa en el Vaticano, pero como no lo era, no se le ocurrió.
—Alguacil Kingston, confío en que tengáis una explicación para esta indignidad infligida a un servidor de la Santa Iglesia.
—Es como servidor del rey que habéis venido a rendir cuentas, su eminencia. Seréis nuestro huésped hasta que vuestro… hasta que el rey quede satisfecho en lo que se refiere a vuestra culpabilidad o inocencia de la acusación de praemunire, o sea, servir al papa por encima del rey.
—Eso no requerirá mucho tiempo —dijo Wolsey—. No se encontrará ninguna prueba de que yo haya sido otra cosa que un leal servidor del rey. —Pero el nudo en el vientre le recordó las cartas que había escrito a Carpeggio. ¡Qué necedad la suya al poner por escrito sus pensamientos… y recomendar una alianza entre Francia y la Santa Sede! ¿Qué demonio se había adueñado de su mente? Pero de sobra conocía el nombre de ese demonio: la ambición. Creía que a esas alturas lo habrían llamado ya a Roma, donde no estaría al alcance de la cólera de Enrique.
—Es posible —admitió el alguacil—, pero seréis nuestro huésped durante ese tiempo, sea cual sea su duración. Veo que habéis traído a dos criados. Solo se os permite —consultó un legajo de papeles en su mesa—… un criado. Y como no tengo una tarifa establecida para un cardenal, diría que vuestro rango es equivalente al de duque, así que se os cargarán veinte libras anuales por la manutención. Por supuesto, no seréis nuestro huésped tanto tiempo, de eso estoy seguro; por lo regular, tales acusaciones se resuelven de manera expeditiva. Dejémoslo en diez chelines semanales por la manutención.
—¿Tanto? —El dolor en el vientre se propagó por su amplia cintura—. ¿Puedo sentarme? No me encuentro bien.
El alguacil empujó una silla con el pie en dirección a él.
Wolsey se sentó con gran esfuerzo y, sin aliento tras la punzada de dolor, añadió:
—Vuestros servicios a la Corona están bien remunerados. Pero conviene que sepáis que yo, en cambio, soy tan pobre como un mendigo. Un pobre servidor de nuestro Señor. No tengo un ochavo en mi haber. He sido despojado de todos mis diezmos, mis rentas seculares.
El alguacil sonrió y se inclinó para acariciar con el dedo el lujoso armiño de la capa roja del cardenal.
—Incluso la ropa que visto pertenece al Santo Padre, quien, debo añadir, no estará contento por el trato dado a su servidor. —Para mayor efecto, guardó silencio por un momento y, bajando la voz hasta hablar casi en un susurro, como siempre hacía al formular la siguiente pregunta, agregó—: ¿Es que no pensáis en vuestra alma, sir Kingston?
Pero el alguacil no se inmutó. Era una señal de los tiempos que corrían, una señal de la malévola influencia de Lutero, que una amenaza así ya no dejara helados los corazones de quienes la oían. El propio papa Clemente era prisionero del emperador del Sacro Imperio Romano.
—En ese caso, cardenal —dijo el alguacil sin apartar la mirada de sus papeles—, mejor será que permitáis a vuestro criado volver a York. No le gustará la comida para pobres que servimos aquí. Tampoco a vos, sospecho. —En este punto alzó la vista y, con una sonrisa y un levísimo tono de sarcasmo, dijo—: Aunque yo haré cuanto esté en mis manos por el pobre servidor del Señor.
—En todo caso, últimamente no tengo mucho apetito. ¿Dónde seré alojado?
—Habíamos pensado colocaros en el campanario. Pero eso se reserva a los huéspedes que mejor pagan. No me miréis con esa cara de miedo, su eminencia. Una persona de vuestro renombre no acabará en las mazmorras. Aunque me temo que la Torre Beauchamp os resultará por debajo del nivel al que estáis acostumbrado en Hampton Court o incluso en York.
Solo cuando fue conducido hasta aquella cámara sin ventanas por el hosco guardia, que incluso escupió en el suelo ante él, el cardenal empezó a tomar conciencia del verdadero alcance de sus difíciles circunstancias. Se llevó la poma a la nariz e inhaló. La carnicería de su padre en Smithfield tenía un olor más agradable que ese pozo infernal, pero lo sufrió en silencio. No les daría la satisfacción. Sabía que cada palabra que pronunciase sería transmitida al alguacil, y del alguacil pasaría al rey. Al menos le habían subido el baúl con la ropa, aunque no veía la menor señal de sus criados.
—Guardia, tráeme un orinal limpio, por favor. Y una jarra de agua. Procuraré que mi presencia no sea una carga excesiva para ti. —Y tras una pausa añadió—: Toda buena acción que concedas al servidor del Señor en su hora de necesidad no pasará inadvertida en el cielo. Rezaré por tu alma.
—Ahorraos vuestras oraciones, cardenal. No me hacen ninguna falta. Yo ya rezo por mi cuenta. Pero os traeré el agua y vaciaré vuestro orinal por caridad cristiana. Mi Biblia inglesa dice que debo «amar a mis enemigos» —declaró mientras cerraba la puerta a sus espaldas.
Así pues, lo que Wolsey había temido que pasara, lo que se había asegurado a sí mismo que nunca pasaría, había pasado: el rey de Inglaterra había decidido romper con Roma. De lo contrario, no se habría atrevido a arrestar a un cardenal. La Bolena simplemente había hechizado al rey, y cada vez era más evidente que Enrique haría cualquier cosa por tenerla, en el sentido carnal de «tenerla». En cierto aspecto esa mujer sí era digna de admiración. Él había conocido a príncipes sin la astucia de esa ramera y a grandes señores demasiado cobardes para correr tales riesgos por el poder. Si esa moza se hubiera abierto de piernas ante el rey como había hecho su hermana, esta crisis se habría evitado.
Pero no era su virtud lo que ella protegía, de eso Wolsey estaba seguro. Su conducta en la corte francesa había estado en boca de todos, y él mismo la había visto con sus propios ojos en compañía del joven Percy, ciertamente no formando la bestia de dos lomos, pero casi. Aun así, pese a toda su sagacidad, la zorra no tenía ni idea del caos que había sembrado. Si Enrique podía tratar al hombre más poderoso de Inglaterra de manera tan abominable, y apartar a una reina querida, ¿se consideraba ella invencible? El rey no tardaría en cansarse de ella. Pero Wolsey temía no estar ya en este mundo para verla recibir su merecido.
El guardia regresó con una jarra de agua y, arrugando la nariz, se llevó el orinal.
—Te doy las gracias, buen hombre —dijo Wolsey, afectando una humildad poco común en él.
Imagina las Sagradas Escrituras en esas manos, que han tocado semejante inmundicia, pensó mientras se santiguaba y murmuraba Benedicte en dirección al guardia.
Cuando este volvió al cabo de unos minutos, lo encontró en el suelo, retorciéndose de dolor y, movido por la compasión, fue en busca de un camastro y un médico, pensando por el camino que no le convenía que un hombre tan célebre muriera durante su turno.
La primera noche tras el regreso de Ana Bolena a Hampton Court, la cena fue íntima, servida no en el Gran Salón sino en la antesala que conducía a la sala de audiencias y los aposentos reales. Solo los principales cortesanos se hallaban presentes. Ana experimentó un momento de inquietud cuando se sentó junto al rey, recordando el Año Nuevo, la última vez que había estado en los aposentos reales, y que algunos de esos mismos cortesanos habían sido testigos de su humillación. Pero si alguien lo recordaba, tuvo la sensatez de no hacer la menor alusión. Solo Brandon cometió la desfachatez de mencionar —fingiendo que le daba la bienvenida— su larga ausencia de la corte.
Mientras se entretenía con la empanada de pichón y la lengua de buey con miel, comentó que Enrique había preferido no sustituir los tapices de esa sala. Las reformas en Hampton Court desde la marcha de Wolsey no se habían limitado al encargo de los tapices de Abraham, sino que se habían extendido a todos los recovecos de la mansión, como si el rey se propusiera demostrar que lo que en su día se consideró el magnífico palacio del cardenal no era en realidad tan magnífico. Día y noche se oía el martilleo de los tallistas y carpinteros en el gran techo abovedado de la capilla real. Ya estaban aplicando el pan de oro en las vigas. En la capilla, más que en cualquier otro lugar del palacio, Ana sentía el tirón de sus sentimientos luteranos: detestaba su vulgaridad, prefiriendo la sencillez del altar de su alcoba; no se imaginaba rezando en el asiento de la reina, situado en un voladizo curvo en la galería de la capilla principal. Se representó a Catalina sentada en ese lugar encumbrado, musitando plegarias que caían empapadas de lágrimas en el recargado altar al otro lado de la celosía.
—He dejado los tapices aquí porque me recuerdan al cardenal —dijo Enrique—. Sobre todo uno de los Triunfos de Petrarca: El triunfo de la Fama sobre la Muerte. Wolsey está a punto de comprobar si eso es verdad.
—¿Está enfermo el cardenal?
—Ignoro el actual estado de salud del cardenal, pero en este mismísimo momento está siendo arrestado por traición.
—¡Traición! ¿Wolsey? ¿El poderoso cardenal que se mofó de toda Inglaterra con su arrogancia? —Deseó añadir que «se mofó incluso del rey», pero se mordió la lengua.
—Dudo que ahora esté de humor para mofarse de nadie —dijo Enrique.
—¿De qué se lo acusa?
—Praemunire.
Ana no sentía ningún aprecio por el cardenal. De hecho, celebraba su caída; mientras Wolsey viviese, ella no se sentiría a salvo en la corte. Pero había algo de escalofriante en la rapidez con que Enrique arremetía contra sus predilectos: primero su reina de tantos años y ahora su amigo y asesor de confianza. Y la propia acusación, praemunire, producía cierta nebulosa sensación de amaño. Era una acusación espuria; era normal que el antiguo canciller tuviera vínculos con Roma. Por eso Enrique lo había elegido: porque ejercía una influencia sobre el papa, y ahora volver esa aparente ventaja en contra de él parecía injusto.
—¿No serán difíciles de demostrar esos cargos ante el Parlamento? —preguntó ella.
—Hemos interceptado ciertos papeles, documentos de un legado papal… este vino está picado… —Lo escupió en la copa, salpicando de pequeñas gotas rojas el mantel de hilo—. Tráeme otro, tira ese tonel —gritó al escanciador—. Wolsey estaba negociando una paz por separado entre el papa y los franceses. Eso le costará la cabeza. Ahora veremos si es verdad que la fama triunfa sobre la muerte.
Con qué facilidad se quita de encima a Wolsey, pensó Ana, como si nunca hubiese existido una relación entre ellos. Pero ¿eso a ella qué más le daba? Su enemigo había caído, y eso era bueno.
—Hablando de cancilleres —dijo Ana, recordándose que no debía celebrar la caída de un enemigo cuando eran tantos los que tenía—. Veo que maese Moro está ausente.
—Su padre enfermó de repente. —Enrique hizo una seña al camarero—. Llévate este montón de uva. Dicen que sir John Moro enfermó a causa de «un exceso de uvas».
—En ese caso se repondrá —auguró Ana, y miró las uvas lamentando no haber cogido un racimo antes de que el rey ordenase que las retiraran. Observó el frutero mientras se alejaba—. No sé de nadie que haya muerto por un exceso de uvas. Quizá se excedió más bien con el jugo de uva.
Enrique se rio con estridentes carcajadas. Los cortesanos más cercanos lo imitaron. Ana advirtió que Brandon no reía.
—Se sabe que John Moro es un hombre disciplinado y poco proclive a los excesos de ningún tipo. Un hombre de carácter noble y buen criterio —dijo Brandon con arrogancia.
—De tal palo, tal astilla. ¿No estáis de acuerdo, mi señor de Suffolk? —preguntó Ana.
—Exactamente.
Enrique frunció el entrecejo.
—Poco sé del criterio del padre, pero el del hijo podría ponerse en tela de juicio —masculló sin levantar la voz lo suficiente para que los demás lo oyeran. Ana, prudentemente, se abstuvo de hacer comentarios al respecto. Pero bien podía ocurrir que el nuevo canciller siguiera los pasos del anterior. Esa posibilidad le dio gran satisfacción.
El rey hizo una seña a los músicos de la corte para que empezaran a tocar, pero mientras los acordes de los flautistas y los arpistas llenaban la sala, él permaneció en silencio, sin acompañarlos con su canto como a veces hacía. Se lo veía abstraído. Una vez concluida la interpretación y retirado el último de los elaborados postres, anunció en voz alta para que todos lo oyeran:
—El lacayo te acompañará a tus aposentos, lady Ana. Tus damas ya están allí. A partir de ahora, cuando estés en Hampton Court dormirás en los aposentos de la reina.
A continuación recorrió con la mirada a los cortesanos allí reunidos, no más de una docena de sus predilectos, y asomó a sus ojos una expresión de franco desafío. Nadie tuvo el valor ni la insensatez necesarios para recoger el guante, ni siquiera el duque de Suffolk.
Ana no estaba preparada para el esplendor que encontró al entrar en la alcoba real y el gabinete reservados a la reina en Hampton Court. Los ricos tapices y candeleros de plata en la pared, las colgaduras de damasco de la cama, los candelabros de oro y el escritorio exquisitamente labrado en el gabinete de la reina, la cámara de baño con su gran bañera de piedra revestida de hilo, rivalizaban incluso con lo que había visto en la corte francesa. Como dama de compañía de la reina Catalina, Ana la había auxiliado una vez a salir de una bañera parecida en el palacio de Richmond y había estado a menudo en sus aposentos bien amueblados, pero en Richmond nada era tan fastuoso como lo que había construido el cardenal. No era de extrañar que Enrique lo hubiese codiciado.
Cuando entró en la habitación, la saludaron con una reverencia las dos mujeres situadas a ambos lados de la puerta.
—Bienvenida seáis, milady. El rey nos ha pedido que os sirvamos como damas durante la ausencia de la reina. Yo soy lady Margaret Lee, la señora de la cámara privada, y esta es lady Jane Seymour.
Ana reparó en las cautas palabras de Margaret «durante la ausencia de la reina». «Tú no eres la reina y todos lo sabemos. Solo eres otra de las favoritas del rey. Pero, por si acaso, te serviremos gustosamente y bien.»
Ana no se molestó por la cautela de lady Margaret. ¿Cómo iba a molestarse? La mujer solo era prudente. Ya había visto antes a las dos damas en la corte. Tenía en buen concepto a Margaret Lee. Era una mujer mayor, de actitud alegre, casada con un caballero respetable. Una buena elección, debía de haber pensado Enrique, para guiar y proteger a una joven reina. Menos le complacía Jane Seymour. Era todo lo contrario de Ana: pálida y rubia, y no muy culta, prefiriendo el bordado al razonamiento o a los juegos. Dudaba que supiese escribir siquiera su nombre. Se esperaba una acompañante más apta.
—¿Os ayudamos a prepararos para la cama, milady?
Y Margaret, sin esperar respuesta, empezó a quitarle a Ana la diadema y la redecilla, con lo que el pelo le cayó hasta la cintura. Mientras lady Margaret se lo cepillaba, Ana observaba a Jane, que extendía un camisón de la más delicada batista, tan diáfana que dejaba poco espacio al pudor. Ana había visto el camisón de Catalina. Y ese no era el camisón de Catalina.
—Espero que haya un buen cubrecama de plumón de oca para protegerme de los sabañones —comentó.
Lady Margaret sonrió.
—Hay una bata de terciopelo, por si milady la quiere.
—Milady la quiere —contestó Ana con voz inexpresiva.
Sus ayudantes se retiraron a la cámara de las damas poco después de dejarla acostada, tras lo cual ella enseguida se levantó. Envolviéndose en la bata de terciopelo azul, un azul puro y profundo, el color de la túnica de la Virgen en la ventana de cristal de colores de la capilla real, Ana se planteó dónde pronunciar sus oraciones. Un rápido vistazo puso de manifiesto que no había altar, pero no le apetecía recorrer el pasillo en camisón hasta el banco real por encima de la capilla papista. Al día siguiente pediría a Enrique un sencillo altar para el rincón de la alcoba. Entretanto, tendría que arreglárselas. Su Biblia en inglés le aconsejaba que «se encerrara en su gabinete», pero supuso que eso solo era una manera de decir que un cristiano devoto no exhibía públicamente sus plegarias, así que al final se limitó a arrodillarse junto a la cama con dosel y cortinas, poniendo el tupido terciopelo de la bata entre sus rodillas y el frío suelo de piedra. Ana no creía en la mortificación de la carne.
Acababa de rezar sus oraciones y recitaba ya el padrenuestro cuando oyó un ruido procedente del gabinete de la reina. Quizá sí debería haber elegido esa habitación; quizá las palabras debían interpretarse literalmente y el Espíritu Santo estaba allí para reprenderla.
Pero no era ningún espíritu, ni santo ni no santo, lo que salió de detrás de la pared revestida de madera. Era un hombre de carne muy sólida.
—Vuestra majestad, no os esperaba esta noche. Es decir, ya tan tarde. Mis damas se han ido a dormir. ¿Y si se despertaran y…?
—Entonces tendremos que ser muy silenciosos —dijo él, y empezó a quitarse el jubón.
Solo le quedaba por quitarse la camisa larga y el calzón cuando ella por fin recuperó la voz.
—Vuestra majestad, protesto.
—En ese caso debes protestar en voz baja si no deseas despertar a tus damas.
Ana sintió un momento de pánico. Sabía que no solo estaba en juego su virginidad, que hasta el momento había protegido mediante diversos métodos, sino también su futuro. Se apartó de él.
Por un momento casi la asustó la expresión en el rostro de Enrique.
—Milady, te he hecho regalos por los que mendigaría un príncipe, te he rodeado de sacerdotes herejes elegidos por ti contra la voluntad de mis consejeros y asesores, ¿y acaso no estás ahora mismo alojada en los aposentos de la propia reina? ¿No he dejado claras mis intenciones? Por los clavos de Cristo, mujer, ¿no yacerás con tu rey en la cama de la propia reina?
Ella dio un paso atrás y respiró hondo. Si lo rechazaba en ese momento, ¿sería llegar demasiado lejos? Pero ¿acaso su hermana María no había sido recompensada así, antes de ser desechada? Y ella incluso había dado al rey un bastardo. Esa idea le infundió valor.
—Pero yo no soy la reina, vuestra majestad. Y no yaceré con el rey hasta que lo sea.
Él tendió los brazos hacia ella y la atrajo hacia sí bruscamente. Le dio un vehemente beso, con la respiración acelerada, y la manoseó por debajo de la bata, rodeando con la palma caliente su pecho a través del fino velo del camisón. El cuerpo de ella quería rendirse. Ana no había sentido tal tentación desde la expulsión de Percy. El adorable Percy. Al acordarse, su voluntad se vio fortalecida.
—Vuestra majestad, no puedo. Sería un pecado…
El aliento de Enrique en su oreja era tan caliente como el contacto de la mano en su pecho, tan caliente como ella sentía su propia piel bajo el excesivo abrigo de la bata de terciopelo.
—En ese caso por lo menos echad una mano al rey —dijo él con voz ronca.
—Eso sí puedo hacerlo —accedió ella, y sus dedos empezaron a trabajar, ejercitando una habilidad que había aprendido en la corte francesa, una habilidad que había perfeccionado con Percy—. Eso, y nada más —susurró mientras la semilla del rey se derramaba en su mano.