La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 13 de 45

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La librera y el hereje

Capítulo XII

 

Omnia vincit amor: et nos cedamos amori.

(El amor todo lo puede: rindámonos al amor.)

VIRGILIO, Églogas

 

Allí estaba, inaccesible, una luz parpadeando en la cueva del Cíclope ciego, y él avanzó como pudo hacia ella, pero el monstruo llamado fatiga tiraba de él, como siempre. La misma voz que lo había hecho volver a la conciencia una y otra vez suplicaba: «Maese Frith… por favor, os he visto mover los párpados. Sé que estáis ahí», y aun así, él se hundía más y más profundamente, hasta que la voz, apagándose y expandiéndose como una música lejana, se hundía justo por debajo de su conciencia.

Pero notó que ella lo tocaba, ligera como una gasa, humedeciéndole la frente con agua fría. Otra voz, una voz masculina, fuerte y gutural, resonó desde lo alto de la cisterna seca donde yacía su voluntad, enroscada y quebradiza como la hoja de un árbol en invierno.

—Tres días. Un hombre no puede vivir sin agua. Mojad los dedos en el agua. Ponédselos entre los labios.

Envía a Lázaro para que moje en agua la punta de sus dedos.

Pero aquel no era Lázaro. Esos dedos eran pequeños y suaves y frescos como perlas, y los notó húmedos en su lengua caliente. Si se los hubiera tragado, seguramente nunca más habría tenido sed.

—¡Está sorbiendo las gotas de agua! Deprisa, empapad el borde del paño en agua.

Ella retiró los dedos de entre sus labios y él habría llorado por semejante pérdida si hubiera tenido lágrimas que derramar. Mordisqueó el paño, al principio de manera vacilante. Sintió el roce de su textura áspera en los labios resecos. No era suave y terso como lo anterior… pero contenía más agua. Sorbió con avidez, como un recién nacido famélico que se aferra al pecho de su madre por primera vez.

—Así. Podéis hacerlo.

Cuando ella se inclinó, su cabello acarició la mejilla de Frith. Olía a lavanda. Él succionó con más vigor.

Un hilillo de agua bajó por su garganta, y se atragantó. Ella lo ayudó a incorporarse. Jadeando y tosiendo para recobrar la respiración, abrió los ojos el tiempo suficiente para ver el rostro del ángel que lo tenía entre sus brazos.

—Deprisa. Id a decirle a milady que se ha despertado —la oyó decir él. Y a continuación, volviéndose, le posó la mano en la frente al tiempo que le musitaba sonidos tranquilizadores al oído.

El lugar donde vive esta criatura celestial sin duda debe de ser el paraíso, pensó, y anheló quedarse. Pero con la luz le dolían los ojos y le martillaba la cabeza. Intentó obligar a su lengua estropajosa a formar las palabras para preguntarle si era real o solo un sueño forjado por un cerebro afiebrado, pero el monstruo lo absorbió hacia el fondo hasta que ya no pudo ver aquella cara ni oír aquella voz.

Habría llorado por semejante pérdida si hubiera tenido lágrimas que derramar.

 

Kate despertó sobresaltada. Tenía el cuello agarrotado de dormir en la silla. La vela se había consumido, pero había claridad en la habitación, así que debía de haber amanecido. Indiferente al hormigueo en las piernas, se levantó y se inclinó sobre su paciente para tocarle la frente con la palma de la mano.

Él abrió los ojos.

—Sois mucho más bonita que Lázaro —susurró.

—¡Maese Frith, estáis despierto! —exclamó ella, fijando la mirada en los grandes pozos oscuros de sus ojos—. Y os ha bajado la fiebre. —Sintió que se le relajaba el rostro en una sonrisa.

—Llevo ya un rato despierto. Estaba observándoos mientras dormíais —dijo él—. Era tal la paz que destilabais que yo mismo me sentía en paz. —Hablaba con voz baja y ronca. A ella le dolía oírlo, pero vio un asomo de sonrisa animar aquel rostro pálido, suavizando las mejillas hundidas.

Ella se sonrojó y, consciente de pronto de su aspecto desgreñado, se apartó el pelo revuelto de la frente.

—No ha debido de ser una visión grata para una persona que vuelve de las puertas de la muerte —comentó ella—. En cualquier caso, se suponía que era yo quien debía velar vuestro sueño.

—Pues esta vez me ha tocado a mí, ¿no? —Él se aclaró la garganta y su voz sonó más nítida—. Esa visión ha bastado para ayudar a un hombre a volver de las puertas de la muerte.

—Debéis de estar famélico. Hace tres días que no coméis ni bebéis nada. —Le sirvió medio vaso de agua y se lo acercó a los labios—. Bebed despacio.

Él tomó dos tragos y ella apartó el vaso.

—Recuerdo unas gotas de agua en la mano de un ángel. Por eso he dicho que sois más bonita que Lázaro. Ya sabéis, como en la Biblia, donde el rico está en el infierno y pide que Lázaro le lleve unas gotas de agua.

—El nombre de Lázaro es más aplicable a vos que a mí, creo —rebatió Kate, y le acercó otra vez el vaso a los labios—. ¿Os sentís capaz de tomar algo de alimento? ¿Quizá un poco de caldo?

—En realidad, yo… —Intentó incorporarse, pero cayó sin fuerzas sobre la almohada.

—Estáis demasiado débil para levantaros. Basta con que digáis lo que queréis.

Un rubor asomó al rostro ceniciento de él y de pronto ella comprendió.

—Es una buena señal después de tanto tiempo sin agua. Llamaré a Gilbert. Es él quien os ha estado ayudando. Yo solo os he cuidado cuando él no podía.

Cuando Kate alargó la mano hacia el cordón de la campanilla, él dejó escapar un leve suspiro de alivio.

—Así pues, es a vos a quien debo agradecer mi regreso de las proximidades de la muerte y ni siquiera sé vuestro nombre.

—Es a lord y lady Walsh a quien debéis dar las gracias. Y yo me llamo Kate Gough.

—Sois la esposa del hombre que vino aquí conmigo, pues.

Ella titubeó por un instante, volvió a llenar el vaso de agua y lo sostuvo ante sus labios.

—Si no tenéis náuseas, quizá podáis beber un poco más para que la naturaleza… se inspire.

Él negó con la cabeza y se recostó en la almohada, con su rostro de pronto inexpresivo. Por favor, no permitas que lo perdamos otra vez, pensó. Pero tenía la respiración acompasada. Cerró los ojos y pareció dormirse.

Kate oyó entrar a Gilbert en la habitación arrastrando los pies.

—Me habéis llamado, señorita —dijo él, frotándose los ojos. Gilbert dormía en la alcoba contigua. Habían abierto un agujero en la pared e instalado un cordel con una campanilla para que Kate pudiera llamarlo cuando lo necesitara. Cuando no dormía, montaba guardia ante la puerta.

—Nuestro paciente se encuentra mejor —dijo ella—. Voy a la cocina a ver si consigo un poco de caldo mientras atiendes sus necesidades íntimas.

Si John Frith la oyó, no dio la menor señal.

 

—Toca otra vez Mangas verdes —dijo Ana Bolena al laudista que entró con ella en el herbario de Hampton Court—. Es una melodía agradable.

Agradable ahora, aunque no tanto cuando la oyó por vez primera tres días antes.

Pero Enrique le había enviado un pergamino que envolvía un collar de rubíes con la letra de la canción escrita de su puño y letra y una posdata pidiéndole perdón si le había causado bochorno. Ana advirtió con satisfacción que la ventana que daba al herbario estaba entreabierta.

—Tañe las cuerdas con vigor, para que el sonido llegue a otros que quizá lo disfruten —ordenó ella.

Recogía lavanda antes de que se marchitara con las heladas del invierno. Su doncella le había sugerido que la colocara entre las capas de vestidos en el baúl de su habitación y se había ofrecido a ir a buscarla, pero Ana había dicho que iría ella misma. El herbario se hallaba justo debajo de la ventana del gabinete del cardenal Wolsey. Este partiría hacia York a la mañana siguiente, y debía de estar recogiendo sus libros y papeles: una tarea sin duda triste. La complació pensar que la imagen de ella actuando como si estuviera en casa en lo que ya no era el herbario de Wolsey sería para él uno de los últimos recuerdos del palacio que tanto amaba, que su recuerdo de su etapa allí quedaría por siempre empañado, como lo estaban los recuerdos de ella de sus tiempos al servicio de la reina Catalina. Se había pasado el día llorando después de la marcha de Percy.

Percibió que el cardenal la observaba y, alzando la vista, le dirigió una falsa sonrisa de cortesana y lo saludó con la mano. Él cerró la ventana. Ana no habría sabido decir con certeza si él se había apartado —por como llegaba la luz, solo veía el río reflejado en sus cristales emplomados—, pero le pareció que no. Cuando vio pasar al secretario Cromwell, le hizo una seña en atención a quien los observaba desde la ventana.

—Venid a sentaros conmigo un momento, maese secretario. Vuestra compañía me resulta grata —dijo en voz alta.

—Será un honor, milady.

Se sentaron los dos en el banco y charlaron del tiempo, el inminente invierno, los usos de la lavanda. Ana partió una ramita y la acercó a la nariz de él, coqueteando desvergonzadamente y en ese momento se le ocurrió que, en efecto, sí tenía algo de qué hablarle.

—Maese Cromwell, la última vez que conversamos, mencionasteis vuestras simpatías por ciertas ideas reformistas, que, como os aseguré, yo comparto. Hicisteis alusión a unos jóvenes defensores de la Biblia que murieron en el sótano del pescado. ¿Sabía el cardenal que habían sido encarcelados sin el beneficio de una vista judicial?

—Son pocas las cosas que se le escapan al cardenal, milady. No me cabe duda de que fue informado al respecto.

—Y me hablasteis de los «interrogatorios» de sir Tomás. ¿También de eso estaba informado el cardenal?

—Diría que sí.

—¿Llegaríais al punto de afirmar que el cardenal Wolsey daba su aprobación a esas prácticas?

Cromwell entrecerró los ojos.

—En mi opinión, al abstenerse de impedirlo, podría decirse que daba su autorización tácita, sí.

Ana fingió bajar la voz hasta reducirla a un susurro de complicidad.

—Maese Cromwell, ¿no sería la privación del debido procedimiento una flagrante violación de la ley inglesa, aun tratándose del canciller?

—Si pudiera demostrarse…

—Ya veo —dijo ella—, pero ¿cómo pudo crearse un cardenal un enemigo tan poderoso como para tomarse tantas molestias? —Se puso en pie y siguió recogiendo lavanda, dejando que su fragancia impregnara el aire. A continuación, manteniendo un tono desenfadado, como si acabara de ocurrírsele, añadió—: ¡Qué lástima lo de esos jóvenes en el sótano del pescado! ¡Y ese párroco de Honey Lane! Supongo que perdió su medio de vida a pesar de haber abjurado. Estaría bien poder hacer algo para ayudarlo, y también a los otros, al menos a los que han sobrevivido. —Hizo una pausa para mayor efecto; después levantó la mirada y la fijó en la del secretario—. Maese Cromwell, creo que necesito un capellán privado. Quizá podríais averiguar si el párroco de Honey Lane estaría dispuesto.

Cromwell pareció sorprenderse pero se recuperó enseguida.

—Lo averiguaré, milady. Claro que el rey tendría que dar su consentimiento.

—¿Y qué me decís de los otros? ¿Cómo se llaman?

—Uno Betts, el otro Frith.

—¿Qué ha sido de ellos?

—Betts todavía está recuperándose, aunque no sabría deciros si de la estancia en el sótano del pescado o del interrogatorio. Frith ha desaparecido.

—¿Desaparecido, decís? —Ana soltó una carcajada—. Bueno, bravo por él.

—No tan bueno. Me consta que sir Tomás rastrea la campiña para localizarlo. Probablemente Frith intentará huir, pero tienen vigilados todos los puertos. Es un joven brillante, pero dudo que lo consiga.

—¿No podemos hacer algo para ayudarlo?

—Me temo que no, milady. Ha quebrantado la ley. Si lo cogen, lo encarcelarán e «interrogarán» hasta que abjure.

Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Ana.

—Pues entonces rezaré por él —dijo. Se había olvidado por completo de quién la observaba desde la ventana y no vio alejarse dos sombras.

 

Durante la semana siguiente, el paciente de Kate recobró fuerzas a diario, fuerzas suficientes para que ella se marchase, pensó. Cuando lo planteó, lady Walsh dijo:

—De acuerdo, querida, como quieras. Has sido muy amable. Sé que no era tu intención quedarte tanto tiempo, pero maese Frith está muy inquieto encerrado en esa habitación. Tu compañía es para él un dulce esparcimiento. Pero la decisión es tuya, naturalmente.

Así que cada día pensaba: quizá mañana, hasta que pasó otra semana. No era fácil marcharse. Cuando estaba en compañía de él, se olvidaba del incierto futuro que tenía por delante.

—Habladme de vuestra vida —dijo Frith—. ¿Cómo entrasteis vos y vuestro esposo en esto del contrabando?

Así que ella le habló de la imprenta y la redada, de los libros de contrabando que tuvieron que quemar y ahora debían sustituirse. Pero no le contó que John Gough había capitulado ante sus enemigos, ni que era su hermano, no su marido. Eso no haría más que inducirlo a preguntarse por qué ella no lo había sacado de su error la primera vez que él dio eso por supuesto, y ella no sabía por qué no lo había hecho: solo recordaba la naturalidad con que él le había rodeado los hombros con el brazo al tomarla por John. No había deseado empañar ese momento íntimo de afecto y amistad, no había deseado empañar la admiración de Frith por su hermano. No había necesidad de ello. Maese Frith zarparía pronto rumbo al continente, y Kate volvería a Londres. Seguramente sus caminos nunca volverían a cruzarse.

Al principio hablaban de cosas serias: de la amenaza que pesaba sobre ambos, de sus enemigos comunes, de su fe, de los planes de él para reunirse con Tyndale y traducir y escribir desde una distancia prudencial. En una ocasión Frith gritó en sueños, y cuando ella le preguntó si deseaba contarle su pesadilla, él le habló del sótano del pescado. Kate lo abrazó mientras él lloraba por la muerte de sus camaradas, y ella lloró también.

Maese Frith le contó relatos de Virgilio y Homero, y fue animándose conforme recuperaba las fuerzas, e incluso se reían, se reían mucho. Lady Walsh les proporcionó un tablero de ajedrez y jugaban durante horas; Kate había olvidado su propio afán competitivo. A medida que él recobraba el apetito y se le pidió a Kate que participara en el subterfugio de proporcionar comida a Frith sin delatar su presencia, conspiraban como niños, y una noche, pasadas las doce, llegó al punto de salir furtivamente de la alcoba para hacer una incursión en la cocina mientras Gilbert montaba guardia. Kate no había sentido tal júbilo desde hacía mucho tiempo.

—Kate Gough, vuestro marido es un hombre afortunado —dijo él un día cuando ella por fin logró vencerlo al ajedrez, y los dos rieron ante la exultación de ella por la victoria. Él alargó el brazo y le tocó la mano, el espontáneo gesto de afecto de un amigo, pero se apresuró a retirarla, como si el contacto le quemara la piel—. Me pregunto si sabe qué tesoro tiene con vos —añadió en voz baja.

Kate deseó decirle la verdad, pero para entonces habría sido un motivo de bochorno entre ellos y no habría servido de nada.

Ya no podía evitar pensar en su regreso a la librería vacía y su solitaria habitación en el piso de arriba. Ahora le parecería más vacía. Pero estarían los libros con los que volvería, y aún conservaba las diez libras que había recibido por la Biblia de Wycliffe para comprar plumas, papel y tinta que poder vender. Tal vez Winifred y su hija fueran a visitarla otra vez y se hicieran amigas.

Cuando apartó la mirada del tablero, Frith se había recostado en la cama y había cerrado los ojos. Parecía dormir.

Kate salió de puntillas de la alcoba.

 

Transcurrió otra semana, y Kate allí seguía, pese a que era obvio que su paciente ya no la necesitaba. La última noche había aparecido en su ventana una luna creciente, recordándole que pronto llegaría El canto de la sirena y John Frith desaparecería de su vida. Lord y lady Walsh lo habían declarado en condiciones para emprender el viaje.

Apenas hacía tres semanas que lo conocía, y era como si hubiesen estado juntos toda la vida. Debido al ágil ingenio y la risa fácil de él, le resultaba cada vez más difícil marcharse. Se sentía viva cuando estaba en su compañía, viva como no se sentía desde hacía mucho tiempo. Cuando él le sonreía, era como sentir el sol en la cara después de un largo invierno.

Pero ese día no quería pensar en su marcha. Ese día John Frith, lady Walsh y ella disfrutarían de un picnic en el jardín privado de los Walsh. Fue idea de lady Walsh: aprovechar el sol del final de la estación, dijo, y animar a maese Frith, a quien últimamente se lo veía más pensativo. Lady Walsh había preparado una cesta con pollo asado frío y mermelada de cereza y pan recién hecho con queso cremoso fermentado.

—La cocinera empieza a sospechar, creo —dijo Kate mientras extendía un mantel en la pequeña mesa que había instalado Gilbert—. Me ha mirado levantando una ceja y ha hecho un comentario sobre mi gran apetito en los últimos tiempos. —Se rio, obviamente complacida por el hecho de haber impedido que el secreto se propagase por el pueblo—. Tildy ha cogido ya la costumbre de traerme una ración doble sin siquiera pedírsela —añadió Kate—. No sé qué deben de pensar de mí en vuestra cocina.

—Yo no me preocuparía por eso, querida. Pensamos que eres maravillosa, ¿no es así, maese Frith?

Pero maese Frith no parecía escuchar su parloteo. Tenía los ojos cerrados y permanecía repantigado en el asiento, en una postura de indiferencia. Al oír su nombre, abrió los ojos.

—Disculpad, ¿cómo habéis dicho?

—Maese Frith, ¿os encontráis bien? ¿Hace demasiado frío? ¿Volvemos adentro? —preguntó Kate.

—No. El sol me resulta agradable. Perdonad. Solo estaba distraído. Tonto de mí, cuando debería aprovechar una compañía tal que hasta los dioses me envidiarían. ¿Qué decíais?

—No hay necesidad de disculparse, John. No es cosa fácil dejar atrás el hogar para casi exiliarse. Solo comentaba lo maravillosa que nos parece Kate.

Él esbozó una débil sonrisa.

—Sí, es realmente maravillosa. Me sorprende que su marido acceda a tenerla lejos tanto tiempo.

Había hablado con voz tensa, casi brusca. Kate se preguntó si había hecho algo que pudiera ofenderlo, y de pronto cayó en la cuenta de que lady Walsh no debía de conocer el error de percepción de Frith. El detalle de su inicial disfraz había caído en el olvido tan deprisa en medio de la crisis de cuidar de él que su anfitriona y ella no habían vuelto a hablar del tema. Intentó captar la mirada de lady Walsh para prevenirla, pero en ese momento ella estaba agachada, trajinando con el pequeño brasero que Gilbert había colocado en previsión de que refrescara un poco.

—¡Marido! —Lady Walsh soltó una risita—. ¿De dónde habéis sacado esa idea, John? Kate es soltera —dijo al erguirse y centrar la atención en vaciar la cesta—. Es una ciruela madura en su punto para que un hombre afortunado la coja. —Alzó la vista, primero hacia Kate, luego hacia Frith. La mano que sostenía la bandeja de pollo asado quedó inmóvil a medio camino—. Cielos —exclamó, y su sonrisa pícara desapareció—. Parece que he hablado más de la cuenta.

Tras un espantoso silencio, Kate dijo con un tartamudeo:

—Cre… creo que maese Frith… quizá haya supuesto… lo cual desde luego es comprensible dadas las circunstancias…

—¿John Gough no es vuestro marido? —preguntó él con aspereza.

—No, no lo es. No estoy casada. John Gough es mi hermano.

—¿El hombre que viajó conmigo en el carromato es vuestro hermano?

Lady Walsh tosió suavemente.

—Queridos, creo que esta comida requiere sidra caliente. Empezad sin mí. Enseguida vuelvo.

Y de pronto se quedaron solos en el jardín, envueltos por el olor del humo de la leña, la luz oblicua del otoño y el engaño de Kate. Esta percibía la mirada de él, pero no alzó la vista para afrontarla cuando dijo en voz baja:

—En el carromato no había ningún hombre con vos.

—¿No había ningún hombre en el carromato? Pero yo no estaba tan enfermo como para tener alucinaciones. Había un hombre en el carromato. Incluso hablamos de nuestras penurias comunes. Recuerdo su voz ronca de…

—El hombre en el carromato era yo. Me vestí con la ropa de mi hermano y me hice pasar por él.

Frith la miró con incredulidad. Ella jugueteó con el contorno de su mantón y, fijando la vista en sus dedos, les ordenó que se calmaran.

—Es que se me ha metido arenilla en el ojo —dijo con el susurro ronco que había utilizado al pronunciar esas mismas palabras dirigidas a él. Trató de hablar con desenfado, en tono de broma.

Al ver que él no reía, Kate levantó la cabeza para calibrar su reacción. ¿Estaría atónito, quizá incluso furioso, por su engaño? Su rostro era inescrutable. No la miraba a ella, sino que mantenía la vista en la distancia media, absorto en alguna visión forjada en su propia cabeza. Pero claro que lo estaba, pensó ella con alivio. Tenía cosas más importantes en que pensar que el absurdo malentendido entre ellos. Era lo que lady Walsh había dicho. Debía de ser muy difícil dejar atrás todo aquello que a uno le resultaba familiar, más difícil aún que sentirse perseguido por sus enemigos. Envidió su viaje al continente, pero no le envidió el exilio.

—Ha dicho lady Walsh que empezáramos sin ella —dijo él, arrancando un trozo de pan. Lo untó con mermelada de cereza y dio un bocado, luego se lo tendió a Kate. ¿Un gesto de perdón?

Ella lo probó. Sabía a lana mojada.

—Siento no haberos corregido cuando disteis por supuesto… pero me pareció más fácil… y qué más daba…

Él la miró fijamente, observando su rostro como si intentara memorizar todas sus facciones. Ella se sintió cada vez más incómoda ante tal examen.

—Tenéis ahí un poco de mermelada de cereza —dijo él, y alargó el brazo para limpiarle la comisura de los labios con un dedo. Luego se llevó el dedo a la boca y la probó—. Ahora está más dulce.

Fue un gesto tan íntimo, tan cargado de implicaciones, que ella casi se desvaneció de tanto como se le aceleró el corazón. Se marcha con la marea de la luna llena, pensó. Esto solo traerá pena. Era muy injusto. Sintió el escozor de las lágrimas detrás de los párpados. Tonta, se reprendió, dentro de una semana se habrá olvidado de ti y tú de él.

Él se inclinó y le rozó los labios delicadamente con los suyos. Se marcha con la marea… se marcha con la marea.

—Cásate conmigo —susurró él.

A Kate se le cortó la respiración.

—¿Cómo? —dijo por fin, tartamudeando.

—Cásate conmigo. Te pido que te cases conmigo, Kate Gough —repitió él—. Te pido que te cases conmigo. Vente conmigo al continente.