La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 28 de 45

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La librera y el hereje

Capítulo XXVII

 

[Tomás Moro] nunca lo ofendió ni le llevó la contraria [a su padre, sir John Moro] ni de palabra ni de obra.

CRESACRE MORE,

The Life and Death of sir Thomas More, 1631

 

A mediados de otoño, los traductores iban ya por el Pentateuco, que llevaban muy avanzado, traduciendo directamente del hebreo, lengua que a Kate se le antojaba líneas en movimiento más que verdaderas palabras. ¿Qué debía sentir uno al saber que su trabajo era tan importante, al saber que muchas vidas cambiarían a causa de él? A veces le resultaba difícil no envidiar a su marido, su inteligencia y su determinación. Se atrevía a preguntarse si ella habría sido capaz de aprender a leer en hebreo, o al menos en griego, si hubiese tenido profesores, llegando al extremo de pensar que quizá él le enseñara lenguas clásicas como su hermano le había enseñado a leer en inglés. Pero una vez que ella miró por encima del hombro de John y se interesó por esos garabatos danzantes, él contestó con impaciencia:

—En realidad no es un alfabeto, Kate. Es un poco más complicado que eso.

—Pero sí lo son los caracteres griegos del Nuevo Testamento que tradujo William, ¿no? ¿Alfa no equivale a «A»?

—Ajá. —Pero John siguió escribiendo sin alzar la vista.

—Mira —dijo ella, señalando un texto griego entre los papeles esparcidos sobre la mesa—. Eso es beta, ¿no?

Entonces él sí levantó la mirada y le besó la mano con que señalaba el texto griego.

—¿Estás pensando en enseñar griego a tus jóvenes alumnos? —Se echó a reír.

—Quizá —contestó ella, irritándose un poco—. O a lo mejor tú podrías dejarte caer algún viernes y concedernos el beneficio de tu inteligencia.

—Puede que lo haga —contestó él—. Pero, de momento, ¿podrías traer a tu sediento marido una copa de sidra?

Ella le llevó la sidra, pensando que al menos él había dejado de reprocharle su participación en las actividades del grupo de la Biblia. Aunque, claro, en realidad él no sabía que se trataba de un grupo para el estudio de la Biblia, pensó ella, y se sintió un poco culpable por tenerlo engañado: apenas hablaba sobre la lectura de las Sagradas Escrituras o las conversaciones serias o las fervientes oraciones, o de cómo se cogían de la mano y cantaban su himno al final. En lugar de eso, siempre que él le preguntaba por la marcha de esas reuniones, ella lo entretenía con anécdotas sobre las frivolidades de las que charlaban, los chismorreos que cruzaban antes de iniciar el culto: algún comentario ingenioso que había dejado caer Hulda sobre la devota esposa del panadero, o las quejas de Caroline sobre las miradas que su marido lanzaba a otras mujeres. No podía considerarse a eso total franqueza. Y se sentía un poco culpable. A veces. Pero no ahora. No cuando él le pedía que fuera a buscarle algo. No cuando le seguía la corriente como a una niña.

 

El día de Todos los Santos, Kate tenía la contabilidad de la Casa Inglesa lo bastante al día como para someterla a la inspección de la contaduría de la Hansa, así que volvió a castigar a la desigual bestia, el unicornio-burro. Pero aquello se había convertido en motivo de bochorno. Incluso la amable señora Poyntz le había sugerido que quizá debía empezar otro bordado, ahora que tanto había practicado con ese, pero Kate seguía decidida a perseverar… hasta el incidente con la aguja.

Se cepillaba el pelo antes de irse a la cama e intentaba contar mentalmente los días transcurridos desde su último período. Había recibido una carta de su hermano John, justo el día anterior, informándola de que su casa estaba acabada, y de que Mary, el pequeño Pipkin y él se encontraban bien. Tenía trabajo suficiente como escriba para pagar las vituallas que no podían obtener de la tierra, y quizá ella se alegrara de saber que él no había abandonado el movimiento reformista, sino que, inspirado por ella, había iniciado su propio pequeño grupo de estudio de la Biblia con campesinos. Enseñaba a leer a la población local y había instalado una rudimentaria prensa para imprimir láminas sueltas de las Escrituras en inglés a modo de texto.

Al final añadía una última noticia feliz —iba a ser tía por segunda vez—, junto con una pregunta: ¿cuándo iba a ser tío él?

Eso mismo: ¿cuándo? Hacía ya meses que había perdido a su hijo. ¿Por qué no había vuelto a concebir? Desde aquella vez en el barco, no era desde luego por no intentarlo. Según la vieja comadrona con la que había consultado, una mujer era más fértil en determinados días, pero por desgracia no recordaba cuáles. Tonta, Kate, mira que eres tonta. No recuerdas algo así de importante y te crees capaz de aprender griego.

Al oír la exclamación de dolor de John, dejó de recriminarse y de cepillarse el pelo.

—Por todos los dioses del Olimpo, Kate, ¿es que quieres matarme?

Era lo más cercano a un juramento que había oído decir a John, al menos en inglés. El cepillo cayó ruidosamente al suelo, y Kate giró en redondo para averiguar la causa de esa súbita invocación a los dioses paganos.

Él se extraía la aguja de la base de la mano izquierda; gracias a Dios y a todos los ángeles, no era la mano con que sostenía la pluma.

—Déjame ver. —Después de examinarla detenidamente, Kate dictaminó con alivio—: Es solo un pinchazo. Ha entrado y vuelto a salir limpiamente, mira — aseguró, con la aguja en alto—, ni siquiera hay una mancha de sangre.

—Pues me ha dolido como…

—Lo siento. Ha sido un descuido por mi parte dejarla en la silla —se disculpó ella en el mismo tono que uno emplearía para tranquilizar a un niño enfurruñado, y besó la herida casi invisible.

Pero pasados cinco minutos John seguía chupándose el pequeño punto rojo donde había penetrado la aguja como si fuera una herida mortal, eso un hombre que había soportado el horror de la reclusión en el sótano del pescado durante meses y había escapado de las garras de la muerte, sin decir una palabra de su dolor o sus fiebres o siquiera del peligro. ¡Y ahora no paraba de quejarse por un pinchazo de aguja! Así y todo, ella chasqueó la lengua e hizo aspavientos, lavándosela con un poco de vinagre y untándola con miel como le hacía a ella su madre con los cortes y las raspaduras cuando era niña.

Cuando acabó y se disculpó por enésima vez, él levantó el pequeño tapiz que envolvía la aguja culpable y le lanzó una mirada de perplejidad.

—Pero ¿y esto qué es?

—¿Cómo que qué es? ¿No es evidente? Es un… unicornio.

—Ah, bueno, sí. —Entrecerrando los ojos, lo ladeó—. Supongo que sí, ahora que lo dices.

—Oye, John, no todo el mundo es tan brillante en todo lo que hace como tú — dijo Kate, intentando disimular con su sarcasmo lo dolida que estaba—. Algunos necesitamos un poco de práctica para hacer algo incluso tan insignificante como un pequeño bordado.

Ahora le tocaba a él disculparse, cosa que hizo con sobrada gracia, diciéndole con sincera sorpresa en la voz que era una mujer con muchas aptitudes.

—Dime una —pidió ella, conteniendo las lágrimas que de pronto la asaltaron, aunque fuera algo tan intrascendente—. No sé hilar ni tejer ni tocar un instrumento musical. No sé cantar. No sé hacer ninguna de las cosas que cabría esperar de la esposa de un hombre brillante. Dime… una… sola.

—Sabes leer y escribir y hacer cuentas —dijo él, mirándola atónito—. ¿Cuántas mujeres son capaces de eso? Puede que no sepas coser bien, pero eres la esposa perfecta para un estudioso. —Y la besó en la cabeza con delicadeza y afecto, tal como ella le había besado la herida.

Pero esas no son dotes femeninas, habría deseado decir. No son dotes femeninas en absoluto. No era capaz de llevar a cabo correctamente las tareas propias de una mujer —ni siquiera la más básica, la maternidad—, y no se le permitía, al parecer, ocuparse de tareas no femeninas de verdadera importancia.

Él le acarició el pelo con ternura; al cabo de un momento sintió que su nuca quedaba al descubierto y él se la besaba; al principio fue solo un roce, pero enseguida el beso de consuelo se convirtió en algo más, y su lengua empezó a explorarle la oreja. John tiró al suelo el tapiz culpable y lo apartó con el pie.

—Eres la esposa perfecta para este estudioso —dijo, estrechándola.

Sus manos —ni la derecha ni la izquierda— no parecían haber sufrido ninguna merma en sus funciones. Kate tuvo apenas tiempo para pensar, antes de que su mente se rindiera a las necesidades más apremiantes del cuerpo, que era gratificante observar, al menos en ese terreno específico, que su marido encontraba su función femenina más que suficiente.

 

Al día siguiente volvió a confesar su fracaso ante el esbozo de la duquesa fea. Parece que John va a verse privado de una esposa consumada, dijo con irritación a la vez que recogía el tapiz del suelo y se disponía a tirarlo a la basura. Luego se lo pensó mejor. Esa criatura, o esa imagen bordada de una criatura, en su fealdad e imperfección, la había hecho ella con sus propias manos. No existía antes de hacerla. La arruga en el costado no era para tanto, pero el agujero del cuerno no tenía arreglo. En cambio, el ojo era precioso, un simple punto de hilo de seda blanco en el azul de la pupila, para capturar la luz. Ella se había enorgullecido de ese ojo. La apenaba tirarlo sin más. Alisó el tapiz y tapó la parte superior con el borde de la mano. Así no se veía tan mal. Unos puntos más en el ancho cuerpo para rellenar las partes exiguas; algún día quizá cortase la parte del cuerno. No tenía por qué ser un unicornio. Quizá en realidad quería ser solo un caballo.

Kate Gough, estás igual de loca que el pintor que esbozó ese otro retrato tan feo, masculló en voz alta.

Pero no fue capaz de tirar el bordado a la basura. Lo plegó con cuidado y lo guardó hasta el día en que pudiera pensar más detenidamente en su redención.

 

Las campanas de St. Mary-le-Bow tocaban a difuntos mientras sir Tomás caminaba detrás del féretro de su padre. Era una suerte que el camposanto de la iglesia de St. Lawrence Jewry estuviera cerca de la casa patriarcal de Milk Street. Era un día gris y frío, y Tomás tenía helados tanto el cuerpo como el alma y temía sucumbir. No estaba preparado para ese día y lo invadía la extraña sensación de que le habían cortado las amarras, de que navegaba a la deriva en un mar encrespado. En el octogésimo invierno de John Moro, no podía decirse que su fallecimiento fuera inesperado. Y, sin embargo, lo fue. Tomás nunca había imaginado el mundo sin su padre.

El triste cortejo desfiló ante algunos de los hitos de su infancia que escarbaban en la pesadumbre de su corazón y la transformaban en una premonición infernal. ¿Cómo era posible? ¿Cómo ese león de los tribunales del rey, que a lo largo de toda la vida de Tomás había montado guardia ante las fuerzas del caos, ese firme defensor del deber y la disciplina y la justicia, había sido abatido por una simple indigestión? ¿Dónde estaba el orden en eso? Para Tomás, fue como si su metáfora de Dios Padre se disolviera en vapor. El Padre vivía mientras viviera el padre.

Había recorrido ese mismo camino hacía muchos años, pasando ante la iglesia de Santa María Magdalena, que en ese momento tomaba el relevo del toque de difuntos con su única campana. Era una imagen enterrada en lo más hondo de su memoria, renacida ahora como si hubiera ocurrido ayer, su mano de niño en la de su padre, más grande, cuando lo llevaba a la casa de John Morton, arzobispo de Canterbury y lord canciller de Inglaterra, para actuar allí de paje. Mientras caminaban, su padre lo aleccionó sobre sus obligaciones. Era una extraordinaria oportunidad para un niño, dijo, entrar al servicio del hombre más influyente de Inglaterra, y advirtió a Tomás que debía portarse bien, que no avergonzara a su padre, que cumpliera con su deber y algún día también él sería un gran hombre.

Dejaron atrás la alta fuente de piedra de West Chepe. También aquel era un día triste y gris como este y en aquella ocasión, al igual que ahora, unas cuantas personas esperaban en las fuentes para llenar sus cubos con agua del río Tybourne. Habían quemado a un hombre en la colina de Tybourne, un hereje lolardo, explicó su padre cuando Tomás arrugó la nariz al percibir el olor residual del humo y la carne chamuscada, añadiendo que el movimiento lolardo era una forma de anarquía, un mal empeñado en destruir el orden del mundo. Era la primera vez que Tomás oía esa palabra.

Cuando el séquito dobló por St. Lawrence Lane de camino a la iglesia, pasaron ante el Blossoms Inn. Unos cuantos viajeros curiosos observaron el paso del cortejo fúnebre. Tomás solo reconoció al posadero, que se quitó el sombrero e inclinó la cabeza. Aquel otro día, hacía tanto tiempo, su padre y él se habían detenido a compartir una bebida mientras el padre seguía instruyendo a su hijo. Ese fue el día en que Tomás tomó conciencia por primera vez de que John Moro tenía el futuro de su hijo trazado con el mismo cuidado con que preparaba una exposición jurídica. Un futuro que, se lo recordaría más tarde, iba a estar vinculado al derecho en Lincoln’s Inn y no a la teología en Oxford.

Cuando Tomás creía que no iba a poder dar un paso más —no había comido ni dormido en los tres días que tardó su padre en morir, la viva imagen del hijo responsable velando junto al lecho de muerte de su padre—, de pronto su hija Margaret apareció a su lado y le ofreció el brazo. Juntos completaron el breve recorrido que terminaba en el camposanto. No se celebró una gran ceremonia, o no al menos la ceremonia que cabía esperar para un gran hombre: su padre había dejado instrucciones cuando supo que moría. El párroco ofició una misa de réquiem, y trece dolientes —trece como el número en la Última Cena de Cristo— se reunieron en torno a la tumba. Tomás observó, casi mudo de incredulidad, mientras rociaban con hisopo el féretro de su padre y lo bajaban a la fosa de piedra.

Hasta mucho más tarde, después de regresar a la casa de Milk Lane para un banquete funerario presidido por la cuarta esposa de su padre, ahora viuda, al que asistieron personas muy importantes, después de permanecer Tomás insomne la mayor parte de la noche en la habitación de su infancia, intentando convencerse de que su padre no dormía en la gran cama tallada de la habitación de abajo, sino en el frío suelo del camposanto de St. Lawrence, después de caer en la cuenta de que ya nunca se cruzaría con su padre en los pasillos de Westminster ni se arrodillaría para presentarle sus respetos, no se le ocurrió pensar que la ambición de su padre se había realizado al ver a su hijo como canciller de Inglaterra.

Y ahora Tomás tenía que escribir el resto de la historia él solo. Había cumplido con sus obligaciones para con su padre. Ya podía servir libremente a la Iglesia.

 

—¿Qué te parece, John? —preguntó Kate a su marido, inclinado sobre su escritorio de espaldas a ella. Se acercó y agitó ante él la carta de invitación de Catherine Massys —. ¿Te importa si voy?

Él examinó la carta, arrugó la frente y se la devolvió.

—¿Estás segura de que quieres ir?

Traducción: preferiría que no fueras, pensó ella.

—Serían solo unos días. Dice que puedo viajar a la ida y a la vuelta en compañía del hijo de Quentin y su mujer. No habrá el menor riesgo. Lovaina está a solo un día poco más o menos, al sur de aquí.

—Un día arduo. Y claro que me importa. Te echaría de menos. ¿Y qué pasará con tu reunión… de mujeres?

—El hijo de Quentin saldrá el sábado después de la reunión del viernes, así que solo me perdería una. Tú piensa en lo mucho que podrás trabajar sin estar yo aquí para distraerte.

—Tú nunca me distraes. —John sonrió y le dio un leve beso—. Es el trabajo lo que me distrae de ti.

—Eres un adulador con pico de oro, John Frith. —Y le dio una ligera palmada en el hombro—. Pero me he acostumbrado tanto a tus zalamerías que creo que no quiero prescindir de ellas. Le diré a Catherine que le agradezco la invitación, pero que no puedo separarme de mi marido tanto tiempo.

—Me parece muy bien —dijo él.

Pero esa noche, mientras veía a John afanarse con sus traducciones a la luz de la vela, se lo replanteó.

—La verdad es que serían solo unos días —adujo—. Apenas tendrás tiempo de echarme de menos.

—Te echaré de menos en cuanto salgas de aquí.

John dejó la pluma y se desperezó. Ella se situó detrás de él y le masajeó el cuello, percibiendo cómo se relajaban los músculos firmes y tensos bajo sus dedos a la vez que cerraba los ojos y gemía de alivio.

—¿Sabes una cosa, mi dulce esposa? —preguntó entre murmullos y exclamaciones de placer—. Creo que ya te echo de menos, y solo estás pensando en irte. —Pero cuando los dedos de Kate se detuvieron, él volvió a coger la pluma y reanudó su trabajo.

 

Al día siguiente del entierro de su padre, sir Tomás Moro se metió en cama, en su casa de Chelsea, quejándose de una opresión en el pecho. De nada sirvieron todas las cataplasmas y pócimas de lady Alice. Él no tenía fuerzas para levantarse. En sus sueños afiebrados volvió a ser un niño, perdido y errante en un bosque oscuro, que buscaba a su padre, que no le contestaba.

Pero la cuarta mañana su yerno William Roper se presentó con la noticia de que mientras el lord canciller estaba absorto en la muerte de su padre y sumido en su aflicción, el cardenal Wolsey había sido juzgado por traición y condenado a ser decapitado. Cuando Tomás supo que Wolsey se había burlado del verdugo muriendo de camino al tajo, sonrió. Al menos el viejo réprobo se había librado de la indignidad de la decapitación y conseguido entorpecer los elaborados planes del rey, una vez más.

Tomás llamó a Barnabas para que lo ayudara a vestirse, y tambaleante, tosiendo y esputando, bajó a su gabinete. Se bebió el caldo que le ofrecía Alice para deshacerse de ella y luego cogió la pluma. El hecho de que Wolsey hubiese sido condenado significaba solo una cosa. Enrique había decidido romper relaciones con Roma, quizá no ese día, ni siquiera al día siguiente, pero en breve. Tomás Moro sabía que lo obligarían a elegir entre la Corona y la Iglesia. Esta vez la elección estaría en sus manos. Entretanto llenaría el mundo de tal furia en forma de refutación contra los herejes que a William Tyndale le arderían las orejas como si las llamas ya se las abrasasen.

Tomás encontraría su camino a través del bosque oscuro. La llama imaginaria de una hoguera humana alumbraría sus pasos.