La librera y el hereje
Capítulo XXIV
Os manifesté que no sentía, ni sentiría jamás, curiosidad alguna por conocer los asuntos de otros hombres, y menos aún cualquier asunto de príncipes o de reinos.
SIR TOMÁS MORO en una carta a Elizabeth Barton (llamada la
santa Doncella de Kent)
La capilla de la Casa Inglesa era el sitio preferido de John en Amberes, junto con el piso que compartía con su mujer, claro está. A veces iba allí porque buscaba un lugar sencillo y sagrado. Pero ese día había ido en busca del capellán Rogers para informarlo sobre la conferencia de Augsburgo convocada por el emperador del Sacro Imperio Romano para promover la paz entre las facciones religiosas en conflicto dentro del reino. La capilla era una pequeña cámara al final de un estrecho pasillo que conducía al salón principal de la Casa Inglesa. Tenía un altar sencillo y dos angostas hileras de bancos, una ventana modelada al estilo antiguo y una puerta de madera maciza que daba a un jardín tapiado adonde uno podía salir con sus devociones si la vida de la casa irrumpía en la quietud, cosa que rara vez ocurría. Sus muros eran gruesos.
Rogers, todo oídos, no había superado aún su decepción por haberse visto privado del viaje a causa de las circunstancias.
—La verdad es que no os habéis perdido nada: está todo ahí. —John señaló la Confesión de Augsburgo—. Lo imprimieron en alemán y latín. Os he traído la versión en latín. No pude conseguir la alemana. Supongo que se deshicieron de todas las copias después de leerse en público debido a las protestas de la Dieta, que intentó impedir su lectura.
—¿Cómo reaccionó el emperador?
—La verdad es que no lo sé, dado que no se me permitió acceder a la pequeña cámara donde se leyó, pero me consta que fue leída porque el lector habló con una voz fuerte y clara que traspasó las puertas. Cuando llegó a los improperios del final en relación con la falsa doctrina, se oyeron grandes aplausos y vítores, al menos fuera de la cámara.
Rogers alzó el documento y tradujo:
—«Las iglesias presentes entre nosotros enseñan con gran consenso…» —A continuación, después de mirar por encima los veintinueve artículos, preguntó—: ¿Estáis de acuerdo con el documento?
—Con la mayor parte. Desde luego en el tema esencial de la salvación por medio de la fe y no de las obras, que arremete contra el núcleo de todo el sistema de penitencias católico, y estoy de acuerdo con la autorización al clero para contraer matrimonio, naturalmente, pero tengo mis dudas acerca de que la absolución privada de los propios pecados ataña a la Iglesia. Tiendo a creer que cada hombre es su propio sacerdote, una especie de sacerdocio ejercido por el creyente, tal como enseñaron los primeros lolardos, pero lo que realmente no entiendo es por qué Lutero se niega a ver la falacia en la doctrina de la transubstanciación. —Se encogió de hombros—. Claro que en realidad no importa porque la Dieta se negó a contemplar siquiera nada de eso. —Y de pronto John se acordó de sus modales y la razón por la que Rogers se había excusado en el último momento—. ¿Y qué hay de vuestro amigo enfermo? ¿Se encuentra mejor?
—Se recuperará, Dios mediante.
—Bueno, habéis hecho bien en quedaros. Cuando hayáis estudiado ese documento impreso a toda prisa, sabréis tanto como quienes realizaron el viaje. Esa copia incluye un tosco facsímil de la firma y el sello de Lutero, así que probablemente valga la pena conservarla pese a su deficiente calidad y quizá algún día sea un documento de cierta importancia. Presenta la posición reformista con notable claridad, pese a que, a mi juicio, se queda un poco corto.
—No hubo señales de nuestro común amigo en la conferencia, supongo.
—Ni por asomo.
Rogers enrolló los papeles y, con ellos, dio un suave golpe a John en el hombro, iluminándose sus ojos de satisfacción.
—Pues aquí sí hemos recibido noticias suyas en vuestra ausencia. Esperamos su llegada de un momento a otro.
—Queréis decir…
—Tyndale sabe que estáis en Amberes. Dice que viene para trabajar en su traducción del Antiguo Testamento y que vos y yo podemos ayudarlo.
—Es una noticia excelente, una noticia excelente. —Sin poder contenerse, John se levantó de un salto, cogió a su amigo por los hombros y le dio una entusiasta sacudida que casi lo derribó.
Rogers soltó una carcajada.
—Sí, es una excelente noticia.
John sintió crecer la expectación. Por fin.
—No digáis nada de su visita, excepto a vuestra esposa, pero prevenidla. Debemos ser muy discretos. Sin ir más lejos, ayer alguien llamó a la puerta preguntando por maese William Tyndale. El portero intentó deshacerse de ese hombre, pero se puso muy insistente, casi agresivo. Era la segunda vez que venía. Ahora que lo pienso, la primera vez ocurrió más o menos en las fechas de vuestra llegada. Dijo que era inglés, guantero de oficio, y buscaba a un compatriota inglés.
A John lo asaltó una vaga inquietud.
—Esta vez se lo veía un poco desesperado. Insistió en que traía un mensaje para maese Tyndale de su majestad real, Enrique VIII, rey de Inglaterra, que le habían informado de que Tyndale estaba aquí, y que no pensaba marcharse sin hablar con alguien en un puesto de autoridad. Finalmente, la señora Poyntz reclamó mi presencia para convencerlo de que se fuera.
—¿Recordáis cómo se llamaba ese hombre?
—Creo que no lo dijo.
—¿Tenía una barba roja pequeña y bien recortada, en punta, y el pelo escaso? ¿Tirando a alto, de constitución endeble, un poco mayor que yo?
—Sí —respondió Rogers, sorprendido—. ¿Lo conocéis? ¿No teníamos que haberlo echado?
—Habéis hecho bien en echarlo. Se llama Vaughan. Stephen Vaughan. Viajó en el mismo barco que nos trajo a Kate y a mí a Amberes. Si sigue aquí después de tanto tiempo, espía para alguien, sin duda, pero es posible que no sea para el rey. Muy probablemente está al servicio de Tomás Moro.
—Esta es una circunstancia muy molesta —comentó Rogers, dejando en el altar la Confessio Agustana y deslizándose los dedos entre el pelo como si de ese modo pudiera eliminar la irritación—. Le he garantizado protección a Tyndale.
—¿No deberíamos prevenirlo para que no venga?
Rogers se detuvo a pensar por un momento.
—No. Creo que no —respondió—. Aquí, entre las paredes de la Casa Inglesa, estará a salvo, seguramente más que en cualquier otra parte de Europa. Esto será su refugio. Nosotros nos ocuparemos de que así sea.
—Refugio. —John asintió en un gesto de conformidad—. Si alguien lo merece, ese es William.
Era media tarde y los aromas de la cocina flotaban en el pasillo y entraban por la puerta abierta.
—Aquí tendrá un sitio seguro donde trabajar y a la vez estará bien alimentado.
El capellán se echó a reír.
—¿Podéis quedaros a compartir el pan con nosotros? —Cogió el documento enrollado y lo agitó con actitud invitadora—. Podemos hablar de la Confessio Augustana con detalle. —Al ver que John vacilaba, Rogers añadió otro aliciente—. Hoy es lunes: conejo con dumplings.
—Lo sé —dijo John—. Huelo esas suculentas criaturas cociéndose con los dumplings, pero por tentadoras que sean tanto la conversación como las viandas, le he prometido a Kate que no tardaría en volver.
—Ay, la dicha conyugal. —Vaciló y preguntó—: ¿Aún lo es?
—Aún lo es ¿qué?
—Dicha.
John buscó una respuesta ingeniosa, preguntándose si el comentario de su amigo era fruto solo de una curiosidad ociosa.
—Casi todos los días —contestó—. Casi todos los días tengo la sensación de ser Adán y de que ella es mi Eva, y no concibo la vida sin ella. Pero a veces… puede ser… bueno, uno tiene una ración doble de alegría pero a veces también una ración doble de dolor.
—¿Y se lo recomendaríais, pues, a aquellos de nosotros que estamos solteros?
—Volved a preguntármelo dentro de treinta años —respondió con una sonrisa. Como si acabara de ocurrírsele, añadió—: No digáis nada acerca de ese Stephen Vaughan a Kate. No quiero que se preocupe innecesariamente. De un tiempo a esta parte ha estado un poco nerviosa.
—Será nuestro secreto —dijo el capellán Rogers.
Estaba ya avanzado el día y Kate se hallaba en el mercado de los jueves con la intención de comprar pan recién hecho y arenque en escabeche para la reunión de la Biblia del día siguiente. La sesión trataba del milagro de los panes y los peces, y la comida sería una especie de lección práctica para los niños. Se dirigía al mercado del pescado cuando el hombre la llamó.
—Señora Gough, señora Gough.
¿Quién podía conocerla por ese nombre en esa extraña ciudad, a menos…? Al volverse vio a Stephen Vaughan avanzar apresuradamente hacia ella. Ya era tarde para echar a correr. Le volvió la espalda, simulando estar abstraída, examinando las manzanas de lo alto de la gran pirámide en el carromato de un vendedor, con la esperanza de que Vaughan pensara que se había confundido al ver que ella no respondía. Consciente de que él se hallaba a un paso, observándola, preguntó al vendedor en su vacilante flamenco si las manzanas eran frescas. El vendedor, a quien había comprado fruta a menudo, le contestó en inglés.
—Cogidas del árbol al amanecer.
Kate sintió un suave golpeteo en el hombro.
—Señora Gough, qué encuentro tan feliz y oportuno. Ya no tenía esperanzas de volver a veros.
Ella se volvió, decidiendo que no le quedaba más remedio que echarle valor.
—Caballero, debéis de confundirme… Ah, ya me acuerdo. Sois el joven a quien conocimos a nuestro regreso de Inglaterra. Maese… —dijo Kate, intentando ganar tiempo.
—Vaughan —apuntó él.
—Eso, Stephen Vaughan, ¿no? Os hacía ya de regreso en Inglaterra una vez concluido… ese encargo que tan a desgana os trajo aquí.
—Por desgracia, mi misión para el rey aún no ha terminado. Por eso me alegro tanto de encontraros. Cuando nos despedimos me olvidé de pediros las señas de vuestra residencia.
—¿Las señas? Pero ¿por qué…?
—Vuestro marido me resultó una compañía muy grata, y como reside en Amberes y es un compatriota inglés, pensé que quizá él podría ayudarme con mi encargo. Pregunté en el gremio de merceros por un exportador llamado Gough, pero nadie parecía conocerlo.
—No está en el gremio de los merceros. Está con… comercia en… metales poco comunes. —Se cambió de brazo el cesto de la compra—. Ahora debo irme, maese Vaughan. Mi marido me espera.
—Permitidme que os acompañe a casa. Puedo llevaros el cesto. —Intentó cogerle el cesto, pero ella lo retuvo con fuerza. El posterior tira y afloja habría sido cómico si ella no se hubiese sentido tan amenazada.
—No. Muy amable… por vuestra parte, pero tengo que hacer un par de altos en el camino. —Y luego, al ver que no iba a ser tan fácil librarse de él, añadió—: Podéis venir mañana. Vivimos en una casa en la calle Camino del Surco. En el número tres. A una milla al este de la ciudad. Preguntad a cualquiera. —Se alejó rápidamente, con la intención de confundirse entre la multitud de compradores en el bullicio de la calle.
—Pero, un momento, yo…
—Le diré a John que espere vuestra visita. Mañana alrededor del mediodía.
Con las prisas, rozó el carromato de las manzanas y una pila de esferas rosadas cayó en cascada al suelo entre Vaughan y ella. A sus espaldas, el vendedor lanzó un juramento y la emprendió con el desafortunado Vaughan, como si el accidente hubiera sido culpa suya, exigiéndole el pago de las manzanas dañadas y amenazándolo con llamar a las autoridades si no pagaba. Agachada, pasó por detrás de una carreta con una carga de cubas, y atravesó la plaza como una flecha, sin detenerse hasta llegar al otro lado del mercado para volverse a examinar a la multitud. No se veía a ningún hombre alto con barba roja y puntiaguda. Pero, por si la seguía —al fin y al cabo, si era agente del rey, a saber qué habilidades poseería—, no se encaminó hacia su casa, sino en dirección contraria.
Para cuando dobló hacia su calle, le pesaba el cesto, y tras echar un último vistazo, se metió en el portal.
John la recibió en la puerta en lo alto de la escalera con cara de preocupación.
—Estaba a punto de salir a buscarte. He pensado que te habías perdido.
—Ha sido peor que eso —dijo ella, dejando la cesta y desatando el pañuelo que le sujetaba el pelo. Con tantas prisas, estaba bañada en sudor.
—¿Qué podría ser peor que eso? —John sonrió, acercándola hacia sí y besándola en la frente.
—Stephen Vaughan —respondió ella, apartándose para mirarlo a los ojos—. El espía que viajó con nosotros. Aún está aquí y te busca.
—Lo sé —respondió John, pensando mal de la señora Poyntz al deducir que se había ido de la lengua—. Pero no te preocupes. Esta es una ciudad grande. No nos encontrará.
—¡Ya me ha encontrado! —exclamó ella.
—¿Lo has visto? —Sus ojos se ensombrecieron y unas leves arrugas surcaron su frente—. ¿Dónde? ¿Cuándo?
—Hace un momento. En el mercado. Me ha llamado por el nombre que le dio el capitán Lasser. ¿Te acuerdas? Gough. Me ha llamado señora Gough. Me ha preguntado por ti. Me ha preguntado dónde vivimos.
—¿Y qué le has dicho?
—He mentido. Me he inventado el nombre de una calle.
—Qué fortuna la de un hombre cuya esposa no solo es hermosa sino también inteligente. Incluso si encuentra esa calle, preguntará por otra persona. —Le cogió la mano y se la llevó a los labios—. No te preocupes, querida. Amberes es una ciudad grande. Es poco probable que nos volvamos a encontrar con él, y si nos lo encontramos, no sabe quiénes somos, gracias al buen capitán.
Pero Kate, pese a sus palabras tranquilizadoras, lo vio lanzar miradas furtivas por la ventana.
—No creo que me haya seguido. He ido con cuidado. Por eso he tardado tanto.
—¿Lo ves? ¿Qué te he dicho? Hermosa e inteligente. —Levantó la tapa del cesto y echó un vistazo—. Veamos, pues, ¿qué tenemos aquí para comer? He renunciado a un guiso de conejo solo para cenar pan y queso con mi hermosa e inteligente esposa.
—Solo pan. No hay queso. Estaba demasiado ocupada intentando escapar. —Una imagen de las manzanas caídas del carromato asomó a su cabeza y se acordó—. Pero tenemos unas manzanas deliciosas y crujientes.
—Y una botella de excelente cerveza que ha enviado la señora Poyntz —dijo él —. La vida es bella. No te preocupes. Yo cuidaré de ti. —Y la besó: fue un beso largo y satisfactorio, y ella incluso sintió un cosquilleo en el cuero cabelludo.
—Mmm. La vida es bella —repitió Kate—, pero más vale que disfrutes de las manzanas. Puede que sean las últimas que comamos en una temporada.
A continuación se rieron mientras ella le contaba la anécdota del carromato y las manzanas caídas.
Pero aunque él aparentaba despreocupación, ella no pudo menos que reparar en su mirada escrutadora hacia la calle a través de la ventana. Y cuando oscureció y encendieron las velas, él cerró los postigos, impidiendo la entrada de la brisa en una cálida noche veraniega. Kate pensó en Stephen Vaughan y rezó para que no estuviera al acecho entre las sombras cuando a la mañana siguiente llegaran las mujeres del grupo de la Biblia.
Como hacía calor en el gran salón de Chelsea, lady Alice había ordenado que la cena se sirviera fuera, en el patio. Inspeccionó la mesa. Todo estaba en orden: la segunda mejor vajilla, de peltre, no de plata, puesta en un mantel de hilo blanco como la nieve, una comida sencilla a base de arenque con gelatina y cordero en lonchas, conservado fresco en el sótano sobre un lecho de hojas de menta, acompañados de pepinillos y cebollas en vinagre con hierbas de su propio huerto y granos de pimienta importados, y pan con mantequilla preparada esa misma mañana. Unas sencillas natillas, espolvoreadas con azúcar refinada, completaban una cena sin pretensiones que debía ser del agrado de un hermano franciscano de Canterbury.
Vaciló; luego cogió el gran cuenco de natillas y volvió hacia la casa. Quizá el franciscano considerase un derroche el azúcar blanco traído de Francia. Aún estaba a tiempo de retirarlo. Podía poner en su lugar queso y peras frescas. Volvió a hacer otra pirueta —en la medida en que podía hacer una pirueta una mujer de grandes caderas con un miriñaque— y dejó otra vez las natillas en la mesa. No, esa era la mesa del canciller, y un visitante, aun tratándose de un visitante humilde, esperaría algo especial.
Como anfitriona de un gran hombre, estaba siempre en la cuerda floja, sin saber jamás quién se presentaría a comer. Tomás tenía por costumbre invitar a su mesa de Chelsea a quienquiera que se le antojase, ya fuera un juez del Tribunal Supremo, algún artista o universitario de visita, o un mendigo a quien había decidido dar de comer, ya fuera por caridad o por curiosidad intelectual, eso ella nunca lo sabría. A veces él los invitaba a todos al mismo tiempo. Podía ser un auténtico desafío, aunque últimamente era un desafío que echaba de menos.
Cuando lo nombraron canciller, ella salió a comprar manteles de mayor calidad, un recargado salero dorado, cucharas labradas, más plata, todo ello ante la expectativa de que les llegaría una avalancha de visitantes de la realeza. Pero sir Tomás invitaba a Chelsea a pocas personas de la corte, y el rey solo lo había visitado una vez, quedándose con Tomás en el jardín todo el tiempo y marchándose luego malhumorado antes de que ella pudiese siquiera sacar el salero del envoltorio.
Últimamente, enfrascado en sus escritos, su marido había comido, lo poco que comía, en su gabinete. Al menos para esta comida se reuniría con su familia, puesto que tenían un invitado y habría conversación erudita y un ánimo festivo. Eso era bueno. Hacía tiempo que no oía las bromas de Tomás. Debía de haber agotado el ingenio con sus escritos, junto con ese sarcasmo bien afilado, que ella añoraba pese a que las más de las veces iba dirigido a ella.
Alguna que otra agradable brisa procedente del río agitaba el mantel y los cordeles de su gorro de diario —no tenía sentido engalanarse para un franciscano—, pero la brisa traía consigo el olor hediondo del Támesis en verano. Se preguntó por un momento si el franciscano consideraría un exceso los aguamaniles con flores aromáticas flotando en agua de lavanda, y decidió que la traía sin cuidado. Ayudarían a disipar el olor a algas y peces muertos que emanaba el río.
O tal vez el olor provenía de los arenques. Cogió la bandeja y la olfateó. No, el posible olor a pescado del arenque quedaba totalmente ahogado por el penetrante aroma del vino gelatinoso en que estaban bañados.
Precisamente cuando colocaba el último de los aguamaniles, reunidos apresuradamente por dos criadas de la cocina, alzó la vista y vio acercarse hacia ella a su lord canciller, seguido de un hermano con hábito marrón.
—Alice, este es Richard Risby, de los franciscanos observantes de Canterbury. Se alojará aquí esta noche.
Alice inclinó la cabeza en respuesta a la presentación.
—Bienvenido seáis a compartir nuestra humilde comida casera. Pronto se reunirán con nosotros los demás miembros de la familia.
El hermano asintió.
—La hospitalidad de Chelsea es legendaria, lady Alice. Os doy las gracias. — Recorrió con una rápida mirada la comida que ella había dispuesto—. Ah, natillas con azúcar francés. Mi postre preferido —exclamó el religioso, frotándose las manos —. A veces en el refectorio les echamos un poco de canela rallada.
Por lo visto los votos de pobreza no se aplicaban a la despensa franciscana, pensó Alice, pero mientras buscaba una respuesta que no ofendiera —carecía del ingenio vivo de Tomás—, apareció el resto de la familia como por arte de magia.
—Mi hija Margaret Roper —presentó Tomás, y extendiendo la mano para incluir informalmente a los demás que se situaban al extremo opuesto de la larga mesa, añadió—: y su marido, William, y mis otras dos hijas, y la hija de Alice, mi pupila. —Sin molestarse en dar los nombres—. Venga, comamos antes de que esos truenos que se oyen al otro lado del río decidan reunirse con nosotros. Margaret, tú siéntate al lado de nuestro invitado. Quiero que vea lo versadas que están mis hijas en lenguas clásicas y en las Sagradas Escrituras.
Enseguida todos se sentaron. La familia Moro se distinguía por su disciplina y su orden. No se toleraba llegar con retraso a la cena ni a ningún otro sitio. Tomás sin duda había heredado eso de su anciano padre, por quien Alice no sentía el menor aprecio. Achacaba los contados defectos que veía en el carácter de su marido a John Moro y deseaba fervientemente que Tomás procurara parecerse menos a él. Se alegró de no tener que padecer la compañía de su suegro ese día. Si bien este comía casi siempre en Lincoln’s Inn, con frecuencia visitaba Chelsea cuando tenían un invitado distinguido. Pero un clérigo no debía de ser de su interés.
Sentada al otro lado de Margaret, Alice los oía parlotear en latín, los muy benditos, mientras Tomás los contemplaba con orgullo. Alice no habría podido asegurarlo, pero por la cara de honda concentración de Risby, deducía que tenía serias dificultades para seguir el discurso erudito de Margaret.
—Quizá deberíamos conversar en inglés para que otros puedan disfrutar de nuestra conversación —propuso él—. Sois digno de elogio, maese Moro, por la excelente formación que habéis dado a vuestras hijas, aunque uno se pregunta…
Aquí tuvo la sensatez de no expresar las palabras que, sospechó Alice, iban a formarse en sus labios, algo acerca de la inutilidad de impartir saber a las mujeres, opinión de la que ella no discrepaba plenamente.
—Uno se pregunta si la mitad de los hermanos ordenados podrían hablar así de bien —masculló el franciscano.
—Sí. Uno se lo pregunta… —Tomás sonrió y guiñó un ojo a Alice.
Ese guiño dirigido a ella equivalía al beso de cualquier otro hombre.
—¿Qué novedades nos traéis de Canterbury, hermano Risby? —preguntó Tomás mientras el camarero mayor colocaba la bandeja de cordero ante él. Alice sintió alivio al ver que se servía una porción grande. Ahora solo faltaba que se la comiera.
—Novedades acerca de una doncella santa. Sus visiones milagrosas son la comidilla de todos en los pueblos. ¿Habéis oído hablar de ella? —preguntó el franciscano.
—Si os referís a esa monja loca de Kent, sí, algo he oído.
—¿Loca? ¿Cómo decís loca, señor? —La cuchara del hermano quedó suspendida en el aire. Alice vio con consternación que la salsa de los arenques goteaba en su mantel limpio.
—¿Elizabeth Barton? Toda Inglaterra ha oído hablar de las visiones de esa joven doncella —dijo Margaret en inglés.
Alice le dio un codazo en las costillas para recordar a la joven sus modales. Acaso supiera leer y escribir en latín y griego, pero ignoraba que una dama no debía entrometerse en una conversación entre hombres. Bueno, casi nunca. Salvo en interés de una buena discusión.
—Visiones sagradas, señora Roper —contestó Risby.
—Visiones dementes, dicen algunos —corrigió sir Tomás sin alterarse—. De algún modo unos ripios acerca de su profecía llegaron ante los ojos del rey por mediación de maese Cromwell, sospecho… en los que se vaticinaban graves desgracias para su persona y el reino si él persistía en… ciertos asuntos. El rey solicitó mi opinión al respecto.
—¿Y vos qué pensáis?
—Le dije que me parecían los delirios inofensivos de una mente simple.
—Hacer profecías contra el rey… —intervino Margaret—, ¿eso no se consideraría traición?
—Así se consideraría, sí. A menos, claro está, que fuese la inofensiva palabrería de una mente simple enloquecida, o de una mente simple manipulada por personas sin escrúpulos, o sencillamente de una doncella que ha perdido la cabeza.
—William dice que…
—No deseo oír lo que dice William, Margaret. Esta conversación sobre Elizabeth Barton no es más que un chismorreo de necios, y ya sabes que en esta casa no se permiten los chismorreos ni andar con cuentos perniciosos. No hablaremos más de la Doncella de Kent y sus… visiones.
Tras esta declaración, posó la mirada primero en Margaret, luego en Alice y por último en su yerno William Roper, que se sonrojó visiblemente y tocó a Margaret con el pie por debajo de la mesa. Alice sintió una momentánea compasión por él. Formar parte de la familia y no gozar de la buena opinión de sir Tomás no era una situación cómoda. Daba fe del afecto que Tomás sentía por Margaret el hecho mismo de que hubiese consentido el matrimonio.
—Ahora abordemos temas más propicios para la digestión. Y hablando de noticias de Canterbury, tengo una para vos, hermano Risby. Alguien a quien quizá conozcáis, el obispo Cranmer, goza últimamente del favor del rey. ¿Qué pensáis de él?
—Pienso… —Risby se interrumpió como si se dispusiera a elegir con cuidado las palabras. Las nubes se habían acumulado amenazadoramente en el horizonte y se había levantado viento. Agitaba las hojas de los árboles por encima de ellos y azotaba el mantel—. Pienso que Thomas Cranmer no es amigo de la reina Catalina.
Una gran gota de lluvia cayó en el centro de la fuente de natillas.
—Creo que está a punto de desatarse una tormenta sobre nuestras cabezas — anunció Tomás, y se puso en pie—. Mejor será que hagamos caso del aviso. Que cada cual coja un plato —ordenó, y cargó la bandeja del cordero.
El franciscano se apropió de la fuente de natillas y siguió a sir Tomás. El grupo consiguió refugiarse en la casa justo cuando el cielo empezaba a descargar.
Esa noche los candiles ardieron hasta hora avanzada en el gabinete de sir Tomás. Alice llamó a la puerta antes de acostarse.
—Vete a la cama, Alice. Yo acompañaré a nuestro invitado a su alcoba.
Alice estaba segura de haber oído el nombre de Elizabeth Barton antes de llamar a la puerta. Por lo visto la prohibición de chismorrear no afectaba al señor de Chelsea.