La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 22 de 45

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La librera y el hereje

Capítulo XXI

 

… Ojalá estuvieras entre mis brazos o yo entre los tuyos, pues creo que hace tiempo que no te beso. Escribo después de matar un venado a las once y, Dios mediante, mañana puntualmente mataré otro con la mano que, confío, en breve sea tuya.

De una carta conservada en la actualidad en la Biblioteca Vaticana

escrita en francés a Ana Bolena

 

Ana Bolena, como todos los días, permanecía atenta ante la ventana de su alcoba en espera de vislumbrar los colores del rey. No estaba sola. Su hermana María Carey había decidido llevar a sus hijos al castillo de Hever, porque la peste sudorosa había llegado a la casa solariega de los Carey en Pleasance Park. En cuanto su marido William contrajo la enfermedad, ella cogió a los niños y huyó. Pero Ana, pese a su soledad, no se había alegrado de verla. Era consciente de que María la observaba con expresión felina mientras ella aguardaba noticias de Enrique.

Su sobrina, que llevaba el nombre de la reina —qué propio de María hacer alarde de eso; ¿acaso pensaba que todo el mundo estaba ciego?—, jugaba con sus muñecas a sus pies mientras su sobrino, llamado apropiadamente Enrique, dormía en el cuarto de los niños. Una de las muñecas tenía pintado el rostro de la reina Catalina, y la otra el de la princesa María, cosa que irritaba notablemente a Ana. Cuando miraba a la niña jugando a sus pies, imaginaba que veía la boca malhumorada y los ojos inteligentes de Enrique, y sentía algo cercano a los celos, y eso la sorprendía. ¿Por qué habría de preocuparle que Enrique se hubiera acostado con su hermana, a menos que estuviera encariñándose con su espléndido Goliat más de lo que tenía previsto?

Había pasado los últimos veinte minutos explicando la naturaleza de su relación con el rey, intentando hacer entender a su hermana que ella, Ana, había elegido un camino distinto. María no la comprendía en absoluto.

—¿Estás diciendo que todavía no te has acostado con él? —preguntó, y se echó a reír.

—Yo no me abro de piernas tan fácilmente como tú, querida hermana.

En respuesta, María bajó la mano y alisó el vestido de la muñeca.

—No arrugues el vestido de la reina, cielo. Tu padre siente un gran aprecio tanto por la reina como por la princesa. —Dirigió una sonrisa inocente a Ana—. Estas muñecas se las regaló William, y a él se las dio el propio chambelán de la reina como obsequio para… su hija.

Ana resistió el impulso de abofetearla. ¿Y si Enrique la visitaba estando María allí? ¿Avivaría acaso su atracción por María verla con su hija jugando a sus pies? Enrique y ella habían eludido el espinoso tema de su anterior relación con María Bolena. «Os habéis acostado con mi hermana» no eran palabras que una echase en cara a un rey. Y el rey era demasiado caballeroso para sacarlo a relucir en su presencia.

—Estoy segura de que lord Carey echa mucho de menos a sus hijos —dijo Ana maliciosamente—. Seguro que a estas alturas ya puedes volver a casa sin peligro. Han pasado dos semanas, ¿no? ¿Y no te preocupa que tu marido pueda estar muriéndose sin hallarte tú a su lado para reconfortarlo?

María se encogió de hombros.

—Ya lo reconfortan sus concesiones reales.

Concesiones que tú ganaste abriéndote de piernas, iba a decir Ana, pero se interrumpió cuando su mirada atenta se posó en un jinete solitario que se aproximaba a la entrada, vestido con una sencilla túnica marrón en lugar de los colores de los Tudor. Ana desvió la mirada, sin saber si sentir alivio o decepción. Habían pasado dos semanas desde el último mensaje del rey, en que le prometía un regalo especial. Pero dadas las circunstancias, si pensaba llevarle el regalo en persona, Ana prefería esperar a que María se hubiese marchado.

Unos suaves golpes a la puerta interrumpieron estas especulaciones.

—Si es un criado con un refrigerio, espero que no apeste a vinagre. Estoy harta del olor a vinagre. —María arrugó la nariz—. Impregna el aire mismo que respiramos.

—Es un precio pequeño si mantiene a raya la peste. Fue el rey quien insistió en que lo usáramos en Hever.

—Bueno, siempre ha sido muy cobarde cuando se propaga una enfermedad. Si piensas que vendrá de visita, yo que tú no esperaría junto a la ventana mucho tiempo. Seguro que está encerrado en algún pabellón de caza sin más compañía que la de Brandon y Neville —dijo mientras Ana abría la puerta.

—Lady Ana, hay fuera un sacerdote —anunció el mayordomo—. Desea hablar con vos.

—¡Un sacerdote!

—Dice que es párroco de Honey Lane. Me encarga que os diga que lo envía el rey como regalo. Para ofreceros consuelo espiritual en estos tiempos difíciles y pronunciar plegarias por vuestro bienestar.

Oyó detrás de ella la risa burlona de María.

—Y pensar que yo solo recibí unas cuantas míseras concesiones de tierra y elegantes prendas.

—Dile al párroco de Honey Lane que lo recibiré en la capilla de inmediato — contestó Ana, procurando hacer caso omiso de su hermana—. Y que me conmueve mucho el interés de su majestad por mi bienestar físico y espiritual.

—Yo no me conmovería demasiado, querida hermana. —María se dejó caer en el ancho asiento contiguo a la ventana y miró hacia fuera—. Y en tu lugar me cuidaría mucho de con quién me confieso y qué le digo. —A continuación volvió a mirar a Ana, ya sin el menor rastro de jocosidad en la cara—. Al fin y al cabo, eres mi hermana. No me gustaría ver que recae sobre ti la deshonra o algo peor… y sobre todos nosotros.

Pero Ana no estaba de humor para consejos fraternales.

—Debes de confundir mi letanía de pecados con la tuya. Yo no he recibido a media corte francesa entre mis… tan íntimamente como tú. El coqueteo no es un pecado. Pero no tienes por qué preocuparte. Yo solo confieso mis pecados a Dios, como este sacerdote bien sabe. También el rey conoce mi opinión sobre tales asuntos. Ha enviado a ese párroco en particular a petición mía. Pero tú nunca te has tomado en serio estas cosas, ¿verdad?

Este último comentario lo arrojó por encima del hombro mientras salía, y echó la vista atrás para ver si el dardo había dado en el blanco.

María frunció el entrecejo con una expresión adusta en la mirada.

—Y quizá tú te las tomes demasiado en serio —repuso—. Una simple doncella podría ahogarse en esas aguas tan profundas en las que te has metido. Ve con cuidado, hermana. Ve con mucho cuidado.

Pero Ana no estaba preocupada. El aborrecido Wolsey se había ido, y casi daba por sentado que tenía de su lado a Thomas Cromwell. Se rodearía de sacerdotes con mentalidad reformista, como este párroco de Honey Lane y los estudiosos del sótano del pescado que habían recibido tan malos tratos. En cuanto se hallaran a salvo en la corte, estarían en deuda con ella. Amigos como esos ensancharían la brecha entre Enrique y su reina católica. No. Ana no estaba preocupada. ¿Por qué iba a estarlo si el rey de Inglaterra le había prometido hacerla su reina?

 

A mediados de mayo las aguas del río Escalda volvieron a su cauce después de la crecida; los mercaderes habían reanudado plenamente la actividad; y Kate estaba encinta. Pero todavía no se lo había anunciado a John. Deseaba cerciorarse.

—Se te nota. Seguro que estás en estado. —La señora Poyntz pareció muy firme en su certidumbre, sobre todo cuando Kate le dijo que tenía náuseas por las mañanas, y justo la noche anterior la había asaltado un intenso antojo de comer pasta de hígado de oca, cosa que antes apenas probaba. Lo confesó mientras se servía otra ración del consistente guiso de pescado que hervía en la gran olla colocada en el hogar de la cocina.

—Perdonad esta voracidad mía. A este paso acabaré gorda como la oca que se sacrificó por su hígado —dijo, mojando el pan en el espeso caldo—. ¡Esta salsa está deliciosa!

La señora Poyntz, que en ese momento desplumaba un pollo para asarlo, se echó a reír.

—Hay de sobra. —Empujó cuidadosamente la pila de plumas con un pie y la metió en un saco de boca ancha. A continuación bajó la voz porque la amplia puerta de la cocina daba al salón contiguo—. Piensa que puede que estés comiendo por dos.

Pero no había necesidad de bajar la voz. John, como de costumbre, mantenía una animada conversación con el capellán Rogers sobre la teología de la eucaristía, en concreto su idea de que la doctrina romana estaba totalmente equivocada. La voz de John penetraba a través de la puerta abierta, más sonora y agitada que de costumbre.

—Abogar por la presencia real de Cristo es una superstición. No es el panadero quien obra el milagro de la misa, sino Dios —decía John. Kate oyó el golpe de puño en la mesa cuyo fin era enfatizar—. El milagro es el cambio operado en el receptor, no los atributos físicos del pan y el vino.

A lo que Rogers respondió:

—Coincido con Lutero en casi todo. Está totalmente en lo cierto respecto a la teología de la justificación por medio de la fe y no de las obras, pero en cuanto a la defensa de la presencia real en la eucaristía, coincido con vos; él no podría estar más equivocado.

Puesto que no había nadie para presentar argumentos en sentido contrario, los dos siguieron exponiendo ambas posturas con un entusiasmo casi deportivo.

Si bien Kate compartía la opinión expuesta de que el pan y el vino eran simbólicos y no se convertían literalmente en la sangre y la carne de Jesucristo dentro de su boca —no estaba muy segura de que fuese capaz de tragárselos, ni siquiera para salvar su alma, si aquello se convirtiera en sangre y carne reales—, a veces se preguntaba por qué eso era un punto tan espinoso para todas las partes. Nadie negaba el milagro de la misa. Habría manifestado esa opinión a la señora Poyntz, pero ella había acabado de desplumar el pollo y se disponía a ocuparse de las entrañas de la desdichada ave. Kate se sirvió otro medio tazón del guiso. Pero lo comió distraída, como si pensara en la conversación sostenida en el salón contiguo.

¿Acaso no residía el verdadero milagro de la misa en la transformación del corazón del participante, en el perdón de los pecados? Pero ¿qué mal había en creer que se convertía también en la sangre y la carne reales? En cualquier caso, era un acto de obediencia, un acto de culto. Tomó un sorbo de caldo y pensó en los niños que acompañaban a las mujeres del grupo de la Biblia, la alegría y la prontitud con que absorbían la sencilla verdad del amor que Jesús enseñaba. Amor a Dios. Amor al prójimo. ¿De qué más podía discutirse?

Pero no se atrevía a decírselo a John, que estaba cada vez más absorto en esas sutilezas de la doctrina. Incluso había mencionado la posibilidad de escribir y publicar sobre la polémica en torno a la eucaristía. Ella prefería que no lo hiciese. Traducir la Biblia ya entrañaba peligro más que suficiente. Eso podía hacerse en secreto, incluso anónimamente; de hecho, se preguntaba por qué Tyndale firmaba las traducciones con su nombre. Pero firmar con el propio nombre un desafío directo a cualquier doctrina relacionada con la misa era como arrojar el guante a los defensores de la antigua fe. Más de un hombre había acabado en la hoguera por mucho menos.

¿Sería John más discreto si fuera padre? Kate suspiró. Probablemente no. Lutero era padre de seis hijos y eso no lo había detenido.

Sí había detenido, en cambio, a su hermano John.

 

—¿Qué noticias tenéis de Inglaterra? —preguntó Kate después de cenar el pollo asado. Su anfitriona y ella estaban de nuevo en la cocina sacando brillo a la vajilla. La criada de la cocina se las arreglaba bien para restregar las cazuelas, pero la señora Poyntz se ocupaba personalmente de abrillantar el peltre y la plata. Kate siempre la ayudaba.

—Mucho me temo que no son buenas, querida. Nada más cesar las lluvias, estalló la enfermedad de los sudores. Primero las inundaciones, ahora la peste. Y por si eso no bastara, los trabajadores textiles se sublevaron el primero de mayo para protestar por la presencia de mano de obra extranjera. Asesinaron a varios franceses… en Shoreditch, creo.

Se detuvo en medio de su relato para llamar a uno de los sirvientes y pedirle que sacara al jardín al enorme mastín adormilado junto a la chimenea de la cocina; a continuación, volvió a frotar vigorosamente la gran bandeja con una pasta de vinagre y sal.

—Tuvieron que intervenir los soldados del rey para restablecer el orden. Por lo que he oído, fue una masacre. ¿No te parece una lástima lo que hace la gente temerosa de Dios a otra gente temerosa de Dios cuando ve amenazado su medio de vida?

O incluso cuando solo ven amenazadas sus opiniones, pensó Kate. Pero la palabra «franceses» había dirigido su mente en otra dirección, induciéndola a evocar a la joven Winifred y a la niña de ojos azules que había dejado en el suelo de la librería para perseguir a un cortabolsas. Madeline. La niña se llamaba Madeline. «Su padre es francés», había dicho la mujer. Pero añadió que trabajaba de barquero en Southwark. Los disturbios se habían producido en Shoreditch, promovidos por trabajadores textiles. Apartó de su cabeza ese pensamiento.

La señora Poyntz entregó la bandeja a Kate para que la dejara en el escurridor junto al fuego.

—Maese Frith y tú tenéis suerte de estar bien lejos de Inglaterra en estos momentos. Todo son malos augurios y noticias aciagas. Un gran pez embarrancó en la orilla y murió; los astrólogos trabajan día y noche para explicar la causa de ciertas luces extrañas en el cielo nocturno; y en Kent una monja ha profetizado que la peste y las carencias son el castigo de Dios contra el rey porque intenta anular su matrimonio. Los luteranos naturalmente culpan a los católicos, y los católicos culpan al rey por abandonar a su reina católica. El rey dice que es un castigo de Dios porque vive en pecado con la esposa de su hermano, con la que ya no vive en pecado… —Se interrumpió para dejar escapar una risita—. En lugar de eso, vive en pecado con Ana Bolena.

—Debéis saber que ella es de los nuestros —dijo Kate, cogiendo el último plato del escurridor y abrillantándolo con un paño de hilo caliente.

—¿De los nuestros? —La señora Poyntz le cogió el plato y lo guardó en el armario.

—Es protestante —explicó Kate—. Protesta contra algunas de las doctrinas de Roma.

—¿Quieres decir que es luterana? —Miró sorprendida a Kate.

—Lord y lady Walsh dicen que lee a Lutero y a William Tyndale.

El sirviente había dejado la puerta abierta al sol de última hora de la tarde. Kate se asomó al pequeño huerto, donde el mastín levantaba la pata, apuntando expertamente a una mata de romero. Una vez concluida su tarea, volvió con andar cansino a la cocina y ocupó de nuevo su lugar en el hogar frío. Era un perro viejo y mimado por los numerosos clientes de la Casa Inglesa, donde ese día habían acudido seis mercaderes a cenar, y Kate había sonreído al ver que cada uno de ellos le daba disimuladamente un trozo de comida desde la mesa cuando la señora Poyntz no miraba.

—Pues, en ese caso, si Ana Bolena llega a ser reina de Inglaterra, sería todo un avance, ¿no? —comentó la señora Poyntz. Colocó la reluciente bandeja en el centro de la alacena y retrocedió para admirar los estantes llenos—. Eso significaría que con toda probabilidad el heredero del rey se criaría como reformista. No me cabe duda de que la princesa María es católica hasta la médula. —Bajó la voz como si las paredes oyeran—. Hablando de maese Tyndale, hemos recibido correspondencia suya. Tuvo que huir de Colonia después de una redada en la imprenta que él usaba.

Kate la escuchó asombrada. La señora Poyntz informaba mejor que el pregonero de la ciudad.

—Desde entonces ha ido de aquí para allá intentando adelantarse a los espías ingleses quienes, naturalmente, si lo encuentran, lo denunciarán a las autoridades alemanas para su inmediata detención. Ahora está en Worms, pero irá a Augsburgo en junio para reunirse con Lutero y otros reformistas alemanes. El príncipe Federico ha convocado una asamblea especial de la Dieta para escuchar una especie de declaración de fe de los luteranos y ver dónde podría haber puntos de reconciliación. Creo que tu marido y el capellán Rogers tienen la intención de ir a buscarlo y traerlo aquí para su seguridad.

—John no me lo ha mencionado —dijo Kate, un poco sorprendida al descubrir que esa mujer sabía más que ella acerca de los planes de su marido.

La señora Poyntz le dio unas tranquilizadoras palmadas en la mano.

—No dejes que ese pequeño descuido te preocupe, querida. Solo hace una semana que lo planean. Estoy convencida de que ya te lo dirá. Ellos no nos lo cuentan todo a las esposas, sino solo lo que quieren que sepamos. A veces lord Poyntz, de pronto, me anuncia que se marcha varias semanas…

Siguió hablando sobre una empresa comercial en la que participaba su marido, pero Kate la oyó solo a medias. Sí la preocupaba. No el hecho de que John no lo hubiera mencionado aún, sino que pareciera algo peligroso. Y se separaría de su marido por primera vez desde que abandonaron Inglaterra.

 

Era un día soleado de junio en Chelsea y, según el reloj de sol en el jardín, pasaban de las tres. Margaret Roper llevaba ya tiempo esperando que su padre la emplazara para un picnic. Los viernes, si hacía buen tiempo, solían comer junto al río. Cuando se casó con William, le dijo que cada día de la semana le pertenecía a él excepto el viernes. Los viernes por la tarde eran de sir Tomás.

Siempre aguardaba con ilusión sus conversaciones, pero en especial ese día. Ese día con toda seguridad él mencionaría su libro. Ya se había publicado oficialmente, con la licencia del rey, y podían comentarlo con entera libertad. Al ver que el emplazamiento no llegaba, decidió tomar cartas en el asunto y fue en busca de lady Alice. La encontró en la gran cocina, agobiando a la cocinera.

—¿Dónde está mi padre? Es viernes. Hace un día precioso. ¿Han vuelto a llamarlo a Westminster?

Alice retiró la tapa de la gran olla que colgaba en la chimenea y probó la sopa con un cucharón. Frunció el entrecejo.

—Necesita sal y más sabor, quizá un toque de salvia —bramó—. Y esta vez añade suero bien frío a la cena de sir Tomás. No te hará daño bajar al sótano por la escalerilla. O envía al chico. —Señaló con la cabeza al pilluelo que atormentaba al gallo ante la puerta abierta de la cocina—. En verano tiene poco trabajo con las chimeneas. Necesita ejercicio.

—¿Padre está en casa, pues? ¿Por qué no estamos…?

—Pregúntaselo tú misma. —Andaba muy ajetreada, sirviendo la sopa, añadiendo un trozo crujiente de pan todavía caliente, secando un vaso de peltre para el suero con la nívea tela de hilo de su delantal—. Está en el gabinete. Como siempre. Puedes llevarle la cena, aunque dudo que encuentre un momento para comérsela. Ahora incluso descuida sus devociones. Imagina lo indignada que estoy.

Era evidente que estaba «indignada» por algo.

—Supongo que debemos tener paciencia —aconsejó Margaret—. Ahora es lord canciller, y era previsible que el rey le exigiera todo su tiempo…

—Pamplinas. No son los asuntos del rey lo que lo retiene en su gabinete día y noche. El rey está de caza. Lo ha estado desde marzo. Se debe a su propia obsesión. Los herejes… herejes asados, fritos o flambeados… no piensa en otra cosa. Creo que los enviaría a todos él mismo al infierno, incluido tu marido, y se alegraría de ello si tuviera el poder de hacerlo.

—¡William no es un hereje! Solo porque es de miras abiertas…

El chico volvió con el suero. La cocinera había huido prudentemente a la despensa hasta que amainara la tormenta en que se convertía lady Alice en sus arrebatos de mal genio. Al arrancarle la jarra al chico, derramó una gota lechosa en la mesa. El chico retrocedió mientras su señora llenaba el vaso. Acto seguido lady Alice cogió la bandeja y se la entregó a Margaret.

—Toma. A ver si consigues distraerlo de su obsesión.

Pocos minutos después Margaret llamaba tímidamente a la puerta del gabinete de su padre.

—¿Quién es?

Margaret reconoció el tono que él empleaba cuando no deseaba que lo interrumpieran.

—Soy Margaret, padre. Os traigo la cena —anunció ella, oyendo el rasgueo de su pluma. Sin esperar el permiso, empujó la puerta con el hombro y entró. El gabinete, normalmente en orden, era un caos de libros esparcidos al azar por todas las superficies, algunos boca abajo y abiertos como para marcar una página, y hojas manuscritas puestas a secar. Cubrían incluso la repisa de la ventana. Nunca lo había visto tratar sus libros de manera tan descuidada.

—Ponla ahí mismo, Meg —masculló—. Ya comeré más tarde.

—¿Dónde? —preguntó ella en una clara indirecta.

Entonces él alzó la vista y ella se asombró al ver su cara: las oscuras ojeras, las mejillas hundidas.

—Padre, ¿estáis enfermo?

Él dejó la pluma y empezó a desplazar algunos de los libros para despejar un hueco en el ángulo del escritorio.

—Estoy bien, aunque muy ocupado.

—Alice ha preparado ella misma la bandeja —informó a la vez que la colocaba en la mesa.

Él volvió a coger la pluma de ganso y la hundió en el tintero.

—¿Queréis que me siente con vos mientras coméis? —preguntó ella, y se agachó para retirar un par de volúmenes de la silla.

—Esos no los toques —ordenó él bruscamente.

Margaret vio que el de encima llevaba el nombre de Tyndale.

—¿Estáis escribiendo una refutación contra maese Tyndale? Pensaba que la habíais terminado hacía semanas.

—Es otra. Los herejes no duermen; yo tampoco lo haré. Ese demonio de Tyndale ronda por el continente de aquí para allá, causando estragos a su paso. Entretanto yo debo suministrar un antídoto para el veneno que fluye de su pluma.

Se formaba ya una capa de grasa en la sopa cremosa al enfriarse.

—Seguro que maese Tyndale hace algún alto para dormir y comer.

—Para eso ya habrá tiempo de sobra —dijo él sin alterarse, pero ella advirtió que estaba poniendo a prueba su paciencia.

—¿Y qué hay de los asuntos del rey? —preguntó Margaret.

—El rey no tiene asuntos más importantes que la persecución y quema de herejes —contestó él categóricamente.

Margaret miró los libros dispersos por la habitación, con la esperanza de ver el suyo.

—He obtenido la licencia del rey para publicar mi traducción —anunció.

—Ya lo sé —murmuró él—. Tengo aquí un ejemplar. —Lanzó una expeditiva mirada alrededor—. En algún sitio.

Ya había vuelto a fijar la atención en el documento que tenía ante sí. Escribía con rapidez, parando apenas para reflexionar o tachar una palabra, como si todo lo que quería decir brotara fluidamente de su cerebro con la misma facilidad que si lloviera.

—Es viernes. Esperaba que pudiéramos compartir una comida y… quizá hablar de… mi traducción.

Él ni siquiera levantó la vista.

—Habrá otros viernes, Margaret. Ya hablaremos de eso más adelante.

No había respuesta para tan profundo rechazo.