La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 15 de 45

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La librera y el hereje

Capítulo XIV

 

Cuántos hombres hay cuyos hijos en la infancia muestran gran predisposición a la pintura, la talla, el bordado, o cosas semejantes… y en cuanto lo mencionan, su deseo es recibido con disgusto y se los ata por tanto a oficios como el de sastre, tejedor, cortador de telas y a veces zapatero remendón.

SIR THOMAS ELYOT acerca

de la falta de artistas en Inglaterra, de su libro

The Boke Named the Governor

 

Después de su tercera visita a Hampton Court en igual número de semanas, Tomás Moro se alegró de estar de regreso en Chelsea. Era viernes y había acabado su ritual de primera hora de la mañana, guardado el instrumento de penitencia en su caja y hecho acopio de fuerzas para hacer frente a otra clase de azote: la lengua de lady Alice.

—¿De qué sirve tener un marido en la corte si es tan reservado? —había protestado ella en el desayuno cuando él declaró no haberse fijado en la indumentaria de lady Bolena, ni en su aspecto, ni en ninguna de esas trivialidades que interesaban a las mujeres.

—El cotilleo es pecado, Alice —había replicado él con tono de honda resignación —. Y los cotilleos de la corte son especialmente perniciosos.

Pero incluso su malhumorada compañía y sus incesantes preguntas eran más deseables que hallarse en el pozo negro que era la corte de Enrique. Era preferible padecer la lengua mordaz de Alice a ver al rey de Inglaterra lisonjear a su ramera luterana de ojos negros mientras su buena reina católica languidecía en Greenwich. Tomás entró en el santuario de su estudio y, cogiendo el libro de su escritorio, dejó escapar un profundo suspiro. Lo aguardaba otra desagradable obligación.

La mañana que Tomás se marchaba de Hampton Court, el vicario general lo había llevado aparte discretamente. Un miembro de la familia de un jurista del Tribunal Supremo había quebrantado la ley a sabiendas. Por suerte, antes de que Tomás pudiera emitir comentario alguno acerca de semejante escándalo, el vicario general le había plantado ante las narices el pequeño códice y preguntado:

—¿Qué os parece esto, maese Moro?

Echando un vistazo, Tomás vio que el delgado volumen era una traducción inglesa del Tratado sobre el padrenuestro, de Erasmo. ¡Y lo había traducido su propia hija, Meg! El preceptor de esta, Richard Hyrde, un hombre al servicio de Moro, había escrito el prefacio. Pero el vicario general señaló —incluso mientras el corazón de Moro se henchía de orgullo por el logro de su hija— que la autora, Margaret Roper, de soltera Moro, había pasado por alto solicitar la licencia eclesiástica para publicarlo. El vicario general golpeteó la portadilla donde debería estar, y no estaba, el imprimátur cum privilegio a rege indulto.

—Vuestra hija ha quebrantado la ley —dijo el clérigo.

—Yo nunca… nunca había visto este libro —aseveró Tomás con un tartamudeo —. Sabía que estaba trabajando en esto, pero no tenía ni idea de que casi lo había terminado. Os aseguro que se retirará en el acto si no obtiene autorización para publicarlo. Mi hija ha cometido este delito por ignorancia, y os suplico…

—Resolvedlo de inmediato. No desearíamos llamar la atención del rey al respecto. No ahora. No cuando contáis con el favor real.

Ahora, en la paz de su gabinete, Tomás hojeó el libro, reparando en la limpia sintaxis, la prosa clara. Si al menos ella se lo hubiese enseñado antes. Sin duda un hombre «con el favor real» habría obtenido autorización para que su hija publicara un opúsculo devoto, incluso en inglés. O quizá no. Asaltó su mente la imagen de Wolsey, que en otro tiempo también había disfrutado del favor real, recogiendo las cosas de su gabinete para abandonar su querido Hampton Court. Tomás lo había interrumpido cuando estaba junto a la ventana del gabinete. El cardenal observaba el jardín, donde la ramera del rey coqueteaba con el secretario Cromwell.

—Vigila a esos dos, Tomás —había dicho el anciano—. Últimamente hacen muy buenas migas.

El pretexto de que el cardenal se retiraba a York para centrarse más en sus responsabilidades de arzobispo no era más que una estratagema para salvar las apariencias. En la corte se rumoreaba que Enrique ya no lo soportaba. Wolsey había acumulado demasiado poder, y había fracasado en el gran asunto del rey. Era solo cuestión de tiempo que se solicitase al canciller que entregase el sello. Se rumoreaba asimismo —más cotilleos perniciosos— que incluso podía ser que el Parlamento lo acusara de violar el Estatuto de praemunire porque era un legado de Roma. Wolsey era legado de Roma por su propia ambición —su corazón de cardenal albergaba sin duda la ambición de ser papa algún día—, pero también lo era porque Enrique se lo había pedido. A veces, en la sombra más oscura de su alma, Tomás temblaba al pensar en las complicaciones en que se había metido.

—Ten cuidado con el favor real, maese Moro —había musitado el anciano—. Se pierde con mayor facilidad que la virtud de una mujer.

Un criado entró de puntillas en el gabinete de Tomás con un cubo de carbón y se agachó ante la chimenea para avivar el fuego.

—Barnabas, ve a llamar a la señora Roper —ordenó Tomás al criado, de espaldas a él—. Dile que su padre quiere hablar con ella por un asunto de máxima urgencia.

Margaret Roper no alzó la vista cuando el criado de su padre apareció en la puerta. Estaba vaciando las cajas llegadas de la imprenta. Por fin. ¡Los libros! El pájaro alado que era su corazón sin duda le reventaría la caja torácica a fuerza de batir las alas. Acarició con las manos la encuadernación en piel, que le había costado su buen dinero. Tendría que ponerse la capa y el casquete del año anterior para poder pagarla. Pero merecía la pena, pensó al abrir un ejemplar por la portadilla y reseguir con el dedo las letras: «Tratado sobre el padrenuestro, de Desiderio Erasmo, traducido al inglés por Margaret Roper». Qué contento se pondría su padre cuando lo viese.

 

—¿Qué pasa, Barnabas? —preguntó Margaret, sin alzar la vista.

—Vuestro padre desea veros, señora.

—Dile que acudiré sin tardanza.

Tal vez no debería haber impreso tantos, pensó. A lo mejor la muchacha de la librería de Paternoster Row vendería unos cuantos cuando volviese a abrir. Tenía las estanterías bastante vacías. Quizá se alegrara de tener material en depósito.

Barnabas tosió con discreción.

—Sir Tomás ha dicho que es urgente.

—Pues en ese caso iré ahora mismo —dijo ella, estrechando un libro contra el pecho, impaciente de pronto por ver la expresión de su padre. Fuera cual fuese ese asunto «urgente», sin duda eso le arrancaría una sonrisa.

Pero cuando entró en el gabinete de su padre al cabo de unos minutos, lo encontró de un humor extraño. Tenía un semblante ceñudo que casi nunca mostraba ante ella; ante otros quizá, pero no ante ella.

—¿Qué pasa, padre?

Él sostuvo un libro en alto. Ella reconoció la tapa con consternación.

—Ah —exclamó—. Ya lo habéis visto. Esperaba sorprenderos…

—Pues lo has conseguido admirablemente —dijo él con sequedad—. Debo añadir que no ha sido una sorpresa grata.

—No entiendo…

Tomás dejó el libro en el escritorio con un golpe, haciendo temblar los tinteros y las plumas allí en formación como pequeños soldados. Para Margaret fue como un bofetón en la cara.

—Me lo ha enseñado el vicario general. Por lo visto, hija mía, has quebrantado la ley.

—¡He quebrantado la ley! Pero ¿cómo…?

Tomás abrió el libro por la portadilla, acercándolo tanto a la cara de Margaret que ella tuvo que apartarse para verlo.

—Mira. ¿Ves algo mal aquí?

Margaret intentó centrar la vista en las letras. ¿Qué podía estar mal? Había reconocido debidamente la autoría. El título de la obra estaba bien escrito. Negó con la cabeza a la vez que contenía unas lágrimas de mortificación.

Él sacó un libro de la estantería, lo abrió por la portadilla y la golpeteó con un nudillo.

—Aquí tienes, aquí. No has solicitado el permiso del rey. Es la ley, Margaret. No puedes publicar sin el permiso de la Iglesia y el sello real.

—Lo siento mucho, padre. No sabía… Pero ¿cómo es posible que haya llegado a sus manos? Acabo de… El primer ejemplar es para vos. ¿Qué le habéis dicho al vicario general?

—Tienen espías en todas partes. Le he dicho que ya nos ocuparíamos. Tendremos que destruirlos si no conseguimos la licencia.

Todo ese trabajo, todo ese gasto.

—¿Incluso las preciosas tapas de piel?

Margaret ya no podía contener las lágrimas.

Tomás dejó escapar un hondo suspiro.

—Cálmate, Margaret. —Su ceñudo semblante se suavizó un poco—. Podemos salvar las tapas de piel. El impresor podrá coser una nueva portadilla. Creo que puedo conseguir la licencia. Todo se reduce a seguir el procedimiento debido. La obra de Erasmo no contiene ningún elemento teológico al que la Iglesia pueda hacer objeciones. Es una obra dirigida solo a estudiosos. Incluso en inglés, los suyos no son textos que puedan interesar al hombre de a pie.

—Padre, lo siento. Pensé que os complacería. Pensé que estaríais orgulloso de mi erudición. Nunca pensé que…

Él le cogió las manos y le dio un fuerte apretón antes de soltárselas.

—Estoy orgulloso de ti. Pero debemos andarnos con cuidado. La ley puede ser una herramienta valiosa o un arma temible. Ahora vuelve a tus tareas. Ya me ocuparé yo de esto —concluyó con un gesto de despedida.

—Estaba sacando los libros de la caja —dijo ella tristemente.

—¿Cuántos tienes?

—Cuatro docenas.

—Devuélvelos por medio de Barnabas. Asegúrate de que no quede aquí ni un solo ejemplar.

Margaret estaba a punto de marcharse cuando se le ocurrió una idea.

—Padre, ¿os acordáis de la imprenta de Paternoster Row de la que os hablé?

—¿Qué imprenta era esa? —preguntó él distraídamente. Estaba examinando el libro con una media sonrisa en la cara, apaciguado ya al parecer su arrebato de mal genio ahora que tenía un plan de acción. A su padre nada se le daba mejor que los planes de acción.

—El dueño se llama Gough. Estuvo en la cárcel por vender libros de contrabando. Te pedí que lo ayudaras.

—Sí, ya me acuerdo —dijo Tomás, pasando la hoja—. Di orden de que lo pusieran en libertad.

—¿Sabes qué fue de él? El otro día, de camino a la casa de beneficencia, pasé por delante y la tienda estaba cerrada a cal y canto. Había una gruesa cadena en la puerta.

—Probablemente la tienda ha cerrado para siempre. Di orden de que destruyesen la prensa a modo de castigo.

—¡A modo de castigo! Pero ¿no lo habían castigado ya más que suficiente?

Él apartó la vista del libro y fijó en ella sus ojos de color avellana.

—La ley es muy estricta, Margaret. Recuérdalo.

—Sí, padre —respondió ella, escarmentada. Pero al salir en silencio del gabinete pensó que si era tan fácil que un miembro de la familia de Tomás Moro cometiera un delito, ¿qué posibilidades tenía un hombre inferior?

 

—Maese Frith, ¿me atendéis? —El clérigo lo miraba con enojo.

—Os ruego que me perdonéis —dijo John.

Pero lo cierto era que apenas había oído una sola palabra de lo que decía el hombre, algo sobre la consanguineidad, pensó. Estaba demasiado alterado para concentrarse. ¿Y si Kate lo rechazaba? ¿Y si no regresaba antes de que llegara el barco? Había pensado que estaba atada a otro hombre, y al averiguar que no era así, había jurado no partir sin ella. Ninguna otra mujer lo había conmovido tanto, ni siquiera en su juventud en Seven Oaks, donde había coqueteado desvergonzadamente con las chicas de Kent y bailado alrededor del mayo con la hermosa Lottie, la de las mejillas como manzanas. Pero cuando Kate Gough sonreía, el cielo se despejaba. Oírla era un consuelo para él; al tocarla se le alteraban los sentidos. Aunque sabía que estaba mal por su parte pedirle que se uniera a un fugitivo, que abandonara el país y todo lo que valoraba y conocía, no podía evitarlo.

Esbozó una sonrisa de disculpa y tranquilizó al fraile que había viajado desde Reading.

—Os escuchaba. No. Os aseguro que no estamos emparentados en modo alguno. Como los dos somos forasteros en esta comunidad, publicar las amonestaciones no sería más que una formalidad. Perdonad si os parezco distraído. Es solo que la mujer de la que hablamos no me ha dado aún la respuesta definitiva y apenas puedo pensar en otra cosa.

—Ah, yo tenía entendido… Lady Walsh dijo…

—Lady Walsh es una buena amiga. Es muy optimista. Quería que estuvierais aquí… por la urgencia… en caso de que la señorita Gough…

—Pues hombre, por el amor de Dios, haced venir a esa mujer y pedidle que se decida ya. Ayer mismo nos llegó noticia por medio de lady Ana Bolena de que los hombres del rey os buscan en todos los puertos. Es de la máxima urgencia que os vayáis. Ni siquiera lord y lady Walsh podrán protegeros cuando se promulgue una orden de busca y captura.

¡Me buscan en todos los puertos! Y si la cogían con él, ¿qué sería de ella? Qué necio había sido exponiéndola a semejante peligro.

—Lamentablemente, no está aquí —respondió. Y antes de que el fraile pudiera expresar lo que manifestaba su frente arrugada, John se apresuró a añadir—: Pero espero su regreso de un momento a otro. Ayer fue a despedirse de su familia y recibir su bendición.

Los interrumpieron unos discretos golpes en la puerta de la alcoba, y apareció Gilbert.

—Maese Frith, la señora Gough ha vuelto —anunció—. Lady Walsh ha pedido que vayáis a verla a sus aposentos. Yo os acompañaré. —A continuación dirigió un gesto de asentimiento al fraile—: La cena os espera en vuestros aposentos, padre. Lady Walsh me ha encargado que os dé las gracias por vuestra paciencia y que os pregunte si seréis tan amable de oficiar las vísperas en la capilla. —Guardó silencio por un momento para dar mayor énfasis—. Ha dicho que el acto será muy privado.

—¿Habrá testigos…? ¿Si los necesitamos?

¿Estaban diciendo lo que a John le parecía que estaban diciendo? ¿Había vuelto ya Kate y dado su respuesta a lady Walsh? La debilidad física que creía haber vencido amenazaba con volver en forma de mareo. ¿Estaba actuando debidamente? Si de verdad la amaba, ¿la pondría en tal peligro?

—Pero, hombre, no se quede ahí parado —apremió el sacerdote, dirigiéndole una parca sonrisa—. A menos que yo esté tristemente equivocado, creo que estáis a punto de casaros.

 

Kate se reunió con el novio en el altar de la pequeña capilla. Se hallaban delante de una mesa bajo una sencilla cruz luterana. Detrás de ellos, solo estaban lord y lady Walsh y Gilbert, sentados en cuatro bancos pequeños dispuestos en parejas.

Al ver la severa expresión en el rostro del sacerdote, Kate deseó huir. Apenas podía respirar. De pronto John le tendió la mano y tiró de ella hacia delante, musitando:

—Temía que no volvieras cuando ya no estuvieras al alcance de mis muchos encantos.

Ella respiró hondo.

—Tus encantos llegan muy lejos —respondió, también en voz baja, y el sacerdote se aclaró la garganta.

—¿Quién entrega a esta mujer en matrimonio? —entonó el sacerdote, ante lo que lord Walsh dio un paso al frente y colocó la mano de Kate en la de John. Este sonrió y, en silencio, formó las palabras «te amo». A Kate le temblaba tanto la mano que cuando John alargó el brazo para ponerle el anillo, una preciosa sortija de granates donada por lady Walsh, tuvo que sostenérsela. A ella le pareció detectar cierto temblor en la mano que sujetaba la suya, pero decidió que no. El novio parecía tan sereno como si hiciese aquello a diario.

¡Quizá así sea! ¡Quizá lo haya hecho ya antes! ¡Quizá tiene ya una esposa! En definitiva, ¿qué sabes de él? Fijó la mirada en la cruz situada sobre el altar para no desvanecerse. Jesús de mi vida, te ruego que esto sea lo correcto. Tomó aire con un suspiro entrecortado y se le pasó el mareo.

Ocurrió todo muy deprisa. El sacerdote masculló algo en latín que Kate no entendió y alzó la Sagrada Forma, y Kate cayó en la cuenta de que estaba celebrando su primera comunión con su nuevo marido. ¡Su marido! Su mente apenas alcanzaba a comprenderlo.

Estaba casada. Era la señora de John Frith. Y al día siguiente abandonaría Inglaterra, quizá para siempre.

Pero antes tenía que superar esa noche.

 

Después de disfrutar los cuatro de una ligera cena en la intimidad de la solana, servidos únicamente por Gilbert —Kate no percibió el sabor de nada de lo que se llevó a la boca, ni siquiera el dorado pudin de crema que John le dio de comer con una cuchara—, ella y lady Walsh se retiraron a los aposentos de esta. Un intenso resplandor bañaba la habitación. Kate nunca había visto tantas velas encendidas al mismo tiempo.

—Esta será tu cámara nupcial, querida.

Kate abrió la boca para protestar ante tal generosidad.

Lady Walsh le puso un dedo en los labios para obligarla a callar.

—Puedo soportar los ronquidos de lord Walsh una noche si es por una buena causa. Gilbert montará guardia ante la puerta para que no entre ningún criado. — Metió la mano en un arcón de madera y sacó una delicada enagua de batista—. Toma. Este es mi regalo para ti.

Kate acarició con los dedos el intrincado encaje de la diáfana tela.

—Lord Walsh me la trajo de Venecia. Diría que hace bastante tiempo que no me mira con mucha atención, y probablemente sea mejor así. Me queda un poco estrecha de cadera. —Se echó a reír—. Pero tú parecerás una ninfa. Aunque tampoco la llevarás puesta mucho rato.

Kate sintió que le flaqueaban las rodillas. Se agarró a la columnilla de la cama para sostenerse.

—Ten, déjame ayudarte —dijo lady Walsh a la vez que empezaba a desatarle el corpiño, y juntas retiraron el vestido.

Le dio un paño humedecido con agua de lavanda para que se refrescara y discretamente se volvió de espaldas para que Kate lo utilizara. Kate su puso la prenda. Parecía de gasa, y con ella se sintió desnuda. Se le puso carne de gallina. —Pensaba que no se marcharían nunca —dijo John cuando salieron lord y lady Walsh y la puerta se cerró.

—Sé que estás nerviosa, querida —indicó lady Walsh, y le pellizcó las mejillas para darles color. Le dio un ramillete de perejil—. Toma, mastica esto para refrescarte el aliento. —A continuación sacó unas preciadas gotas de un frasco de perfume y se las aplicó a Kate en las sienes—. Todas las novias están nerviosas la primera vez. Pero como no tienes una madre que te aleccione y alivie tus temores, permíteme que sea yo quien lo haga.

—Nunca olvidaré vuestra bondad —dijo Kate, sintiéndose de pronto llorosa, pensando en su propia madre, desaparecida hacía ya mucho tiempo.

—Venga, métete en la cama y te cepillaré el pelo hasta que brille como el cobre. El novio será incapaz de resistirse. Aunque no creo que necesite mucha ayuda. Parece ya bastante hechizado por ti. Eres una chica muy afortunada.

Kate subió a la gigantesca cama con dosel por el escabel de madera, preguntándose qué lado preferiría John. Como no lo sabía, se colocó a la derecha. No necesitaba mucho espacio. Esa cama era el triple de grande que el camastro al que se había acostumbrado.

Se tapó con la colcha bordada hasta las axilas y, mientras lady Walsh le cepillaba el pelo, contempló las sinuosas parras que decoraban las columnillas labradas de la cama y se entrelazaban en el dosel. Desde el centro de este se extendía lo que parecía un árbol enorme. Al pie del árbol había dos figuras, y la mujer, cubierta solo por la larga melena ondulante, sostenía una manzana ante un hombre cuyo torso quedaba medio oculto por el tronco del árbol.

—En cuanto al acto marital en sí, no tienes por qué preocuparte —prosiguió lady Walsh—. Maese Frith no parece ni mucho menos un hombre bruto. Habla de ti con mucha ternura. —Su voz seguía el ritmo de los movimientos del cepillo—. Y tú de hecho no tienes que hacer nada más que quedarte ahí tendida y relajarte. Es el hombre quien debe hacer todo el trabajo.

¡Quedarte ahí tendida y relajarte! Lamentó no haberse bebido el vino que le habían ofrecido en la cena. Intentó recordar el beso en el jardín otoñal, el sabor de los labios de John. Intentó distraerse mirando las parras curvas ascender por las columnillas hasta reunirse en la base del manzano.

—La primera vez puede que te duela un poco y después… —dejó escapar una risita tímida— incluso puede ser bastante… agradable.

Llamaron a la puerta con unos golpes amortiguados. Kate dio un respingo, como si hubiese recibido un aguijonazo. Lady Walsh dejó el cepillo y le ahuecó el pelo, extendiéndolo por la blanca almohada de hilo.

—Los caballeros están aquí —anunció Gilbert en voz baja.

—Diles que pasen —contestó lady Walsh, dando una palmada tranquilizadora a Kate en el hombro—. La novia está lista.

—Supongo que así es como hace las cosas la nobleza —comentó Kate, y contuvo una risa nerviosa.

No sabía qué hacer con las manos. Las mantenía cruzadas rígidamente sobre el pecho. Tampoco sabía qué hacer con los ojos. No podía mirar a John. Todo el proceso había sido un suplicio: lord Walsh ayudando a John a desvestirse, luego a acostarse, y a continuación quedándose los dos allí de pie, uno a cada lado de la cama, hasta que la pareja estuvo debidamente «acostada».

—Creo que tiene algo que ver con los herederos legítimos y la primogenitura y…

John se inclinó sobre ella y le tapó la boca con un beso…

—Pero ahora ya se han ido y por fin estamos solos —dijo.

Kate se aferró al cubrecama. Él le cogió las manos entre las suyas y apartó con delicadeza la manta. Por un breve momento ella sintió el frío de la habitación a través de la sutil tela de la enagua, pero no se estremeció. Tenía la piel caliente a pesar del frío ambiental. Pero él la tapó rápidamente y se recostó en la almohada. No la miró; se limitó a fijar la vista en el dosel de la cama, con las manos detrás de la cabeza.

—John, ¿pasa algo…? —preguntó con un hilo de voz. Apenas consiguió articular las palabras.

—No, no pasa nada, Kate.

—Entonces no lo entiendo.

Intentaba no llorar. Había sido un día muy largo: el viaje desde la granja Clapham y luego la precipitada ceremonia. Ni siquiera había estado a solas con él desde su regreso.

—Eres hermosa —dijo él en poco más que un susurro. Los dos sabían que Gilbert estaba justo al otro lado de la puerta—. Y he soñado con estar así contigo, pero no puedo… no podemos… hasta que sepa que entiendes plenamente a qué te estás comprometiendo. A los ojos de la Iglesia, nuestro matrimonio no será válido hasta que se consume. Puedes anularlo cuando me vaya.

—¿Eso es lo que quieres, John? Dijiste que no te marcharías sin mí cuando me cortejabas. ¿Era la persecución lo único que te estimulaba?

John se apoyó en un codo y se volvió hacia Kate, acercando tanto el rostro que ella percibió el olor del hidromiel que permanecía aún en sus labios.

—Lo que pasa es que no quiero que te arrepientas. Estás casándote con un fugitivo, Kate. —Tendió la mano y le tocó el pelo; le recorrió el centro de la frente con el dedo, acariciando la vena azul que ella siempre había detestado—. No sé qué nos deparará el futuro, pero sé que lo determinará, para bien o para mal, el propósito que me impulsa.

—¿Has olvidado la razón por la que vine aquí inicialmente? Los dos compartimos esa causa —recordó ella en voz baja.

—No es solo eso. Cuando hui de Oxford, dejé atrás todos mis bienes… y no eran muchos… pero no estamos… no estoy en la indigencia. Mi padre me ha hecho llegar veinte libras por mediación de lord Walsh, y lady Walsh me ha entregado una carta de presentación para unos amigos suyos que regentan una casa de huéspedes para viajeros ingleses en Amberes. Creo que tengo recursos suficientes, Dios mediante, para que vivamos bajo techo y tengamos un plato en la mesa incluso en un país extranjero. —Se interrumpió, escrutando el semblante de ella en busca de algún indicio de vacilación—. Te quiero tanto que estoy dispuesto a marcharme sin ti si tienes alguna duda.

Ella le dirigió una sonrisa de alivio. Era tan tierno, casi infantil en su absoluta sinceridad, que si ella albergaba alguna duda, se disipó en ese momento.

—¡Espero que no te hayas cansado tan pronto!

John abrió la boca para contestar. Ella puso un dedo en sus labios para acallar sus protestas.

—Me darás unos hijos hermosos, marido mío —dijo—. Y tengo diez libras para añadir a tus veinte, así que no estamos ni mucho menos en la ruina. Ahora acabemos con esto para poder dormir. Ha sido un día muy largo.

Una vela parpadeó en el candelero de la pared y se apagó, con lo que quedó solo la llama que ardía cerca de la cama, pero daba luz suficiente para que Kate le viera la cara.

—No temas, Kate. No te haré daño —dijo él—. Pararé cuando quieras.

Habló con una seriedad tan conmovedora que a causa de eso, o del nerviosismo, Kate estuvo a punto de echarse a llorar. Él le tocó el pelo, la cara, deslizó la mano por su garganta. Sin duda percibía los fuertes latidos bajo su piel, pensó ella.

—Eres hermosa —repitió él, con la voz empañada por la emoción. Y luego murmuró algo en latín que casi pareció una oración, pero no era de ninguna liturgia habitual y ella no reconoció las palabras.

Él ahuecó una mano en torno a uno de sus pechos, y se lo masajeó con delicadeza. Su contacto quemaba como un hierro al rojo vivo a través de la fina batista de su enagua. Kate ya no podía controlar la respiración.

Con la otra mano, él le levantó la enagua y, colocándose encima, se unió a ella con un rítmico movimiento ancestral que el cuerpo de ella pareció reconocer y al que respondió.

Hasta sus huesos se derretían.

Cuando él la penetró, Kate se sorprendió de que existiera aún una parte sólida en ella contra la que presionar, pero una lancinante punzada de dolor le indicó que no quedaba nada de su resistencia virginal. «Y los dos serán una sola carne.» Por primera vez entendió el significado de eso, lo entendió de verdad.

… una sola carne… una sola carne…

Kate percibió su aliento húmedo en el cuello mientras él pronunciaba su nombre y decía después «ángel mío». Una sola carne… una sola carne… pensaba ella. «Mi ángel de la gracia», repetía él. Una sola carne… Y de pronto sintió derramarse la fuerza vital de John dentro de ella.

Ya se ha acabado. Somos una sola carne, pensó mientras él se apartaba. John dejó escapar un suspiro y luego, musitando su nombre de nuevo, la besó por última vez en la mejilla, un beso sin pasión pero lleno de afecto.

Ahora soy una mujer casada. Su semilla está dentro de mí. Puede que me haya dado un hijo.

Él le cogió una mano y, poniéndose de costado, la atrajo hacia sí hasta que ella se enroscó alrededor de su cuerpo. Mientras Kate yacía escuchando la respiración rítmica de su marido, pensó que lady Walsh tenía razón —en todos los sentidos—, pero no había mencionado la deliciosa lasitud posterior al acto marital. Kate flotó complacida hacia ese pequeño espacio entre la vigilia y la inconsciencia. Lamentó que John se hubiera dormido tan pronto. Le acarició el pelo con delicadeza y susurró su nombre. Él no se movió.

La vela se había apagado, pero una luna llena empezaba a dejarse ver justo delante de la gran ventana doble con parteluz, bañando la cama con su claridad. Iluminó el rostro de John. Kate levantó la manta para impedir el paso de la luz.

Locura lunar. Eso ocurría, según decían las viejas comadres, si la luna iluminaba el rostro de una persona dormida.

Quizá él estuviera ya un poco loco. Quizá los dos lo estaban. Pero ella era feliz en su locura. Se acurrucó contra el peso sólido de él, allí dormido a su lado, y se sintió segura por primera vez en mucho tiempo.

La vegetación labrada en el poste de la cama se entrelazaba y curvaba en su ascenso hacia donde se hallaban Adán y Eva bajo el Árbol de la Vida. Cuando cerró los ojos y sucumbió al sueño, Kate no vio la cabeza de la pequeña serpiente que coronaba la parra más grande, oculta entre las sombras de la rama más frondosa.