La librera y el hereje
Capítulo XV
La desnudez de la mujer de tu hermano no descubrirás; es la desnudez de tu hermano.
Levítico 18:16 (empleado por Enrique VIII como justificación para
anular su matrimonio con Catalina de Aragón)
Tom Lasser oteó el horizonte mientras dirigía su buque hacia la ensenada. No había nada a la vista. Aun así, la mayor amenaza la representaba siempre lo que no se veía. Llevaba ya mucho tiempo navegando y reconocía a un agente de aduanas en cuanto lo veía, y aquel día los muelles de Bristol, por lo general tan libres, estaban plagados.
—Como abejas en un panal —había dicho Tom al dueño de la taberna donde acababa de pedir una cerveza y empanada de carne.
—Esta vez lo que buscan es a un hombre —explicó el tabernero mientras secaba la jarra con un paño sucio—, no contrabando.
—Si eso es para mí, usad un paño limpio, por favor —exigió Tom. Luego añadió —: Para atraer a tantos agentes, ese hombre debe de haberle robado la bolsa al arzobispo. ¿Adónde creen que va a escapar desde el lado oeste de Inglaterra? Desde Anglia oriental solo necesitaría cinco chelines y un par de horas para atravesar el canal del mar del Norte y llegar al continente. Desde aquí, son quinientas millas bordeando por el sur. Habría que ser tonto para elegir el canal de Bristol.
—O astuto como un zorro —replicó el tabernero, todavía secando la jarra—. La marisma de Romney y toda la costa oriental es un hervidero de informadores. Según los observadores, Moro y el arzobispo quieren a este hombre a toda costa y están dispuestos a pagar. Creen que los llevará a ese traductor de la Biblia. Os aconsejo que no aceptéis a pasajeros desconocidos, capitán. —Sostuvo la jarra en alto al trasluz—. ¿Así está bien para vos?
—Bastante bien, amigo mío, bastante bien —contestó Tom, y echó media corona a la mesa, una compensación ciertamente generosa por una pinta de cerveza y un paño limpio, pero no era fácil encontrar fuentes de información fidedignas, y un paño limpio, menos aún.
Así que ese era el pasajero al que debía recoger El canto de la sirena, pensó mientras dirigía el barco entre las boyas del canal. Monmouth, prudentemente, no se lo había dicho, explicándole solo que un pasajero con destino al continente deseaba marcharse de Inglaterra a causa de las presiones de «ciertos sectores». Tom había preferido no saber nada más. Hasta ese momento. Había mucho más en juego, por lo visto. Hombre prevenido valía por dos.
Ahora, mientras oteaba la península de Sand Point, algo en la apariencia demasiado tranquila de la costa lo inquietaba. Era mediodía y el mar estaba sereno como un espejo. Nada, ni siquiera restos flotantes, salpicaba la bruñida superficie. Tampoco se veían las aves marinas carroñeras que solían seguir a los barcos, volando en círculo y abatiéndose para atrapar restos. La península también estaba desierta. Ni rastro de su pasajero. Volvió la vista hacia el mar abierto. Allí había algo, estaba seguro. Miró a lo lejos hasta que le pareció ver una mota insignificante en el horizonte, pero bastó para que se le erizara el vello de la nuca. Dos tripulantes lo avistaron casi al mismo tiempo y señalaron:
—¡Capitán!
—Ya lo veo. Cambiad de rumbo —ordenó Tom a voz en cuello, y atravesó el puente al trote—. Izad la vela a barlovento. Navegad rumbo al sur, bordeando Sand Point. —Aflojó los cabos del esquife sujeto a estribor—. Es posible que salgan en nuestra persecución e intenten abordarnos. No protestéis. Probablemente buscan a un hombre, no contrabando.
—Pero ¿y si preguntan por vos, capitán? —quiso saber el segundo de a bordo en cuanto adivinó lo que Tom se proponía.
—Diles que estoy en mi camarote, con fiebre —respondió, subiéndose al esquife y haciendo una señal al segundo para que lo bajara—. Enséñales los manifiestos y la carga. Ofrécete a acompañarlos a verme. No querrán. Nos reuniremos en Burnham, donde desemboca el Severn. Desde allí este barco podrá dejar atrás a cualquier embarcación de aduanas.
—Sí, capitán. —El segundo de a bordo sonrió. Le encantaban las persecuciones —. Llevaré el barco hasta allí.
—Más te vale —vociferó Tom cuando el esquife cayó en el agua ruidosamente, mojándole la camisa. Lanzó el cabo hacia el barco para que lo recogieran—. Si no lo haces, te daré caza y te colgaré del penol.
Se rio para suavizar sus palabras. Pero sabía que el segundo percibiría la amenaza, al igual que cualquier otro tripulante que estuviera oyéndolo.
Tom juró entre dientes cuando se sentó en la proa del bote y empuñó los remos. El contrabando era una cosa. Uno podía salir del paso fácilmente si lo atrapaban. Pero algo muy distinto era un pasajero prófugo de la ley. No sabía cuál era la pena por sacar a un fugitivo de Inglaterra, pero dudaba que se redujera a una simple multa. El trabajo de ese día le permitiría descargarse de gran parte de su deuda con sir Humphrey Monmouth, pensó mientras remaba hacia la orilla.
Varó el esquife y, tras esconderlo detrás de un afloramiento de rocas, se dispuso a aguardar a su pasajero. No tuvo que esperar mucho.
Desde las sombras de los árboles donde se hallaba, los vio a los cuatro. Diantres. Caminaban por la playa con la misma despreocupación que si pasearan una tarde por la orilla del mar. El sol se reflejaba en el espadín que lord Walsh llevaba al cinto. Para eso, bien habría podido anunciar su presencia a trompetazos. ¿No podían haber dejado que aquel hombre esperara allí solo, sin acompañarlo cogido de la mano a riesgo de llamar la atención? Lord Walsh era un buen hombre, pero quizá estaba demasiado seguro de que su rango nobiliario lo protegería. Aquello no era un juego inocente. Aquello no era como vender vino en el mercado negro o libros ilegales de Amberes, delitos menores por los que le pondrían una multa o le confiscarían la carga y luego se la revendería un funcionario corrupto. Por algo así, podía perder el barco. Nunca más. Le diría a Humphrey Monmouth que en adelante solo llevaría carga.
Al acercarse los cuatro, intentó evaluar a su pasajero. Las otras dos personas llevaban faldas, así que el del cabello castaño ondulado debía de ser su hombre. Parecía joven y, con su gorro y su sencilla zamarra rústica, tenía aspecto más de campesino que de erudito. Dijeron que había estado muy enfermo, pero se lo veía bastante vigoroso. Avanzaba al mismo paso que lord Walsh, en tanto que las dos mujeres iban un poco rezagadas, enfrascadas en su conversación.
Cuando llegaron a donde él estaba, Tom salió de entre los árboles que bordeaban la playa de guijarros.
—Por Dios, capitán, que susto nos habéis dado. —Lord Walsh se echó a reír—. ¿Dónde está vuestro barco?
—Lejos de aquí, milord. Como deberemos estar nosotros cuanto antes. —Intentó disimular la irritación en la voz.
—Sí, claro. Pero no hay necesidad de sulfurarse. La playa se ve bastante desierta.
—Las apariencias pueden engañar —respondió Tom, tendiéndole la mano al joven—. Soy el capitán Tom Lasser. Sois el pasajero, supongo.
—John Frith. —El joven desplegó una sonrisa espontánea—. Pero me temo que somos dos.
—¡Dos! Pero sir Humphrey no me…
—Sir Humphrey no lo sabía. Veréis, me he casado, y quiero llevar a mi esposa conmigo.
Airado ante la presunción del joven maese Frith, Tom miró de soslayo a la mujer que permanecía a cierta distancia junto a lady Walsh.
—Me temo que es imposible. Vuestra esposa tendrá que hacer el viaje por tierra. Fácilmente podrá embarcar en Yarmouth, y a un precio más barato. A ella nadie la busca.
—Lo siento. Eso también es imposible. No pienso marcharme sin ella. Si no podéis acomodarnos a los dos, iré por tierra con ella. Partiremos los dos desde Yarmouth.
—No seáis necio, hombre. Os cogerían incluso antes de llegar a Yarmouth. — Tom intentaba contener el mal genio. Para colmo, aquel insolente se hacía el héroe delante de la novia.
La mujer dio un paso al frente y Tom la vio bien por primera vez cuando ella dijo:
—Si es una cuestión de dinero, puedo pagar…
La voz. La frente ancha con la tenue línea azul bajo una piel tan fina que era casi transparente. Ya de sobra conocida.
Ella lo miró fijamente, con un ligero desafío en la inclinación de la barbilla.
—Ya lo ha hecho, señorita Gough —admitió él, con un suspiro—. Un penique más intereses.
—Señora Frith —corrigió ella, cogiendo a su marido de la mano. Y levantando la voz lo suficiente para que Tom la oyera, susurró al oído del desconcertado novio—: Ya te lo explicaré, John.
—No es solo una cuestión de dinero —dijo Tom con aspereza—. Podría hacerlo por simple «bondad humana».
Ella tuvo la elegancia de sonrojarse. Desde luego, le favorecía. Como también la tozudez con la que perseguía aquello que deseaba. ¿Tom se había fijado antes en lo atractiva que era? Solo la había visto bajo una luz gris junto a la celda de su cárcel y otra vez entre las sombras de una fogata. Le había parecido bastante guapa. Ahora, a plena luz del día, se le antojó que era de una belleza notable, con aquel cabello luminoso y la mirada inteligente de aquellos ojos, de color verde mar. Comprendió a regañadientes por qué Frith era reacio a dejarla.
—Vamos —ordenó con brusquedad, sacando el bote de detrás de las rocas.
Las dos mujeres se abrazaron con lágrimas en los ojos. Tom entregó un remo a Frith.
—Tomad, novio, podéis ayudarme a remar, si las fuerzas os lo permiten.
El rey Enrique siempre reflexionaba mejor a lomos de un caballo, y el camino de vuelta desde Greenwich, donde acababa de visitar a la viuda de su hermano: así era como pensaba en Catalina de Aragón ahora, nunca como su esposa, nunca como su reina. Para él, ya era del todo evidente.
Durante dieciocho años, había yacido con la esposa de su hermano en un intento de dar un heredero a Inglaterra. Cada acto de copulación era un pecado grave, cada acto era una obligación más penosa que el anterior, hasta que lo asombró el hecho mismo de ser capaz de cumplir. Y de eso no había salido ningún heredero varón —la señal más clara de que Dios no estaba complacido—, sino solo una niña, María, una niña que podría llegar a ser reina y casarse con un príncipe español o, que Dios no lo quisiera, incluso con un francés. Sus descendientes heredarían. Los enemigos de Inglaterra conquistarían, sin gastar un ducado de oro florentino ni derramar una gota de sangre, la soberanía por la que los monarcas ingleses anteriores a él habían luchado.
Su padre le había impuesto a Catalina a la tierna edad de dieciocho años, en gran medida porque no quería devolver la dote que el padre de ella, el rey Fernando, había pagado por su matrimonio con Arturo. Desde el primer día, Enrique había pensado en cumplir con su obligación y se había propuesto firmemente considerarla una esposa adecuada. Pero a medida que el pecado se enconaba en su alma, lo mismo ocurría con su rechazo a ella. Desde hacía meses, la idea de cualquier relación física con ella le repugnaba. Le inspiraba cada vez más aversión: sus pechos caídos, su sangre española, el hábito de la orden franciscana que llevaba bajo la vestimenta oficial, su exceso de devoción en general. Nunca reía. Ni siquiera con Will Somers, el bufón de la corte, capaz de hacer reír a una estatua. Ni siquiera por las bromas de Enrique, cosa que sin duda haría una esposa sensata. Una mujer más sensata no respondería a las chanzas de su marido con esa sonrisa resignada que destilaba tolerancia y condescendencia.
Aunque debía admitir que la reina no carecía de virtudes, cosa que sus partidarios nunca se cansaban de señalar. Era inteligente, culta —amante del nuevo saber procedente de las universidades— y podía estar a la altura incluso del gran sir Tomás en una conversación teológica y política. Y era más que obvio que adoraba a su marido, incluso le toleraba algún que otro escarceo como el que había tenido con María Bolena. Lo toleraba pasando más horas de rodillas rezando por él. Por alguna razón eso le quitaba las ganas a cualquier hombre, saber que mientras él practicaba un poco de «deporte» viril, su esposa estaba en casa rezando por él.
Esa mañana él la encontró arrodillada. La saludó llamándola «cuñada».
—Soy la reina Catalina, esposa del soberano rey de Inglaterra, Enrique VIII — dijo con su pronunciado acento español, sin alzar la vista ni una sola vez—. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.
—No sois mi legítima esposa, Catalina. Nunca habéis sido mi legítima esposa. Sois la esposa de mi hermano.
—¿Cómo decís, majestad, que no soy legítima cuando os casasteis ante Dios y el arzobispo? El tribunal de Black Friars no declaró ilícito nuestro matrimonio.
—Ante vuestra deplorable actuación, el tribunal no se vio capaz de pronunciar un veredicto conforme a derecho. Una reina arrodillada como un vulgar mendigo.
—Vuestra expresión de amor por mí ante el tribunal en aquel momento… ¿no fue sincera, pues?
Seguía sin mirarlo, manteniendo la vista fija en su devocionario, examinando la tapa con piedras preciosas incrustadas como si fuera a encontrar allí la respuesta. Era el Libro de Horas y lo sostenía con manos trémulas. Enrique sintió una repentina compasión por ella y temió arredrarse. Con un suspiro, desvió la mirada de aquellas manos temblorosas.
—Sincera o no, poco importa. Os casasteis con Arturo, Catalina. Ese matrimonio fue anulado a petición de mi padre. La anulación del matrimonio de mi hermano nunca debería haberse producido. Nuestro matrimonio nunca debería haber ocurrido.
—Mi matrimonio con vuestro hermano se anuló porque no llegó a consumarse. Vos, mi rey, sois el único marido que he tenido y que tendré.
Las lágrimas anegaban sus ojos y rodaban por sus mejillas, enormes gotas de agua, como grandes joyas. Una vez, en Flandes, Enrique había visto un retrato decorado con esa clase de lágrimas.
Incapaz de mirarla, fijó la vista en la figura del Cristo agonizante que pendía sobre la cabeza de ella.
—¿En qué momento, mi señor, he actuado con falsedad ante vos o dejado de servir a Inglaterra? —Tenía la voz empañada por el llanto contenido—. ¿Habéis olvidado la victoria en Flodden contra los escoceses, lo orgulloso que dijisteis estar cuando os envié desde los campamentos de nuestros ejércitos el tartán del rey escocés manchado con su propia sangre? ¿Acaso una esposa así, una reina así, no merece un destino mejor? ¿Cuándo he sido otra cosa que una reina amante y leal?
Tenía razón, claro, salvo por un detalle. Enrique a veces se preguntaba si su lealtad a España no era mayor que su lealtad a Inglaterra. Fernando no podía tener mejor espía en la corte inglesa. Pero eso no lo dijo. No tenía pruebas.
Catalina se sorbió la nariz y Enrique advirtió cómo se le tensaban los hombros pese a que mantenía agachada la cabeza, como si hiciese acopio de valor.
—El papa nunca anulará este matrimonio. No convertirá en bastarda a nuestra hija —dijo ella—. Si mi marido no preserva mi honor, Dios lo hará. Habéis caído bajo un maleficio. Dios os hará volver a mí o perderéis el trono. Así se ha profetizado. Nuestra hija reinará en cuestión de meses si tomáis a Ana Bolena por esposa.
—¿Dónde habéis oído ese chisme traicionero?
—Me lo han dicho mis ayudantes. La Virgen se lo ha revelado a la santa Doncella de Kent.
Enrique suspiró, procurando no perder la paciencia. Catalina no estaba siendo razonable.
—Si Dios hubiese bendecido nuestra unión —dijo con toda la delicadeza posible —, habríamos tenido un hijo varón. Soy rey por derecho divino. Negarme un heredero varón implica que Dios no ha bendecido esta unión. Hemos vivido en pecado durante dieciocho años, y ya os lo dije el año pasado: no pienso seguir haciéndolo. Con la anulación del papa o sin ella.
En ese momento Catalina alzó la vista; su rostro bañado en llanto rebosaba dolor, pero se advertía en él otra emoción. En sus grandes ojos —ojos de vaca española, como él los llamaba, al principio en broma, cuando aún quedaba cierto vestigio de armonía entre ellos, antes de encontrar consuelo en otros ojos—, Enrique vio un acero tan duro como el metal de su espada. Fue la voz de un rey la que declaró:
—Ni el papa, ni vos, ni vuestro padre, y desde luego no vuestro sobrino el sacro emperador romano, me obligarán a persistir en este pecado un solo día más, Catalina. Sois mi cuñada viuda. No sois mi esposa.
Ella se puso en pie de cara a él, con el rostro manchado y enrojecido, pero sus ojos grandes e inteligentes no vacilaron en ningún momento.
—Id a buscar el placer donde os venga en gana, señor mío, pero sé que soy la reina Catalina de Inglaterra. Nunca volveré a España. No huiré a un convento. Soy la esposa verdadera y leal de Enrique rey de Inglaterra y seguiré siéndolo hasta el día de mi muerte.
En ese momento Enrique ya se había marchado, alejándose sin despedirse siquiera.
—¿Cuándo volveré a veros, esposo? —preguntó ella, levantando la voz.
—Ni en todos los días de mi vida —dijo él entre dientes, disolviéndose toda su compasión ante el fuego de la determinación de Catalina.
Montó en su caballo y se alejó con un vigoroso trote. El caballerizo real había ordenado prudentemente a los jinetes que lo acompañaban, Neville y Brandon, que lo siguieran a distancia.
Caballo y jinete se detuvieron junto a un arroyo. La montura de Enrique relinchó suavemente y sacudió el arnés dorado.
—Bebe hasta saciarte, Dominico.
Enrique dio unas palmadas al corcel negro en el cuello y levantó la mano para indicar a los cortesanos y al caballerizo real que se detuvieran.
El caballo, hijo de una yegua española, regalo del rey Fernando, era uno de los preferidos de Enrique: al menos la corte española había producido algo fértil. Había puesto ese nombre al caballo él mismo por la ubicua presencia de los frailes negros. En su momento le pareció un buen chiste, aunque no lo vio así el prior de la abadía dominica, un hombre con tan poco sentido del humor como Catalina.
Lo irritaban los cuchicheos de los inquietos cortesanos a sus espaldas, los nerviosos relinchos de los caballos, el tintineo de las campanillas de los arneses, todo ello haciéndose eco del desasosiego de su propia mente. Debería haber dedicado ese día a la caza del jabalí en New Forrest, escuchando el reclamo del cuerno de caza, los aullidos de los perros, en lugar del lloriqueo de una mujer poco razonable. ¿Qué tenía que hacer un hombre, un rey, para estar solo? Sintió el feroz impulso de espolear a Dominico y salir a galope tendido a través del bosque a su izquierda, la capa volando al viento, prendiéndose su sombrero en la rama más baja de un árbol, quedándole el pelo al descubierto. Tal vez podía coger el camino del castillo de Hever, dar una sorpresa a Ana —esa sí era una mujer capaz de valorar una buena chanza—, pero sabía que los otros lo seguirían ruidosamente. Entre ellos eran muchos los que no veían a Ana con buenos ojos, muchos los que permanecían leales a Catalina.
Dominico levantó la cabeza y aguardó, temblándole ligeramente los cuartos traseros, en espera de la orden de su dueño. Enrique dio una ligera sacudida a las riendas y vadearon el arroyo. Hizo una seña para que su séquito lo siguiera. Cuando llegasen al pabellón de caza, mandaría a su paje en busca de Ana para emplazarla en Hampton Court. Ella estaría allí a su regreso al día siguiente.
—La devoción favorece a una reina —dijo una voz familiar a espaldas de Ana—, pero no si es excesiva.
El corazón le dio un vuelco. Antes de ponerse de pie, hizo una genuflexión ante el pequeño altar improvisado: un crucifijo sencillo, un devocionario sin adornos y un reclinatorio en el rincón de sus aposentos. Se volvió e hizo una reverencia.
—Su majestad —saludó, y a continuación preguntó—: ¿Habéis ido a ver a la reina? —Y antes de que pudiera contestar, porque Cromwell ya le había dicho que él iría a verla, añadió—: ¿Cómo está la reina Catalina?
—Muy triste, lady Ana. Muy triste. También ella estaba ante su altar, probablemente rezando para que tú cojas la viruela. —Habló en voz baja porque la puerta de dos hojas de sus aposentos, los mismos que habría usado la reina Catalina si hubiese ido a Hampton Court, se hallaba abierta.
—No, vuestra majestad. La reina siempre fue amable conmigo cuando estuve a su servicio. Recuerdo cuando… —Se interrumpió y se abstuvo de decir «cuando Wolsey echó a mi querido Percy»—. Una vez, estando yo muy enferma, me trató casi como una madre. Me aflige pensar en el papel que yo desempeño en su tristeza.
Una luz gris —ya que había sido un crudo día otoñal, anuncio del inminente invierno— se filtraba por la ventana con parteluz situada encima del altar y confería un frío resplandor a la habitación. Cayó una gota de cera de una vela solitaria que parpadeaba bajo el crucifijo, como una gota de sangre, sobre el paño de hilo blanco del altar. Enrique rascó la cera con una uña bien cortada. Su sello de rubí proyectó un prisma rojo, morado y amarillo.
—Tu altar es tan sencillo como un altar luterano, lady Ana.
—Es para mis devociones privadas, mi señor.
—¿Y en privado desprecias la liturgia y los ornamentos de la misa?
—No lo llevo en secreto. ¿Os apetece sentaros, vuestra majestad? Pediré un refrigerio.
Parecía anormalmente cansado. Llevaba aún las botas de montar.
—No, venid a dar un paseo conmigo por el laberinto.
—Sopla un aire frío. El rey podría resfriarse.
—El rey desea estar a solas contigo para hablar en privado.
No sonreía. Había ido a ver a la reina y ahora quería «hablar en privado».
—Trae mi capa —ordenó Ana a la doncella, que permanecía con el lacayo del rey al otro lado de la puerta abierta, pero la doncella ya había descolgado la capa de la percha y avanzaba hacia ella.
Él no la tocó mientras paseaban entre los altos setos, ni siquiera la cogió de la mano, aunque sin duda estaban solos en el laberinto. Nadie se habría entretenido allí en un día así. ¿Sería eso una mala señal? ¿Había decidido finalmente reconciliarse con Catalina? ¿Renunciaba al divorcio? Pues ella no estaba dispuesta a ser su amante. Jamás sería su amante. Sería reina o nada. Tenía las manos en los bolsillos para darse calor.
—Leí el libro que me diste —dijo él.
—¿Qué libro era, vuestra gracia?
—El libro de Tyndale, La obediencia del cristiano.
—¿Qué os pareció?
—Me pareció un libro que nos conviene leer a mí y a todos los reyes.
—Exactamente, su alteza. William Tyndale es un hombre brillante. Su presencia en la corte os sería útil.
Siguieron caminando. Solo se oía de vez en cuando el roce de las hojas de boj contra sus brazos hasta que él rompió el silencio.
—Admito la brillantez, pero hay en su texto muchos detalles inquietantes.
—¿Inquietantes, su alteza? ¿Y eso?
Ana sabía qué iba a decir antes de que abriese la boca. Era lo mismo que decían cuantos se oponían a la Reforma.
—Sir Tomás dice que es tan herético como Lutero: su énfasis en la salvación por medio de la gracia, el rechazo del purgatorio, y su insistencia en que el individuo solo responde ante Dios y no ante la Santa Iglesia. Si nos paramos a pensarlo, resulta extraño que Moro y Tyndale sean enemigos. Parecen tener mucho en común en todos los demás aspectos: los dos son pensadores brillantes, los dos admiran a Erasmo, los dos están consagrados al nuevo saber de muchas maneras. Dos ramas del mismo árbol, parecería. Incluso sé que sir Tomás llegó a hablar de la necesidad de una reforma. No entiendo por qué considera que Tyndale solo sirve como yesca.
—Es la Biblia —dijo Ana, notando que le moqueaba la nariz a causa del frío. Se la sorbió con delicadeza para no ofender y lamentó no llevar un pañuelo. ¿Era para hablar de eso que la había hecho salir? Se mordió la lengua para no preguntar por su visita a Catalina cuando dijo—: Sir Tomás niega la primacía de las Sagradas Escrituras por encima de la Santa Iglesia. Quemaría las Sagradas Escrituras y a su traductor en una hoguera que llegara hasta el infierno solo para que ningún campesino pueda leer la verdad que contiene.
—El campesino no tiene necesidad de leer las Escrituras. Es demasiado ignorante. Las malinterpretaría. Nos invadiría un millar de falsas doctrinas. Cada hombre sería su propio sacerdote. Pero coincido plenamente con Tyndale en que el rey solo rinde cuentas ante Dios. Eso significaría, claro está, que ni siquiera el papa tiene jurisdicción sobre el rey. Eso me ha inducido a pensar en una nueva táctica respecto a Catalina.
¿Una nueva táctica? Obviamente eso no podía querer decir que iba a romper relaciones con el papa y acogerse al luteranismo. Eso sería desde luego un cambio radical de rumbo en «el defensor de la fe». Pero fuera cual fuese la táctica, pensó Ana con alivio, significaba que no desistía de la idea del divorcio pese a la oposición de la Iglesia.
—¿No vais a rendiros, pues?
—No. Mi matrimonio con Catalina es un pecado. Y he vuelto a transmitirle mi determinación de ponerle fin. Si Tyndale está en lo cierto, y el rey solo rinde cuentas ante Dios, es incluso mayor mi responsabilidad de procurar que el matrimonio se disuelva y conseguir la bendición de Dios y un heredero varón para Inglaterra. Me propongo convertirte en mi legítima reina. Tú serás la madre de mi hijo.
Con el corazón acelerado, Ana se recordó que no era la primera vez que él le hacía esa promesa, por norma, seguida inmediatamente de insinuaciones y exigencias físicas, exigencias a las que a ella cada vez le costaba más resistirse. Al fin y al cabo, solo era una mujer. Y él podía ser en extremo encantador: el pavo real más magnífico del jardín.
—En cuanto a maese Tyndale —continuó ella, intentando desviarlo de su conducta habitual—, ¿creéis que sería posible permitir su regreso a Inglaterra? Sería una ventaja tener a un hombre tan brillante en vuestro Consejo. Y hay otro. Un joven estudioso llamado John Frith. Wolsey lo mandó encarcelar injustamente, y creo que ha huido de Inglaterra para reunirse con Tyndale. Algunas de vuestras cabezas más brillantes languidecen en el exilio, majestad. Hacedlas volver. Inglaterra las necesita. Vos las necesitáis. —Y a continuación, a sabiendas de que a él le gustaban los desafíos, añadió—: Si es que podéis encontrarlos, claro está.
—Dad por hecho que los encontraré.
Al percibir la frialdad con que lo dijo, se le encogió un poco el corazón.
—No por mediación de sir Tomás, mi señor. No solicitéis su ayuda en esto.
Enrique se echó a reír por primera vez, con una de esas risas entrecortadas, repentinas y volubles que a ella siempre le ponían los nervios a flor de piel.
—No. Este desde luego no es un trabajo para sir Tomás. Imagino que si él pudiera encontrar a William Tyndale, este ya estaría encadenado y acusado de herejía. Tengo a un agente en el continente. Un tal Stephen Vaughan. Es un buen hombre. Él dará con maese Tyndale y…
—Frith —apuntó ella—. John Frith.
—No te preocupes por sir Tomás —dijo él—. He concebido otro plan para persuadirlo.
—¿Otro plan?
—Tengo la intención de nombrarlo canciller en sustitución de Wolsey. Así podré captarlo delicadamente para nuestra causa.
A Ana se le cayó el alma a los pies. En toda Inglaterra no había enemigo mayor de su causa y de ella misma que sir Tomás Moro. Era el principal defensor de la reina Catalina, y un hombre más entregado a la antigua fe que cualquier clérigo. Dudaba mucho que sir Tomás se dejara captar tan fácilmente.
Enrique se detuvo entre los setos cubiertos de escarcha y la atrajo hacia sí.
—Ahora, mi señora, dale un beso a tu rey, un beso casto en los labios, porque debemos ser pacientes si queremos proporcionar un heredero legítimo a Inglaterra.
Ana no supo si sentir alivio o decepción ante este cambio en Enrique, pensó mientras él le alzaba la cara y rozaba sus labios con los suyos.