Presas
Capítulo 11. Leire
Leire
—Tendrías que haberla visto, se le puso la cara blanca en medio segundo. — Helena le dio un codazo a Alicia por encima de la mesa. Esta le respondió estrechando los ojos e intentando contener la sonrisa—. La pobre se quedó ahí sonriendo al jefe de planta como si nada.
—Te recuerdo que me estaba cogiendo del pelo, no tenía mucho espacio para moverme.
Al otro lado de la mesa, Juanjo le pasó la cesta del pan a Miguel, que se la pasó a Alicia, que se la pasó a Helena, que me la pasó a mí. Estábamos cenando en el patio de la parroquia que nos acogía cada día al volver de la cárcel, justo a tiempo para ver cómo el sol se escondía por detrás de los tejados del pueblo y teñía el cielo de naranja y violeta. Cogí un trozo de pan y dejé que la cesta siguiera pasando de mano en mano.
—Ay, Alicia, solo a ti se te ocurre empezar una sesión de peluquería en medio del taller —dijo Fran.
—Es que tendrías que haber visto la trenza que llevaba Tatiana, era preciosa. Yo también quería.
—Taisia, no Tatiana —la corrigió Helena con una sonrisa.
Me pregunté cómo tenían tantas anécdotas, tanta energía, tanta risa. Sentía que el peso de todo lo que había vivido hoy caía sobre mis hombros como un ladrillo. Salir de la cárcel había sido como coger aire después de aguantar la respiración bajo el agua, como si hubieran deshecho un nudo invisible que me aprisionaba el estómago, pero que en parte seguía ahí.
El cielo que estaba mirando no era el mismo que verían los presos; lo único que llegaba a advertirse a través de las ventanas eran muros de hormigón. La noche no les daba colores, no veían la luna, no marcaba el final del día. Era como vivir en un bucle.
—¿Y tú, Leire? —preguntó Juanjo después de limpiarse las comisuras con la servilleta—. ¿Qué impresión te has llevado hoy?
Me encogí de hombros.
—Bueno, he estado meditando muchas cosas.
—¿Alguna conclusión? —Juanjo levantó las cejas como cada vez que animaba a sus alumnos en clase. Su expresión se crispó en cuanto me oyó hablar:
—Que parece que los muros de la cárcel sean para que la gente de fuera no sepa lo que pasa dentro, no al revés. No es como creía.
Bajé la mirada a la cena, repitiendo aquella frase en mi cabeza hasta que perdió su sentido.
—Leire, recuerda que ahí dentro…
—Lo sé, lo sé —le interrumpí—. Sea lo que sea lo que me vayas a decir: lo sé. Sé quién está dentro. Sé que solo estamos viendo la cara bonita de la cárcel. Pero eso no hace que la otra parte no siga ahí. —Pude ver cómo Helena hacía una mueca ante esa última palabra. «No te metas en líos, Lei», me aconsejaría—. Habéis contado todas esas historias sobre los presos que nos dijeron que no creyéramos, pero nadie ha dicho nada sobre los bichos de los pasillos, o la suciedad de los baños, o sobre cómo los funcionarios ni siquiera se dignan a mirar a los ojos de los presos cuando hablan… No has dicho nada sobre Sonia —añadí, mirando directamente a Juanjo—. Esa mujer no…, no estaba bien.
Juanjo suspiró y se movió con inquietud en su asiento.
—Sonia estaba con medicación, Leire. Eso es todo.
—Estaba sedada. Ni siquiera podía llorar, Juanjo; no tenía fuerzas. — Sacudí la cabeza, intentando apartar su imagen de mi mente. Nunca había visto tanta desesperación dentro de una persona. Tantas ganas de arrancarse la piel y tan poca fuerza para intentarlo.
—Pero, Leire, no sabes por qué está así. Quizás es lo que necesita… — dijo Alicia, cohibida.
—Quizás es lo que los demás necesitan. Que deje de estorbar, ¿no? Unas pastillas de más y ya está.
—Leire —el tono de Juanjo fue firme—, no deberíamos hablar de esto en la mesa. —Carraspeó antes de empezar a cortar la carne de su plato, como si nada hubiera pasado—. ¿Tenéis ya pensadas las actividades de mañana? Miguel, ¿has preparado la canción de entrada?
Y así es como dio el tema por zanjado.
Yo no pude dejar de darle vueltas a la idea de que había crecido pensando que la cárcel nos ponía a salvo, y ahora me daba cuenta de que había tantos criminales como gente con mala suerte. Había madres. Enfermos. Gente sola, gente herida.
Y mientras, en la calle seguían paseando personas que no lo merecían.
«Solo vemos la cara bonita» recordé. Todo sería más sencillo si lo viera negro, no gris.
Helena, una vez la conversación tomó un rumbo distinto, fue la primera en apretarme la mano por debajo de la mesa.
—Deja de pensar en eso, solo te haces daño —murmuró—. De todas formas, no vamos a poder cambiar nada. La cárcel funciona y seguirá funcionando así, nos guste o no. No estamos aquí para juzgar, sino para acompañar. Eso es todo.
Asentí despacio, odiando la verdad en sus palabras.
«Eso es todo».