Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 61 de 68

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Presas

Capítulo 61. Leire

Leire

 

A mí sí que me llevaron al hospital.

Es lo primero que pensé al despertarme en una habitación tan blanca, tan extraña, tan luminosa. De pronto, el mundo me parecía mucho más grande. La sensación de ahogo que uno se encontraba al entrar en la cárcel, ese agobio que te anudaba el estómago, había desaparecido. En mi habitación corría el aire, y las ventanas daban a jardines abiertos y cielos despejados. El techo era suficientemente alto como para que no te sintieras una rata en medio de un laberinto. Había flores junto a mi cama. Una televisión encendida. Tenía a mi madre durmiendo en un sillón, a mi lado, sin miedo a que la despertaran con un pincho en el cuello.

Era todo tan normal que dolía.

Dolía saber que yo era la única que había corrido esa suerte.

Mi madre se revolvió en su sillón. Cuando advirtió que había abierto los ojos, se deshizo de la revista que cubría sus muslos y corrió a mi lado.

—Cariño. —El labio inferior le temblaba—. Menos mal que has despertado. Les dije a los médicos que se habían pasado con la morfina, pero…

Sacudí la cabeza. Una oleada de dolor en toda la parte inferior del tronco hizo que me estremeciera. El simple roce con las sábanas ardía.

—¿Estás bien? —Mi madre me miraba con los ojos brillantes, buscando desesperadamente que un «sí» se escapara de mis labios. Así que le di la respuesta que quería escuchar:

—Sí. Estoy bien, mamá, tranquila.

—No sabes el susto que nos hemos llevado, cariño. Esos…, esos salvajes…

Arqueé una ceja.

—¿Quiénes?

—¿Quiénes van a ser? Los presos, Leire. Nos han contado todo lo que te han hecho y yo…, yo… —Se tapó la boca con el puño para intentar aguantar las lágrimas—. Sabía que no era buena idea dejarte ir a aquel horrible lugar. No debí permitir que…

—Mamá, no son unos salvajes —la interrumpí. Aparté mi mano con cuidado, mosqueada por su comentario—. Son personas. Personas que estaban hartas.

—Son personas que te han hecho daño, Leire. No las defiendas.

—No lo hago. —Carraspeé. El estómago me rugió como si quisiera recordarme el tiempo que llevaba sin darle nada sólido—. Pero no quiero que hables así de ellos. Esto… —Miré la forma de mi cuerpo bajo la sábana. Notaba un par de vendajes alrededor de las piernas, y el dolor seguía presente en algunas zonas de los muslos y los brazos, pero no me atrevía a mirar bajo la manta—. No servirá de nada buscar culpables ahora. Después de todo, ya están en la cárcel. Y te recuerdo que un mes más y yo podría estarlo también.

Mi madre suspiró con resignación y volvió a dejarse caer sobre el sillón.

—No digas eso. Voy a llamar a la enfermera y que te traiga algo de comer, ¿de acuerdo? ¿Te encuentras bien del todo? ¿Tienes hambre?

Asentí despacio. Esa era la forma en la que mi madre nos hacía ver que no estaba de acuerdo con nosotros: cambiando de tema con una sonrisa, como si nada hubiera pasado. Como si estuviera pidiendo pizza a domicilio y aquel dormitorio de hospital fuera una segunda casa.

Al menos ahora me hablaba.

Me coloqué de lado y apoyé la mejilla sobre las manos. Enseguida noté cómo el dolor se expandía a lo largo de toda mi columna, pero solo apreté los dientes. Mi mente saltaba de la imagen de Azahara en el suelo, sosteniendo mi mano, a la rabia en los ojos de Raquel o la desesperación en las palabras de Marina, que después de tanto tiempo presa creía que la única respuesta era acercarse a la muerte. Recordé a Nina y la forma en la que los funcionarios la zarandeaban como si los rasguños en su piel no fueran más que adornos. Recordé el dolor de Esmeralda cuando hablaba de sus hijos. Las velas que colocaron en memoria de Gabriela. Las canciones que se oían en el patio con esas voces que desgarraban el alma. Sonrisas tímidas, miradas desconfiadas. Metadona y tabaco de liar. Minorías apartadas, grupos unidos. Amistad. Miedo. Esperanza. Fe.

Y todo se reducía a que eran unos salvajes.

No, no lo eran.

Eran personas. Con errores, con culpas, con defectos, con experiencias que desearían poder borrar de sus vidas. La gente en la calle era igual.

—Cualquiera puede hacerse una idea de lo que es la cárcel, mamá — murmuré—. Pero imagínate por un segundo que te pasa a ti. De verdad. Que a partir de hoy tapian las ventanas de tu habitación y te encierran ahí durante años. Solo sales al comedor para comer y a veces a un patio minúsculo donde lo único que ves son muros de cinco veces tu tamaño. Imagina que te obligan a vivir y compartir cama con desconocidos. Imagina que no puedes pedir nada ni decir nada, porque entonces te prohibirán salir al patio o te pegarán una paliza si un día un preso o un funcionario se despierta con poca paciencia. Imagina que te separan de tu familia. Durante años, mamá. Años. —Tragué saliva. No quería mirarla—. Y ahora responde: ¿lo aguantarías? ¿Lo aguantarías, en serio?

No recibí ninguna respuesta. Me imaginé a mi madre encogiéndose más sobre sí misma en aquel sofá, pellizcándose los nudillos como siempre que se ponía nerviosa. Estaría con el ceño fruncido porque mis palabras le parecerían un cuento, una anécdota. Algo irreal, impensable, una mera fábula que tenía que escuchar, pero que en verdad no creía. Algo que ni siquiera a esas alturas pensaba que pudiera sucederme a mí.

Me abracé más a la almohada.

—No estoy justificando que lo hicieran bien. No lo hicieron —continué —. No estoy diciendo que ese castigo no lo merezcan porque no soy quién para juzgarles. Solo digo que, en el fondo, lo entiendo. Yo tampoco aguantaría.

 

Quería hablar, pero sentía que no tenía nada que decir. Tenía preguntas arañándome desde dentro, como si así pudiera darles una respuesta, pero a mi alrededor solo buscaban oírme a mí. Mi padre, Dani, Helena, los voluntarios. Todos preguntaban lo mismo: «¿estás bien?», «¿Necesitas algo?». Respuestas, necesitaba respuestas. Necesitaba hablar y sentirme escuchada incluso cuando la otra persona no quisiera oír lo que tenía que decir.

Necesitaba que alguien me confirmara que lo que viví en aquel incendio fue real.

Quería hablar de ellos, pero no podía dar nombres; quería hablar de sus historias, pero no podía dar datos. Nadie quería escucharlas tampoco. Solo querían saber cómo me sentía, qué pensaba, qué quería. No se daban cuenta de que yo estaba a salvo, pero los internos no. De nada servía decirles que si estaba en aquel hospital era por culpa del fuego, no por ningún golpe ni por ningún preso. Ellos —todos, desde Helena hasta mis propios padres— pensaban que eran monstruos. Que eran los únicos culpables. No se daban cuenta de que eran carne, huesos, sueños. Iguales que yo. Yo podría ser ellos.

Cuando pensé que me quedaría sin respuestas, recibí una visita.

—Viene de parte del centro penitenciario —me indicó mi madre antes de darme un beso en la frente y retroceder hacia la puerta.

A los dos minutos volvió a abrirse.

El alivio que sentí al verle aparecer por el umbral fue como coger una bocanada de aire nada más salir del agua.

—Don Pedro —le saludé con una sonrisa—. Me alegro de verle.

Él se quitó el sombrero e inclinó la cabeza.

—Puedes llamarme Pedro sin más, Leire.

—De acuerdo, Pedro Sin Más.

Él rio.

—Me alegra ver que no has perdido el sentido del humor.

Dio un par de zancadas antes de sentarse en el borde de la cama. Dejó el sombrero sobre sus muslos. Vestido de calle y sin el uniforme gris de funcionario, parecía una persona totalmente distinta. Quizá lo era.

—Antes de que lo pregunte: estoy bien —atajé—. Las quemaduras no son graves y solo necesitan tiempo para curarse. No tengo ningún trauma. Estoy bien. No voy a denunciar al centro.

—Oh, no, no vengo de parte del centro.

Levanté una ceja.

—Mi madre me ha dicho que…

—Solo me he presentado como uno de los funcionarios que trabajó contigo. Pero de seguir ahí no me estaría permitido visitarte ahora, ¿entiendes? Por confidencialidad. —Deslizó los labios en una sonrisa tímida —. No, vengo por mi cuenta. Renuncié hace dos días.

Tragó saliva y apartó la mirada, como si sus propias palabras todavía le sorprendieran.

—¿Por qué?

—Supongo que era demasiado para mí.

Asentí. Podía referirse a tantas cosas que no supe por dónde empezar a preguntar.

—Entonces, ¿por qué ha venido? —murmuré.

Él sonrío. Una de sus manos estaba posada sobre mi rodilla.

—Quería saber cómo estabas. Pensé que necesitarías alguien que te escuchara. Alguien que supiera lo que fue estar ahí dentro. Y también quería…, quería saber qué pasó.

—Usted estaba con los guardias, fuera. Azahara me contó que la dejó entrar. Ya sabe lo que pasó.

—Sé que hubo un incendio, que no hubo muertos, que todos los presos recibieron un castigo y que tú acabaste aquí. Nada más.

Intenté averiguar a través de su mirada qué era lo que quería saber. Se suponía que la que había estado cegada era yo.

Se me encogió el corazón al darme cuenta.

—Azahara me ayudó en todo momento —murmuré—. Fue ella la que me desató e intentó sacarme de ahí antes de que Marina le prendiera fuego a todo. Se encaró con Raquel. No le falló, Pedro. Hizo bien en confiar en ella.

El exfuncionario relajó los hombros.

—Mi familia nunca me cree cuando se lo digo, pero he conocido a mucha gente buena en la cárcel. —Sonrió—. Azahara es una de ellas.

—¿Usted está bien, señor?

Él abrió los labios para contestar, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta. Carraspeó antes de responder:

—Sí, sí, tranquila. Quizás hice bien en marcharme. Me hubieran echado de todas formas por pensar así.

Fruncí los labios. Conocía demasiado bien esa sensación.

—¿Qué ha sido de ellas? —pregunté—. De las presas, las del módulo 17.

—Lo último que supe es que las iban a cambiar a primer grado.

—Régimen cerrado —recordé.

—Sí. Una hora de patio al día, sin compañía, y el resto del tiempo en las celdas. No se permite vis a vis y las visitas están muy controladas. Se tendrán que ganar los privilegios otra vez.

—¿Y Azahara?

—Lo mismo.

—Pero… no puede ser. Ella no apoyó el motín. Fue la única que se mantuvo a mi lado. Y la mayoría de internos ni siquiera actuaban por su propia cuenta, Marina los tenía a todos amordazados. Les amenazó. Era ella quien movía los hilos.

Don Pedro se encogió de hombros.

—La justicia ahí dentro no funciona igual, Leire. No se paran a analizar cada caso. Cogen a todo el que estuviera en la escena y le imponen su castigo.

—¿Y eso es todo? ¿Los funcionarios lo saben y se quedan de brazos cruzados, sin más?

—Los funcionarios son los que eligen el castigo, Leire.

—No todos. No se atreva a decir que todos piensan lo mismo. No se atreva a negarme que no conocen a los presos. Saben quién actúa por pura maldad y quién está siendo coaccionado, estoy segura.

—Nunca terminas de conocer a alguien. —Apartó la mirada. Su voz era monótona, mecánica, como si se limitara a repetir el mismo credo una y otra vez—. Tienen que ser objetivos.

—Están siendo todo menos objetivos y usted lo sabe. ¿Por qué iba a renunciar a un trabajo que le ha dado de comer durante tanto tiempo? Es una locura. No los tratan como personas, los tratan como animales, como números. Azahara solo quiso ayudarme y ahora va a pagarlo como si ella hubiera causado el incendio. ¿Y usted no va a hacer nada?

Don Pedro me escuchaba cabizbajo, como un niño al que regañan por comer antes de tiempo. Apretó y relajó los puños un par de veces, intentando poner en orden lo que pensaba.

Esperaba otra respuesta. Esperaba una lucha por su parte. No quería sentirme tan sola.

—No se puede hacer nada.

Esperaba todo menos eso.

El recuerdo de Azahara en los talleres despertaba mis ganas de llorar. Ella solo quería ser libre, ella solo quería estar con su hija. Y ahora se lo habían arrebato todo. Odiaba ver que el único que podía ayudarla se había desentendido.

—Usted tiene una voz ahí dentro, don Pedro —dije, sin ni siquiera molestarme en quitarle ese «don»—. Yo no. Da igual mi testimonio, al igual que el de las presas, porque nunca beneficiará a la institución. Pero usted es la institución. Puede ayudar a que las cosas se arreglen.

—Era, Leire. Era. ¿No te has parado a pensar por qué me fui? No me refería a que fuera demasiado trabajo, demasiadas horas o demasiada carga. Estaba cansado de sentir tanta impotencia. De ver injusticias y tener que callarme como un…

—Y, sin embargo, ahora sigue callado. La diferencia es que puede volver a casa, prepararse un café y disfrutar de la tarde con el resto de su familia, no como ellos. ¿De qué sirve?

—No lo entiendes todavía —dijo, arrastrando las sílabas, como si cada palabra pesara—. Después del motín, fui a denunciar a uno de los funcionarios por la muerte de Gabriela. Ella temía por su vida, ¿lo sabías? Decía que cierto funcionario la amenazaba, aunque en sus cartas nunca lo nombró; allí aprenden a medir lo que dicen. Y cuando tuve el valor para contarlo, mis palabras fueron polvo; los jueces se encargaron de que mi testimonio no fuera válido. La familia de Gabriela se desvivió para pagar a un médico forense externo, pero ni siquiera el informe de la segunda autopsia fue considerado por el juzgado.

—¿Qué decía el informe?

—Encontraron niveles elevados y posiblemente tóxicos de una medicación que se utiliza para controlar la presión arterial: amlodipino. — Hizo una pequeña pausa—. El juez decretó que esos niveles podían atribuirse a la «redistribución post mortem», un proceso por el cual los niveles en sangre de ciertos medicamentos aumentan tras el fallecimiento. Pero lo que encontraron en Gabriela fue exagerado.

—Pero no hicieron nada.

Don Pedro sacudió la cabeza. Tenía los ojos entrecerrados.

—A nadie le convenía luchar a favor de una interna y la familia de Gabriela ni siquiera tenía dinero para costearse el funeral.

—¿Y ya está? ¿Así termina todo? ¿Se entera de que un maldito funcionario va asesinando presos y mira a otro lado?

—Leire, cálmate. No es tan sencillo. Por Dios, ponte en mi lugar. No estoy orgulloso de lo que hice, pero tenía miedo. Tenía mucho miedo. No solo por lo que pudiera pasarme después de que el funcionario se enterara de que había testificado en su contra, sino por lo que pudieran hacerle a mi familia. —Su voz se rompió con aquella última palabra, pero hizo un esfuerzo por continuar—: Si pudieron borrar a Gabriela del mapa y limpiarse las manos enfrente de mis narices, podrían hacer lo mismo conmigo. Algo no iba bien, Leire. Algo no va bien. No podía continuar presenciando todo eso.

Bajé la vista. No me atrevía a mirarle. Era como estuviera de luto y tuviera que darle espacio para llorar. Pero no lloró. Ninguno de los dos lo hicimos. Aunque la rabia se palpara en el aire.

—En las noticias se habló del caso de Gabriela. —Tragué saliva—. Y también del motín, del incendio y del… secuestro. Mi madre me lo ha contado. Siempre sin nombres, claro.

—Y seguramente ya estará olvidado.

—No para mí.

—No.

Nos quedamos en silencio. El ruido de los pasos de las enfermeras al otro lado del pasillo se hizo más patente, y no pude evitar compararlo con los golpes en las puertas que se oían cuando llegaban los funcionarios. Aquí que llamaran a tu puerta era un consuelo. Allí, solo podía traer comida o malas noticias.

—Pensaba que estarías enfadada —murmuró Pedro mientras se ponía.

—Lo estoy.

—No, enfadada con los presos, no con la situación. Durante unas horas estuviste a su merced, Leire. Secuestrada. No es una palabra que se oiga todos los días. Y ahora están todos pendientes de ti, pero tú solo estás pendiente de ellas.

Me encogí un poco más en la cama, dejando que mi cuerpo se hundiera en la enorme almohada. No era la primera persona que me lo decía. Y todavía no sabía cómo explicar que mi mente era un campo de batalla constante; que tenía que recordar que solo había conocido a una parte de los presos; que no todos merecían perdón (¿o sí?); que no todos eran buenos, que la gente sufría (también lo hacían dentro), pero que quizá lo merecía; que me habían hecho daño. Pero los entendía, los entendía, los entendía. Sabía que no todo era blanco o negro, y había gente en la calle con vidas destrozadas por culpa de quien estaba entre rejas. Igual que había gente encarcelada con vidas destrozadas por culpa de quien estaba en la calle.

Y yo me encontraba en el medio. El campo de batalla se extendía de mi mente a mis conocidos, a los periódicos, a las frías noticias que hablaban de mí en tercera persona.

«Resuelto el secuestro de una voluntaria en el centro penitenciario de Ordana».

«Se denuncia que las elevadas tasas de hacinamiento están incentivando hechos similares cada vez más frecuentes».

«Los presos han sido abatidos y se encuentran en régimen cerrado. Hay numerosos heridos por quemaduras de primer y segundo grado. Las fuentes oficiales no confirman ningún fallecido».

Lo escuchaba tan a menudo a mi alrededor que me había aprendido las palabras de memoria.

Pero yo conocía otra historia. Yo conocía los rostros quemados y las heridas que los periodistas no veían. Conocía las intenciones, los delitos, la culpa y el miedo. No podía hablar por todos los presos, pero nadie podía negarme que había conocido un trozo de verdad.

Me tumbé de lado en la cama. Pedro se colocó de nuevo el sombrero, con la expresión más cansada que cuando llegó. No se fue hasta que le di una respuesta:

—Supongo que fue porque yo las conocía. Porque quise conocerlas.