Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 47 de 68

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Presas

Capítulo 47. Leire

Leire

 

La carretera se fue estrechando conforme subimos la ladera, cada vez más empedrada y difusa, como si alguien se hubiera limitado a marcar el camino en la tierra con un palo. El GPS volvió a perder la señal y Helena soltó una maldición.

Ella conducía. Como siempre.

—Sigue todo recto —le indiqué.

—Tampoco me queda otra opción. —Bufó mientras estrechaba los párpados a cada bache en el camino—. A ver, Leire, repíteme otra vez por qué narices haces esto.

—Porque puedo.

—Eso no es una respuesta. ¿Y si lo que te espera ahí dentro son dos psicópatas? ¿Dos dementes? ¿Dos ancianitos que ni siquiera pueden ponerse en pie?

—¡Helen, por Dios! ¿De verdad lo ves así?

—Es una posibilidad.

Si Helena podía sentirse orgullosa de algo, era de haber seguido al pie de la letra las indicaciones que nos dieron durante el curso de formación previo al voluntariado. Ella era capaz de dejar detrás de las rejas todo lo que veía u oía. Tenía el corazón lo suficientemente grande para ayudar al que lo necesitara, pero la mente lo suficientemente fría para medir sus palabras. Sus intenciones. Sus gestos. Ella había aprendido a no confiar.

Por eso se mordía la lengua cada vez que me veía saltar en las reuniones de la tarde.

—Me molestó un poco lo que dijiste ayer —murmuré, y me encogí en mi asiento. Ella levantó una ceja, dudosa—. Metiste a todos los de la cárcel en el mismo saco. Pederastas, violadores…

—Es lo que son, Lei. —La carretera se curvó abruptamente, lo que hizo que Helena y yo nos inclináramos a la vez. Ella siguió con el ceño fruncido —. Serán muchas cosas más, no lo dudo, pero tienes que tener eso también en mente. Una cosa no quita la otra.

—Parece que olvidas que yo podría estar perfectamente entre ellos.

—¡Leire! —Helena frenó el coche abruptamente, provocando que mi cuerpo rebotara contra el cinturón. El corazón empezó a bombearme con más fuerza, como si el encuentro de aquella mañana no fuera suficiente. Helena puso el freno y se cruzó de brazos—. No hay punto de comparación, por Dios. Lo que te pasó pudo pasarle a cualquiera. ¡Y no meten a nadie en la cárcel por eso!

—¡No lo sabes! —Di un bote en mi asiento—. Joder, no lo sabes…

—Nada de antecedentes, cero muertes… Leire, venga ya.

No podía creer lo que estaba escuchando.

—Cero muertes —repetí, y chasqueé la lengua—. Al final es eso lo único que importa, ¿no? Helen, destrocé la vida de esa familia por…, por una estupidez. Joder, ni siquiera recuerdo bien esa noche. Nunca debí…

—No voy a dejar que empieces a fustigarte otra vez. —Helena apartó la mirada y la fijó de nuevo en la carretera al mismo tiempo que ponía el coche en marcha. El ronroneo del motor le hizo alzar un poco el tono de voz—: Eso ya forma parte del pasado, Leire. Punto. No es tu deber juzgarte. Y si yo lo tuviera que hacer, no creo que merezcas la cárcel ni de coña.

—Tampoco Azahara la merecía.

Helena volvió a bufar.

—Perdona si te recuerdo que un juez tiene más criterio que tú para decidir eso.

—El juez nunca supo que era una mujer maltratada, Helen. Hugo fue quien la mandó a la cárcel.

—Pero es que tú tampoco lo sabes —insistió Helena con más pena que rabia. Dejó caer los hombros, abatida. Ella también estaba cansada de luchar —. Es igual. Solo espero que no te metas en más líos.

—Tú fuiste quien me propuso el voluntariado.

—No para buscar a Ana. No para que te comieras más la cabeza. Solo para…

—Para que viera la realidad, ya. ¿De qué sirve si tú la estás viendo también, pero te niegas a aceptarla? —Apoyé la cabeza sobre el cristal de la ventana—. Si todo son mentiras. Si todos son iguales…

Helena no contestó. Habíamos tenido muchas noches para discutir lo mismo, pero nunca llegábamos a buen puerto. En su lugar, alargó la mano hacia la radio y dejó que la música retumbara en el interior del coche. Empezamos a ver las primeras casas diseminadas a ambos lados de la carretera.

—No me gusta discutir contigo —murmuré. Miraba al suelo, igual que una niña pequeña a la que han pillado con las manos llenas de pintura.

—Ni a mí. Y menos por algo así. —Sin apartar la mano izquierda del volante, estiró la otra hasta encontrar la mía—. No sabes lo que daría por borrar aquella noche de tu vida, Lei. No te lo mereces.

—Claro que sí. Fue mi culpa, nadie me obligó a hacerlo…

—Sabes que no es tan fácil… —Helena detuvo a mitad la frase y le echó un vistazo al GPS, que empezaba a parpadear—. Lei, mira, creo que hemos llegado.

A nuestra derecha quedaba una casa de piedra blanca, con las hiedras y enredaderas mustias buscando llegar al techo. El aire levantaba el polvo y, de no ser por las cortinas oscuras que se veían ondear a través de las ventanas, cualquiera pensaría que la casa estaba abandonada. Igual que sus ocupantes.

Mi cabeza no paraba de darle vueltas a la idea de que Azahara había crecido ahí. Podía imaginarla columpiándose en la rueda que colgaba de un árbol, en la parte trasera de la casa, con la misma risa que debía haber heredado Beth, pero que sus abuelos nunca oirían. Me pregunté cómo Hugo llegó a encontrarla. Y por qué. Por qué…

No me extrañaba que, alejada de todo, pensara que el amor que le daba Hugo era el amor que merecía. Nunca había conocido nada más.

—¿Estás segura de que quieres entrar sola? —preguntó Helena. Asentí, sin apartar la vista de la casa—. Está bien. Te esperaré en el coche. Chilla si al final sí que son dos asesinos en serie.

—Si no es demasiado tarde para entonces… —bromeé; me gané un codazo por su parte.

A mi espalda, la puerta retumbó al cerrarse como si fuera el mazo de un juez.

Pero ese no era mi juicio.

Ese no era mi castigo.

Esa no era mi lucha.

Y, sin embargo, seguía creyendo que un gesto como ese podría salvarme también a mí. Era lo único que me quedaba.

Ya estaba demasiado cansada.

Los pasos que oí arrastrándose al otro lado de la puerta, tras llamar al timbre, también lo estaban. Las paredes parecían hechas de seda. Se oía el crujido de la madera. Se oyó la voz de un hombre, grave, llamando a la mujer desde la otra punta de la casa. Se oyó el chasquido de la mirilla, el momento de duda, el suspiro, el suave clic de un pestillo al deslizarse.

La dueña de la casa asomó la cabeza; no llegó a abrir del todo. Llevaba un vestido de flores, unos tacones rojos y el pintalabios a conjunto. Miraba a su alrededor con el nerviosismo de quien no espera visita.

—¿Eres Leire? —preguntó.

—La misma.

Ella frunció el ceño.

—No te imaginaba así.

Me hizo gracia su forma de decirlo, como si acabara de desenvolver el regalo de Navidad equivocado.

—Bueno, si le sirve, yo tampoco la imaginaba a usted así —repuse con una sonrisa. Y no mentía. Era mucho más joven de lo que esperaba, aunque las arrugas se habían acomodado en su frente, entre las cejas, a pesar de no tener el ceño fruncido. Por la forma en la que agarraba la puerta deduje que estaba nerviosa. Y por cómo me miraba, sabía que era desconfiada, pero a la vez lo suficientemente amable para haberme invitado a venir.

—¿Es tu amiga la que espera en el coche? —preguntó. Asentí—. Está bien. Entra, mi marido nos está esperando en el salón.