Presas
Capítulo 43. Leire
Leire
Algo no iba bien.
Fuera y dentro de la cárcel, sentía que algo estaba fallando, que la ilusión de los primeros días se rompía. Cuando los voluntarios nos reuníamos para comentar la jornada, me quedaba callada. Prefería permanecer en silencio a analizar a los internos como si fueran animales de laboratorio. Hablaban de ellos con frialdad, comentando sus delitos como si fueran el último titular de la prensa rosa. Y no les culpaba. Unas semanas atrás yo hubiera reaccionado igual, pero ahora…
Ahora algo fallaba y no sabía si el problema eran ellos o era yo. Como voluntaria tenía que verles como personas. Como ciudadana, tenía que verles como criminales. Como Leire, no sabía qué pensar.
Juanjo les pidió que escribieran cartas a Dios. O en su defecto, a la madre naturaleza, al destino, a la ciencia, a lo que creyeran que movía los hilos allá arriba. A la nada. A su yo del pasado. A alguien que solo pudiera responderles a través de ellos mismos.
El sacerdote empezó a tocar la guitarra. Mis pies se pusieron en puntas inconscientemente, aunque fui incapaz de bailar. Ni una mísera pirouette entre los pupitres. Sentía que caminaba entre arenas movedizas. Seguía con la sensación de que el aire que respiraba se había vuelto humo: algo no iba bien.
Azahara no estaba bien.
—Aza… —murmuré, y me acerqué a ella. No me dio tiempo a preguntarle cómo estaba; en el momento en el que estiré el brazo ella se puso en pie, apartando la mesa con un chirrido.
—No puedo.
Ni siquiera me miró. Salió con precipitación del aula, sin importarle las miradas que le pudieran lanzar sus compañeros.
—¡Azahara! —Juanjo se levantó de un brinco, lo que atrajo la atención de todos sobre él como si se tratara de un imán. Azahara salió con un portazo y yo me quedé paralizada, con los dedos todavía rozando la carta que había dejado sobre la mesa.
Solo había escrito dos líneas.
«A la Azahara del pasado:
Quiero decirte que nos lo merecemos, pero estoy cansada de mentir. Lo siento mucho. De verdad, lo siento.
Lo siento».
Las letras empezaban pulcras y acababan siendo solo rayas alargadas y torcidas sobre el papel, casi imposibles de leer. Había intentado continuar la carta con dos o tres frases que ahora aparecían tachadas. Sobre ellas estaban escritas las últimas palabras: «lo siento».
—Leire. —Juanjo chistó a las mujeres de la primera fila para que siguieran con la actividad y luego se volvió hacia mí de nuevo—. Ve a ver adónde ha ido.
No hizo falta que lo dijera dos veces.
Azahara estaba encogida sobre sí misma en el último escalón de las escaleras, abrazándose las rodillas y con el rostro oculto para amortiguar el llanto. Sacudía los hombros con cada gemido que se le escapaba.
—Azahara… —Me acerqué con cuidado, como si se tratara de un animal salvaje que fuera a atacarme o a huir si me acercaba demasiado—. ¿Necesitas hablar?
Levantó la cabeza y me miró. Tenía todo el maquillaje corrido y el pelo se le pegaba a la frente por culpa del calor.
Se encogió de hombros.
Me senté a su lado en las escaleras e imité su postura.
—No hace falta que te contengas —dije mientras ella no dejaba de frotarse los ojos—. Puedes llorar tranquila, de verdad. Estoy segura de que luego te sentirás mejor.
Ella negó con la cabeza.
—Llevo mucho tiempo así.
—¿Es por Beth?
Volvió a encogerse de hombros y pensé que seguiría callada. Sin embargo, acabó rindiéndose:
—Ya no lo sé, Lei. Son muchas cosas. No lo entiendes.
—Puedo intentarlo.
Ella suspiró.
—Has leído mi carta, ¿no? —El rubor en mis mejillas me delató, pero no pareció molestarle—. No quería escribirle una carta a Dios porque le hablo todas las mañanas, ¿sabes? Ahora más que antes. Me hace sentir menos sola. Pero ha sido pensar en hablarme a mí y…, y verme. Verme débil, verme asustada, verme estúpida.
Tragué saliva. Azahara estaba llorando en silencio, como si las lágrimas ya formaran parte de su rostro, y parecía tan sincera que dolía. Tanto dolor no podía ser mentira.
—No sé lo que siento, Leire —siguió ella, y hundió la cara entre las manos—. Estoy aquí por culpa de Hugo y aun así hay días en los que siento que lo amo más que a nada. Pero ahora Beth está con él y… Dios, tengo tanto miedo. Tengo miedo a que se haya cansado de pagar todo su odio conmigo y empiece a volcarlo en ella. Ella sí que no se lo merece, ella no ha hecho nada, ella… —Las lágrimas se tragaron sus últimas palabras. Al mismo tiempo, sentí que era yo la que me quedaba sin aire.
—¿Hablas de…? —Maltrato. Violencia. Palabras que sentía demasiado grandes. Tragué saliva—. Escúchame, Aza, que quieras a una persona no significa que tengas que estar de acuerdo con todo lo que hace, ¿entiendes? No te culpes por quererle. Pero si…, si alguna vez te hizo daño, Aza…
Ella soltó el aire por la nariz y curvó los labios en una sonrisa triste.
—Alguna vez… —Sacudió la cabeza—. Leire, si Hugo me ha hecho daño, ha sido porque yo le he dado el permiso para hacerlo. Yo siempre era la odiada, no la que debía odiar. Y lo sabía. Así que interpretaba mi papel porque Hugo necesitaba alguien a quien culpar. —Se encogió de hombros otra vez, casi como si fuera un tic—. En ocasiones ser la odiada no es del todo malo, porque para la otra persona puede ser… paliativo. ¿Entiendes?
Sentí que el cuello de mi camisa se reducía hasta ahogarme.
—Aza, ¿te estás oyendo? No eres…, no eres un maldito saco de boxeo. Da igual cuánto quieras a alguien, el amor no es eso, el amor no es curarle las heridas a la misma persona que te las provoca.
Azahara no me miraba. Juraría que ni siquiera me escuchaba, que las palabras le sonaban tan absurdas como si le estuviera hablando de unicornios. Se entretenía jugando con sus manos, con los ojos fijos en un punto lejano en el suelo.
—No lo sabes —murmuró—. Llevo con Hugo desde los quince años, Leire.
—¿Y qué quieres decir con eso? —Por favor, que no se atreviera a decir que no podía hablar porque yo no estaba casada. No tendría pareja, pero sabía lo que era el amor. Lo había visto.
El amor, para empezar, fue lo que movió a cada uno de los voluntarios a venir a la cárcel. El amor eran mensajes de buenas noches y caricias y silencios. El amor eran las manos de Helena rodeando las mías cuando sabía que no tenía nada más que ofrecerme. O mi madre arropándome la noche del accidente a pesar de todo. El amor no era un teatro. No había alguien que odiaba y alguien a quien odiar. No tenía sentido.
Al ver que no le interesaba contestar, seguí insistiendo:
—Escúchame, Azahara, me da igual que pienses que no entiendo de estas cosas. Lo único que sé es que estás sufriendo, que temes que a Beth le pase lo mismo que te pasó a ti, ¿no? Que Hugo te ha hecho daño. No puedes guardarlo dentro siempre. No puedes esperar a que te destruya, porque…
—No estoy esperando a nada. Si respondiera a su odio con más odio no haría más que empeorarlo. Así que nos vemos, él se desahoga, y cada uno a los suyo. No pasa nada. No pasa nada… —repitió.
—No piensas lo mismo cuando te acuerdas de dónde está Beth, ¿verdad? —No contestó. No me miró. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, aunque enseguida se recompuso—. Aza, no mereces sufrir así por…
—Hay una diferencia entre lo que uno merece y lo que uno siente que debe hacer. —Se sorbió la nariz y se puso de pie abruptamente, dándome la espalda—. Y voy a añadir una última cosa, Leire. Puede que me equivoque, pero igual el hecho de que seas una persona tan rematadamente buena ha hecho que la única persona que te haya odiado hayas sido tú misma, y te habrás odiado muy fuerte y sin motivos, así que ese es el único odio que conoces. Pero la gente odia por razones, a veces equivocadas, y a veces a gente que no lo merece. En la cárcel lo aprendes rápido.
Dio un paso adelante.
Por un momento olvidé dónde estaba y me tentó la idea de quedarme en aquellos escalones, abrazada al cuerpo que había aprendido a odiar demasiado joven. Con cada caída de ballet, con cada suspenso en clase. Y me sentí desnuda. Atacada, descubierta. Aun así, solo necesité tres segundos para volver a plantar los pies en la tierra.
No, lo que yo había sentido no era odio. Odiar gastaba demasiado: demasiada energía, demasiados pensamientos, demasiados sueños. Odiar te paralizaba. Odiar te hacía empequeñecer. Y aquel nunca fue mi caso, gracias a Dios. Azahara estaba intentando llevar la conversación en mi dirección para que olvidara que habíamos empezado hablando de ella.
—Espera, Aza. —Me ignoró y comenzó a caminar hacia el aula—. ¡Aza! —Llegué a su altura y la frené agarrándole el brazo—. ¿Vas a entrar así?
Se frotó el ojo con la palma de la mano, arrastrando los restos de maquillaje. Estaba cansada, pálida.
—¿Así cómo?
—Te has derrumbado solo pensando en tu yo del pasado. Si vuelves a entrar conteniendo las lágrimas, volverás a derrumbarte. —Suspiré—. Estoy preocupada por ti, Aza. Quiero ayudarte, pero no sé cómo y…
—No puedes. —Sonrió, pero los ojos se le humedecieron—. Es solo que siento que todo…, que todo es demasiado. Un día explotaré y no quiero pensar en…
—¿En qué? Azahara, por Dios, contenerlo te está haciendo mucho más daño que explotar, estoy segura.
—Contenerlo es lo único que puedo hacer.
—¿Y te está saliendo bien?
—Leire, de verdad —se apartó de mí y se abrazó así misma—, hace tiempo que aprendí que contarlo no serviría de nada. Nadie me cree. Joder, solo hay que ver lo que he escrito. Ni siquiera yo sé qué pensar ahora. Llevo tanto tiempo mintiendo que me he acabado creyendo mi propia mentira y… —Empezó a llorar—. Un día se me olvidará la verdad porque nadie querrá creerla.
—Yo te creo.
Mis palabras fueron más rápidas que mis pensamientos. Pero no eran falsas.
—¿Incluso si te digo que no tendría que estar aquí? ¿Que no cometí ningún delito? —No esperó a que contestara. Chasqueó la lengua y regresó a las escaleras para sentarse—. A veces es necesario inculparse por el bien de otros. Por Hugo, siempre por Hugo. Todo lo que hice lo hice por él.