Presas
Capítulo 14. Leire
Leire
Aquel día tocaba mancharse las manos.
—Os vamos a repartir a cada uno una cartulina y en la mesa dejaremos pinturas, lápices de colores para compartir y más papeles —expliqué durante el taller de la primera hora. El constante murmullo de los internos, que no estaban acostumbrados a callar cuando les hablaban, se intensificó con el último verbo.
—¿Juanjo va a tocar algo, profe? —preguntó una de mujeres con el mentón apoyado sobre las manos.
—Sí, tocará algo. —Todos los presos se revolvieron llenos de entusiasmo y Juanjo se vio obligado a sisear en cuanto empezaron las primeras palmas—. Pero al final de la clase. Mientras estéis dibujando os dejaremos música puesta, que si no al pobre se le van a cansar los dedos.
—¡Yo sé otra manera de que se te cansen los dedos, mozo!
Noté que mis mejillas ardían a pesar de no ser el sujeto de aquella insinuación. Abrí la boca para decir algo, pero las internas se encargaron ellas solas de hacer callar a la mujer que había hablado, entre risas y guiños. Parpadeé, muda por un momento. Era como estar rodeada de niños.
—¿Y qué hay que dibujar? —inquirió Azahara. Estaba sentada en uno de los pupitres de la primera fila, tamborileando sobre la mesa.
Miré a Juanjo, que me cedió la palabra con un asentimiento.
—Lo que queráis —contesté, y les enseñé las palmas de las manos. Enseguida rectifiqué—. Siempre que tenga que ver con una temática en concreto que elegiremos entre todos, ¿os parece? ¿Alguna idea? ¿Alguna palabra, algo?
Tragué saliva. Tenía ante mí a dieciséis presos, dieciséis personas que en un momento de sus vidas habían visto sus manos manchadas de sangre, sus bolsillos llenos de drogas, o el llanto de una víctima a dos centímetros de distancia. Cederles una temática era como abrirles la puerta al infierno de sus recuerdos.
Me mantuve en tensión hasta que una de las chicas del fondo, con el pelo níveo, los pómulos marcados y la piel quemada por el sol, pronunció la primera palabra:
—Felicidad.
Sus compañeras asintieron con ímpetu.
—Belleza —propuso uno de los hombres a mi derecha.
—Paz.
—Libertad —murmuró Azahara. A su lado, Gabriela lo repitió más alto. Enseguida se le unió un coro de voces:
—¡Sí, libertad!
Libertad.
—Está bien, está bien —intentó tranquilizarles Juanjo—. Creo que el tema de la libertad gana por goleada. —Pasó la mano por las cuerdas, sacándole las primeras notas de la guitarra—. ¿Tenéis todos una cartulina o un papel?
Los murmullos se hicieron todavía más potentes, lo que Juanjo y yo tomamos como un sí. El grupo de atrás empezó a tocar las palmas y a mover las caderas, inquietas, y los internos de las primeras filas controlaban su ilusión mirándonos fijamente a los ojos, como si acabaran de ver a un ángel. Cuando les sonreí, tardaron menos que un niño en devolverme la sonrisa.
—Está bien. —Juanjo señaló el radiocasete—. Dibujad lo que os venga a la cabeza cuando escucháis la palabra «libertad». Leire, ¿haces los honores?
No sé qué tenía más magia: que los murmullos que habían sido constantes desde el primer día se apagaran por completo con las primeras notas del piano, que bajaran las persianas y el aula se hundiera en una cálida semipenumbra, o que cuando se inició el suave crescendo de Life of the Bird todos los internos hicieran bailar sus dedos llenos de pintura sobre el papel. Los hombres fornidos y llenos de tatuajes parecían menos imponentes; las mujeres se sosegaban y contemplaban sus obras como mirarían a sus hijos.
Sus ojos y sus gestos hablaban de libertad, y buscándola nacía la paz. Todos estaban tan concentrados en sus dibujos que solo se oía la música y el leve zumbido de los ventiladores. Juanjo y yo paseábamos entre los pupitres repartiendo papeles y colores a quien lo pedía, y más de una vez me contuve para no acompañar la melodía con una pequeña pirouette. El aula se impregnó del fresco olor a pintura.
Cuando la canción se apagó y dio paso al silencio, dejé vagar la mirada por encima del hombro de Azahara, hacia su dibujo. Pestañeé un par de veces para enfocar la vista, sin convencerme de lo que veía. La música empezó a sonar de nuevo y Azahara puso punto final a su obra con una lágrima.
Aún tenía pintura amarilla en sus dedos.