Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 57 de 68

Páginas del PDF

Presas

Capítulo 57. Azahara

Azahara

 

—Viene conmigo.

Los guardias retrocedieron y bajaron las armas en cuanto don Pedro habló, con una mano en su carné y la otra rodeándome el brazo. Dejamos a los guardias atrás y comenzamos a andar a lo largo de un pasillo desierto. Pronto se empezaron a oír los primeros gritos. Los golpes, los chasquidos, el caos.

Me detuve de súbito.

—Debería dejarme aquí, don Pedro.

Él levantó una ceja. No soltó mi brazo.

—¿Lo oye, verdad? Están en la enfermería —insistí. La puerta estaba a menos de diez metros—. Si avanza conmigo, se tirarán encima de usted, pero no si se queda atrás.

Los dos notamos ese «usted» que pretendía distanciarnos inútilmente. Él suspiró y dejó libre mi brazo. Juraría que una corriente fría azotó el pasillo.

—No sé en qué bando me deja esto, Azahara, ni cómo afectará a mi trabajo. ¿Eres consciente de eso?

—Aquí no existe ningún bando, solo personas. Personas que se equivocan y personas que intentan enmendar sus errores. Por una vez, quiero ser de la segunda clase. —Dirigí la mirada hacia la puerta entreabierta de la enfermería, desde donde se oía el ruido de los cristales rotos, de las risas, de los golpes, del motín—. Tengo que parar a Marina.

—No. —Su mano volvió a rodear mi brazo, como si así pudiera mantenerme quieta. Tenía la voz más grave y sombría de lo que acostumbraba —: No, Azahara, no cargues con esa responsabilidad. Tienes que evitar que haya heridos, ¿lo entiendes? Eso es todo. No empieces una guerra que no puedes ganar.

—Puedo perfectamente…

—A ojos de los funcionarios no serás más que una presa, Aza. Da igual cuáles sean tus intenciones. No te arriesgues a quedarte muy cerca de Marina, ¿entendido? Mantente al margen. Asegúrate de que nadie hace daño a Leire, pero, por lo que más quieras, no te metas donde no te llaman. Nosotros nos encargaremos del resto.

Me soltó con un suave apretón.

No me creía ninguna de sus palabras. No me creía que los guardias que esperaban con las porras en alto y las pistolas cargadas fueran a solucionar nada. No me creía que perder más vidas les afectara. No se encargarían de curar el dolor que sentía Marina, la rabia que le había llevado a aquel caos. No podrían sanar a Leire. No podrían salvarme a mí.

Aquí no había bandos porque todos éramos culpables.

Y no podía quedarme en la seguridad de mi chabolo sabiendo que Leire estaba en peligro.

No podía darle la espalda. No podía hacer lo que Hugo siempre había esperado de mí: que me callara las injusticias, que me mantuviera con la boca cerrada y llorara en el baño para que los vecinos no me oyeran. Que fuera una cobarde.

Solo me quedaba pensar que Beth estaría orgullosa de mí. Que Beth querría que su madre tuviera el valor de luchar.

Ese era el primer paso.

—Confíe en mí, don Pedro —le dije, alejándome de él—. Haré todo lo que pueda.

Él suspiró.

—Vete antes de que vuelvan los guardias. No quiero que hagan más preguntas. —Asentí y me di media vuelta, pero su mano volvió a detenerme —. Una última cosa, Azahara: ten mucho cuidado en la enfermería, ¿me oyes? Leire está en el área sociocultural; están conectados por el pasillo central, pasadas las habitaciones.

—Lo sé.

—Avanza lo más rápido que puedas. Y si ves alguna celda cerrada, ni se te ocurra abrirla. En la enfermería algunos…, algunos no están del todo bien.

—También lo sé, don Pedro.

—No hablo de la gente como Sonia.

No pude preguntarle a qué se refería; las sirenas de emergencia volvieron a sonar, irrumpiendo con su eco en los pasillos. Fue como si explotaran bombas sobre nuestras cabezas. El caos llamaba a más caos. Se oyeron más gritos al otro lado de los muros.

Le di un apretón antes de separarme de él.

—Gracias. —Fue lo único que dije. Eché a correr hacia la enfermería como si así pudiera huir del estruendo.

Dejé que el caos también me llamara a mí.

 

Lo único que permanecía reconocible en la enfermería eran la mesa de recepción y las paredes de mármol blanco. Habían roto los ventanales que dejaban ver los muros del patio; las esquirlas aún descansaban en el suelo. Las sillas de la sala de espera habían sido arrancadas del suelo. Se oían golpes, sollozos, risas. Había internos agazapados en las esquinas; internos tratando de arrancar las baldosas de las paredes; internos corriendo de un lado a otro, del patio a la enfermería, esquivando los bordes del cristal, con las manos llenas de frascos, jeringuillas, cintas y vendas. Todo preparado para aumentar su almacén de pinchos, para llenarse el cuerpo de pastillas que les desinhibieran, que les dieran la valentía para amenazar a los funcionarios. Para herir sin miedo. Para matar sin culpa.

Me quedé con los pies fijos en el suelo más tiempo del que pretendía.

—Oh, mira a quién tenemos aquí.

Me sobresalté y giré la cabeza hacia la voz a mi derecha. Marina caminaba hacia mí con una sonrisa feroz en los labios. Jugaba con una pistola entre las manos y pisaba los cristales.

Crack.

—¿Te has escaqueado tú también? —Siguió—. No te creía tan valiente.

«Necesito hablar contigo», quise decirle, pero me obligué a callar. Marina se reiría en mi cara, daría media vuelta y mandaría a un par de sus perritos falderos a vigilarme. Tenía que obligarme a mirarla con la barbilla en alto. Fingir una seguridad que no sentía. Marina tenía que escucharme.

—Te sorprendería lo que soy capaz de hacer.

Ella bufó.

—¿El qué? ¿Vender unas cuantas pastillitas a adictos desesperados? Ni siquiera fuiste capaz de escaquearte de un cacheo. —Volvió a sonreír, sin un atisbo de amabilidad en los ojos—. Pero, oye, puedes serme útil. Necesitamos gente que ayude a cargar con la munición.

Se rio; no llegué a entender la gracia. ¿De qué munición hablaba? Desvié la mirada un segundo a los dos internos que quedaban a su espalda, detrás de la mesa de recepción. Habían destrozado la estantería donde guardaban medicamentos y apartaban los frascos como locos, sedientos de…, ¿de qué? ¿Antipsicóticos? ¿Morfina?

Uno se detuvo de golpe; una sonrisa macabra se dibujaba en su rostro. Alzó el bote por encima de su compañero. Alcohol.

—No he venido aquí para ayudarte —me oí decir. Clavé la vista de nuevo en Marina; no quería saber qué pretendían hacer con eso—. Y menos después de lo que hiciste. No estaba intentando quitarte clientes, Marina, solo quería…, quería darle una vida mejor a mi hija. Necesitaba el dinero.

Ella hizo pucheros con los labios.

—Vaya, ¿y lo conseguiste? —La mirada mordaz que le lancé bastó como respuesta. Se carcajeó—. Lo que suponía. Aún tienes mucho que aprender aquí dentro, Azahara. Pero, si me echas un cable, podrás aprenderlo fuera. Tú verás. —Se giró hacia un grupo de internos del 24 que recogían pastillas del suelo y les hizo un gesto con las manos—. ¡Andando!

—Espera. —Di un paso adelante, librándome por fin de las esposas que parecían haberme anclado al suelo—. ¿Por qué lo hiciste, Marina? —Modulé mi tono de voz; no quería sonar decepcionada, sino rabiosa. Segura—. ¿Por qué fingiste que te importaba? «No dejes que siga pasando». Y luego fuiste la primera en darme una puñalada por la espalda.

—Oh, venga ya. ¿Lo dices por el cacheo? Eso fue un regalo. Quería hacerte espabilar.

—¿Un regalo? Creía que querías ayudarme. Creía que entendías lo que era ser…

—Una mosquita muerta, Azahara. Eso es lo que eras. —Suspiró—. Eso es lo que yo fui durante mucho tiempo. ¿Ahora lo entiendes? Solo quería que reaccionaras, idiota. Eso es lo único que nos diferencia a ti y a mí, por mucho que te asuste: que yo tuve los cojones para matarlo. Pero tú no…, no haces nada. No haces nada. Te han quitado a tu hija, te han desnudado como si fueras un pedazo de carne, ¿y qué has hecho tú? ¡Nada, joder! —Sacudió la cabeza. Tenía los puños apretados—. ¡No hiciste nada, nunca has hecho nada!

Quería contestarle que no era verdad. Que ella no tenía ni idea de mi vida. Que había luchado por Beth. Que ella era una asesina, no yo…

No él.

Cuando Hugo empezó a beber más, yo empecé a esconderme. Empecé a cantarle nanas a Beth en el baño del apartamento para no despertarle. Empecé a creerme sus quejas cuando cada mañana me culpaba por su dolor de cabeza. «Tengo que estar bien para conseguir trabajo, Aza. Por ella. Por nosotros». «Podría ayudar. Podría hacer algo», me ofrecí. Pero mi trabajo era hacer callar al bebé. Mi trabajo era darle de mamar. Mi trabajo era sonreírles a sus compañeros de grupo para que todos creyeran que estaba bien.

Un día, cuando volvió de «trabajar», se encontró a la niña llorando en la cuna. Cuando lo vi con la mano en alto y el ceño fruncido, dispuesto a hacerla callar, me lancé contra él. Hice algo, Marina. Y me gané mi primer golpe. Lloré, intenté separarle de mí a patadas, pero él se volvió loco. A cada golpe le siguió un susurro en mi oído, el amargo aroma del alcohol, una disculpa. Porque acabó pidiéndome perdón. Acabó llorando, con Beth gimiendo a su vez en la cuna, con mis manos temblorosas limpiándole las lágrimas. «Perdóname, Aza. Perdóname, amor, perdóname…». Y quise perdonarle. Quise olvidar todo lo que había ocurrido, borrarlo como si fuera tiza, ocultar cada prueba, cada herida. Yo también le había golpeado. Yo también estaba cansada.

Yo también tenía la culpa.

—Tenía que hacer algo por ti —insistió Marina, abatida—. Yo no podía librarte de él, así que… te di razones para enfadarte. Para mandarle a la mierda. Para que despertaras, joder. Espero que haya servido.

Apreté los puños.

—¿A ti te sirvió matarlo?

Marina se quedó en silencio un segundo antes de romper a reír.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—¿De verdad te hizo sentir tan libre como dices? ¿Hizo que dejaran de dolerte sus heridas? ¿Hizo que te quisieras otra vez?

Ella apretó la mandíbula.

—Me ayudó a darme cuenta de los cojones que tenía. De que el cobarde siempre fue él.

—Pero te dolió matarlo. Te dolió porque en el fondo lo querías, porque pensabas que las cosas podían volver a cambiar. —Entrecerré los párpados, dejando que una pequeña sonrisa se colara en mis labios—. Hay algo que les dolerá más que quitarles la vida, Marina. Algo que las dos tuvimos que hacer hace mucho tiempo: querernos lo suficiente para dejarlos ir. Para dejar de hacernos daño queriendo a quien no nos quiere. El amor no debería doler. — Me llevé la mano al pecho de forma inconsciente. Ahí, donde aún latía la esperanza de que todas las peleas con Hugo solo fueran días malos. De que sus «te amo» valieran más que sus «voy a matarte». Pero sus palabras seguían dejando cicatrices, sus besos seguían escondiendo mentiras. Y yo no hacía nada—. Salvarme —murmuré. Decirlo en voz alta fue como librarse de una pequeña carga en el pecho—. Es lo que debí haber hecho hace mucho.

Por un momento, las sirenas enmudecieron. Los presos se volvieron de piedra. A mi alrededor dejó de existir el caos. Sentía que estaba respirando aire fresco después de estar sumergida en un mar durante demasiado tiempo.

Al menos hasta que Marina volvió a reír.

Volvió el ruido, volvió el miedo, el calor, los gritos, el caos.

—Muy alentador, Azahara, pero a ver cómo te las apañas para hacerlo desde la cárcel. —Alzó la pistola y le quitó el seguro con un sonoro crack—. Así que, si quieres salir de aquí, colabora.

En mi cabeza, sus palabras se tradujeron por un «si quieres que Leire siga con vida, no me cabrees». Giró sobre sus talones e hizo señas hacia los internos de la recepción para que la siguieran hacia los pasillos.

—¡Eh, vosotras! —exclamó, acercándose a dos figuras encogidas en una esquina—. ¿Os vais a quedar ahí quietas todo el día o qué?

Solo al acercarme las reconocí.

Sonia estaba sentada con las rodillas junto al pecho, descalza. Los llantos que había oído desde los pasillos eran los suyos. Nina estaba de cuclillas a su lado, rodeándole la espalda con una mano y con la otra sobre sus rodillas. Miró a Marina.

—Sonia no está bien —gruñó. Bajo la luz blanca del techo, los hematomas de sus brazos y las bolsas bajo sus ojos daban color a toda su piel —. Necesita sus ansiolíticos y esos cabrones se los han llevado.

Marina chasqueó la lengua.

—Fuera encontrará más. Andando. No quiero a nadie por aquí para cuando empiece el espectáculo. —Dirigió una mirada a las cámaras de seguridad antes de lanzarles un beso.

¿De qué espectáculo hablaba? Ya hacían mucho ruido. Ya habían hecho suficiente. Marina solo les estaba dando más tiempo a los guardias para acabar con todos nosotros, sin importar quien empuñara el arma. En el momento en el que le pasara algo a Leire…

—No voy a irme —se negó Nina con firmeza.

—No sé si te has dado cuenta, cariño, pero esto es un puto motín. De aquí nos largamos todos.

—No todos tenemos a alguien que nos espere fuera, ¿sabes? —Nina se rio, aunque no había ni un atisbo de gracia en ello—. Además, ¿cómo vas a salir de aquí? ¿Cómo quieres que mil presos pasen desapercibidos, Marina? Estás loca.

—Tú eres la que se ha hecho amiguita de una demente, querida —replicó Marina. Como si supiera que hablaba de ella, Sonia se encogió más y empezó a balancearse con más fuerza—. Ten cuidado, si empieza a verte como una hija, puede que acabe matándote también. Sobre reincidencias sabes de sobra, ¿verdad?

Nina la atravesó con la mirada.

—No nos iremos —insistió entre dientes.

—Oh, sí, sí lo haréis.

Con un movimiento rápido, Marina llevó ambas manos al mango de la pistola, separó los pies y colocó el dedo sobre el gatillo, apuntando directamente a la cabeza de Sonia. Me quedé sin aire.

Nina intentó arrastrarse hacia atrás, pero sus pies resbalaron contra el suelo.

—Esto no es ningún juego —declaró Marina, sonriente—. Si digo que nos vamos todos, nos iremos todos, ¿entendido? —Nadie contestó. Marina dio una patada al suelo y Sonia sollozó más alto—. ¡¿Entendido?!

Entonces disparó.

Las alarmas callaron. El mundo pareció frenarse, mi corazón comenzó a latir. Me llevé las manos al pecho buscando una herida que no tenía.

Luego llovieron los cristales.

Sonia y Nina estaban encogidas sobre sí mismas y buscaban las manos de la otra entre temblores. Ellas también parecían sorprendidas de seguir vivas.

La bala de Marina había atravesado la única ventana que quedaba intacta después del motín. En su centro había una telaraña de cristal resquebrajado. Marina bajó el brazo despacio, fue hasta la ventana y acabó de romperla de una patada. Al otro lado estaba el patio que conectaba con los demás módulos. Con Leire.

—Alguien tenía que abrir camino. —Se volvió hacia mí antes de echarle una mirada a Sonia y Nina, que hacían un esfuerzo por ponerse en pie—. ¿Tú también te quedas, valiente?

Apreté la mandíbula y fingí un valor que no sentía.

—Llévame con Leire.