Presas
Capítulo 42. Gabriela
Gabriela
No podía rendirme ahora.
No podía abandonarla. Ni a Azahara, ni a todas las mujeres que seguramente habían llegado antes, ni a todos los hombres a los que aquel monstruo había golpeado, drogado y maltratado creyéndose Dios.
La palabra «justicia» ardía en mi garganta.
Azahara dejó que los días pasaran y fingió que nada había ocurrido. Siguió obedeciendo a cada uno de los funcionarios, siguió riéndose con cada chiste de Esme, siguió participando en la escuela de verano. A veces me asustaba darme cuenta de la soltura para mentir que habíamos adquirido aquí dentro. Aprendíamos que la única forma de sobrevivir era viendo el mundo a través de una máscara.
Pero la fortaleza de Azahara estaba llena de grietas, y un día se rompería.
Antes de que aquello sucediera, prefería estallar yo. Después de todo, en unos meses estaría fuera. No podían quitarme nada. No podían culparme por estar en el lado de la justicia.
Acabé de escribir la carta a mis padres de cada semana, con la mano temblorosa y débil. Quería pensar que era un efecto colateral del embarazo del que no me habían hablado, pero no podía engañarme: la ansiedad me estaba pasando factura. El silencio me estaba destrozando.
El papel amarillo que guardaba en mi escritorio parecía susurrarme, tentador.
«INSTANCIA».
No iba a callarme más.
Don Pedro fue el primero en verme llegar. Llegué a la garita con la respiración acelerada después de otro encuentro mudo con don Francisco en las escaleras. Parecía adivinar mis intenciones con una sola mirada. Pero él, al igual que Azahara, al igual que todo el mundo en la puta cárcel, fingió que no había pasado nada.
Y me dio vía libre para acusarle.
Sin embargo, fue llegar al gabinete y sentir que la única juzgada era yo.
Todas las miradas se volcaron sobre mí, a cada cual más asqueada. Las dos funcionarias que segundos antes charlaban con sendos cafés en la mano se adelantaron para arrastrarme afuera, pero don Pedro hizo un gesto para que se detuvieran. Él escuchaba. Él tenía que escucharme ahora.
Era como si la instancia en mi mano estuviera en llamas.
—Gabriela, ¿ocurre algo? —Arqueó una ceja. Su uniforme me trajo el recuerdo de cómo la ropa de don Francisco se había impregnado del sudor de Azahara, y las piernas me fallaron. Sentí que me derrumbaba.
Las lágrimas crearon una muralla en mi garganta.
—Don Pedro —supliqué, arrugando el papel. Hice un esfuerzo por erguirme y mirarle a los ojos, aunque mi visión estaba cada vez más empañada—, necesito su ayuda.