Presas
Capítulo 18. Azahara
Azahara
Cuando habla, parece que la pequeña —no tan pequeña— y valiente voluntaria se desinfle, como si cada palabra ocupara espacio en su pecho y estuviera deseando deshacerse de ellas. Es lo que hago yo cada noche, después de todo. Ella guardará las palabras en el pecho; yo en mis manos, en la voz que no oigo.
Me cuesta ver a Marina como a un animal herido. Cuando Leire habló de su medicina, en ningún momento la vi a ella. Pensé en mí. En cada una de mis heridas, en cada una de mis cicatrices, en la forma en la que conseguían distraerme del mundo. Todas las heridas que cada día finjo que no veo, que no siento, que no duelen. Más allá de los moratones, más allá de los silencios y de las caídas.
Leire tenía razón: llevaba demasiado tiempo vendándome los ojos. Pero ya no tenía fuerzas para destapar la herida, por mucho que eso la hiciera sanar.