Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 26 de 68

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Presas

Capítulo 26. Leire

Leire

 

La lluvia acabó siendo solo una leve llovizna. Las gotas hacían cosquillas al caer sobre la piel y refrescaban a los internos durante los juegos. A la media hora, la lluvia paró y el cielo volvió a su estado inicial: una neblina que oscurecía la tarde como si fuera invierno.

Pero nada frenó a los presos. Las mujeres picaron a los hombres —y les ganaron—, las pelotas retumbaron por todos los muros, las risas se oyeron por encima de la música. En más de una ocasión, los funcionarios asomaron la cabeza por la puerta al oír tanto revuelo. Solo reconocí a uno de ellos: Francisco, el jefe de la planta que nos acompañó el primer día. Paseó la mirada por cada uno de los presos con una expresión de disgusto, como si le molestara verlos disfrutando.

Quizá solo sospechaba de ellos. Tantos años en un centro penitenciario tenían que volverte paranoico y, aunque una parte de mí miraba a aquellos hombres y aquellas mujeres como si fueran niños, la otra tenía que recordarse constantemente las palabras de Juanjo: «Tened en mente siempre que estamos viendo el mejor lado de la cárcel; los módulos más pacíficos. En la escuela de verano habrá unos cien presos. En la cárcel, dos mil. No podemos juzgar a esos miles a partir de lo que un preso nos haya parecido».

Pero es que no había sido solo un preso.

Intenté apartar esa dicotomía de la cabeza, como cada día, como cada vez que regresaba de la prisión. Quería dejar de contar presos y empezar a ver personas; pero no dejaba de sentirme culpable.

Ah, la ironía. Me sentía culpable por no querer juzgar a quien era culpable. Culpable por creerles, por estar a gusto, por sentir dolor cuando ellos lo sentían.

Culpable por negarme a ver sus errores, culpable por esconder el mío.

Daba igual cuántas sonrisas fingiera: seguía mintiéndome a mí misma. Cada día, cada hora, cada minuto que pasara bajo el techo de la cárcel sintiéndome más que ellos.

—¿Necesitas ayuda con eso? —Azahara me pilló desprevenida justo cuando salió del patio, con el radiocasete bajo un brazo y la red de balones en la otra mano. El resto de los voluntarios estaba todavía fuera, recogiendo el material o despidiéndose de los internos a la puerta del módulo.

—Por favor. —Le tendí la red para poder agarrar el radiocasete con ambas manos—. Tenemos que dejarlo todo en una de las aulas de arriba, al lado de la de Informática.

Ella asintió y cargó con la red sobre sus hombros. Me dedicó una sonrisa e hizo un gesto con el mentón para que empezara a andar.

Solo necesité dos escalones para que el silencio pesara.

—Oye, Azahara… —Me demoré un segundo, sorprendida ante mi propia voz. No esperaba hablar. No sabía todavía qué decirle, pero no podía quedarme callada—. Siento lo de Beth. Quiero decir, siento haber sacado el tema. Bueno, siento sacarlo ahora también, pero es que… Jod… —Me mordí la lengua. Seguí con la vista clavada en los escalones, evitando mirarla a ella.

—No te preocupes. No sabías cómo son las cosas aquí, es normal. —No dijo nada durante unos segundos—. Además, la tengo siempre en mente. Puedes sacar el tema siempre que quieras, no habrá mucha diferencia.

Llegamos al entresuelo, entre ambos pisos. Cogí aire antes de volver a cargar con el material para el último tramo, ahora con Azahara hombro con hombro.

—¿Se parece mucho a ti? —pregunté, algo cohibida. Ella tenía los ojos clavados en el suelo, pero noté cómo se le alzaban las comisuras.

—Más o menos. Todo el mundo dice que tenemos la misma nariz, pero yo creo que aún es muy pequeñita para saberlo. Eso sí, es igual de cabezota que su madre.

Reí.

—¿Cabezota tú? No lo pareces. Es decir, la gente cabezota tiene mucho carácter, se enfurruña enseguida y tú me pareces tan… tranquila. —Fruncí el ceño. Sentía que estaba equivocándome de palabras constantemente, pero no podía rebobinar. Aun así, Azahara lo pasaba por alto. O quizás es que ni siquiera le molestara.

—Ya, bueno. —Se encogió de hombros—. De niña tenía unas rabietas que no te harían pensar lo mismo. Solo espero que Beth no me dé todos los dolores de cabeza que yo le di a mis padres.

Mi sonrisa desapareció en cuanto distinguí una figura encogida en la oscura esquina del primer piso, donde no llegaba la luz del techo. Me detuve de golpe y Azahara no tuvo más remedio que seguir la dirección de mi mirada.

Una joven se abrazaba las rodillas. Escondía el rostro entre las manos y el pelo, lacio y sucio, le caía a ambos lados como un manto. Los hombros se le arqueaban con cada gemido. No necesité verle la cara para notar que lloraba, aunque fuera un llanto mudo.

«No te acerques. No lo hagas. Da media vuelta. Dale la espalda». Así es como pensaba la parte de mí que quería sobrevivir.

«Podrías ser tú», decía la que estaba cansada de tener miedo.

—Hola —murmuré, acercándome a ella como quien se acerca a un animal asustado. Dejé el radiocasete a un lado y me puse de cuclillas para verle la cara—. ¿Necesitas ayuda?

—Calla, Lei… —Vi la sombra de Azahara aproximándose por detrás, pero no pudo terminar la frase. Como si alguien hubiera hecho saltar un resorte, la joven levantó la cabeza y fijó sus ojos en mí. Tenía el rostro contraído en una mueca de tristeza, el tramo que habían dejado las lágrimas marcado por el maquillaje corrido, los dientes y la mandíbula apretados. Toda ella temblaba.

Era ella.

—¡Vete! —chilló. Su voz se desgarró e hizo que mis oídos chirriaran—. ¡Fuera, fuera todos!

Pero no iba a moverme.

No iba a moverme hasta que ella me viera a mí. Hasta que sus ojos dejaran de buscar algo a través de mi rostro y se dieran cuenta de quién era. Sentía que estaba viendo a un fantasma.

—Hazle caso y vámonos. —Azahara se acercó por mi espalda y me puso la mano en el hombro, pero no sirvió de nada.

Me estaba mirando. A mí.

Me estaba mirando y ahora jugaríamos a ser estatuas, como siempre que nos encontrábamos.

La joven se agarró el pelo con las manos y chilló hasta quedarse sin aire. Cerró los ojos con fuerza. Cuando los abrió rebosaban ira.

Se abalanzó sobre mí sin darme tiempo a retroceder.

—¡Te voy a matar! ¡Te juro por Dios que te mato, Leire!