Presas
Capítulo 3. Leire
Leire
No dejaría que la cárcel invadiera mi cabeza.
No dejaría que me paralizara.
No dejaría de bailar.
Antes de que empezara con el ballet, pensaba que eso de «bailando se olvida todo» era una tontería, una frase hecha. Pero una parte de mí siempre quiso creer que era cierto, que solo hacía falta cerrar los ojos y oír la caricia de las primeras notas de una canción para que el resto del mundo desapareciese. Me apunté a la academia aferrada a la idea de que quizás esa tontería de frase fuera real. Necesitaba una forma de escapar de todo lo que me rodeaba, una forma de volver a encontrarme.
A lo tonto, llevaba ya dos años huyendo de la realidad dos veces por semana y el efecto no hacía más que acentuarse: me perdía en los movimientos de cada coreografía como si formaran parte de un sueño.
Mis manos se movían como si fuera un títere invisible.
Me alzaba en el aire como si estuviera hecha de plumas.
Y por un momento, no existía nada más.
—Leire, no quiero meterte presión, pero tengo que cerrar la academia. Tus compañeras ya se han cambiado.
Mi profesora bajó el volumen de la música e hizo tintinear las llaves con la mano libre. Fue como si alguien me hubiera lanzado un vaso de agua fría a la cara.
Me detuve en seco. Desapareció la música y volvió el cansancio y el sueño. Noté el sudor que recorría mi piel y el palpitar de mi corazón retumbando por todo mi cuerpo.
—Lo siento, Esther —me disculpé a la par que me limpiaba el sudor de la frente—. ¿No me da tiempo a un último ensayo? Solo uno más, prometido. Porfa. Estaré fuera todo un mes…
—¿Te vas?
—A la cárcel, ¿no te lo dije? —Vi cómo su rostro palidecía. El mío se ruborizó al imaginar lo que pasaba por su cabeza—. ¡Como voluntaria! Voy como voluntaria, Esther.
Su pecho se relajó, pero su mano se mantuvo en el aparato de música.
—Me habías asustado… Conque voluntaria, ¿eh? Vaya, eso es valiente.
Valiente. Valiente, curioso, arriesgado, honrado; eso decían todos. No pensarían lo mismo en unos meses. Tal vez ni siquiera lo pensaban ahora; puede que, en el fondo, fuera una respuesta tan automática como cada «bien» que sigue a un «¿cómo estás?». Mejor llamarte valiente antes que decir lo que pensaban.
Que hay niños en los hospitales que también necesitan voluntarios.
Que esa gente no merece ayuda, que no harían lo mismo por nosotros.
Que te estás poniendo en peligro.
Evité hacer una mueca. Mi profesora siguió con una sonrisa en los labios.
—Entonces, ¿puedo ensayar una última vez? —murmuré.
Ella resopló.
—Vale. Pero solo una vez, ¿entendido? Que ya deben de estar esperándote en casa.
Me encogí de hombros.
—Que vayan cenando sin mí.
Esther se rio antes de encender el aparato. Ahí estaban las primeras notas de piano dándome la bienvenida de nuevo.
—No tienes remedio, Lei.
Empecé a oír los gritos de mi madre antes de abrir la puerta. Iban dirigidos a Dani, el blanco más fácil, que había optado por quedarse callado y dejar que mamá soltase todos los nervios que acumulaba. Chico listo.
Coco me recibió nada más abrir la puerta, pegando saltitos a mi alrededor como si hiciera años que no lo viera. Ladró para saludarme.
—¡Sssh, Coco, no! —Me agaché para ponerme a su altura y el yorkshire respondió dándose la vuelta y dejándome su barriguita a la vista. Ya era demasiado tarde para callarle.
—¿Leire? —Mi madre apareció por el pasillo con el rostro acalorado. En cuanto me vio, sus ojos se volvieron de hierro—. A buenas horas…, la cena lleva en la mesa desde las nueve.
Me aparté un mechón de pelo de la cara con un suspiro.
—Me he entretenido un poco en ballet.
Se cruzó de brazos y, con el ceño fruncido, me sostuvo la mirada. Abrió la boca para añadir algo, pero se detuvo en el último instante. Con un suspiro, me dio la espalda. Coco seguía suplicando caricias entre mis tobillos, ajeno a la tensión del ambiente.
—¿No vas a decir nada?
Fue como hablarle a la pared. Me hubiera gustado que me riñera. Que se enfadara de verdad, como antes, dando taconazos en el suelo y manteniendo el ceño fruncido. Que me hablara otra vez.
En lugar de ir hacia la cocina, la seguí por el pasillo.
—Me voy mañana, mamá —murmuré, esperando que aquel recordatorio sirviera para frenarla. Ella fingió no escucharme—. ¿Vas a seguir sin hablarme?
—No lo sé. ¿Tú vas a seguir fingiendo que no ha pasado nada?
Su voz resonó en el pasillo como si no perteneciera a su cuerpo, que se deslizó a través de la puerta del fondo. Al menos había contestado. Con una puñalada traicionera, pero había hablado.
Llevábamos demasiadas semanas de silencio.
—Mamá… —Llegué hasta ella y me detuve antes de apoyar la mano en el umbral.
—Si se entera la pastoral… —musitó. Sacudió la cabeza. Sus ojos permanecían fijos las puntas de sus zapatos—. Es una locura, Leire.
—Eso ya lo sabía.
—No. No, sabes perfectamente a lo que me refiero. No vas a hacer más que meterte en líos. —Suspiró—. Y aquí ya hemos tenido suficiente.
Era su manera de decirme que estaba cansada de que su hija la decepcionara.
—Voy a acabar de hacer la maleta… —No llegué a darle la espalda del todo.
—Cena primero —dijo ella, inmóvil junto al marco de la puerta—. Dani te está esperando.
Su voz solo sonó cansada. Ni enfadada, ni dura ni decepcionada, solo cansada. Asentí, a pesar de que no pudiera verme, y me di la vuelta hacia la entrada.
Cerré la puerta de la cocina a mis espaldas y dejé caer la mochila de ballet al suelo. Ni siquiera eso bastó para despegar a Dani de la televisión.
Ahora tocaba fingir la mejor de mis sonrisas, disfrazarme de hija perfecta y hacerle creer a mi hermano que todo iba bien, dentro y fuera de casa. Que el mundo era un lugar seguro y las madres no podían enfadarse para siempre.
—Eh, canijo, ¿no se suponía que me estabas esperando? —inquirí mientras señalaba su plato vacío con el mentón.
Él me miró de soslayo.
—Tienes la sopa en el microondas —fue su respuesta. Arrugó la nariz en cuanto le revolví el pelo, haciendo que el flequillo le cayera sobre los ojos. Bajó el volumen de los dibujos animados y se reincorporó en el asiento, con las piernas cruzadas—. ¿Te vas mañana?
—Ajá.
Me senté en la mesa frente a él, a tiempo de verle poner una mueca triste. Dejé la cuchara en el aire y ladeé la cabeza.
—¿Y esa cara, feo? ¿Estás bien? —pregunté.
Él levantó la barbilla e hinchó el pecho, como si eso le hiciera crecer.
—No quiero que vayas a la cárcel, Lei —confesó mientras se deshinchaba como un globo de helio—. Hay gente peligrosa.
Ladeé la cabeza y le miré con ternura.
—Y fuera también.