Presas
Capítulo 33. Azahara
Azahara
Aquella noche no dormí. Me aferré a los últimos minutos de Beth conmigo como un clavo ardiendo. La miré mientras dormía esperando recordar cada detalle de su piel. Los rizos que le salían en la nuca, la pequeña herida en su codo, cómo entreabría los labios cuando soñaba, cómo sonreía a cada funcionario y repetía todo lo que gritaban por megafonía. Quería acordarme de su voz, de su risa, de su peso cuando la cogía entre mis brazos, de su carita cuando se llenaba la boca de mermelada y acababa hecha un desastre.
No quería olvidar ni un recuerdo por miedo a que Hugo me los arrebatara todos.
Beth nació a las 7:07 de la mañana, después de toda una noche en vela por culpa del calor y los dolores del parto. No fue nada fácil traerla al mundo. Tampoco iba a serlo devolverla a él.
Comenzó a parpadear con las primeras luces del alba. Se estiró en su colchón, deshaciéndose de la sábana que le quedaba a los pies. Me arrastré hasta el borde de mi catre y me apoyé su cuna.
Eran las siete de la mañana.
—Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz… —susurré. Fue como si también llorara desde dentro, como si las lágrimas me atragantaran—. Te deseamos todos… Cumpleaños feliz.
Acabé la canción y ella me dio los buenos días con una sonrisa, totalmente ajena a lo que estaba pasando. Se enderezó, me buscó con las manos estiradas hacia delante, caminando como un patito torpe; me abrazó desde la cuna, me dio un sonoro beso en la mejilla y se quedó ahí, esperando su desayuno.
Y yo preparé la leche como cada día, como si no pasara nada, tragándome cada lágrima. Como si aquella no fuera nuestra última mañana juntas.
Pero lo era, y una parte de mí no sabía cómo viviría sin ella.
Me la quitaron sin más. Sin avisar. Sin despedirme. Sin molestarse. Cuando fui a sacarla de la guardería, justo después de cenar, encontré su esquina vacía. Los demás niños empezaron a berrear en cuanto me vieron derrumbarme sobre el suelo y llorar, y las funcionarias acabaron echándome de la sala casi a patadas; no encontraba la fuerza necesaria para moverme.
Esme fue la primera en acercarse. Me ayudó a levantarme y me acompañó al patio con la intención de que me diera el aire. Pero no podía soportar salir y encontrarme con los juguetes desperdigados y todos aquellos dibujos mal pintados en los muros. No harían más que reavivar el recuerdo de Beth y ya la sentía demasiado lejos.
No había pasado ni una hora y ya sentía que no sobreviviría. Me daba miedo ir al chabolo y encontrarme su cuna vacía. Por no hablar de que tarde o temprano los funcionarios cambiarían la distribución de los módulos y me mandarían a alguno de mujeres —el 18 si tenía suerte, el 17 si no—. Para ellos ya no era madre. Para ellos, Beth era hija de nadie.
Esme se colocó frente a mí, con el respaldo de la silla entre sus piernas, y me obligó a darle la espalda al recinto. No dijo nada, solo me acarició el hombro mientras lloraba. En algún momento cantó una nana y mandó alejarse con gestos a todo el que se acercara. Dejó que el cielo se tiñera de añil sobre nuestras cabezas.
—El mundo no podrá darte nunca paz, mi niña —susurró, recorriendo mi brazo con sus dedos—. Pero, una vez la encuentres dentro de ti, tampoco podrá quitártela.