Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 44 de 68

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Presas

Capítulo 44. Azahara

Azahara

 

 

Recordaba la noche del accidente como una de las mejores de mi vida.

El paso del tiempo me había castigado con esa carga. Tenía los detalles grabados con fuego en la memoria. Y ardían. Quemaban. Me habían dejado un corazón lleno de cenizas.

Hugo y yo habíamos salido a cenar para celebrar nuestro aniversario. Beth, que era un bebé de pocos meses por aquel entonces, se había quedado al cuidado de un colega de Hugo. Habíamos aprovechado aquel rato de tranquilidad para escapar de nuestro piso desordenado y recorrer la ciudad como cuando teníamos quince años.

Hugo organizó una ruta por todos los rincones que guardaban recuerdos de nuestra historia: me llevó de la mano al parque donde nos dimos nuestro primer beso, nos colamos como adolescentes en el autocine, salimos corriendo antes de que nos pillaran en dirección al restaurante tailandés donde solíamos cenar. Allí me contó que había estado ahorrando para aquella noche y que pidiera todo lo que quisiera de la carta. Nos dimos el lujo de compartir una botella de vino y acabamos en el baño del restaurante, riéndonos entre besos y recorriendo nuestros cuerpos con caricias; salir de los lavabos con dignidad (y con toda la ropa en su sitio) fue una actuación digna de un Óscar. El último destino de aquella noche sería la playa.

No podía dejar de mirarle. Llevaba cinco años a su lado y cada día sentía que lo quería más, que su sonrisa me paraba el corazón sin importar el tiempo que pasara. Conocía cada una de sus cicatrices y pecas, y aún me sorprendía cuando encontraba una nueva. Guardaba en la memoria la cadencia de su voz cuando me decía que me amaba, y me seguía erizando el vello cada vez que lo susurraba en mi oído. Aquella noche tenía quince años otra vez.

—Espera, espera —dijo, colocándose entre la puerta del coche y yo. Acercó sus labios a los míos sin llegar a rozarlos, burlón—. No nos vayamos aún.

Le contesté con una risa porque aquella noche era lo único que salía de mi boca. Risas y besos y el ligero aroma del vino.

—¿Te ha gustado el restaurante, Hugo? —Arqueé las cejas y me humedecí los labios—. Creía que ya lo teníamos muy visto.

—Un poco, sí. Pero me ha gustado que me invitaras al baño de mujeres. Un detalle por tu parte.

—Ha sido un placer. —Me reí a la par que él acariciaba mi hombro desnudo, recorriendo la línea blanca que interrumpía mi moreno. La brisa de verano se coló entre nuestros cuerpos, como si intentara separarnos—. Mírate, estás intentando no besarme, ¿verdad? Es adorable. —Deslicé los dedos por su costado hasta llegar a su pecho. Estaba tan cerca de él que podía oír su respiración, cada vez más acelerada. Sus ojos parecían todavía más oscuros cuando reflejaban la noche—. Me pregunto cuántas caricias harán falta para que te rindas.

—Bailemos —dijo él, que se separó de mí. Me cogió de las muñecas y me alejó del coche.

—¿Bailar? ¿Ahora?

—¿Te preocupa haber perdido el sentido del ritmo, Aza?

—¿Y tú el oído? —Le solté, y me coloqué la camisa, que se pegaba a mi cuerpo como una segunda piel. Hugo se detuvo bajo el foco de la única farola encendida en aquella calle; las motas de polvo caían a su alrededor como si también bailaran.

—No importa la música. Solo quiero bailar contigo, toda la noche si me dejas. Vamos, morena…

Estallé en una carcajada al escucharle llamarme así, pero no me hice de rogar. Me acerqué a él ondeando las caderas, siguiendo un ritmo invisible e imaginando mil baladas en mi mente.

Mientras Hugo cantaba, bailamos en aquel aparcamiento semivacío como si estuviéramos en medio de una pista de baile. Me levantó por los aires. Fingimos bailar un tango, fingimos oír un vals y aplaudimos a una orquesta imaginaria. Cuando los dos nos cansamos, nos metimos en el coche.

Todo me daba vueltas. En mi cabeza solo se oía la voz de Hugo. Y su risa. Y sus besos. No había espacio para nada más.

—A la playa, entonces. —Colocó las manos sobre el volante.

—Espera —le pedí en un segundo de sobriedad—. ¿Estás seguro de que es buena idea?

—No puedo llevarte a la luna todavía, así que la playa no me pareció tan mala idea.

Consiguió que se me escapara una risa tonta.

—No, eso no, bobo. Te veo un poco contentillo como para coger el coche, nada más.

—¿Dudas de mis capacidades? —inquirió. No contesté; me limité a morderme el labio, conteniendo la sonrisa y con la mirada fija en la carretera —. ¿Piensas que si estuviera borracho de verdad podría hacer… esto? —Se inclinó hacia mí, haciendo rechinar los muelles de su asiento. Noté el frío y la humedad de sus labios recorriendo la curva de mi hombro—. ¿O esto? —Sus besos fueron escalando hasta mi cuello y me erizaron la piel. Acabé encogiéndome de hombros; era incapaz de soportar la caricia de sus labios.

—¡Vale, vale! Está usted más que capacitado, señorito —convine entre carcajada y carcajada. Sentí que el aire me faltaba y aproveché el momento para respirar—. Te amo, Hugo.

Mis palabras le sorprendieron tanto como a mí. Por un momento se quedó sin habla, saboreando el recuerdo de mi voz, y luego se giró hacia mí con una sonrisa.

—Yo también a ti, preciosa. —Cuando me besó, sus labios aún sabían a vino. O quizás eran los míos. O quizás eran ambos.

Reí contra su boca y seguí riendo una vez el coche se puso en marcha. Subí el volumen de la radio y empecé a cantar la primera canción que sonó a pleno pulmón, como si fuera mi último día en la Tierra.

Y no estaba tan equivocada.

El alcohol había convertido aquella cita en un sueño: los bordes de la carretera se veían difuminados, la música sonaba con más intensidad, todo el cuerpo de Hugo brillaba como si hubiera tragado polvos de hada. El calor dentro del coche y la oscuridad de fuera se intensificaron. Y yo seguí cantando, seguí gritándole a Hugo que le amaba, que cinco años a su lado habían pasado en un pestañeo y que Beth era el mejor regalo que Dios nos podía haber dado. No recordaba mucho más. Las palabras se me atrancaban en la lengua. Yo respondía a carcajadas. Las manos de Hugo al volante bailaban.

El resto es historia.

No recordaba la calle donde ocurrió ni el color de la camisa que yo llevaba, pero a partir de aquella noche no hubo ni una sola pesadilla en la que no se repitieran aquellos dos sonidos: un aullido, dos golpes. Primero fue el chirrido de los frenos alargándose como un grito, ralentizando el tiempo. Me quedé sin voz a mitad de la canción y en mi cabeza estuve convencida de que iba a morir. Fueron unos segundos y solo me dio tiempo a pensar que era demasiado rápido, demasiado pronto, que tenía que darle un último beso a Beth, que no me podía ir. No todavía, no todavía…

Y entonces llegó el segundo ruido: dos golpes secos que me acompañarían cada noche, todos los días.

Ese era el precio de sobrevivir.

El frenazo hizo que todo mi cuerpo se volcara hacia delante; el cinturón quemaba sobre mi piel. Seguía oyendo aquellos golpes aunque ya se hubiesen producido y creí oír un gemido, pero ni Hugo ni yo nos atrevimos a salir del coche. Todo me daba vueltas y sentía que el corazón me palpitaba en las sienes.

—Joder —murmuró Hugo, con las manos todavía firmes sobre el volante —. Joder, joder, ¡joder!

Echó la mirada atrás. Algunos coches se habían parado en la carretera. La gente encendió las pantallas de sus móviles para alumbrarse mientras se acercaban. Se empezaron a oír voces. Yo no quería salir, no quería moverme, no quería formar parte de esa pesadilla. En mi cabeza seguía oyendo el sonido de los frenos y los dos golpes secos. Uno, dos. Una vida, dos vidas. Un segundo, dos segundos, y todo terminaba.

Hugo se volvió hacia mí y me clavó las uñas en el brazo.

—Aza, cámbiame el sitio. ¡Vamos!

—¿Qué? —Todo estaba pasando demasiado rápido. Un minuto antes estaba inventándome una canción y buscando la luna a través de los cristales de la ventana, y ahora…, ahora…

—Joder. —Se revolvió en su asiento y se quitó el cinturón de seguridad como si también le ardiera. Las manos le temblaban y no dejaba de fruncir el ceño. Donde yo me había apagado, él se encendía—. Joder, Azahara, ¡joder! Han pasado por delante y yo… —Abrí los labios para contestarle, pero no se me ocurrió nada que decir. Él volvió a agarrarme—. Cámbiame de sitio, Aza, no podemos arriesgarnos a que crean que yo conducía.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Joder, ¿es que estás ciega? Tú vas mucho más sobria que yo. Y además eres una tía, estás buena. Con ponerle ojitos al poli nos bastará para librarnos de la multa.

—¿Multa? —Me temblaba la voz. Me temblaban las manos. Me temblaba hasta el alma—. Hugo, has atropellado…, has…

—No, Azahara, has sido tú. —Se desabrochó el cinturón con fuerza—. Venga, ¡muévete, hostia!

A lo lejos se empezó a oír el sonido de las sirenas, pero en mi cabeza solo había cabida para el ruido resultante del choque de esos cuerpos contra el cristal. Hugo se puso en pie, con la espalda arqueada y ambas manos apoyadas en el reposacabezas, haciendo un arco para que pasara.

Seguía sin ser capaz de moverme.

—Azahara, mueve el culo ya o te juro por Dios que te mato.

Quise pensar que el alcohol también había afectado a mi oído, que las palabras de Hugo eran fruto del caos, que no sería capaz de ponerme una mano encima.

Menuda ilusa. Después de todo, ya lo había hecho antes. Me había golpeado hasta dejarme inconsciente tras pasar una noche entre colegas y botellas. Me abofeteaba cada vez que olvidaba traerle cervezas del supermercado. En los últimos años, había aprendido que sus amenazas nunca eran en vano.

Pero también sabía que después de cada golpe venía el momento de sanar la herida. Que era el primero en rodearme entre sus brazos cuando la situación se calmaba, en cantarme antes de que nos venciera el sueño y susurrarme que me amaba, que lo sentía, que era demasiado impulsivo, que no quería perderme nunca, mientras me preparaba hielo para ir a dormir.

Sabía que después de aquella pesadilla de noche vendrían los besos y las caricias y las lágrimas silenciosas y los «tranquila, Azahara, todo irá bien, estoy contigo. Estaré siempre contigo». Él era lo único que me quedaba.

Por eso lo hice.

Me arrastré desde el asiento del copiloto hasta el volante. Sentía un hormigueo en las piernas y tenía las manos resbaladizas por culpa del sudor. Fue como si arrastrara cadenas. Hugo se cambió de sitio con un movimiento brusco, haciendo temblar todo el coche. Fuera oí los primeros gritos.

—Joder —volvió a decir. Tenía la cara roja y llena de sudor; el flequillo pegado a la frente—. Joder, Aza.

Su mirada estaba clavada en la sangre que bañaba el cristal del coche. Había permanecido oculta hasta que llegó el primer coche de policía, que bañó la carretera de luces rojas y azules. Las luces llegaron acompañadas de más gritos. Con ellas, nosotros también salimos.

Hugo se bajó del coche en cuanto se acercaron los primeros policías; yo me mantuve en mi asiento, incapaz de reaccionar. La penumbra era cada vez más tenue. Pasaban los minutos y yo no dejaba de descubrir más detalles de aquella noche, recuerdos e imágenes que nunca olvidaría.

Cuando me preguntaron por el accidente, conté la historia que Hugo hubiera querido oír. Que yo conducía camino a la playa, más contenta de lo normal, y que no vi a los chicos cuando cruzaron la carretera. No los vi aunque hicieron señas. No oí sus voces, pero fui testigo de su último aliento. Nunca supe sus nombres, pero me quedé quieta mientras ellos morían.

Un test de alcoholemia les bastó para llevarme a los juzgados y ahí repetí la misma historia, porque la culpa podía conmigo, porque al miedo de haber conocido la muerte se le sumó el miedo a volver a encontrarla al llegar a casa. Hugo estaría a salvo. Hugo me mantendría a salvo también a mí.

Pasaron los días hasta que aquella historia dejó de repetirse en mi cabeza. Los versos finales acabaron modificándose:

«Y entonces el coche chocó contra ellos y yo sobreviví.

El coche se estrelló y yo me rompí con él, pero sobreviví.

No, no lo hice. Sobreviví al desastre, sobreviví al accidente, y aquella noche dos chicos murieron y siento que yo morí con ellos. Dos chicos murieron pero yo solo recuerdo el sonido de los frenos, el sudor de mis manos, la sangre que no me atreví a limpiar.

Y los dejé atrás. Yo fui quien los dejó atrás. Nadie puede salvarme de ello».

Ni siquiera Hugo.

Ahora hay días en los que quiero verle sufrir aquí dentro y devolverle todo el dolor que causó. Días en los que me da la sensación de que podría llenar el cielo con el vacío que me ha dejado. Días en los que, como hoy, me canso de arrastrar su culpa conmigo.

Luego miro a mi alrededor y siento que tengo tanto derecho como las demás a estar aquí, en la cárcel. Después de todo, nuestro pecado es el mismo: seguimos odiando. Estoy aquí y hay días en los que podría matar a Hugo con mis propias manos y días en los que dejaría que él me matara a mí por amor. ¿Qué me diferencia de las que sí que acabaron haciéndolo? ¿De las que se hartaron, de las que dejaron que el odio moviera los hilos?

Nada, absolutamente nada.

Y la historia sigue repitiéndose en mi cabeza como si alguien hubiera rallado un disco. Y la culpa sigue pesando en mi corazón como si mis manos hubieran sido las que estaban al volante. Y la ira siempre va dirigida a mí, porque fui tan tonta como para creer que Hugo me protegería.

Por eso, cuando echo la mirada atrás y veo a la Azahara del pasado, la que lloró durante un mes entero por culpa de ese accidente, la que calló cuando las rejas se cerraron tras ella, solo puedo pensar: «Lo siento. Lo siento de verdad».