Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 30 de 68

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Presas

Capítulo 30. Azahara

Azahara

 

Creía que todo había pasado. Creía que había conseguido una tregua, que la conversación con Hugo era suficiente dolor que arrastrar durante una semana.

Solo que no hay manera de medir el dolor, y una vez que empieza, no hay forma de frenarlo. No es un grifo, no puedes cortarlo. Todo lo que haces o lo aumenta o lo alivia, pero no lo sana. No todavía.

Con la venganza pasa lo mismo: muchos creen que un acto hará que ese deseo, esa rabia, esa desesperanza, se desvanezca. Pero nada puede hacerla desaparecer. Ningún corazón puede volver a ser el que era antes de ser dañado. Los deseos de venganza solo pueden difuminarse a costa de aumentar el dolor de otros.

Marina tendría que haberlo sabido.

Entraron en la celda de golpe, haciendo chocar la puerta contra la pared. Beth fue la primera en darse cuenta de que algo iba mal. Se agarró a los barrotes de su cuna y empezó a llorar en cuanto vio la expresión de la funcionaria.

—Azahara Rubio, se ha solicitado un cacheo personal completo. Acompáñeme, por favor. —El usted era pura cortesía; tenía los brazos cruzados y dos guardias la custodiaban tras el umbral de la habitación. Me miraban con asco.

—No puedo dejarla. —Beth alargó la mano hacia mí, pero solo pude responderle con una mirada.

—Se encargarán de ella. Vamos.

Los funcionarios entraron en el chabolo con estrépito, apartando a patadas todos los juguetes que encontraron por el camino, y me agarraron los brazos tras la espalda. Ni siquiera intenté zafarme de ellos; estaba demasiado cansada.

Demasiado asustada.

La funcionaria que encabezaba el equipo se hizo a un lado para dejarme pasar y cerró la puerta tras ella, ahogando el llanto de Beth. Empezó a caminar por el pasillo e hizo un gesto a los hombres que me sujetaban para que la siguieran. Los rostros de las internas asomaban por la pequeña ventana de cristal que daba al interior de cada chabolo, curiosas.

—¿Se puede saber qué pasa aquí? —Pillamos a Esme justo cuando ella subía las escaleras, con los cubiertos de plástico todavía en la mano. Miró a la funcionaria desde los escalones, sin un ápice de vergüenza, y puso los brazos en jarras—. ¿Adónde lleváis a mi niña?

—Esme, no… —Los guardias me zarandearon para que callara. «No merece la pena».

La funcionaria levantó la mirada por encima de las gafas y le dedicó una sonrisa a Esme que oscilaba entre la burla y el asco.

—Se nos ha informado de que se ha infiltrado droga en el módulo. Cannabis, para ser exactos, aunque puede que nos llevemos alguna que otra sorpresita. Y parece que a tu amiga se la conoce por su increíble capacidad vaginal, ¿no es así?

—¿Qué? —El rostro de Esme se contrajo en una mueca—. No, escuche usted, Azahara no…

—Apártese si no quiere ser la siguiente, señorita. —La lengua de la funcionaria era afilada, como si se regocijara viendo el espectáculo que estaba montando. Al llanto de Beth se empezaron a unir los murmullos de las presas —. Si tanto confía en la inocencia de su amiga, no tiene nada que temer. Pero parece que hay testigos que no opinan lo mismo. Esto es mero protocolo. Déjenos pasar, haga el favor.

Esme se quedó paralizada, y por un momento vi la duda en sus ojos. Negué con la cabeza, con las lágrimas cayéndome a raudales por las mejillas, como si ellas hubieran sido conscientes de lo que me venía encima mucho antes que yo. «Débil, débil, débil». Aunque tenía razones para llorar. Alguien les había dicho que estaba empetada, que escondía droga.

Lo peor no era que no fuera verdad. Lo peor fue ver cómo Esme dudaba. Después de todo, ella había visto mi desesperación por conseguir algo de dinero para Beth. Ella me había insistido con todo el asunto de las pastillas. A nadie le extrañaría que hubiera dado un paso más.

Pero no lo había hecho. Joder, no lo había hecho.

Nadie iba a creer a una chivata, ¿verdad? Nadie correría a ayudarla. Nadie se arriesgaría.

Esme se hizo a un lado.

 

La funcionaria no me dio ninguna explicación más y yo no me atreví a preguntar. Me llevaron por el laberíntico centro hasta un módulo en el que no había estado nunca y me obligaron a entrar en una habitación vacía, con las paredes y el suelo de mármol blanco. Cerraron la puerta de acero tras mi espalda; delante de mí quedaba otra. Seguía temblando y ni siquiera sabía la razón. Quizás era el miedo a que todo lo que había escuchado acerca de lo que le hacían a los empetados fuera verdad. Quizá fue el recuerdo del llanto de Beth. Quizá fueran las miradas que me habían atravesado durante todo el trayecto.

Fuera lo que fuera, no podía dejar de temblar.

Me sentí asquerosamente débil.

La puerta que tenía delante se abrió con estrépito. Don Francisco cruzó el umbral con dos zancadas; las manos en los bolsillos. Tenía el ceño fruncido y el pelo tan engominado que parecía de plástico. Lo peor fue la sonrisa que puso al verme.

—Un pajarito nos ha dicho que alguien se ha portado mal. —Se cruzó de brazos. Un joven oficial cruzó la puerta tras él, con un sujetapapeles en una mano y la otra sobre el bate de su cinturón.

No ayudó a que dejara de temblar.

—Quítate la ropa —ordenó don Francisco. Empezó a caminar por la sala —. ¡Venga! ¿No me has oído? ¡Fuera todo!

Su último grito fue como si me tocaran con hierro ardiendo. Me desabroché el pantalón con torpeza.

«Di algo, Aza —susurraba mi mente—. Di algo, cualquier cosa. Tú no deberías estar aquí. Tú no has hecho nada».

Los pantalones cayeron hasta mis pies y el oficial que le acompañaba se agachó para hacerse con ellos. Dio la vuelta a todos los bolsillos, tirando el contenido al suelo: un cigarro, una cajita de mermelada, nada más.

«Si tanto confía en la inocencia de su amiga, no tiene nada que temer», había dicho la funcionaria. Y era inocente. No tenía nada que temer.

Don Francisco hizo un gesto con el mentón para que me despojara de la camisa, y eso hice. Resbaló entre mis dedos hasta que el otro funcionario la cogió al vuelo. No fui capaz de sostenerle la mirada a ninguno de los dos y agaché la cabeza, avergonzada. Delante de ellos y bajo el foco de luz, mi piel me parecía todavía más pálida, y los moratones que ocultaba bajo la ropa todavía más intensos.

—Todo, Azahara —me recordó el funcionario.

Me deshice de las chanclas.

—¿Vas a necesitar que te ayude? —insistió, dando la vuelta a la habitación hasta quedarse a mis espaldas. Escuché su voz demasiado cerca.

—No.

Alcé la barbilla mientras mis manos se dirigían al broche del sujetador. Dejé que los tirantes se deslizaran por mis hombros, pero no me lo quité hasta que el funcionario joven lo apartó de mi cuerpo con cuidado. Se atrevió a lanzarme una mirada cargada de lástima antes de retirarse a una esquina para seguir con su chequeo.

Don Francisco carraspeó.

Inspiré muy despacio. Acabé de desnudarme. Cuando bajé la mirada, sentí que todas las venas de mi cuerpo estaban ardiendo, encendidas. Que el azul y el verde marcaban mi piel, que cada vez era más traslúcida. Como si quisiera desaparecer.

Quería desaparecer.

—¿Has encontrado algo, Miguel?

—No, señor.

Don Francisco suspiró y siguió su corto recorrido por la habitación. Apreté los puños para frenar los temblores; fue inútil.

—¿Dónde guardas la droga, Azahara?

Cogí aire.

—No tengo droga, señor.

—Eso no es de lo que se nos ha informado. —Se colocó frente a mí—. La lista fue clara: Azahara Rubio, Paula Miralles, Manuel del Bosque. ¿Te suenan sus nombres? ¿Vais por vuestra cuenta o estáis compinchados?

El único nombre que me sonaba era el de Paula. En el módulo 17 la llamaban Pau. A Manuel lo había visto en la escuela de verano, pero nada más.

Ni siquiera sé por qué me paré a pensarlo; si mi nombre estaba en aquella lista, eran posiblemente tan inocentes como yo. Pero mi pausa fue una confirmación a los ojos del funcionario.

—Saca la droga, Azahara. Vas a acabar con mi paciencia.

—Le he dicho que no tengo… —Su bofetada me calló al instante. La mejilla me ardía y mi cabeza miraba hacia la esquina donde el funcionario joven seguía revisando la ropa, ahora con los ojos como platos fijos en mí.

Me llevé la mano a la mejilla, despacio. Si don Francisco pensaba que aquello dolía, es que aún no era consciente de que estaba en la cárcel. Dolía más la duda, el desnudo, el rodearme y mirarme como si fuera un animal de circo.

Dolía sentirme incapaz de mirarle.

Por eso lo hice.

Pero él seguía con el rostro estoico, como si llevara una máscara de cera.

—No tengo tiempo para mentiras. —Se adelantó hasta quedarse a centímetros de mi cara. Su aliento olía a tabaco; su cuerpo, a sudor. Por primera vez desde que entré en aquella sala, me sentí completamente atrapada —. Si no la sacas tú, lo haré yo.

El funcionario del suelo se incorporó al escucharle.

—Pero, señor…

—Cállate.

Y la que calló fui yo. La que ahogó un jadeo y sintió que le faltaba el aire fui yo. La que perdió toda la humanidad que le quedaba fui yo. Me invadió como si no fuera más que una muñeca hinchable. Cuando grité, él agarró mi brazo con la mano libre para que permaneciera donde estaba. A cinco centímetros de su rostro, a siete centímetros de su pecho. No podía soportarlo.

Buscó la droga con brusquedad, con rabia, con ímpetu; zarandeándome y haciendo que todo mi cuerpo temblara todavía más. Pronto ese primer grito se rompió en un llanto. Las lágrimas ardían en mi piel.

El funcionario se apartó por fin. Sacudió la mano y me miró con el ceño fruncido.

Solo que no me veía. Estaba delante de él, temblando, dejando a la vista cada una de mis cicatrices, con la ropa y la dignidad tiradas por el suelo, y no me veía. Mis lágrimas le parecían tan falsas como mis palabras. Mi cuerpo era solo un territorio a explorar, a juzgar. Azahara no existía; era solo una presa más.

No quería pensar cuántas habían pasado por aquello antes que yo.

—Está limpia —le dijo a su compañero. Me pareció notar una leve nota de decepción en su voz. Se agachó para coger mi ropa y me la tiró directamente al pecho. Me costaba reaccionar—. No me mires así, anda — dijo, deslizando las comisuras—. Ni que fuera el primero que te toca. Miguel, sácala de aquí y que pase la siguiente.

El susodicho asintió con la cabeza y se puso en pie. Ni siquiera me dieron tiempo a cambiarme. Dejó que me cubriera con el montón de ropa y me guio hacia la puerta con una mano sobre la espalda.

Sentí que una parte de mí se quedaba en aquella sala.

 

Un ordenanza fue el encargado de llevarme de vuelta al módulo, pero tuvo que esperar a que me vistiera. Y esperó demasiado, pero no pareció importarle. Los dos nos quedamos en aquella sala oyendo en silencio la agonía de Paula.

Me vestí despacio, muy despacio. Ya no me importaba quién pudiera verme. Sentía que no había ninguna prenda que pudiera ocultar el cuerpo que otros habían moldeado a su gusto. Las heridas de don Francisco, los besos de Hugo, cada golpe.

Ya nada era mío.

Paula siempre había sido de las que no callaban ni debajo del agua. Tampoco lo hacía ahora. Escuchamos cómo contestó con descaro a los funcionarios y oímos cada una de las bofetadas. Cada grito, cada golpe. Era fácil imaginarla cayendo al suelo. Escuchamos cómo gritaba que ella no tenía droga, cómo acababa gritando «socorro», «me estáis haciendo daño», «no, joder, no me peguéis más». Oímos su llanto y el chirrido de una de las puertas al abrirse.

—Deberíamos irnos —dijo el ordenanza. Su expresión no había cambiado en todo el tiempo que llevábamos en aquella sala. Ni al ver mi desnudo, ni al ver mis golpes, ni al oír a Paula. Nada.

Debía de estar acostumbrado a cosas mucho peores.

Me subí un tirante que se había resbalado por mi hombro. Incluso mi propia caricia me hacía temblar. Me sentía humillada, vacía, sucia; como si toda mi piel estuviera cubierta de mugre, pero nadie pudiera verla.

Nadie me veía.

—Vamos —contesté.

 

Mis sospechas se confirmaron nada más entrar en el chabolo. Al principio no la vi porque fui corriendo a abrazar a Beth, que seguía de pie en su cuna, agarrada a los barrotes. Me pasó la mano por la mejilla, siguiendo el trayecto de mis lágrimas. «¿Mami triste?», decía. «Mami rota», pensaba.

—Es hora de dormir, mi amor.

Le canté una nana hasta que el sueño pudo con ella. Solo entonces, cuando me aseguré de que ni siquiera el anuncio de la metadona por megafonía serviría para despertarla, me deshice de toda la ropa y fui directa a la ducha.

Estaba nada más entrar en el chabolo, junto a la puerta, enfrente de un inodoro metálico sin tapa. Era un simple plato de ducha de acero frío que dejaba empapado el suelo de alrededor cada vez que se usaba.

Aquella noche, el frío del agua fue una catarsis. Me quedé debajo del chorro más tiempo del debido, dejando que mis lágrimas se mezclaran con el agua y que el hielo erizara mi piel, creando una armadura invisible en todas las partes que otros habían hecho suyas.

Y después cogí la esponja y rasqué mi piel hasta que el blanco se volvió rojo, hasta que cada una de mis venas quedó cubierta por la irritación. Froté como si así pudiera deshacerme también del recuerdo.

Fue entonces, justo antes de salir de la ducha, cuando descubrí el pequeño pósit que había junto a la puerta, ahora humedecido por culpa del agua. Lo agarré y lo agité, estrechando los ojos en la semipenumbra de la habitación para leer lo que habían escrito.

Ni siquiera tuve que descifrar la caligrafía: las palabras hablaban por sí solas.

Te metiste en mi territorio. Te dije que

destrozaría el tuyo.