Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 50 de 68

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Presas

Capítulo 50. Leire

Leire

 

 

La última semana del campamento empezó oscura.

Había demasiado silencio para estar en la cárcel. Demasiado negro.

Los presos llegaron al área primero, las presas llegaron cabizbajas. Mientras vigilaba la entrada, vi a Marina salir corriendo del economato, escondiendo algo entre las manos.

Pero Marina no debía estar ahí. Nos habían confirmado su baja después del incidente con Azahara.

—Eh —dije, poniéndome en pie—. ¿Tú no estabas…? —Marina se frenó en seco y me atravesó con la mirada, haciéndome enmudecer—. Perdona. Quería decir que…

—Me han metido otra vez por compasión, supongo. Circunstancias especiales. Ya sabes. —Arqueé una ceja. Marina pareció sorprenderse—. ¿O no lo sabes?

—¿El qué?

—No os han dicho nada, ¿verdad? —Relajó los hombros al suspirar, descubriendo lo que contenía entre las manos: una pequeña vela apagada—. No, claro que no. Seguramente la habrán dado de baja sin más. Total, para ellos no es más que un número. Una menos. Hay que joderse.

—¿Qué? ¿De qué hablas? —Pero Marina ya me había dado la espalda, camino al patio.

—Si ves a Raquel, dile que ya no quedan velas en el economato del 17 — dijo antes de salir—. Y que me empiezo a hartar de esta puta mierda de sitio. Pero nadie va a mover un dedo por ella, ¿verdad? Vamos a seguir dejando que nos maten.

Sus palabras fueron suficientes para empujarme a salir, a pesar del calor y de los ojos sombríos que había visto en los presos. Mi intuición no hacía más que agudizarse: algo pasaba.

Algo estaba pasando.

Los ya cotidianos grupos de internos que se formaban en los descansos se habían reducido a solo un par. El resto estaba reunido en una esquina del patio, con las espaldas formando un círculo. Había demasiado silencio. Cuando los presos callaban, sabías que algo no iba bien.

—¿Se puede saber qué…? —empecé, llegando hasta el grupo a zancadas. Todos estaban apesadumbrados, con las manos a la espalda, mirando algún punto en el centro. Me abrí paso entre dos internas y me frené en seco.

Marina se separó del grupo con la mirada serena, hincó una rodilla en el suelo y se agachó para dejar su vela, ahora encendida, junto al montón de velas que alumbraban aquel rincón del patio. El calor era tan asfixiante que la cera ardía sobre el suelo. El color de las velas envolvía cada una con un haz morado, azul, naranja, blanco. Parecían formar parte de un mosaico.

En el centro estaban Azahara y Esmeralda, ayudando a colocar todo. Cuando acabaron, se sentaron de piernas cruzadas en medio de aquel santuario. Los demás internos no tardaron en unirse, formando una ola. Una marea silenciosa.

Di un paso atrás, sintiéndome intrusa. A los dos segundos choqué de espaldas contra el pecho de un funcionario y di media vuelta, sobresaltada.

Él me miró desde arriba, con los mismos ojos azules que llamaron mi atención el primer día de voluntariado. Carraspeó para apartarse.

—Perdone —dije.

—Es igual. ¿Siguen con el funeral?

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Funeral?

—Así lo llaman aquí dentro, pero es más bien una especie de… despedida. —Se cruzó de brazos y se acarició el bigote con una mano—. Ayer perdimos a una interna. Hazme un favor y avísame en cuanto notes cualquier movimiento extraño, ¿de acuerdo? Y que nadie vaya solo al baño.

¿Movimiento extraño? ¿Como rezar, llorar, abrazarse? Acababan de perder a una compañera. No quería imaginarme cómo. Lo extraño sería que no les dejaran pasar el duelo. Pero no le dije nada, solo lo que él quería escuchar:

—De acuerdo, don…, don…

—Francisco —me recordó él—. Don Francisco, jefe de servicios y jefe de seguridad del área. Mándalos de vuelta a los talleres si empiezan a molestar.

 

Aquella tarde, el telediario local confirmó mis sospechas. La noticia ocupó unos tristes veinte segundos y enseguida fue sustituida por el último debate político que se habían encargado de repetir hasta la saciedad. Pero fue suficiente para que todos los voluntarios volviéramos la vista a la pantalla e hiciéramos un círculo alrededor del televisor. Helena buscó mi mano y la apretó con fuerza, como si quisiera asegurarse de que era real, de que los escenarios que la cámara enfocaba eran los mismos que pisábamos cada mañana.

Fueron solo unos segundos. Fueron solo unas palabras cargadas de medioverdades.

«Muere una presa por una crisis cardiaca en el centro penitenciario de Ordana, donde se denuncian carencias médicas».

Sacudí la cabeza.

No era solo una presa, era Gabriela. Gabriela Giner. Tenía nombre. Tenía una familia, unos padres, un futuro hijo y unas amigas que le acompañaban cada mañana a la garita para que tomara las pastillas vitamínicas que necesitara. Era la primera en coger la pelota en el patio y jugar a darle toques, con las manos siempre en su vientre y el pelo recogido en una coleta demasiado larga. Era joven. Estaba sana.

Estaba bien, estaba aquí.

Juanjo se acercó por detrás y apagó la televisión. Parpadeé y sacudí la cabeza, como si la imagen en la pantalla me tuviera hipnotizada. Habían mostrado la cárcel desde las alturas, con los patios vacíos y la luz de los puestos de vigía encendida. Un primer plano de las concertinas. Unos pasos anónimos cruzando al otro lado de las rejas. Las mismas imágenes que reciclarían con cada noticia que hablara de la cárcel, porque mostrar rostros demacrados, madres desesperadas y ancianos hacinados en los patios no ayudaría a nadie. La gente se sentía más segura si olvidaba que en la cárcel vivían personas.

Y ahora sabíamos que también morían.

Helena no soltó mi mano. A nuestra espalda, Juanjo carraspeó.

—Mañana por la tarde ofreceremos la misa por ella.

—¿Y en la cárcel? —La voz de Helena sonó agrietada, como si las palabras hubieran rasgado su garganta.

—No sé si nos permitirán, Helen… —empezó Alicia, pero Juanjo la interrumpió:

—Hablaré con los funcionarios. Quizá podamos tener un rato de oración antes de empezar los talleres.

—No servirá de nada. —Mi voz sonó ajena, extraña, como si la oyera fuera de mí. No aparté la mirada del televisor. No solté la mano de Helena—. Gabriela está muerta.

—Gabriela está con Dios, Leire…

—El único dios que conocen en la cárcel son los hombres. Hombres que se creen con el poder de decidir quién merece morir.

—Lei, ¿se puede saber de qué hablas? —Alicia me miraba como si me hubiera vuelto demente. Ella era la que estaba ciega.

—¿De verdad te crees esa mentira? ¿Una «crisis cardiaca» en una chica de diecinueve años que estaba perfectamente sana hace dos días?

—Leire, eres la primera que te quejabas del trato que recibían en enfermería —dijo Fran—. ¿Y ahora esto te sorprende?

—Chicos, chicos, ¡basta! —Mi mano se quedó fría en cuanto Helena se deshizo de ella para enseñar las palmas al resto—. Por favor, no discutamos por esto. Es inútil.

—Helena tiene razón. —Juanjo alzó el tono de voz en un intento de sonar más autoritario—. No es hora de pensar en teorías conspiratorias, sino de rezar por Gabriela y su familia. Es todo lo que podemos hacer. Ahora vamos a ponernos en marcha, que la cena no se hará sola.

No bajé a cenar aquella noche. Tenía el estómago cerrado y la mente demasiado despierta como para volver a reunirme con todos. No quería hablar de temas banales ni fingir que nada había cambiado. Que conocer la cárcel no nos había cambiado.

La diferencia es que ellos veían la cárcel como un cristal, una jaula que les separaba de los presos, que los protegía. Para mí era un espejo. Un reflejo de lo más oscuro que guardábamos todos dentro.

Yo era la única que vi a Gabriela como una igual. La única que se veía cada vez más cerca de las rejas.

Aquel día hizo uno menos para el dieciséis de septiembre. Ahí no tendría la mano de Helena. Nada serviría.

Nada.

—Leire, ¿estás despierta?

Helena se incorporó en el colchón, apoyando la cabeza sobre una mano.

Las conversaciones que se fundían entre el sueño y la vigilia parecían haberse vuelto una tradición las noches como aquella. No la culpaba. A aquellas horas, con la respiración profunda de Alicia y el zumbido del ventilador como melodía de fondo, nuestras palabras parecían evaporarse en la oscuridad.

Respiré hondo, con las manos juntas sobre el abdomen y la mirada fija en el techo.

—Sí.

—¿No puedes dormir?

—Es que hace mucho calor. —Era la excusa fácil.

—Ya. —Helena suspiró. Sabía que, si ella se había despertado, no sería porque el sudor se le pegara a las sábanas. A ella solo le despertaban las dudas—. Oye, Lei, ¿de verdad piensas eso?

Supe enseguida a qué se refería.

—¿Que Gabriela no murió por un infarto? Totalmente.

—Que Dios no existe en la cárcel. Que son los hombres.

Me quedé con los labios entreabiertos, como si me faltara el aire, recordando mis propias palabras horas antes. Aún no me había parado a pensar si de verdad lo creía o si había sido fruto del enfado. De la rabia. Del miedo.

Helena preguntaba sin buscar juzgarme, como el día que le hablé de Ana y del accidente. La oí revolverse y colocarse bocarriba, como yo, cada una mirando a su propio cielo.

—No —murmuré. Me noté la garganta seca—. Pero porque no quiero pensar que Dios existe para castigarnos.

—Yo tampoco. —Su voz fue solo un murmullo.

Luego llegó nuestro silencio. Las imágenes del día cruzaron mi mente como relámpagos, ruidosas, fuertes. Cómo habíamos dejado los platos amontonados en la pila, el portazo de las puertas en la cárcel, las palabras sin filtro de Marina, tan confiadas, tan rabiosas, tan altas. Las voces de la cárcel siempre estaban cargadas de violencia. Esa era su guerra. Gabriela había sido la primera en perder.

Y quería creer en un Dios que nunca debió permitir nada de esto.

—Helena…

—¿Hmm?

—¿En qué crees?

La oí suspirar.

—¿Sinceramente? Ahora mismo solo creo en mí. Y en ti. En nosotras. Es todo lo que tenemos al final, lo que queda en nuestras manos. Creo en nosotras. En que tenemos la fuerza suficiente para cambiar las cosas. Y estoy muy orgullosa de ti, Lei.

Aquello casi me sacó una carcajada.

—¿Por ganarme un juicio antes de los veinte años?

—Por mirar más allá de ti. —Sonó seria—. Por preocuparte por Ana, por Gabriela, por los presos…, a pesar de todo. No lo haces para ganarte a nadie, lo haces porque te sale de dentro. Estoy segura de que harás mucho bien. Y ahora nos hace falta.

Se dio media vuelta de nuevo, haciéndose un ovillo bajo la sábana.

—Me pregunto dónde entra Dios en la ecuación —murmuré. De nuevo, las palabras se fundieron en la oscuridad de la habitación. Helena rio.

—En todas partes —murmuró—. Ten un poco más de fe.

—La fe es lo único que no he perdido, Helen.

Quería pensar que Dios estaba en el aliento de los que corrían huyendo del horror, que estaba en las lágrimas que había visto derramar a los internos.

Helena me recordaba que no tenía que buscar milagros para verle. Solo tenía que mirar adentro. En el corazón de cada preso, de cada niño, de cada uno.

—También me tienes a mí —dijo Helena.

Y también en ella.