Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 20 de 68

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Presas

Capítulo 20. Gabriela

Gabriela

 

Las últimas noticias me habían cargado de energía y de vida, y quizás esa fuera la razón por la que los estrechos pasillos de la cárcel parecieron agrandarse, los colores se tornaron más intensos y los sonidos, más suaves. Pasé la tarde ayudando a cuidar a los niños de mis compañeras, viendo en sus caritas el reflejo de mi pequeño. Quizá tuviera el pelo lacio como el mío y muy largo, incluso recién nacido, o quizá su cabecita fuera una bola de billar. Quizás heredara los lunares de mi espalda o los ojos verdes de mamá. Quizá le vistiera de naranja, el color favorito de papá. Quizás así me perdonarían traerles un nieto al mundo. Aún no sabía cómo iban a reaccionar.

O quizá…, quizá se me formara un nudo en la garganta al reconocer en mi hijo los ojos negros y duros de su padre. Quizás crezca siendo la huella de un hombre cualquiera al que no quiera recordar.

Me obligué a apartar esos pensamientos de mi cabeza. Él iba a ser querido. Iba a ser mi hijo, solo mío. Su padre sería cosa del pasado, un fantasma; porque ni él me quería —solo me deseaba— ni yo le amaba. Solo nos necesitábamos. El hijo que me ha dado fue la salida a una esclavitud un poco más libre, y le tenía que estar agradecida. A pesar de su agresividad y de los malos recuerdos, a pesar de encontrármelo de nuevo en los ojos de mi bebé, tenía que dejarlo atrás. Fingir que no había existido nunca.

—¿Gabriela? —Don Pedro asomó por el patio, entrecerrando los ojos para protegerse del sol. Paseó la mirada de un lado a otro—. ¿Gabriela Giner?

Levanté la mano como si aún siguiera en el colegio, sujetando a Saray con la otra. La niña estaba aprendiendo a andar a base de agarrarse y escalar a las piernas de la gente, y Claudia me había insistido en que no le quitara el ojo de encima. Silbé para que don Pedro me viera.

—¿Todo bien? —pregunté. Hice una mueca al levantarme del asiento; el vientre cada día pesaba más. Cogí a Saray del suelo y se la di a Vanesa, que también estaba pendiente de los niños.

Don Pedro se había quedado embobado mirando a la pequeña y tenía una sonrisa en el rostro. Me dio miedo que lo que fuera a decirme la rompiera.

—Vanesa y yo nos encargamos de los niños cuando las demás están en los talleres —aclaré por si su llamada de atención se debía a eso. Había conocido a funcionarios capaces de poner partes a quien diera de mamar con el pecho demasiado descubierto.

El funcionario sacudió la cabeza para salir de su embelesamiento.

—Lo sé, lo sé. Y sí, todo bien. Tienes una visita esperándote.

—¿Una visita? —El corazón se me paralizó un instante—. No me han avisado de que…

—Ya sabes cómo está la administración estos días, Gabriela; parece que todo el mundo se haya ido de vacaciones. Concretó la visita hace una semana, ¿no te dijeron nada?

Negué con la cabeza.

«Por favor, él no, él no», pensé, tratando de descifrar la expresión de don Pedro. Aunque, claro, el funcionario no sabía nada acerca de lo que había pasado entre Castaño y yo. «Me dijo que se desentendería, que no le importaba, que no sería ni su primer ni su último hijo perdido. Que él no quería ser padre. No puede haber venido a buscarlo. No puede haber salido del módulo, ¿verdad? No todavía. No todavía…».

—¿Gabriela?

—Perdona. —Apreté los ojos un segundo para apartar el recuerdo de Castaño. No sabía cuál era peor: si el suyo, el de Eric o el de los miles de clientes anónimos que aún se acostaban conmigo cada noche—. ¿Sabes si es…? —empecé, con miedo a su respuesta.

—Es Eva Belmonte. Viene sola.

Entonces sí que me dio un vuelco el corazón.

«Mamá».

 

Dos puertas de acero cerradas, sin barrotes que te permitieran ver más allá de ellas y separadas por metro y medio de suelo, era todo el espacio que teníamos para respirar mientras esperábamos a que el funcionario, al otro lado de la pecera, cerrara la puerta a mis espaldas y abriera la siguiente.

La entrada al módulo siempre era mucho más espaciosa: tenía amplias ventanas que daban al patio para iluminar la zona a la izquierda, una máquina de refrescos y dos teléfonos de pago a la derecha; los baños y el comedor al fondo, y los chabolos arriba. Perfecto para causar una buena impresión.

Pero cuando salías de los módulos, las cosas cambiaban. Los pasillos se estrechaban hasta hacerse infinitos, las bombillas parpadeaban y todo el ambiente olía a sudor y humedad.

Don Pedro me abrió la puerta de la primera cabina y se despidió con un asentimiento. Mi madre todavía no había llegado. A mi alrededor, el resto de los presos alzaban la voz para hacerse oír a través del cristal, casi haciendo retumbar las paredes. El hedor impregnaba el habitáculo y el calor era asfixiante. Aun así, mantuve la camiseta de tirantes bien pegada sobre mi barriga. No podría ocultarlo ya, pero al menos no lo haría tan evidente.

—Gabriela. —Fue ella quien me vio primero. Se llevó las manos a la sonrisa para intentar contener las lágrimas, corrió hasta el asiento que le correspondía y colocó una mano sobre el cristal.

—Hola, mamá.

«No llores, Gabi —pensé—. Tiene que verte fuerte».

—Cariño, no sabes cuánto tiempo he estado esperando esto. ¿Cómo estás? ¿Necesitas algo? Recargamos el peculio todo lo que pudimos, pero…

—No te preocupes, mamá, estoy bien.

—¿Sigue molestándote tu compañera?

Molestándome. Verónica no me molestaba, mamá, Verónica me asustaba. Me amenazaba, me destrozaba las sábanas, me robaba. Oía voces y las escribía en las paredes de nuestra celda hasta que un funcionario las encontraba. Entonces me echaba la culpa a mí. Me sedaban. Ella aprovechaba entonces para obedecer a sus voces. No, Verónica no me molestaba, mamá: la enfermedad de Verónica quería matarnos a las dos.

—No —contesté cortante—. Ha habido… cambios. Pero no quiero hablar de mí. Por favor, háblame de papá. ¿Cómo están las gemelas? ¿Y Ainara? Dios, os echo muchísimo de menos, mamá. No sabes las ganas que tengo de volver a veros a todos. —Una pausa, dos lágrimas—. ¿Y Niko? Le echo de menos a él también. Aquí hay otro tipo de perros. —Puse los ojos en blanco, intentando bromear, pero mi madre palideció—. Es broma, mamá. Estoy bien, te lo prometo. Me han cambiado de módulo.

—¿Ya no estás con Verónica? —Negué con la cabeza y ensanché la sonrisa—. ¿Y eso?

«Díselo, Gabi». Mi boca se abrió, mi lengua jugó con la primera sílaba, pero sellé mis labios antes de poder decir nada. Sentí un nudo en la garganta.

—Ya te contaré. Oye, no me has contestado: ¿cómo están las peques?

Ella suspiró y se hundió más en su asiento.

—Bien, supongo. Las gemelas aún son muy pequeñas para enterarse de nada, pero Ainara… Nos llamó la directora del colegio hace unas semanas, ¿sabes? Al parecer, alguien de su clase dijo algo…, algo muy feo sobre ti, sobre nosotros, y Ainara saltó. —Expulsó el aire de nuevo mientras se limpiaba una lágrima—. Tiene mucho rencor acumulado.

—No puede ser rencor, mamá. Solo tiene doce años…

—Y una hermana en la cárcel, Gabi. Es…, es duro para todos. —Bajó la mirada a sus pies, pero no aguantó mucho tiempo sin mirarme a los ojos. Llevábamos meses sin vernos.

—No por mucho tiempo más —murmuré. Los gritos de los demás presos en las cabinas contiguas amortiguaron mis palabras.

—¿Qué?

—Salgo en tres meses, mamá. —Escuché mi voz como si fuera la primera vez que la oía.

—¿Tres meses? —Sacudió la cabeza—. Pero ¿cómo…?

—¿No te lo ha dicho el abogado? —Ella negó—. Los datos del arresto se habían traspapelado. Eso o Eric mintió en su testimonio, todavía no lo sé, pero mi abogado consiguió testigos que han corroborado que la cantidad de gramos que yo llevaba no era por la que me inculparon; esa era la de Eric. Además, todo el asunto de la coacción y eso… al final ha resultado ser un punto a mi favor.

El rostro de mi madre había palidecido, como cada vez que hablaba de la droga. La droga que su hija mayor, responsable y perfecta, había decidido vender para ayudarles en casa. O para ayudar a Eric. O para sentirse útil. Ya no lo sabía. La droga que le había pasado su yerno, al que consideraban también perfecto. La droga que no tenían ni idea de que existía hasta que un día llamaron a casa para confirmarles que su hija había sido encarcelada.

Tampoco sabían que el dinero no solo había salido de esas ventas. No sabían que a veces la única opción que tenía para que Ainara y las gemelas estudiaran y crecieran con dignidad era venderme. Vender mi boca, mis gemidos, mi piel. Así me aseguraba cierto dinero. Y a Eric nunca le pareció mal que lo hiciese. A Eric le gustaba.

—Cariño… —Mi madre y yo parecíamos habernos contagiado el llanto —. Dios, no sabes lo mucho que se van a alegrar las niñas cuando se enteren. ¡Tres meses! Tres meses no son nada, Gabriela, ya verás. En un pestañeo estarás en casa.

—No sabes las ganas que tengo, mamá. De verdad. —Sin darme cuenta, mi mano había acabado pegada al cristal, justo donde aún esperaba la suya—. Quiero dejar todo esto atrás…

«Pero me llevaré algo conmigo», pensé, deslizando la mano libre sobre mi vientre.

Mi madre se apartó un segundo del cristal.

—Voy a pedirle al funcionario que me deje llamar a tu padre, aunque sea solo para oírte. No sabes lo mucho que se va a alegrar, después de todo lo que hemos pasado…

—No, espera —le pedí. Las palabras salieron antes de que me diera tiempo a pensar en cómo continuarlas—. Hay…, hay algo que no te he contado aún.

Intenté seguir hablando, pero el llanto me quebró la voz. Mi madre ladeó la cabeza, asustada.

—¿Ha pasado algo…?

—Me cambiaron de módulo por una razón, mamá. Lo pedí durante muchísimo tiempo, pero no hubo manera, así que… decidí…, decidí que tendría que encontrar una salida por mi cuenta. No aguantaba más ahí. Tú no puedes entenderlo: la cárcel asusta, pero dentro de ella hay zonas que dan todavía más miedo. Hay módulos que son cementerios para vivos, de gente que no encuentra las ganas de vivir, y hay módulos que son espacios libres para rajar a quien quieras. No quería acabar en ninguno de ellos, así que… — tragué saliva— conseguí que me trasladasen al módulo de madres.

La expresión de mi madre pasó de la angustia a la sorpresa.

—¿De madres? ¿Por qué iban a…?

—Solo espero que puedas perdonarme —murmuré—. Te prometo que me encargaré de todo yo solita, de verdad. Sé cómo hacerlo. He aprendido viviendo con ellas y…

—Gabi, ¿de qué estás hablando?

Cogí aire muy lentamente antes de ponerme en pie, dejando el bulto de mi camisa a la vista. Me aparté el pelo que me caía sobre el pecho para dejar que mi madre viera al que sería su primer nieto.

—Estoy embarazada, mamá. De treinta semanas, creo. Solo me dejan visitar a un ginecólogo una vez cada cuatro meses, como mucho, y tampoco me dedica mucho tiempo, pero… —Intenté llenar el silencio de la sala con mis palabras, con el inútil deseo de que eso bastara para que mi madre le quitara importancia. Ella y mi padre habían criado a cuatro niñas y ahora les pedía que acogieran a un bastardo. Esperé a que explotara.

Pero se quedó muda, sin apartar la mirada de mi vientre. Cerró los ojos despacio. La culpabilidad me azotó. Ya tenían suficiente con una hija de veinte años presa cuando todas mis compañeras de primaria estaban estudiando la carrera de sus sueños como para que también tuvieran que esconder el hecho de que su hija no pudiera mantener las piernas cerradas.

Tenían que entenderlo. Primero lo hice porque era la única manera de salir de un infierno para entrar en uno un poco mejor. Después, porque empecé a ver que ese niño —que aún no tenía voz ni aire en los pulmones ni nombre— era la primera persona en la cárcel que realmente conseguía salvarme.

Con el rostro serio y tratando de mantenerse en calma, me miró directamente.

—¿Tú lo querías? —preguntó simplemente. Y aunque hace unos meses hubiera roto a llorar con esa sencilla pregunta, ahora no podía evitar sonreír.

—Más de lo que he querido nunca a nadie.

—¿Es de Eric? —continuó mientras tragaba saliva. Negué con la cabeza. Ella dejó caer los hombros, como si le hubiera quitado un enorme peso de encima.

—Prefiero no hablar de ello.

—Lo entiendo. —Pero la voz le temblaba. Sus gestos decían lo contrario —. Entonces voy…, voy a ser abuela. Vas a ser madre.

—No pareces muy contenta…

«Oh, Gabi, estúpida —me reproché a mí misma—. Ni siquiera tú lo estabas cuando te enteraste del embarazo. Lloraste hasta tener la garganta seca, lloraste todo lo que perdías y todo lo que dejabas atrás al seguir adelante con esto. Tú tampoco lo entendías. Nunca entendiste qué hiciste para merecer esta vida».

—Cariño… —murmuró mi madre, apartándose una lágrima furtiva—. Es…, es duro, Gabriela. Tener un hijo no es ningún juego.

—Nunca he dicho que lo sea —repliqué, pero ella no me escuchó.

—Eres joven, no sabes lo que es cuidar a un niño, no sabes lo que supone y lo que te cambia la vida y…

—Mamá, mi vida ya cambió cuando entré aquí. Y nada de lo que venga ahora será peor que esto.

—Esa no es razón para tener un hijo, Gabriela. No puedes jugar así con una…, con una vida.

—¡No estoy jugando, mamá! —Apreté los puños y me contuve para no saltar de la silla. En cualquier momento podría entrar un funcionario para sacarme de ahí si me veía demasiado alterada. Carraspeé antes de continuar —: Por Dios, yo le quiero. Siempre he querido ser madre. Siempre. No me importa que llegue antes de lo esperado. No fue una decisión que tomé a la ligera, mamá, pero sabía que tener un niño ahora podría salvarnos a los dos.

—¿A los dos?

Eso no podía explicárselo. No lo soportaría.

No podía hablarle de las formas en las que conseguía que entrase el dinero en la casa, de los hombres que pagaron por mi piel. No podía hablarle de los niños de los que tuve que despedirme con lágrimas en los ojos y el corazón encogido. No podía hablarle de las mentiras con las que Eric me convenció de que no me quedaría embarazada ni de las barbaridades que tuve que hacer para deshacerme de ellos. La alternativa era que Eric me abandonara, y en aquel momento, ciega como estaba, no podía soportar separarme de él.

Me prometí a mí misma que nunca volvería a hacerme daño de esa manera.

«A este niño lo busqué. A él lo quise, lo quiero, lo salvaré», pensé. A mi madre no podía explicárselo. No todavía.

Al ver que no contestaba, se mordió el labio inferior.

—¿Cómo le explicarás todo esto cuando crezca, Gabriela? ¿Cómo se lo dirás a tus hermanas? ¿Cómo le explicarás que lo utilizaste para huir del módulo, cariño?

Apreté los puños.

—Espero que para cuando tenga edad de hacer preguntas sepa que su madre quiso estar con él desde el primer minuto. Desde antes de que naciera, antes incluso de que supiera su nombre. Y espero que con eso sea suficiente.

Las dos nos quedamos calladas, sin saber qué decir. Entonces mi madre cogió aire despacio y fue expulsándolo por la boca, como si tratara de hacer temblar la llama de una vela. Suspiró y me miró de nuevo a los ojos. Se esforzaba en sonreír.

—Deja de recordarme tanto a tu abuela, niña. Era lo que me decía, ¿sabes? Que nos quiso desde el primer momento. Y para mí siempre fue suficiente. —Había cariño en su voz. Había cariño y esperanza, y sentí que mi corazón volvía a latir, como si la discusión lo hubiera parado—. Dime, ¿has pensado ya en un nombre? Mejor que lo decidas ahora antes de que tu padre se entere. La última vez que sacamos el tema soltó que sus nietos se llamarían Roberto o Roberta, como él, y me niego a tener una Roberta en casa. ¡Y menos un Roberto! Con uno es suficiente, madre mía. Reza para que no herede sus genes.

El corazón dejó de cargar con la piedra de aquel secreto y de mi boca se escapó una débil sonrisa.