Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 58 de 68

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Presas

Capítulo 58. Leire

Leire

 

Raquel no aguantaba el silencio. Siguió insistiendo en que yo hablara, pero nunca sobre ella, no sobre mí. Quería que fuera una radio, no una persona con familia, sueños y futuro. Así era mucho más fácil.

Supuse que así era como lo hacían. Primero arrancaban la humanidad de las personas a tiras hasta que los veían como un cuerpo más, solo carne. Luego los apagaban. Los mataban o robaban. Así es como desaparecía la culpa. Así evitaban mirar el hueco que dejaba su marcha. Así no echaban de menos ni a la víctima ni a su propia humanidad. Porque para deshumanizar a otros también tenían que desprenderse de ellos mismos. De creer. De querer.

—¿Y luego qué? —dijo Raquel.

Me había pedido que le hablara de la última temporada de su serie favorita después de que dejaran de emitirla por televisión. Tuve que inventármela porque Raquel no iba a admitir una negativa como respuesta. Y tenía que mantenerla ocupada.

«Y si te aburre, llama a los del 24 —había dicho Marina—. Seguro que se divierten mucho con ella».

No quería seguir viva para pasar por ello.

—Luego… —titubeé—, luego ella se marcha. Se escapa con la ayuda de Sarah, que no soporta verla sufrir.

—Oh, y déjame adivinar, ¿acaba con el tío buenorro ese de mierda, Paul? —Tragué saliva. Raquel no esperó a que contestara; se dedicó a escribir palabras que no podía leer sobre la pared—. Menuda estúpida. Yo quería que terminara con la chica. Ella sí que la quería.

—Lo suficiente para dejarla marchar —murmuré, intentando removerle la conciencia. Quería que se viera reflejada en esa historia, que empezara a verme como una igual, no como una…, como una presa. Como su presa—. Aunque esa…, esa es otra hermana, no Sarah.

—Y fijo que luego la matan, ¿a que sí? —Raquel soltó una risa amarga—. Siempre pasa lo mismo.

La entrada de Marina en el aula cortó de golpe nuestra conversación. En solo un segundo, sacudió a la persona que traía agarrada del brazo y la empujó hacia el interior, provocando que se chocara contra una de las mesas. Cuando se apartó el pelo de la frente, llegué a verle la cara: era Azahara. Se irguió enseguida y miró a Marina con la barbilla alzada.

—Os he traído compañía —dijo esta—. Al parecer, alguien tiene ganas de hablar.

—Marina, espera… —empezó Azahara, pero ella la interrumpió.

—Luego, ¿quieres? Estoy intentando sacarnos de aquí. Ahí tienes a tu querida Leire. Pasadlo bien.

Se despidió con una sonrisa lasciva y volvió al vestíbulo del área. El eco de las alarmas se intensificó, igual que el bullicio de los presos. Por la puerta vi pasar internos armados con pinchos, a cada cual más apresurado y más sediento de sangre. Algunos llevaban esquirlas de cristales rotos en la ropa y en el pelo. Las manos les sangraban, pero no parecía importarles; toda herida era insignificante comparada con lo que pensaban dejar atrás.

Raquel cerró la puerta con un suspiro aburrido, sin ni siquiera moverse del suelo. Apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos.

Azahara, por su parte, seguía erguida y con la vista en la puerta. Tenía la respiración acelerada y los nudillos blancos de la fuerza con la que se agarraba al borde de la mesa. Recorrió el aula con la mirada. Sus ojos se clavaron en mí.

Quise morir.

Quise que me matara de una vez antes de que viera cómo ella también se quitaba la máscara. No podría soportar más odio, más dolor, más mentiras…

—Leire… —suspiró, y se puso de cuclillas para acercarse a mí. Solté un gemido y me arrastré hacia atrás todo lo que mis ataduras me lo permitieron.

—No te acerques.

—Oh, oh, parece que estamos ante una crisis de pareja —dijo Raquel, que jugaba con el arma entre las manos. Se relamió los labios con sorna.

Mis ojos recorrieron a Azahara en busca de ese gesto que la delatara: una sonrisa despiadada, una mirada de odio, el filo de un pincho sobresaliendo de sus bolsillos. Cualquier cosa. No quería ver su máscara. No quería recordar que había querido conocerla, que había creído en ella, que había querido salvarla. Esa Azahara estaba muerta.

Su cadáver se sentó con las piernas cruzadas sobre el suelo. Estiró la mano hacia mí, pero yo no dejé de patalear, llorando como una niña pequeña.

—Leire, para…

—Si te molestan sus lloriqueos, tengo cinta adhesiva —ofreció Raquel.

—Cállate. No teníais por qué hacer nada de esto.

—¿Te crees que nos hubieran hecho caso simplemente montando un poco de jaleo? Nos habrían matado a hostias. Pero ahora ella es nuestro seguro.

—Con esto solo demostráis que la cárcel os ha hecho peores personas. Que no ha servido de nada.

—¿Y te sorprendes? ¿Es que tú no has cambiado?

Azahara frunció los labios, pero no contestó.

—En fin —siguió Raquel con un suspiro. Se puso en pie de un salto—. Os dejo solas, tortolitas. Me apetece salir de aquí de una puta vez ya.

Abrió la puerta de una patada, haciendo que el sonido de las alarmas y el chillido de los presos —alguien gritaba, alguien lloraba, alguien pegaba golpes contra el cristal— incrementara durante un segundo antes de ahogarse de nuevo al cerrar tras ella.

Azahara no perdió el tiempo. En cuanto Raquel desapareció, se llevó las manos al bolsillo trasero de sus pantalones y sacó una cuchilla de afeitar. Me oí gimotear. Oía mi llanto en tercera persona, como si no me perteneciera. No podía estar chillando tan alto, no podía estar tan asustada. Las lágrimas que corrían por mis mejillas no podían ser lo último que sintiera antes de irme.

Azahara frunció el ceño y chistó para hacerme callar.

—Por Dios, Leire, cállate o volverá.

Azahara arrancó la cabeza de la cuchilla con un movimiento brusco y jugó con ella entre sus manos hasta que consiguió separar el filo del resto del cuerpo.

«No, no, no, no, no, no, no».

—¡No! —aullé. Me arrastré como pude hacia atrás, pero choqué contra las mesas que habían amontonado junto a la pared. Azahara volvió a chistar.

—¡Calla!

Y las lágrimas no cesaron.

Y ella no dudó en acercarse a mí con la cuchilla en alto.

Me agarró del hombro con una mano.

—Azahara, por favor… —murmuré. Ni siquiera sabía qué quería pedirle. Ya era demasiado tarde para no hacerme daño.

—Estate quieta —dijo, haciendo más presión sobre mi piel. Me obligó a darme la vuelta y se colocó a mis espaldas.

Todo mi cuerpo temblaba. Cerré los ojos esperando encontrarme con el reguero cálido de la sangre, pero solo vino el silencio. Por el rabillo del ojo vi cómo Azahara deslizaba la cuchilla y un minuto después sentí que la presión disminuía; la sangre volvió a llegar hasta mis dedos con un hormigueo.

—¿Qué estás…? —empecé, pero los labios me temblaban tanto que no pude terminar la frase. Azahara no lo necesitó; pasó por delante y empezó a cortar la cinta que me ataba las rodillas.

—¿Tú qué crees?

Las muñecas todavía me ardían. Me froté una con la mano contraria, pasando los dedos por las marcas rojas que me había dejado la atadura improvisada.

Azahara separó mis rodillas y se ocupó de mis tobillos con celeridad. Miraba constantemente a su espalda, como si esperara que en cualquier momento alguien fuera a entrar en el aula.

—Tenemos que salir de aquí —dijo. El flequillo se le pegaba a la frente a causa del sudor y sus mejillas estaban sonrojadas—. Tengo que hablar con Marina para que acabe con esta locura…

—¿Qué…? —empecé, sin saber cómo seguir—. ¿Qué está pasando fuera?

—Marina ha organizado un motín y los internos están destrozando todo lo que encuentran por el camino. Los guardias tienen los pasillos vigilados y no hay manera de salir. Por ahora.

—¿Por ahora?

—Te tienen a ti. —Se detuvo para mirarme a los ojos—. A los funcionarios les importa una mierda disparar a un preso, pero no se arriesgarán a herirte a ti. Marina lo sabe.

Azahara rompió la última ligadura. Debido a la constante presión, los tobillos se habían enrojecido y me escocían.

—¿Crees que…? —empecé, pero tuve que tragar saliva antes de continuar —. ¿Crees que Marina sería capaz de hacerme daño?

—Está aquí por algo. —No me miró a los ojos.

—Pero… Joder. Yo…, yo he estado ahí para ella todas estas semanas. La he escuchado cuando lo necesitaba. La he tratado bien, os he cuidado todo lo que he podido, y ahora…

Azahara se puso en pie de un salto y me tendió la mano para que la siguiera.

—El mundo no es color de rosa, Leire —dijo algo triste. Sentía que no tenía fuerzas ni para cogerle de la mano. No quería levantarme. No quería encontrarme con Marina, no quería huir, no quería tener más miedo, no quería luchar—. Todos los que estamos aquí hemos dejado víctimas atrás de una forma a otra. Todos. Y ahora te ha tocado ser una víctima más. No debería sorprenderte.

Acabé por cogerle la mano y me puse en pie. Sentí que las rodillas me temblaban, que no tenía fuerzas para sostenerme.

—Todos hemos dejado víctimas atrás, Aza. No solo los presos. Eso no justifica nada.

Yo no era como ellos. Quería creerlo. Quería creer que había una línea, por muy fina que fuera, que separaba mis actos de los suyos, mis víctimas de las suyas. Que todos hacíamos daño, pero algunos…, algunos cargábamos con la culpa más tiempo del necesario. A veces no sabía si eso me hacía más buena o más estúpida.

Donde Azahara veía bolsas de basura, yo veía el cartel que se balanceaba sobre la pequeña tienda. Los cristales rotos. Los gritos.

«Leire, qué has hecho. Joder, Leire, joder, joder, joder. ¡Leire, qué has hecho!».

El mundo daba vueltas.

Mis manos seguían sudando sobre el volante.

Que no hubiera sangre en mis manos no significaba que no hubiera destrozado la vida de nadie. Que no lloraran sobre cadáveres no significa que no hubieran perdido media vida.

Una niña tonta que creyó que controlaba. Que nunca pasaría nada. Que nunca decepcionaría a nadie.

Una niña tonta que se creyó lo suficiente mayor acabó con la ilusión de años de trabajo.

Pero tenía solución. Ahí estaba la diferencia: yo tenía el poder de sanar y salvar a los que había herido. A Azahara, en cambio, los fantasmas de aquellos dos niños la perseguían cada noche.

Ante mis palabras, ella solo se encogió de hombros.

—Algunos intentamos enmendarlo. —Se aproximó a la puerta y rodeó el picaporte con una mano. La otra estaba sobre mi espalda—. Ahora vamos.

—No podemos salir. Marina y los demás están fuera y… —Antes de que pudiera acabar la frase, Azahara abrió la puerta. El caos nos azotó como una ráfaga de aire.

—¿Y qué quieres hacer? ¿Quedarte de brazos cruzados aquí dentro?

No quería hacer nada. Me sentía paralizada.

Azahara suspiró y me cogió de la muñeca con cuidado.

—Vamos, Lei, eres más valiente que esto.

—No lo sabes.

—Por fin dices algo con sentido.

Nos giramos al mismo tiempo hacia la voz que rompió el barullo del pasillo.

Ana nos miraba de brazos cruzados, con el pelo enrevesado como si fuera un nido y una sombra negra de maquillaje bajo los ojos. Estaba cerca de la pared, al lado de una interna que, hecha un ovillo, se mecía en el suelo.

—¿Qué haces aquí? —inquirí. Me sorprendió que no me temblara la voz.

—Eso debería preguntártelo yo. ¿No entraba en el maravilloso plan de Marina tenerte bien atadita? —Se dirigió a Azahara—. ¿Qué cuento te ha contado ahora para que la saques?

—Ella no…

—Claro. No sabes nada, ¿verdad? Te crees que es una damisela en apuros. —Ana se cruzó de brazos. Nina. Nina. Ya no era Ana; no había ni rastro de ella. Ana murió la noche que se quedó sola. Ana murió la noche que nos dimos la espalda. Y la Ana que conocí no diría nada de mí, no se atrevería a decirlo. No me haría tanto daño—. Supongo que no te habrá contado sus problemitas con el alcohol, ¿verdad?

Pero lo hizo.

Los hombros se me hundieron, las piernas volvieron a temblarme. Azahara pasó una mano por mi espalda para sujetarme. No dijo nada.

Quiso escuchar a Nina.

—Es un poco hipócrita que vaya por ahí intentando dar lecciones de moral a unos putos drogadictos, y luego ella sea la primera que a la mínima se traga una botella entera de whisky. ¿O era ginebra? Ya no recuerdo tu favorito. En el instituto se rumoreaba de todo.

Azahara arrugó la nariz.

—Nina, ¿de qué estás hablando?

Ella sonrió, divertida.

—Mucho sermonear y mucho hablar de Dios, pero cuando te das cuenta de que la mitad de los que están aquí dentro están tan podridos como tú se te quitan las ganas, ¿verdad? —Soltó una sonrisa amarga y miró de nuevo a Azahara—. Tu amiga no es tan inocente como parece.

—Ana… —murmuré mientras apretaba los dientes. No podía decir nada más. No podía fingir que no tenía razón.

—Éramos amigas, ¿sabes? Nosotras dos. Inseparables, de esas que hacen que te entren ganas de vomitar de lo cursis que son. Ahora me hace gracia que yo estuviera ahí la primera vez que te pasaste con el alcohol, que yo fuera la que te sujetaba el pelo mientras potabas. Eras una enana, ¿te acuerdas? Pero te gustó. Te gustó demasiado.

No sabía qué pretendía con todo aquello. Azahara la miraba con la boca entreabierta, con la misma duda que encontraba en mis ojos. Sentí que el corazón comenzaba a latirme más rápido, que el sudor se escurría entre mis dedos.

No me dio tiempo a frenarla.

—¿Adivinas cuál fue su último espectáculo? —siguió, hablándole esta vez a Azahara—. Seguro que te suena. A las dos os mola mucho eso de conducir cuando estáis borrachas como una cuba. ¿Sentisteis las dos la misma adrenalina, la sensación de que podríais vencer al mundo? ¿Y cuando chocaste, Lei, creíste que volabas?

—¡Cállate! —grité. Sentía que las lágrimas me nublaban la vista.

—Puedes decir lo que quieras, pero no te arrepentiste de nada. Te gusta beber. Siempre te ha gustado. Te gusta la persona en la que te conviertes cuando bebes porque así eres más divertida, más abierta, más valiente. Quizá si bebieras un poco más, olvidarías cómo ese niño salió llorando de su habitación y el miedo que le dio ver tu querido coche empotrado contra su salón.

«No había ningún niño», quise decirle, pero la realidad era mucho peor.

La verdad era que no lo sabía. El alcohol había nublado aquella noche como si así pudiera librarme de la culpa. Lo único que quedaba eran las fotografías que sacó la policía al llegar, la chica que no era consciente de que sus manos eran las que habían hecho que el coche se saliera de la carretera, que rozara la pared de aquella casa, que rompiera los cristales de la pequeña tienda, la puerta, cada pastelito duro que exponían. Oía llorar a un bebé.

Y lo peor de todo: oí llorar a Helena.

Fue ella la que se quedó atrapada en el coche, en la parte delantera, cuando el morro se estrujó como si fuera un muelle. Empezó a hiperventilar, pero yo no la miraba. No recordaba nada. Me dijeron que salí del coche. Que la dejé sola. Me senté en la acera, sintiendo que la cabeza me daba vueltas, y solo cuando la primera esquirla llegó a mis medias fui consciente de lo que había sucedido.

Helena gritaba que no quería perder las piernas. Helena lloraba, chillaba, despertó al vecindario, pero yo no hice nada por ella. Los médicos consiguieron sacarla, pero el recuerdo de aquella noche aún la persigue en sus pesadillas, aunque no me lo diga. Aunque no quiera recordármelo. Helena estuvo dos meses en terapia hasta que se atrevió a volver a coger un coche.

Y cuando lo hizo, lo hizo por mí. Porque yo la necesitaba. «No te voy a dejar sola —dijo—. Ni ahora ni en septiembre, ¿me oyes? Pase lo que pase vas a estar a salvo».

Pero yo era la que le había provocado esa sensación de pánico y de culpa. Yo le había obligado a subirse a aquel coche.

«Te llevaré a casa. Estoy bien, Helen, confía en mí».

Yo era la que siempre abandonaba a los demás.

Ana solo me lo estaba recordando.

—Ya ves, Azahara, tú y tu amiguita habéis hecho exactamente lo mismo, pero aquí está ella, mirándote por encima del hombro. Una en la cárcel y otra en la calle. Qué injusta es la vida, ¿verdad?

No me atreví a mirar a los ojos a la familia a la que le destrocé la tienda. No me atreví a mirar a Helena durante las dos semanas que le tuvo miedo a salir de casa.

Y luego, fui tan estúpida que no me atreví a aceptar la culpa que me merecía.

—Vete a marear a otro lado, Nina —soltó Azahara. No la miraba. Quería esconderme bajo tierra, quería volver a atarme las muñecas y los tobillos hasta hacerlos sangrar.

Quería preguntarle a Nina cómo lo sabía.

Por qué había tardado tanto en decírmelo.

Por qué ella tampoco hizo nada cuando vio que el alcohol dejaba de ser algo divertido y pasaba a ser algo obligatorio. Algo que me drenaba. Algo que me mataba.

Por qué las dos fingimos que nunca podría pasarnos nada malo.

—En serio, vete —insistió Aza.

—Con un gracias me contento, ¿sabes?

—¿Un gracias?

—Por abrirte los ojos antes de que hagas una locura.

—La locura la ha empezado Marina, no yo. Si necesitas abrirle los ojos a alguien, que sea a ella.

Azahara me empujó por delante de ella, dando así la espalda a Sonia y a Nina. No pude fingir que no oí cómo se despedía:

—Me hubiera gustado que me lo contaras, ¿sabes, Lei? Un secreto por un secreto, como hace tiempo. Antes no te daba miedo contarlos. Antes no tenías nada de lo que avergonzarte. Ahora tampoco, ¿o es que no has visto dónde estás?

—No la escuches —me aconsejó Azahara.

Le hice caso. Después de todo, tenía la cabeza demasiado nublada por los recuerdos de aquella noche, por las palabras de Nina, clavadas en mi pecho como estacas. Dejé que Azahara me alejara de allí.

El problema era que no había ningún lugar adonde huir.

Nina estaba de espaldas a nosotras, inclinada sobre Sonia. Le colocó un mechón de la frente por detrás de la oreja en un inútil intento de calmarla.

—Vamos, siéntate aquí —me ordenó Azahara a la vez que me agarraba por los codos. Tenía la vista fija en el pasillo, que se estrechaba hasta continuar hacia el vestíbulo del área.

—¿Qué?

—Detrás de la pared. A partir de aquí es todo recto y no podremos escondernos. —Se giró hacia mí al ver que no reaccionaba. En sus ojos había una dureza que no reconocía en ella—. ¿A qué esperas? ¿Quieres que te maten o qué?

Por un momento no supe la respuesta.

Me dejé arrastrar hasta el último saliente de la pared, justo antes del pasillo. La textura granulada de la pintura se me clavó en la espalda. Azahara se sentó de cuclillas a mi lado, todavía alerta. Asomó la cabeza en cuanto oímos el primer golpe.

Su pregunta me pilló desprevenida:

—¿Es verdad?

Me volví hacia ella. Seguía con las manos apoyadas en la pared y la mirada fija en la entrada, como si hablara con un fantasma.

—¿Qué?

—Lo que ha dicho Nina. ¿Era verdad?

La angustia se hizo cada vez más densa en mi estómago hasta convertirse en piedra.

—Bueno, yo… —titubeé—. Es lo que pasó, pero… estoy a la espera de juicio, Aza. No es…, no es tan fácil.

Una sonrisa fría y amarga curvaba sus labios.

—Pero estás aquí. —No comprendía a qué se refería—. Estás como una intrusa, no como una presa. Estás como la moneda de cambio. Como si valieras más. —Se mordió el labio con tanta fuerza que se volvió blanco—. Nunca te importamos, ¿verdad? Ninguna de nosotras. Viniste aquí para redimirte, solo eso.

—Aza, no…

Ya era tarde.

Igual que la noche en la que volví a vivir todo el accidente con Helena, Azahara había elegido su momento para drenar el dolor que sentía.

—Todo este tiempo, todos esos gestos, toda la tontería de preguntar cómo estábamos, de hacernos bailar y reír… Todo era una farsa. —Rio de nuevo, pero con tristeza—. Fingiste que te preocupaba Beth, fingiste que te importaba Gabi… Y era todo mentira.

—Azahara, escucha… —Pero no iba a hacerlo. Tenía la vista nublada por culpa de las lágrimas, del recuerdo de su hija, de su amiga, de la vida que la cárcel le había arrebatado—. Me importas —dije con la voz quebrada—. Me importas. No ha sido una mentira, solo… cometí un error. Un tremendo error.

—¿Y crees que eres más que nosotras? ¿Que puedes equivocarte y quedarte a tus anchas mientras a nosotras nos violan y nos matan?

—No. —Tragué saliva—. No… —Oímos el sonido de un jarrón haciéndose añicos. O un hueso. Ya no lo sabíamos—. Sé que venir aquí fue una locura. Pero lo que encontré, todo lo que he aprendido…, es muy distinto a lo que esperaba. Había veces que me quitaba el miedo; otras, lo aumentaba. Solo quería poder ayudar antes de que aquel juicio decidiera por mí, poder demostrarme a mí misma que aún era capaz de hacer algo bueno. Necesitaba perdonarme. Aún tengo que hacerlo. Pero nunca…, nunca os mentí, Azahara. No a vosotras.

Solo a mí.

Se limpió una lágrima furtiva y acercó su mano a la mía con la misma celeridad con la que me abrazó aquel día en la puerta de su módulo, como si tuviera miedo a que me desvaneciera.

O a que la apuñalara por la espalda.

—Lo peor es que te creo —murmuró.

—Aza…

—No estoy enfadada. No contigo. —Siguió mordiéndose el labio. No soltaba mi mano—. Pero no esperaba nada de esto.

Yo tampoco.

—Siento haberte decepcionado…

Ella sacudió la cabeza.

—Nina tenía razón en una cosa: me ha abierto los ojos. Creía que eras… perfecta, supongo. La chica que hubiera sido yo si las cosas hubieran ido bien. Pero tú también te has equivocado y aun así sigo viendo cosas buenas en ti. —Tragó saliva—. Quizá pueda empezar a verme a mí así también, como alguien que no merece todo lo malo que le ha pasado. Beth merece una madre que la quiera y se quiera, esté donde esté…

El nombre de la niña encendió un recuerdo en mi cabeza.

—Di un aviso, Aza. Fui a hablar con…

Azahara ahogó un grito que me hizo callar al instante. Empezó a arrastrarse hacia atrás como un cangrejo, arrimándose más a mí; seguí la dirección de su mirada.

Un río traslúcido descendía por el pasillo hasta llegar a nuestros pies; Azahara se alejó de él como si fuera letal. El intenso olor llegó de golpe, expandiendo el ardor desde la nariz hasta nuestras gargantas.

Azahara alargó un dedo y se acercó el líquido a la nariz.

—Alcohol —confirmó—. Lo estaban cogiendo de la enfermería.

—¿Por qué?

No contestó. Frunció los labios y agitó la mano en el aire para secarse. Con la otra agarró mi muñeca.

—Esto no pinta nada bien. Vamos, tenemos que salir de aquí.

Tiró de mí para que me pusiera en pie y se asomó de nuevo al pasillo, con cuidado de no ser vista.

—Quieres sacarme de aquí —dije, como si aún no acabara de creerlo. Como si no pensara que lo mereciera—. ¿Por qué? —Ella arqueó una ceja—. ¿Qué obtienes tú de todo esto? ¿No quieres ser libre? ¿No…, no estás de su parte?

Su rostro se deformó en un segundo; inclinó las cejas hacia abajo, se le humedecieron los ojos, hundió los hombros. Fue como si la apuñalara en el estómago. Apartó la vista antes de contestar:

—No se es libre así, Leire. No voy a dejar que te hagan daño.

—Si salimos las dos ahí fuera, la que saldrá herida serás tú.

Se encogió de hombros.

—Le he dicho a don Pedro que haría lo que pudiera para parar esto. Puede que a mí me escuchen.

—O puede que te maten.

Mi respuesta hizo que sonriera; nunca había visto una sonrisa tan rota.

—Bueno, si eso pasa, solo quiero que Beth encuentre una familia. Que esté en buenas manos. Eso es todo. No me preocupa nada más, ¿entiendes? No tengo nada más que perder. —Se humedeció los labios—. Y… sí, quiero salir de aquí. Pero quiero irme para encontrarme cara a cara con los padres de los niños a los que maté. Mirarles a los ojos y decirles que lo siento. Que no soy ningún monstruo. Que todavía me duele. Que no quise nada de esto.

—Pero, Aza…, tú no lo hiciste.

La forma en la que parpadeó me hizo pensar que se había repetido tantas veces la misma historia («debí parar a Hugo, debí haberle avisado, yo también estaba borracha, yo también estuve ahí») que había acabado creyendo que eran sus manos las que se mancharon de sangre.

Las mismas manos que ahora sujetaban las mías.

—Vámonos antes de que vuelvan aquí —dijo entonces.

Salimos al pasillo y esquivamos el río de alcohol que llegaba desde el vestíbulo. Se oía el eco de los gritos del patio y las alarmas del centro, que seguían sonando. Huecas. Inútiles.

—Aza, pase lo que pase… —empecé sin apartar la mirada de nuestras manos. Su piel se veía pálida y enferma en contraste con la mía—. Por favor, no dejes que te hagan daño. No lo mereces.

Otra vez esa sonrisa triste y cansada. Otra vez esos ojos que parecían haber visto mil guerras, que parecían dormir cada noche en la trinchera. Y otra vez esas palabras que me hacían ver lo mucho que Azahara se odiaba.

Igual que yo también me odiaba.

No era justo.

—No sabes lo que merecemos, Lei.

Y sin darme tiempo a responderle, bajo su mano hasta la mía y me arrastró por el pasillo.