Presas
Capítulo 56. Leire
Leire
Al abrir los ojos, Marina seguía ahí.
Ojalá no me hubiera despertado. Ojalá no me hubiese despertado nunca.
—Buenos días, princesa —murmuró—. Cuidado al moverte, puede que las muñecas te quemen.
Su voz hizo que un escalofrío me recorriera todo el cuerpo. Fue entonces cuando sentí el frío del metal en mi sien, que hasta entonces había pasado desapercibido, como si mi piel tratara de obviar el arma que la amenazaba. El miedo a estar despierta se hizo todavía más intenso.
Estaba tumbada de lado, con la mejilla contra las baldosas del suelo, en una de las aulas donde dábamos clase. A mi alrededor habían amontonado todas las sillas, dejando un espacio vacío en medio de la habitación. Las ventanas estaban cerradas, la puerta abierta, las luces apagadas. Fuera solo se oían pasos, golpes y gritos.
Marina se alejó y apartó el cañón de la pistola de mi piel. El miedo me tenía paralizada, aunque no hubiera podido moverme ni queriendo; tenía las muñecas, las rodillas y los talones atados con cinta adhesiva. Me habían dejado la boca libre; no tardé en entender por qué: estaban seguras de que nadie vendría a por mí, ni siquiera si gritaba. No serviría de nada.
Al fin y al cabo, solo buscaban a alguien con quien divertirse. Alguien callado se diferenciaba muy poco de un muerto. Muerta no les servía. Muerta era una moneda de cambio inútil.
—¡Raquel! —llamó Marina.
La interna apareció enseguida por la puerta. Desde mi posición solo llegué a ver sus zapatillas desgastadas, sus piernas llenas de moratones y la mano en la que sujetaba lo que aquí dentro llamaban «pincho»; un arma punzante. En ese caso, parecía que Raquel había recortado y retorcido una lata de refresco hasta darle la forma de un cuchillo.
—Encárgate de la niña. —Casi escupió la palabra. «Niña»—. Si monta mucho jaleo, ya sabes cómo hacerla callar. Te divertirás viéndola retorcerse como un gusanillo, estoy segura.
—Eh, espera, ¿tú te vas?
—Es muy aburrido sonreírle a la cámara y que no te sonrían de vuelta. No quiero perderme la fiesta.
—Pero la chica…, Leire…
—Está cumpliendo su función. ¿Qué, te da miedo que muerda? Tienes ahí más cinta si la necesitas. Y si te aburre llama a los del 24. Seguro que se divierten mucho con ella.
Sentí que el vómito escalaba por mi garganta.
—Joder, ¿me dejas de canguro mientras tú…?
—¿De canguro? Raqui, estoy dejando en tus manos el pase que nos llevará a casa. Ni se te ocurra cagarla, ¿me oyes? —No podía verla, pero noté el tono amenazante en su voz—. O te juro que me importará una mierda dejarte atrás.
Salió de la habitación antes de que Raquel pudiese replicarle. La chica bufó y se sentó con las piernas cruzadas en el suelo. Cerré los ojos, fingiendo que no existía. Que no podía verme, que todo a mi alrededor desaparecía. Pero incluso en medio de aquella oscuridad seguían oyéndose los bramidos de Marina, que intentaba organizar a los internos que golpeaban las puertas. Se oyó el ruido de unos cristales rotos y tanto Raquel como yo pegamos un brinco. Ella agarró el pincho con más fuerza.
—Joder, qué aburrimiento. No debes de estar muy cómoda ahí, ¿no? —Se acercó a mí. El corazón me latió todavía más deprisa, como si quisiera acelerar aquel momento y descansar de una vez. Romperse, apagarse, huir de aquella pesadilla—. Ven, te voy a echar un cable.
Dejó el pincho a un lado y colocó sus manos, rugosas y llenas de callos, sobre mis hombros. Me ayudó a sentarme sobre el suelo. Como tenía las manos atadas a mi espalda, no podía mantener bien el equilibrio y todavía notaba que mi mejilla estaba entumecida.
—¿Te ha comido la lengua el gato? —se mofó Raquel con sorna—. Si vamos a pasar tanto tiempo aquí, lo mínimo es que me des algo de conversación.
Empezó a rasgar el pincho con uno de los bordes de las mesas para entretenerse. Con cada chirrido hacía que me encogiera todavía más.
—No me mientas —dije finalmente. No era una amenaza, era una súplica. Tenía la garganta seca, como si las lágrimas que recorrían mis mejillas hubieran vaciado todo mi cuerpo—. Por favor, si vais a hacerme daño, dímelo, pero no me mientas.
Raquel parpadeó.
—Así que ese papel de niña buena no era fingido, ¿eh? —Se rio—. Vaya. Esto va a ser más fácil de lo que esperaba. No te haré daño si no me das razones. Eso es todo. Ahora, dame conversación. Me estoy perdiendo lo mejor por tu culpa.
Hizo una mueca al oír cómo Marina seguía berreando fuera. Discutía con uno de los presos del módulo 24. Si nadie les frenaba, acabarían matándose a golpes, pero a Raquel no parecía importarle.
La chica clavó el pincho a escasos centímetros de mis pies.
—¿Es que no me has oído? ¡Va, habla! —Me encogí ante su grito. Hice un esfuerzo por obedecerla a pesar del nudo en mi garganta.
—Yo… no sé qué quieres, no sé qué…
Raquel suspiró.
—Eres una sosaina, ¿lo sabías?
—Tú no eres como en la escuela —murmuré. Cerré los ojos inconscientemente, a la espera de que me castigara por mis palabras.
Pero se limitó a reírse.
—Nadie es como en la escuela. Nadie es como se muestra delante de otras personas. Únicamente nos conocemos en nuestros peores momentos, cuando estamos solos y solo nos acompaña lo que tenemos dentro. —Se llevó una mano al pecho—. ¿Qué tienes tú dentro, Leire? ¿Mucha música y polvos de hadas?
Si Raquel tenía razón, si momentos como aquel eran los que nos definían, yo no quería ser la Leire que prefería no existir. No me reconocía. El miedo cerraba mi garganta y me anudaba el estómago.
Una estúpida parte de mí seguía creyendo que nada de eso era real. Que la cárcel era todavía el lugar más seguro de la ciudad. Que un voluntariado no podía acabar así, que no quería convertirme en un titular en las noticias. En otro nombre anónimo. En una cifra.
—No lo sé —respondí al final. Hasta a mí me sorprendió escucharme, pero no iba a pasar mis últimas horas callada—. ¿Y tú? —Raquel levantó una ceja—. ¿Es este uno de esos momentos?
—Ni de coña. ¿Acaso intentas de que te cuente mi vida, rubia? —Sacudió la cabeza—. No quieres escucharla, créeme. Te asustaría. O te aburriría, no lo sé. Es la misma historia de siempre: chica intenta sobrevivir, el mundo se lo pone difícil y su forma de subsistir hace que acabe en la puta cárcel. —Una pausa. Un suspiro—. Pero esta mierda terminará pronto.
Puso punto y final a la frase rasgando el suelo con el pincho. Y yo me imaginé cómo abría mi piel con la misma facilidad.