Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 31 de 68

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Presas

Capítulo 31. Azahara

Azahara

 

Cómo sobrevives después de tanto odio. (Odio ser tan débil, odio ser tan cobarde, odio este cuerpo,

odio estas rejas, odio este miedo).

Cómo sobrevives sabiendo que todo lo que te espera va a

dolerte, que los días pasan y ninguno cuenta. Que Beth sigue creciendo y pronto será un objeto de venganza. Que nadie te espera en casa, y las que aquí llamas amigas pueden darte la espalda en cualquier momento. Que las que antes te saludaban con una sonrisa y te invitaban a cafés cuando no llevabas la tarjeta encima ahora te escupen y escriben «chivata» en la puerta de los lavabos.

Cómo esperas salir viva de todo esto. Cómo.

Aquella mañana, el amanecer ya no me pareció tan bonito, y por primera vez el llanto de Beth fue demasiado molesto. No tenía fuerzas ni para hacerla callar ni para encararme con las funcionarias que golpeaban mi puerta y me llamaban mala madre.

Tenía todo el derecho del mundo a vivir aquel día como ellas siempre quisieron que lo hiciera: como un fantasma, como una mota de polvo que no hace más que arrastrarse por el suelo. Sin molestar a nadie. Sin hablar con nadie. Sin ser nadie.

En la guardería, Beth se amarró a mis tobillos hasta que una funcionaria fue a recogerla. En el desayuno nos trajeron pan de leche (que guardé para ella, a pesar del rugido de mis tripas). En la escuela de verano pintamos mandalas, y sonreí a todos y cada uno de los presentes para que no preguntaran y me dejaran seguir siendo nadie. Leire fue la única que se frenó en medio del pasillo para preguntarme si todo iba bien. Leire fue la única que me creyó cuando le dije que sí. Vi cómo enseñaba pasos de baile a un par de internas en el patio, pero la magia de aquella tarde lluviosa había desaparecido. Podría ser testigo de un milagro y ni siquiera eso acabaría con mi apatía.

Después de comer, dejé que Beth jugara con los demás niños en el patio y me quedé mirándola desde la distancia, a la sombra. Me dejé caer sobre una de las sillas de plástico, con las manos y los vaqueros llenos de polvo.

Mi soledad no duró mucho. Al poco rato, don Pedro asomó la cabeza por el umbral de la entrada. Se levantó las gafas de sol y miró hacia los niños con una sonrisa. Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba allí.

—¿No vas con ellas, Azahara?

Sacudí la cabeza. Él suspiró. Sin mediar palabra, cogió una de las sillas que tenía a mi derecha y se sentó, llenándose también de polvo y mugre. Exactamente como nosotras.

—Esa es tu nena, ¿verdad? Elisabeth. —Dijo, señalando a Beth con el mentón. Estaba un poco apartada del resto, jugando con las ruedas de un triciclo—. Mírala, se ríe como tú. Está enorme.

Sus palabras dolían.

—Sí… Pasado mañana cumple tres años.

Don Pedro no era como Leire; él sabía lo que escondía detrás de aquella frase. Él sabía lo que les ocurría a los niños que se hacían mayores y a las madres que dejaban atrás. Él tenía que saber lo que pasaba por mi cabeza. Los funcionarios siempre lo sabían, de un modo u otro. Solo que la mayoría decidía seguir viendo nuestro dolor y no hacer nada.

Era su trabajo, al fin y al cabo.

—Lo siento mucho, Azahara —dijo don Pedro. No podía sostener su mirada, pero sabía que él no apartaría sus ojos de mí. Me puso una mano en la espalda—. No te preocupes, Elisabeth estará bien atendida. Y antes de que te des cuenta estarás fuera con ella, ¿eh?

—¿Antes de que me dé cuenta? —Solté una carcajada triste—. Don Pedro, a este paso voy a volver a pasar las Navidades aquí. Y a Hugo le importa una mierda. —Me mordí el labio inferior, tratando de contener los temblores—. Él solo quiere llevarse a la niña. Aunque no lo hace por ella, lo hace para ganar.

—¿Qué? ¿Para ganar qué?

Apreté los puños. La parte de mí que estaba acostumbrada a chistarme cada vez que hablaba de más me recordaba que estaba delante de un funcionario de prisión, no con un colega en el bar. Y la parte que —aunque dormida— luchaba hasta la saciedad para que nunca me sintiera sola me decía que no era cualquiera. Don Pedro se había ganado la amistad de muchas presas por una razón: él nos escuchaba.

—Siempre ha sido muy competitivo. En el juego, en las apuestas, en el deporte… Y en casa también. Si yo ganaba dinero, él tenía que ganar más o asegurarse de que a mí me bajaban el sueldo. Si salía con mis amigas, me dejaba sola en casa dos noches seguidas. Él siempre ha ido por delante. Siempre. —Cerré los ojos e hice una pequeña pausa—. Después de tanto tiempo sin Beth, no me dejará volver a verla. No le gusta perder.

—No digas eso, Azahara. Es tu marido…

—Precisamente por eso.

Nos casamos a los dieciocho años, con un bebé en camino, mi familia dándome la espalda y la suya en otro país, con el dinero justo para pagar el alquiler y la promesa de que nos amaríamos siempre, por encima de todo, por encima de todos. En alguna parte de aquel contrato invisible, Hugo decidió que la alianza era unas esposas.

—Quiero pensar que es alguien que quiere lo mejor para vosotras, Azahara. Alguien en quien confías, alguien con el que poder hablar de estas cosas. Es el padre de la niña, ¿no? Cuidará bien de ella. —Se le marcaron dos hoyuelos al sonreír.

Ojalá fuera tan ingenua.

—Aún no lo entiende, ¿verdad? —Don Pedro levantó una ceja—. Cuidará de Beth como ha cuidado de mí todo este tiempo, porque es la única forma que conoce. A base de castigos. A base de broncas. Tengo miedo de que…, de que… —Sentí que las palabras se me atragantaban y fruncí los labios, molesta.

Me encogí sobre mí misma y tuve especial cuidado de no abrazar aquellas partes de mi costado que aún guardaban el recuerdo del último vis a vis con Hugo. Debajo, como las capas de la tierra, había cicatrices invisibles; cada una era un fallo, o una copa de más, o una discusión estúpida. Y todas tenían su nombre.

Don Pedro me puso una mano sobre el hombro y tuve que contenerme para no zafarme de él. Últimamente no soportaba que nada ni nadie me tocara. Ni siquiera Beth. Al notar mi estremecimiento, el funcionario retiró la mano despacio.

—Azahara. —No dejó de mirarme—. ¿Tu marido te ha pegado alguna vez? —Fue como si me apuñalaran en el estómago. Mantuve la vista fija en algún punto del suelo para no tener que mirarle a él—. Es importante que si es así nos informes de ello, y más estando tan cerca la salida de Beth.

—Que os informe… —repetí, conteniendo la risa—. No, don Pedro, esto no es…, no es para tanto. Hugo no me maltrata. —Tragué saliva. No quería que pensara que odiaba a Hugo. No lo odiaba. No podía, no sería justo. Tenía que recordar todo lo que había hecho por mí. Me había dado un hogar y nunca tuvo por qué hacerlo. Una familia. A Beth. Él no lo entendía…—. Pero no creo que sepa ser padre, solo eso. No lo ha sabido ser estos años y no querrá empezar a serlo ahora.

—Tienes que decírselo a tu abogado, Azahara.

—¿Cree que no lo he hecho? ¿Cree que no he avisado de cómo es él? — Solté un suspiro de resignación—. Nunca me creen.

—No lo veas así. —Arrugó la nariz, como si todo el asunto le incomodara. Sentía que tenía demasiadas palabras bullendo dentro, pero que no encontraba el modo de ordenarlas—. Al fin y al cabo, es solo tu palabra contra la suya, ¿entiendes? Y tú eres la que has estado con Beth todo este tiempo. Tú sabes lo que es mejor para ella.

—La que está en la puta cárcel soy yo. Aquí mi palabra no vale nada.

Ante eso no hubo nada más que decir.

A las risas de los niños se unieron los primeros murmullos. Levanté la mirada. Vanesa y sus compañeras de patio estaban sentadas a la sombra, abanicándose y viendo cómo sus pequeños jugaban en el suelo.

Gabi estaba acompañando a Beth a lo largo del tobogán, Esme estaba sentada de piernas cruzadas y daba palmadas con Toni en su regazo. Las dos habían empezado a murmurar y me miraban. Nos miraban.

Y otra vez, aquellas miradas fueron puñetazos directos al estómago.

«No, vosotras no, por favor. No me deis la espalda vosotras también». Don Pedro se puso de pie antes de que uno de los altos cargos le llamara la atención. El vacío que dejó a mi lado se sintió como una brisa de aire fresco, pero no duró mucho. Esme y Gabi dejaron a los niños con los demás y fueron acercándose. Yo enterré de nuevo el rostro entre las manos. Esperaba lo peor.

—Pero, hija mía, ¿se puede saber a qué viene esa cara tan larga? —Esme soltó una carcajada. Aún me preguntaba de dónde sacaba las fuerzas para reír después de tantos años en aquel mismo patio, entre aquellos mismos muros—. ¿Te ha comido la lengua el gato?

Alcé la mirada hacia ellas.

—Vamos, Aza. —Gabi me cogió de las muñecas—. Sé que no es fácil, pero intenta animarte, ¿sí? ¿Te apetece bailar un rato? Vanesa va a bajar la radio.

Me dio un beso en la mejilla. Sentí como si la cárcel de hielo que la ducha de aquella noche había forjado alrededor de mi piel se derritiera. Las manos de Gabi sobre las mías ya no me parecieron intrusas y la risa de Esme era todo menos falsa.

Quizá tenía que empezar a tener un poco más de fe.

Pero era difícil.

Era muy difícil.