Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 48 de 68

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Presas

Capítulo 48. Azahara

Azahara

 

 

Cuando oí el primer llanto creí estar soñando. Por un momento, volví a estar en el accidente, justo cuando llegaron los primeros familiares y sus gritos rompieron la noche. O quizás era el llanto desesperado que se me escapó el día que Beth se fue.

Pero no. Me hubiera gustado que el dolor fuera solo un recuerdo, pero los sollozos que me despertaron eran reales.

Se me puso la piel de gallina al reconocer la voz. Tenía sentido, claro: ella era la única que se despertaba antes del amanecer, a las cinco de la mañana, cuando la llamaban para que trabajara en la panadería del centro. Volvía siempre a las ocho, lista para dar el desayuno a su pequeño y con tiempo de sobra para guardarnos un par de sitios en el comedor. Siempre llegaba con harina en las mejillas y una sonrisa en los labios.

Aquella mañana, Esme lloraba como si le desgarraran el alma.

Empecé a aporrear la puerta para que me dejaran salir, con la esperanza de que algún funcionario me oyera. Ya no me importaban las consecuencias; después de todo, no me quedaba mucho tiempo en el módulo de madres. Y no iba a dejar a mi amiga sola.

—¡Abrid! —chillé. Mi voz se perdía entre el murmullo cada vez más agitado de las internas. Le di un golpe a la puerta—. ¡Joder, que alguien abra!

Acabé con los nudillos rojos. Le propiné una patada a la puerta en un último intento y me asomé a la pequeña ventana de cristal: habían encendido las luces del pasillo. Al último «¡NO!» de Esme se le unió el sonido de unas ruedecillas oxidadas.

Y entonces lo vi. Otra vez, como aquella noche, como tantos días. Unos enfermeros vestidos de blanco atravesaron el pasillo, atrayendo las miradas de todas las internas. Uno encabezaba la marcha, el otro arrastraba el carro.

Encima del catre, un cuerpo encerrado en una bolsa negra; aún se notaban sus curvas a través de ella. Pero los funcionarios siguieron arrastrando el catre con desgana, porque para ellos era solo un procedimiento más: tocaba sacar la basura.

 

Cuando la funcionaria llamó para el recuento, todavía se oían los gemidos de Esme en el piso de abajo. Fui corriendo hacia ella.

La gitana estaba en la esquina más apartada del comedor, con la espalda contra la pared y el rostro oculto entre las manos. Seguía llorando. El resto de presas pasaban por delante del comedor sin inmutarse, directas a las clases, a la guardería o a sus destinos. No faltaban los murmullos. Algunas palabras empezaron a repetirse entre las conversaciones, demasiadas veces como para ignorarlas.

«Eran las cinco o así, ¿tú también lo has oído?».

«Al parecer, la ha encontrado su compi».

«Estaba muerta cuando llegaron».

«Muerta».

Muerta.

Muerta.

Y Esme seguía sola en el comedor. Eso fue lo que más me asustaba. Eso fue lo que tendría que haber advertido.

—Esme —la llamé. Corrí hasta sentarme a su lado. Ella ni siquiera levantó la mirada—. Esme, joder, ¿qué ha pasado?

Alzó la barbilla y se apartó las lágrimas con la manga, pero no sirvió para detenerlas. Tenía los ojos hinchados y la cara roja.

Entonces lo dijo.

El corazón se me detuvo un segundo antes de escucharlo; había adivinado sus palabras. La sangre dejó de correr. El mundo dejó de girar.

—Es Gabi… —Volvió a llorar. Volví a oír sus primeros gritos, volví a reconocer las curvas del cadáver bajo la bolsa, volví a notar la ausencia de la chica cuando todas bajamos—. Se han llevado a Gabi, se la han llevado, Aza…