Presas
Capítulo 5. Azahara
Azahara
Día trescientos ochenta y dos en prisión. Beth tiene dos años y once meses. Es cada día más curiosa, como su madre, y cada día más preciosa, como su padre. Ahora le ha dado por preguntar el porqué de las cosas. Por qué me voy cada mañana o por qué cambia el color de los lápices cuando los mezcla en el papel. Pregunta el nombre de todo, también. Ayer aprendió la palabra «torre». Me llevó hasta los dibujos de las paredes del patio y preguntó por todos ellos. Ciervo. Árbol. Oso. Arcoíris. Pero no pregunta ni por su padre ni por sus abuelos. Después de todo, ellos tampoco preguntan por ella. Solo somos nosotras dos. Siempre seremos nosotras dos.
También aprendió la palabra «concertina». Y todavía no recuerda haber visto nunca un árbol de verdad. Era demasiado pequeña… Para Beth la calle no existe. Y quizás es lo mejor. Quizás así no le duele todo lo que he tenido que quitarle.
También está aprendiendo a vestirse sola, aunque sigue necesitando mi ayuda porque acaba metiéndose las mangas por la cabeza. El otro día probó el melocotón y le encantó. Últimamente me pide más, pero no sé cómo decirle que no puedo dárselo. No depende de mí…
Si fuera por mí, Beth probaría cada día una fruta distinta, pasearía por los parques y se revolcaría por el césped. Se llenaría las manos de pintura y no de polvo. La llevaría con vestidos largos y camisas de Ladybug, su serie favorita. Le compraría cuentos que leerle cada noche para no tener que inventármelos siempre; cada vez me cuesta más buscar finales felices.
Pero esta es toda la vida que puedo darle.
—¡Recuento!
Los golpes hicieron que me sobresaltara y que Beth se removiera en su cuna. Antes de que me diera tiempo a incorporarme, el funcionario ya estaba dentro del chabolo. Echó una mirada a la habitación, apartando la puerta con tanta fuerza que arrastró uno de los juguetes de Beth por el suelo. El ruido hizo que la pequeña comenzara a llorar.
—¿Despierta tan temprano?
No era don Pedro quien llevaba el recuento, sino don Francisco, conocido por ser uno de esos funcionarios con los que era mejor no cruzarse. Me miró con los ojos entrecerrados, cargado de sospecha, como si acabara de descubrirme rompiendo los barrotes de la ventana.
—Estaba escribiendo —expliqué. El manojo de papeles, la mayoría instancias que utilizaba como diario, descansaba con inocencia sobre la mesa.
—Ya. —Don Francisco levantó el portapapeles y tachó nuestro nombre de la lista—. Haz el favor de callar a la cría.
«Si está así es por su culpa», pensé. Pero me contuve. Saqué a Beth de la cuna y la mecí en mis brazos hasta que se calmó. Ella se aferró con fuerza a mi camisa y hundió la carita en mi pecho.
El portazo hizo eco en el chabolo; Beth se estremeció en mis brazos y volvió a llorar. Le di un beso en la frente, sin dejar de mecerla.
—Tranquila, mi amor, ya está…
Aun con la puerta cerrada, la voz de don Francisco y los golpes en las celdas continuas se hicieron oír por encima de mis palabras. El bullicio propio de las primeras horas de la mañana se intensificó.
Las mujeres del módulo de madres teníamos media hora para lavarnos en un diminuto plato de ducha, en la esquina de la habitación, con un ojo en el gel que esperábamos que nadie hubiera robado y otro en el niño que nos miraba desde el suelo. Luego tocaba alimentarlo con la leche del economato —aunque muchas tenían la suerte de que sus niños seguían mamando y podían permitirse el lujo de gastar dinero en otras cosas— que nos traían la tarde anterior y que debía bastar para darle de comer durante veinticuatro horas. No era de extrañar que la mayoría de nosotras aprovechara el desayuno y la comida para llenarse las manos de sobras. Solía rezar para que aquel día la leche no estuviera pasada; si Beth se ponía enferma, no habría ningún pediatra que la viera.
Salí de la ducha y fui directa a por la leche del día anterior. Empezaba la carrera a contrarreloj de todas las mañanas: vestir a la niña primero, con el pelo goteando y encharcando el suelo; darle la leche, animándola a beber, e ignorándola o tratando de hacerla reír cuando me pidiera algo más; llenarla de besos; oír su risa; recoger sus juguetes; vestirme; hacer la cama; cogerla en brazos; salir de la celda; saludar a las internas que cruzaban el pasillo con los bebés en brazos o los bombos al descubierto, y acelerar el paso. Era un milagro si después de media hora llegaba al desayuno. Así diferenciábamos a las recién llegadas de las veteranas: nosotras sabíamos cómo ser más ágiles, cómo llegar a tiempo… Y, en los peores casos, sabíamos cómo hacer que nuestros hijos no notaran nada cuando pasábamos días sin desayunar.
Bajé a la guardería, junto a la entrada. Una de las funcionarias esperaba en el umbral de la puerta y seguía a los niños con la mirada. A través de los barrotes se veía una sala con las paredes verdes y el suelo de colores, repleta de muebles de plástico y un par de juguetes. No les llegaba la luz del sol; los niños crecían bajo el foco azul y frío de las lámparas.
Aquella mañana caí en la cuenta de que Beth parecía la mayor de los niños. Toni todavía gateaba. A Miguel no le habían salido los dientes. Y todo el mundo sabía que Saray solo tenía unos meses menos que Beth. Sentí un nudo en el estómago con el abrazo de despedida de aquel día.
La puerta se cerró tras ella. Trescientos ochenta y dos días y todavía me dolía verla a través de las rejas.
Admiraba a la funcionaria que se encargaba de los talleres por su capacidad para seguir dando clase a pesar de las interrupciones, los murmullos y las risas. Desde mi mesa, apreté los puños y me centré en la voz de doña Ángeles, pero no conseguía ignorar el barullo. Eran peores que los mosquitos que te zumbaban en el oído noche tras noche.
—¿Queréis callaros? —espeté, apoyando el brazo en el respaldo de la silla para girarme—. Joder, se supone que si estáis en los talleres es para hacer algo de provecho.
El brote de voces se cortó en seco, pero enseguida le siguieron las miradas asesinas. Noté la mano de Gabi en mi hombro.
—Pasa de ellas, Aza. —Respiró hondo y me dedicó una sonrisa, sin atreverse a mirar atrás—. Llevan meses así. Si no han cambiado hasta ahora, no van a cambiar hoy.
Las chicas rieron y siguieron hablando en el mismo momento en el que me di la vuelta, no sin antes despedirse de mí con un «¡puta!».
—Por cosas más suaves me han puesto partes, joder. —Me crucé de brazos y me dejé resbalar por la silla.
Estábamos en una de las clases más pequeñas del módulo, con el mismo mobiliario que debían usar los alumnos de primaria y ni un mísero ventilador para librarnos del calor. Las ventanas estaban abiertas de par en par, de cara al patio, pero a través de las rejas no corría el aire. Aún me preguntaba cómo Gabi podía soportar un embarazo así. Aunque ella ya lo había repetido muchas veces: todo era más soportable que pasar otro día en el módulo 17. No quería imaginar las desgracias por las que habría pasado para pensar así.
Ahora estaba mucho menos cansada y mucho más hinchada que el día que llegó. Mucho más animada y mucho menos desesperada. El pelo, lacio y oscuro, le caía a ambos lados de la cara y por encima del pecho, como hojas de sauce. Me dio un apretón suave en el brazo antes de volver la cabeza al frente. Entonces empezó a acariciar su vientre, casi inconscientemente, con la mirada fija en la pizarra. Sus dedos parecían bailar sobre la tela, gráciles, suaves.
—Tengáis la edad que tengáis, vuestro cuerpo es mucho más joven que vosotras. —Aquella frase me hizo girar de nuevo hacia la pizarra. La profesora estaba deshaciendo el dibujo de una célula con el borrador, casi a golpes, provocando que el polvo de tiza se levantara como si fuera niebla—. Ya hemos visto que las células también mueren. Las células de nuestro cuerpo, nuestra piel, nuestro pelo y cada uno de nuestros órganos no son la excepción. Se cree que la edad media de las células es de unos siete a diez años, pero están constantemente renovándose.
—¿Eso es que cada diez años tenemos un cuerpo nuevo, profe? — preguntó Vanesa desde su asiento en la primera fila.
—Algo así.
A mi lado, Gabi trazó una sonrisa.
—Si Esme estuviera aquí —murmuró—, sería la primera en quejarse.
—¿Por?
Su sonrisa se transformó en una pequeña carcajada que hizo temblar todo su cuerpo.
—Oh, venga ya. —Puso los ojos en blanco—. ¿No te la imaginas? «Dios de mi vida, si se me va a renovar la piel, ya se me podría quedar como nueva de verdad».
Sacudí la cabeza, incapaz de sonreír. Gabi había clavado la voz potente de Esme, con acento incluido. Casi me la pude imaginar a nuestro lado, con el pelo recogido en un moño, los pantalones arremangados y la barriga al aire, abanicándose con la palma de su mano.
La funcionaria siguió la clase y las pocas internas que atendían se inclinaron sobre los pupitres para anotar las funciones de la célula. Cogí el lápiz, pero mi mente vagaba mucho más lejos.
No podía dejar de darle vueltas a aquella idea.
Dentro de siete años, mi cuerpo ya no será mi cuerpo, mis
células serán otras. Será un cuerpo nuevo, una copia, un fantasma de quien soy hoy. La piel que me contiene se renovará. Solo tengo que esperar siete años. Aunque quizá la cuenta atrás ha empezado mucho antes.
Quiero que el tiempo pase rápido y también quiero
detenerlo. Quiero que Beth permanezca a mi lado y quiero reunirme con Hugo, fingir que nada de esto ha pasado. Que no hemos cambiado, que no nos hemos hecho daño, que todo está bien. Quiero volver atrás. Quiero congelar este segundo. Quiero correr al mañana.
Quiero romper los días del calendario para que pasen
cinco años, diez meses y catorce días hasta que este cuerpo deje de ser el mismo que utilizaste. Hasta que estas manos dejen de ser las mismas que llenaste de sangre.
Pero estoy cansada de contar. De contar hacia delante los
días aquí y hacia atrás los días con Beth. De contar las veces que te he perdonado y las veces que el dolor me ha hecho odiarte. Estoy cansada de esconder estas cartas y no ser capaz de mandártelas por miedo a que sea lo último que escriba.
Estoy cansada de contar, porque no habrá tiempo suficiente
para borrar las pesadillas que me regalaste.
Sonó el timbre que avisaba del fin de la clase y las chicas de atrás se levantaron sin esperar a que la profesora acabara. Me quedé mirando el papel, buscando las palabras que aún seguían atravesándome el alma.
—Aza, ¿todo bien? —Gabi me rozó el hombro. Me sobresalté.
Arranqué la última hoja de la libreta y la arrugué en mi mano, como si pudiera deshacer lo escrito. En la cárcel, los secretos se venden y el silencio salva.
—Todo bien —mentí. Como siempre.