Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 22 de 68

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Presas

Capítulo 22. Azahara

Azahara

 

Los cuarenta y cinco minutos que duraba el taller se volvían segundos cuando conseguían alejarme de la realidad. Escribiendo y decorando el caligrama que nos habían animado a hacer, los presos, los ruidos y los barrotes a mi alrededor parecían desaparecer. Era fácil imaginarse haciendo exactamente lo mismo en un lugar donde te sintieras libre. Aunque yo aún no hubiera encontrado el mío.

—Bueno, chicos, recordad que ahora os toca teatro en el patio, ¿de acuerdo? —dijo Juanjo con las manos alrededor de la boca para hacerse oír por encima del murmullo.

Guardé el caligrama en el escote antes de marcharme del aula. Gabi y Esme se quedaron atrás, aferrándose a los últimos segundos frente al ventilador.

Una voz ronca me detuvo a medio camino, mientras bajaba las escaleras.

—Eh, Flequillos.

¿De verdad no tenían un mote más original?

—Azahara —repuse mientras me daba la vuelta. El rostro con el que me encontré hizo que el corazón se me detuviera un segundo. Tragué saliva.

—Lo sé —contestó Marina, que bajó los escalones que nos separaban. Miró de reojo a los internos que iban de las aulas hacia el patio, a la espera de que pasaran—. Pero me gusta tu flequillo y me gusta ponerte nerviosa. Además, seguro que entiendes tan bien como yo lo difícil que es cortarlo con esa mierda de tijeras que nos dan.

Su comentario me hizo gracia.

—¿Las de las puntas redondeadas?

—Agh. —Puso los ojos en blanco—. Cómo las odio. Hasta tener un flequillo decente es un privilegio aquí dentro, nena.

Cuando la entrada se quedó prácticamente vacía, dio un paso hacia mí. Enseguida sentí el pánico que acompañaba siempre que dos presos se quedaban solos. Me tranquilizó el hecho de que Marina llevara ya un tiempo aquí; no sería tan estúpida como para hacer nada delante de las cámaras. Todo el mundo lo sabía: si querías ajustar cuentas, te ibas a los tigres —los baños —, el único lugar sin vigilancia de toda la cárcel.

Me aparté con disimulo de ella, lo suficiente para que su hombro no rozara el mío.

—¿Querías algo? —pregunté. Ella sonrió.

—Solo saber si has vuelto a encontrarte con tu Bestia. —Su voz fue solo un susurro. No quería nadie más nos escuchara.

Levantó una mano hacia el mechón de pelo junto a mi sien, como si buscara acariciarme. Apreté los puños.

—No es ninguna bestia, Marina. Todo va bien.

—Yo no te veo bien.

—Pues deja de mirar.

Giré sobre mis talones para continuar bajando las escaleras, pero Marina me agarró del brazo. Redujo la presión de sus uñas en mi piel en cuanto me volví hacia ella.

—No tienes que huir de mí, joder. Solo intentaba ser amable. —Bufó—. Sé lo que te está pasando. Sé lo que te está haciendo, lo puedo leer por todo tu cuerpo. Y podría ayudarte, pero veo que te niegas a admitir la verdad. —Me soltó, lo que hizo que perdiera el equilibrio un segundo. Se acercó todavía más a mí y murmuró—: Él es el asesino, ¿verdad? Siempre lo ha sido. Tú no serías capaz de matar ni a una mosca. Y por mucho que utilices una lanza como bastón, Flequillos, sigue siendo una jodida lanza.

«Tú no harías daño ni a una mosca, Aza», las palabras me taladraron la cabeza como si las estuviera escuchando por primera vez. Cerré los ojos con fuerza e intenté apartar el recuerdo de aquella noche.

Pero no fue una única noche. Las escenas se superponían unas sobre otras, desplegándose por mi mente como un abanico de recuerdos.

«Tampoco me lo harás a mí», afirmó. Y le creí, siempre le creía.

«Antes acabas muerta».

El tiempo que pasó hasta que Marina se zafó de mi brazo se me hizo eterno. Bufó antes de apartarse y bajar los escalones que nos quedaban camino al patio. Si tardábamos un poco más, los funcionarios empezarían a buscarnos.

No sé si fueron sus prisas por largarse o el miedo que hizo que me paralizara, pero cuando su hombro chocó contra el mío no tuve tiempo suficiente para mantener el equilibrio. Trastabillé y me agarré a la barandilla para no caerme. Pero no pude evitar que el contenido de uno de mis bolsillos saliera volando. Me giré de inmediato y me agaché para recoger las pastillas del suelo como un mendigo que busca migas de pan. El corazón me latía cada vez más rápido y la sangre me bombeaba en las sienes.

Solo podía pensar: «que nadie me vea, que nadie pregunte, que nadie sospeche».

Pero Marina ya se había dado la vuelta.

—Muchas pastillas para estar tan bien, ¿no? —Se quedó de pie, mirándome por encima del hombro. Yo mantuve la vista en el suelo, buscando con frenesí las pastillas que faltaban.

Marina dio una patada a una de ellas antes de acercarse a mí.

—Serás puta —murmuró. Apretaba los dientes. El cuerpo entero me tembló—. Yo intentando ayudarte y tú trapicheando. ¿Te crees que no sé lo que la gente buena hace con tanta mercancía? ¿Te crees que soy tan estúpida para creerme que no irá a más?

«No la mires, no la escuches, no la escuches, no la escuches…».

Su mano aferró el escote de mi camisa y me levantó del suelo con una fuerza que no sabía que tenía. Ahogué un jadeo y apreté las pastillas que tenía en la mano. Todavía no sabía qué me asustaba más: si la mirada y el puño de Marina tan cerca de mi cuello o perder la oportunidad de darle una vida digna a Beth.

Llevé la mano libre a la muñeca de Marina, pero no conseguí que se apartara. Me empujó hasta la pared del módulo y desvió la mirada para asegurarse de que las cámaras no llegaban a grabarla.

—Me estás quitando trabajo, ¿lo entiendes? —Acercó labios a mi oído—. Aquí la que pasa la puta mercancía soy yo. Aquí la que va a tener que pudrirse más años soy yo. —Agitó el puño y me levantó unos centímetros del suelo—. Quieres ser libre, ¿no? Por eso lo haces. Pues más te vale tragarte todas esas pastillas de golpe; esa la única salida para crías como tú. A ver si tienes cojones ahora. —Clavó sus ojos en los míos, pero, a diferencia de los de Leire, no fui capaz de reflejarme en sus pupilas: no eran más que dos agujeros negros. Cuando habló, su voz fue apenas un susurro—: Si no respetas mi territorio, yo no respetaré el tuyo.

Puso punto final a su amenaza con un golpe directo en mi estómago que hizo que me doblara por la mitad. Sentí que me faltaba el aire. Marina me soltó y solo entonces me permití caer de rodillas, con una mano en mi garganta y la otra en mi vientre.

En mi mano todavía guardaba las pastillas. Sin importar cuánto costara, venderlas era la única forma que tenía de salvar a Beth. Necesitaba ese dinero. Necesitaba ese futuro.

Y necesitaba quitarme a Marina de en medio.