Presas
Capítulo 2. Azahara
Azahara
Podría jurar que, mientras mis manos rodeaban el cuello de Hugo, él sonreía. Jadeaba y apretaba los dientes, arañaba mis muñecas y aferraba con fuerza mis brazos, pero no dejaba de sonreír para sus adentros. Como si estuviera viendo jugar a un niño. Como si le divirtiera que, por una vez, me dejara ganar.
Cuando solté su cuello, me di cuenta de que no le había hecho ni un rasguño. Mis manos no eran tan fuertes. Mi voluntad tampoco.
Casi me pareció oír su voz resonando en mi cabeza: «Sé que volverás a intentarlo y sé que no te atreverás a acabar. No eres lo suficientemente fuerte. Tú no le harías daño ni a una mosca, Azahara.
Tampoco me lo harás a mí.
Antes acabarás muerta».
Pero a los ojos de los funcionarios no fui más que una loca lanzándose al cuello de su amante. Ellos solo vieron a una presa agrediendo a un civil. Solo vieron una amenaza, un monstruo, una asesina, alguien de quien deshacerse. No me escucharon cuando grité al separarme de él. No vieron cómo Hugo se reía mientras me sacaban de aquella sala. No repararon en mis moratones ni mis heridas. No querían verlas. No querían escucharme. No buscaban explicaciones ni causas.
Dejé de resistirme en cuanto me sacaron de la habitación y Hugo desapareció de mi vista, aunque no dejé de llorar. Ni siquiera cuando me colocaron de nuevo las esposas, mucho más prietas que antes, ni cuando me empujaron para que me pusiera erguida. Uno de ellos hasta tuvo los huevos de bromear:
—Creo que va a ser tu último vis a vis en mucho tiempo, guapa.
Dejé que me arrastraran con ellos y me almacenaran donde quisieran como si no fuera más que carne.
Y, a pesar de todo, lo primero que sentí al oír las puertas cerrarse fue alivio. Agradecí la seguridad que me daban aquellas paredes de hormigón; en aquellos momentos, la sombra de Hugo me daba mucho más miedo que la soledad.
Al menos hasta que recordé a Beth.
Hugo me perseguía en sueños.
A veces estábamos en el piso que alquilamos, con las paredes llenas de humedades y las ventanas siempre abiertas, y donde empezamos a vivir con solo un sofá y una caja de cartón como mesa. Éramos felices de verdad. En los sueños nunca había gritos o discusiones. En ocasiones estábamos en el parque donde me pidió matrimonio, dormidos en la hamaca de su antiguo porche o encarándonos a nuestros padres, con las manos entrelazadas y el desafío en nuestros ojos. Entonces me giraba hacia él, que sonreía.
Y mis manos volvían a rodearle la garganta.
Veía cómo sus ojos se drenaban de vida y cómo mi corazón empezaba a llenarse de calma. Por fin libre. Por fin, por fin, por fin.
Pero esas pesadillas no eran nada; las peores eran aquellas en las que Hugo me quería.
Me regalaba medias sonrisas y se pasaba la mano por el pelo en un intento por domar los mechones más rebeldes. No había rastro de las ojeras ni de las arrugas que le salieron de tanto fruncir el ceño. En mis sueños todavía tocaba la guitarra en la habitación del fondo y me prometía que el próximo concierto se convertiría en la primera cuna de Beth. Me prometía que cada día las deudas serían menores, que el éxito estaba cerca. Y yo le creía y seguía trabajando en el bar de amanecer en amanecer, porque así le ayudaba a cumplir su sueño. Hugo acercaba su rostro al mío hasta que nuestro aliento era solo uno. Sus manos me acariciaban las caderas, me erizaban la piel, y sentía que con su abrazo me curaba cada herida, cada golpe.
Me despertaba siempre con el pulso acelerado y lágrimas en los ojos.
Todavía no sabía qué parte de mí necesitaba sanar: si la que quería matarle o la que todavía le amaba.
—¡El desayuno!
Abrí los ojos. La luz de las primeras horas se colaba a través del minúsculo ventanuco de la celda. Sentí una oleada de alivio al ver que había amanecido. Las noches siempre eran peores: el tiempo se frenaba, los gritos al otro lado de la puerta se intensificaban. El eco de los pasos de los funcionarios se tornaba más claro, como las súplicas de los demás internos, las discusiones, las patadas, los golpes, las risas, y el tintineo de las esposas y las llaves.
Por la noche, lo único que me permitía escapar era recordar. Pensar en Beth. Pero después de tres días alejada de ella, empezaba a sentir que incluso en mis sueños estaba atrapada.
Y de nuevo llegaba ese cansancio que me recorría todo el cuerpo, que me vaciaba y me dejaba tirada en el suelo durante horas. No puedo más, no puedo más, no puedo más.
Salí de la cama y fui directa hacia la puerta. Tres pasos. Al otro lado, el funcionario dio solo uno. Abrió la rendija y dejó pasar la bandeja del desayuno. Ni siquiera asomó la mano. Ni siquiera me buscó con la mirada.
—¡Espere! —exclamé con un jadeo. Llevaba tanto tiempo sin hablar con nadie que no reconocía mi propia voz—. Espere, por favor, necesito saber cómo está mi hija. Beth, se llama Beth. Elisabeth Latorre. Módulo 22. ¿Sabe quién es? ¿Sabe cómo está? Por favor…
La rendija se mantuvo abierta, dejando pasar la luz blanca del pasillo. La sombra de aquel hombre se congeló en el sitio y por un momento creí que me había oído. Que me estaba escuchando, que mis palabras le importaban, que dejaban de ser parte del murmullo continuo de aquel módulo.
Empujó la bandeja un poco más hacia dentro y bajó la rendija.
—¡No, no, espere! —Me puse de rodillas y di un golpe a la puerta; el eco del metal resonó por toda la celda—. ¡Por favor! ¡Por favor, solo quiero saber si está bien!
Seguí aporreando la puerta hasta destrozarme los puños. Seguí gritando aun sabiendo que los únicos que me escuchaban eran los demás presos. Aun sabiendo que era inútil.
«Esme y Gabi la cuidarán», pensé mientras me hacía un ovillo contra la puerta. Recorrí el chabolo con los ojos en busca de algo que me hiciera sentir viva, algo que hiciera que el tiempo pasara más rápido, que las horas dejaran de arrastrarse.
Había cuatro zancadas de distancia hasta la pared contraria y tres hasta el catre al que se atrevían a llamar cama. Si daba un salto con las manos estiradas podía rozar el techo, plagado de los mismos rasguños que recubrían las paredes de la celda. Dos pasos a la derecha estaba el lavabo que hacía a la vez de ducha y de inodoro. Metálico, gris. Como el uniforme de los funcionarios, como las sábanas, como la mugre de las esquinas, como la bandeja donde me servían un pedazo de pan blanco y dos paquetes de mermelada.
Nada más. Cuatrocientos veintisiete cuadrados. Dieciocho losas en el suelo. No había manera de medir el tiempo que llevaba dentro, pero ese era el tercer desayuno y la fruta que había guardado dos noches atrás se estaba poniendo mala. Quería dársela a Beth cuando saliera. Si salía. Quizá me abrieran en unas horas, quizás en unos días, quizás en un mes; no habían tenido la cortesía de recordármelo y yo no tenía el coraje suficiente para preguntar. No sabía cuánto tiempo más aguantaría en ese diminuto y oscuro infierno.
Me arrastré hasta el lavabo y me limpié la cara como si así pudiera deshacerme del miedo. Antes de que pudiera frenarlas, las lágrimas se mezclaron con el agua.
Esme tenía razón cuando me aseguró que nada era peor que la celda de aislamiento. Cuando morías al menos podías sentir algo. Al menos durante esos últimos instantes de vida te sentías humano, con la adrenalina corriendo por tus venas, la sangre deslizándose por tu piel y el corazón latiéndote con más fuerza, como si quisiera hacerse oír. Cuando te mandaban a uno de los módulos más conflictivos, al menos tenías un compañero que te veía. Eras alguien. En cambio, en la celda de aislamiento te transformabas en un número más, en un grito al otro lado de la puerta. En nadie. En nada. Un perro al que sacar a un patio —que ni siquiera merecía llamarse así, puesto que era todavía más pequeño que la celda— una hora al día y solo hasta que llegara el momento de encerrarlo de nuevo.
Cuando regresara al módulo, le diría a Esme que tanto dolor era soportable si con ello Hugo se alejaba de mí. Aunque fuese mentira.
Lejos de Beth el dolor solo se intensificaba.