Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 27 de 68

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Presas

Capítulo 27. Azahara

Azahara

 

«¿Ha dicho Leire?».

No pude preguntarlo en voz alta. En un pestañeo, Nina dejó de encogerse y estiró las manos hacia el cuello de Leire. Había vivido la escena demasiadas veces como para no saber cómo terminaba.

Leire ahogó un grito. Fui directa hacia Nina, que estaba tan concentrada en arañar la piel de la voluntaria que ni siquiera reparó en mi presencia. La cogí por las axilas y la empujé hacia atrás. Sus manos seguían buscando a su presa, pero la joven estaba demasiado débil para resistirse. Tenía las manos y los pies pequeños, como el resto de su cuerpo, y el rostro de una niña. Era demasiado joven. Estaba demasiado cansada. No tenía siquiera fuerzas para atacarme.

Ahogó un grito cuando le apreté la parte interna del antebrazo, bañada de cardenales.

Sus alaridos parecían no llegar a los oídos de Leire, que la miraba con el rostro pálido y los ojos vidriosos.

—Ana… —murmuró mientras extendía una mano.

—¡Vete! —gritó Nina, que intentaba zafarse de mis agarre—. ¡Vete o te juro que te mato!

—Leire, hazle caso y vámonos. —No me atreví a soltarla, aunque su respiración se hacía cada vez más pesada y sus brazos parecían cada vez más finos entre mis manos. Leire no reaccionaba. Actuaba como si los arañazos de sus brazos no escocieran.

No podía culparla.

—Ana, escúchame. Solo quiero ayudarte…

—¡Vete, joder! ¡Déjame en paz! —La chica se deshizo de mis manos con un movimiento brusco y se alejó a gatas de Leire. Se hizo un ovillo en una esquina y siguió agarrándose el pelo con las manos. Después de haber escuchado a Verónica, ya no estaba segura de a quién le hablaba—. Solo quiero que pare, solo quiero que pare, solo quiero que…

Para cuando se quedó sin voz, yo ya tenía el radiocasete bajo la axila y la mano en el brazo de Leire, animándola a levantarse. Empujé la red de pelotas de una patada.

—Vamos. —Ya no me importó asirla del brazo y llevarla por el pasillo, como si fuera un perro, hasta el aula a la que tendríamos que haber llegado mucho antes.

Aun así, no pudo evitar volverse para mirar a Nina.

—¡Aza, suéltame! —gritó, zafándose. Parecía a punto de llorar—. No puedo dejarla ahí. No puedo…

El labio inferior le temblaba.

—Vienen a por ella.

—¿Qué?

Antes de que me diera tiempo a repetirlo, oímos los pasos de los funcionarios subiendo las escaleras a toda velocidad. El llanto de la chica era cada vez más fuerte. No dejaba de repetir la misma frase: «que pare, que pare ya». Dos hombres la rodearon, con las manos fijas sobre la pistola y la porra de su cinturón, antes de coger a la chica de las axilas y obligarla a levantarse.

Giré la cabeza; no había nada más que ver. Leire tampoco miraba; se tapaba la boca con una mano y cerraba los ojos para obligarse a no llorar. Empezó a andar hacia el aula con prisa, como si quisiera dejar atrás todo lo que había presenciado.

Cerró la puerta a su espalda. El llanto de Nina se convirtió en eco. Los pasos de los guardias se fueron difuminando conforme bajaban las escaleras.

—¿Adónde se la llevan? —preguntó.

—Supongo que a la enfermería. Estate tranquila, ¿vale? No puedes ponerte así por cada preso al que se llevan o acabarás deshidratándote.

Ella sacudió la cabeza.

—No lo entiendes, yo… —Se apartó el pelo de la cara, sudando como si de pronto la temperatura hubiera ascendido diez grados. Aunque no todo era sudor; también había lágrimas—. Yo la conocía. Yo la conozco. Es Ana, Ana Morales.

—Querrás decir Nina.

—¿Qué?

—Es Nina. O así es como todo el mundo la conoce aquí. —Dejé el radiocasete sobre la mesa, en parte para distraerme, en parte para no tener que ver la reacción de Leire. Nina no sería la primera persona en dejar su nombre a las puertas de la cárcel.

—¿De tu módulo?

—No. Creo que es del 17 o del 18; no lo sé. Pero todo el mundo la conoce. Es adicta.

Fui testigo de cómo a Leire se le helaba la sangre.

—No. Quiero decir, sí, puede. A veces ella…, ella… —Se frotó los ojos con fuerza, como si sirviera de algo—. No esperaba que estuviera tan mal. Por un momento he creído que… —Tragó saliva—. Después de lo de Verónica, pensé que…

—Que tengamos muchos enfermos no nos convierte en un manicomio, Leire —dije, intentando aliviarla con una sonrisa—. Verónica tiene esquizofrenia, Nina no. Aunque no creo que se diferencien tanto.

—Pero estaba temblando mucho y… Dios, ha sido horrible.

—A Nina se la conoce por escaparse siempre que le da el mono. —Me encogí de hombros y me distraje ordenando las cartulinas—. Y no le gusta que la vean así. Por eso te he dicho que nos fuéramos. No suelen tardar mucho en encontrarla.

—No hables así de ella. Por favor. —Calló un segundo, como si quisiera asegurarse que no había nadie al otro lado de la puerta, que Nina no volvería a saltar para gritarle que se marchara. Que parara. Que iba a matarla—. ¿Por qué huye? ¿Adónde pretende ir?

Fue solo un susurro, un pensamiento en voz alta, pero lo oí.

—Adonde quiera que se sienta a salvo. —Hice una pausa, pero a Leire no pareció convencerle mi respuesta. Tenía la suerte de no entenderlo—. Le suele pasar a la gente después de vivir algo traumático, ¿sabes? Se sienten inseguros en su propio cuerpo. Como si el pasado siguiera vivo dentro de ellos, arañándoles las entrañas, susurrándoles al oído. Están permanentemente alerta, con la sensación constante de estar en peligro, pero lo esconden. Lo ignoran porque así piensan que lo controlan. Fingen que nunca pasa nada. Hasta que explotan. Entonces vienen los funcionarios, les ponen un parte o dos y les chapan de vuelta a la celda. Y el ciclo comienza otra vez: ellos se anestesian. Dejan de sentir para no sentir el miedo. Se esconden de sí mismos.

Leire no dejó de negar con la cabeza y acabamos las dos en silencio. Me quedé con la vista clavada en el balanceo de mis pies, sentada en el borde de la mesa. No recordaba haber hablado tanto tiempo seguido desde hacía mucho. No para alguien que no fuera Beth, al menos.

Carraspeé.

—Eso es lo que hace Nina: intenta esconderse del mono.

—Ana —rectificó ella—. Es Ana. Y no…, no esperaba que estuviera así. No parece que esconderse le esté ayudando en nada.

—No. Lo que de verdad quiere es huir de su pasado, como cada puto preso, y por eso se empezó a drogar. Por eso no puede parar. Es una adicta, sí, pero porque fue una superviviente. —Reí con sorna—. Solo que aquí dentro estas cosas no importan. Estabas sola antes y sigues estándolo ahora.

—No hables así de ella. Es…, es mucho más que una adicta.

Leire casi escupió la palabra, pero no con odio, sino con pena. Parecía haber borrado cada «voy a matarte», y en su cabeza solo resonaba mi voz llamándola «adicta». Tragué saliva.

Lo que Leire no entendía es que, de alguna manera, hacía tiempo que la conversación había dejado de girar en torno a Nina.

Hablaba de traumas porque conocía uno, pero en tercera persona, porque también huía de él.

Y no tendría el coraje ni la voz necesaria para admitirlo.