Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 19 de 68

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Presas

Capítulo 19. Azahara

Azahara

 

Había cogido la costumbre de levantarme temprano, mucho antes de la hora del recuento, para asomarme a la ventana y ver un trocito del amanecer cada día. Era la única hora en la que la cárcel estaba completamente en silencio, en paz. Aún no podían darte malas noticias. Nadie podía hacerte daño. No oías gritos, ni llantos, ni pasos, ni risas. Era el único momento en el que lograba encontrarme.

Pero últimamente llegaba a la cama tan agotada que el sueño me hacía su prisionera hasta bien entrada la mañana, mucho después de que el sol saliera.

Aquella mañana, sin embargo, la voz de Beth me despertó antes del recuento. Conforme iba deshaciéndome de la falta de sueño, me di cuenta de que la voz de Beth no era la única. Ella solo repetía, casi entre sueños, casi como un rezo, lo que anunciaban por megafonía.

—Metadona, metadona… —decía.

Mi niña había aprendido antes lo que era la metadona que lo que era una nevera. Y crecía pensando que era algo normal.

Me revolví en mi cama, de cara a la pared, y cerré los ojos con la estúpida esperanza de que al abrirlos los meses que había pasado en la cárcel no fueran más que un mal sueño.

 

Beth llegó a la guardería llorando, y no podía culparla. Aquella mañana nos habían mantenido encerradas en el chabolo durante dos horas por un fallo de coordinación por parte de los funcionarios. El pan que había guardado estaba duro, Beth había apartado el paquetito de mermelada y ni siquiera había querido beber de mi vaso. Pedía leche, la leche que solían traernos cada mañana poco después del recuento, pero que aquel día no llegó. Las tripas le rugieron durante dos horas y yo traté de contenerla contándole cuentos que no escuchaba, cantándole nanas que no servían.

Cuando abrieron la puerta, no fue para repartir la leche.

—¿Quieres hacer callar a la niña de una vez, mala madre? —bramó el funcionario a modo de saludo.

—Tiene hambre —contesté con miedo—. Tendrían que haber traído la leche hace unas horas y…

—Sí, sí, lo que tú digas. No me vengas con historias, yo no tengo la culpa.

—Llevan trayéndomela toda la semana —insistí—. Solo pido explicaciones.

—Y yo no las tengo. ¿Vas a hacer el favor de salir? Tienes que dejarla abajo —dijo, y señaló a Beth con el mentón.

—Pero ¿es que no la ves? —Fui hacia la niña para cogerla en brazos y colocarla sobre mi cadera, pero ni siquiera mis manos lograron calmarla. No dejaba de gimotear y tenía el rostro curtido de lágrimas—. Lleva horas sin comer, ayer solo cenó un pedazo de pan y de aquí a que salga de la guardería todavía quedan horas. Por Dios, ¿no puedes ponerte en mi lugar? ¿No puedes pensar en ella? ¡Es solo una niña!

—Y tú una presa, así que relaja ese tonito conmigo o te cargaré un parte, ¿entendido? —Ni siquiera se paró a mirarnos, ni siquiera cambió el tono de voz—. Ahora haz el favor de bajar.

—Pero, señor, la leche… —supliqué, intentando que la impotencia no se tradujera en lágrimas. Cogí la cabecita de Beth con una mano y la mecí entre mis brazos, consciente de que no se tranquilizaría hasta que la megafonía callara, el funcionario desapareciera y el hambre dejara de arañarle las entrañas.

—Te vas a ganar un traslado al 17 como no dejes de insistir, ¿es eso lo que quieres? ¿Que tu hija acabe en la calle y a ti te sumen unos años más de condena? —me cortó él. Se puso de costado para invitarnos a marcharnos—. Sal si no quieres sufrir las consecuencias.

Le di un beso en la frente a Beth, con las lágrimas cayéndole sobre su pelo.

«Sobrevivo por ti, nos protejo por ti, todo esto es por ti. Aguantaré por ti».

—Tranquila, mi amor. —Su manita seguía agarrada a la mía con tanta fuerza que había dejado de sentir los dedos—. Te prometo que en tu cumpleaños tendrás la tarta más rica del mundo.

—¿ Arta? —preguntó ella, sorbiéndose la nariz. Se me rompió el corazón.

—Como un bizcocho de esos que te doy a veces, pero de chocolate. ¿Te acuerdas del chocolate? Papá te trajo un poco un día. —Ella asintió y por su rostro asomó una sonrisa—. Te gustará.

—¿Te vas? —preguntó.

—Vuelvo en un ratito, princesa. Prometido.

—¡Elisabeth, adentro! —gritó la funcionaria, haciendo que la niña se sobresaltara y las lágrimas empezaran a aflorar de nuevo. Se acercó hasta nosotras y la cogió de las axilas para levantarla. No me soltó la mano hasta que no tuvo más remedio.

Cuando la puerta corrediza de la guardería se cerró, Beth todavía lloraba del hambre y yo todavía lloraba de la impotencia.

Di un respingo al notar una mano sobre mi hombro y por un instante temí que se tratara del funcionario de aquella mañana. Relajé los hombros al reconocer a Esme, que se despedía de Toni a través de los barrotes. El moño de su nuca se estaba deshaciendo hasta parecerse cada vez más una coleta, y el moreno que había ganado aquellos días al sol solo había servido para resaltar más las manchas y las arrugas de su piel. Esme vivía como si tuviera veinte años menos por su hijo, Toni, y por los que había dejado atrás, pero la edad empezaba a hacer mella en su energía. Tenía la mirada cansada y las manos curtidas. Pero llevaba demasiado tiempo encerrada como para rendirse ahora.

Notó que la observaba y se giró hacia mí, dedicándome una sonrisa compasiva. No quería compasión, ni preguntas, ni ayuda. No ahora. No con Beth mirándome desde el otro lado de las rejas. Yo también aguantaría.

Me aparté la última lágrima de los ojos y di media vuelta camino al patio, dejando a Esme atrás. Me crucé de brazos.

—¿Gabi no baja hoy? —pregunté antes de que Esme dijera nada.

—Tenía visita del abogado.

Don Francisco estaba plantado en la entrada del patio supervisando que nadie se quedara a la zaga. Tenía el ceño fruncido y se limitaba a hacer gestos con las manos hacia fuera como un controlador de tráfico. Pasamos por su lado con la cabeza gacha, sin mirarle, y fuimos directas a la única esquina del patio donde daba la sombra, aunque todas las sillas de plástico ya las habían cogido otras mujeres. Los dibujos pintados en los muros parecían escurrirse por el calor y sentí que la ropa me asfixiaba.

—Te ayudaré con la niña —se ofreció Esme mientras nos reclinábamos sobre la pared.

—¿Qué? No, Esme, yo…

—Con la tarta, digo —me cortó antes de que empezara a quejarme—. Tengo contactos en la cocina. En el taller de panadería estarían encantados de hacerle un bizcocho a la peque, con chocolate, y seguro que te saldrá mucho más barato que si pides una instancia. De aquí a que te traigan algo pueden pasar uno o dos meses, si tienes suerte.

«Y no me queda ni un mes», pensé con un nudo en la garganta.

—En realidad no iba a darle una tarta. No sabría cómo. Bueno, ella lo olvidará enseguida, así que da igual.

—Los niños no olvidan, bonita. No olvidan ni su primer castigo, ni su primera torta, ni su primera promesa. Solo callan.

Esme echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, como si así lograra escapar del calor. Sabía que no esperaba una respuesta. Dejó salir todo el aire que contenía, como un globo que se desinfla, y cuando volvió a abrir los ojos fue para buscar la caja de tabaco que guardaba en el bolsillo.

—¿Quieres?

Hice un débil gesto con la cabeza, aunque sí quería. Quería, pero no podía; quería, pero Esme los iba a necesitar más que yo. Sabía que si fumaba era porque no podía más, ya que normalmente se guardaba los cigarros para trapichear con ellos y conseguir tarjetas para llamar a su familia. Una familia que la esperaba al otro lado del teléfono con lágrimas en los ojos por escucharla hablar.

En mi caso, mi única familia iba a ser arrancada de mi lado en unas semanas y no tenía forma de detenerlo. Las lágrimas que había estado conteniendo frente a la guardería volvieron a aflorar y ardieron sobre mi piel. Me froté los ojos, aunque no fui lo suficientemente rápida para que Esme no lo notara. Alzó las cejas.

—La peque se hace mayor, ¿eh? —murmuró después de darle una calada al cigarro.

El nudo en mi garganta se incrementó y sentí que me desplomaba. Estaba cansada de fingir que no me importaba, que no me moría de miedo.

—Es egoísta que no quiera que crezca, ¿verdad? —Dejé que mis ojos se perdieran en los muros del patio—. Es egoísta que quiera que se quede conmigo, aquí, creciendo rodeada de muros y rejas. Fue egoísta traerla en primer lugar.

Esme se irguió y se colocó frente a mí. Su mirada era estoica, como si fuera a regañarme. En aquel momento no me extrañó nada de lo que se contaba sobre ella. Esme era madre dentro y fuera de la cárcel, y era madre para todas: sabía cuándo dedicarnos las palabras más dulces y cuándo necesitábamos escuchar verdades dolorosas.

Por su mirada, supuse que este era el segundo caso.

—Fue supervivencia, no egoísmo. No podías dejarla atrás.

—Claro que sí. Al principio pensé que era lo mejor para las dos, que no sería mucho tiempo, que necesitaba crecer al lado de su madre… Pero hubiera estado con Hugo en una casa normal, pudiendo salir a dar un paseo cuando quisiera, sin megafonía ni controles ni…

—Oh, espera, ¿lo estás diciendo en serio? —Frunció el ceño y dejó caer la ceniza del cigarro antes de cruzarse de brazos—. ¿La dejarías con ese cabrón?

—Esme, él no es…

—Aza, cariño, tengo unos cuantos años más que tú y no soy tonta, ¿entiendes? Sé de qué madera está hecho ese tal Hugo tuyo, lo veo cada vez que vuelves destrozada de sus visitas. —Negó con la cabeza—. Y ahora qué, ¿vas a permitir que ella sea la próxima en llegar a casa con moratones?

Le sostuve la mirada e intenté que no se notara el temblor de mi voz.

—Él nunca… —Tragué saliva y cerré los ojos un segundo, como si así lograra poner en orden mis ideas. No, mis ideas no: mis emociones. Eran ellas las que cobraban vida y se revolvían en mi pecho, atacándose las unas a las otras para ver cuál conseguía más espacio, cuál lograba destrozarme más—. Él no le haría nada a Beth, estoy segura. Él no es así…, no es como piensas.

—Aza…

—Nos va a sacar de aquí. —Apreté los puños sin darme cuenta, aferrándome a unas palabras que ni siquiera creía reales—. Me lo prometió el día que entramos y desde entonces se está desviviendo para encontrar una manera de acortar este infierno. Y Beth…, Beth estará bien con él.

Beth no tenía todavía ni la voz ni el carácter suficiente para hacerle enfadar.

Esme dejó que el humo se escapara entre sus labios y cambió su peso de una pierna a la otra.

—Ese es tu plan entonces. Dejar que pasen los días y darle la niña al hombre de las amenazas.

—¡No me ha amenazado!

Dio un paso hacia delante; su cara estaba a unos pocos centímetros de la mía. Estiró el cuello para mirarme a los ojos, tensa, y apretó los labios como si estuviera conteniéndose para no soltar todo lo que se le pasaba por la cabeza. La forma en la que me miraba era suficiente para hacerme callar. Soltó el aire despacio, haciéndose más pequeña. Su voz fue solo un susurro:

—Aprende que las amenazas no son solo palabras y que las heridas no son solo golpes, Azahara. Quizás entonces te des cuenta de todas las mentiras que te estás repitiendo cada maldito día.

—No sabes nada de mi vida —le solté mientras apretaba los dientes.

En su rostro se formó una sonrisa ladeada.

—No habrías dicho lo mismo hace cinco minutos. Lo que pasa es que te enfada que tenga razón. —Retrocedió y dio una nueva calada al cigarro—. Pero está bien, dejaré que sigas pensando lo que quieras. Allá tú. Pero hay algo por lo que sí sé que andas bastante preocupada, ¿verdad? ¿Qué harás cuando Beth se vaya?

Parpadeé, sin entender muy bien su pregunta.

—¿Qué?

—Dinero, Aza. Pasta, peculio, parné. Aquí Beth tiene la comida mínima cubierta, una cuna donde dormir cada noche y una guardería donde mantenerla ocupada por las mañanas. Pañales, toallas, mantas. Un peluche si te toca un funcionario majo. Incluso tiene ropa, algo que no pueden decir todas. Todo desaparecerá en cuanto vuelva a la calle y no dejarán que nada salga de aquí dentro. ¿Tiene Hugo eso en casa? —Mi rostro palideció al instante—. No te ha dicho nada, ¿verdad?

Sí, sí me lo había dicho. Vendió la cuna y los juguetes de Beth a los tres meses de entrar en prisión pensando que así conseguiría algo de dinero para cubrir la fianza. Una vez fuera veríamos qué hacer, pero lo que más le preocupaba era sacarnos de ahí. No llegué a ver nada de lo que ganó, pero él seguía trabajando para ayudarnos. Me lo prometía cada día.

Tragué saliva. Seguro que Hugo había pensado en eso. Él era el primero que me preguntaba por Beth siempre que nos encontrábamos.

—Estuvo ahorrando para…

—Para lo que sea, sí, eso es lo que dicen siempre. «Dame lo que has ganado pa’ que lo ahorremos, tranquila que ya me encargo yo» y al final tú no ves ni un céntimo. ¿Te suena? —Golpeó el cigarro para dejar caer la ceniza —. Aza, cariño, vas a tener que empezar a moverte si de verdad quieres pasta.

—Ya lo hago. Me apunté al curso de cerámica, y con lo que venda…

Esme chasqueó la lengua y negó con la cabeza.

—No, así no te llegará ni para un paquete de pañales. ¿Sabes lo que puedes hacer? —Miró de reojo hacia el patio para asegurarse de que nadie nos escuchaba y se acercó a mi oído—. Vende pastillas. Ahí está la clave. Fácil, rápido y seguro. No sabes la cantidad de personas que pagan por olvidar.

—¿Pastillas?

—Somníferos, relajantes, esas cosas. Los médicos tienen fichados a los que se pasan de listos pidiendo, pero tú eres más inocente y más buena que el pan, así que te darán todo lo que quieras. Solo tienes que aprender a regatear.

Me quedé con los pies clavados en el suelo sin saber qué decir.

—¡Chicas! —Gabi entró de golpe al patio sujetándose el vientre con una mano y la falda del vestido con la otra. Nunca la había visto sonreír tanto.

Esme dio una última calada al cigarro antes de tirarlo al suelo y apagarlo con el pie. Miré a Gabi. Si me centraba en ella, en lo bonita que se veía con esa sonrisa y esa fuerza, quizás olvidara que eran mis últimos días con Beth, que Hugo se haría con ella, que no había dinero, que tenía que conseguirlo aunque tuviera que mentir a la cara a quien me mantenía presa. Que se lo debía, se lo debía, se lo debía.

—¡Pero qué guapa que viene mi niña! —exclamó Esme, abriendo los brazos para rodearla con ellos. La expresión le había cambiado en medio segundo—. Pero ¿tú no venías del abogado? Parece que te haya tocado la lotería, chiquilla.

—Me ha dado buenas noticias —respondió, incapaz de esconder su entusiasmo. El camino de vuelta al módulo parecía haberle dejado sin aliento —. Muy buenas noticias.

—No hace falta que lo jures. —Esme soltó una carcajada y pellizcó la mejilla colorada de Gabi como si también fuera su hija.

—Me voy en tres meses, chicas. —La voz se le quebró con la última palabra. Se mordió el labio en un vano intento de contener las lágrimas, pero, por primera vez, su llanto estaba cargado de esperanza—. Tres meses. Con suerte, el peque solo pasará un mes aquí y luego…, luego… —Se tapó la boca con una mano para contener la emoción, pero sus hombros no dejaban de encogerse.

—Dios, Gabi, es una noticia buenísima. —Noté el pinchazo en el corazón que venía con cada alegría ajena. Se acompañaba siempre con el sabor agridulce de la envidia ardiéndome en la garganta—. ¿Cómo has…?

Gabi se apartó una lágrima del ojo.

—Mi abogado consiguió que revisaran el caso porque no coincidía con mi testimonio y se dio cuenta de que se habían traspapelado mis datos con los de mi… compañero, Eric. —Tragó saliva, pero no consiguió borrar el recuerdo del chico que la animó a vender su cuerpo para luego vender también su droga. Sacudió la cabeza antes de seguir—: Hubo un fallo con la cantidad de gramos de cada uno, y teniendo en cuenta mi historial y mi comportamiento aquí dentro…, me han reducido la condena. Seré madre en la calle, chicas. Volveré a ver a mi familia y… Joder. —Se secó las lágrimas deprisa, ensanchando todavía más la sonrisa—. Me voy a casa.

Fue como si realmente estuviera anclada al suelo y alguien hubiera soltado las cadenas de sus tobillos.

Esme tenía los ojos húmedos, como cada vez que se emocionaba. Se acercó a Gabi y la rodeó con un brazo, con cuidado de no chocar contra su vientre.

—¡Mi niña! —dijo una vez separadas—. No sabes lo mucho que me alegro, corazón. Te lo mereces más que nadie.

Ella sonrió y bajó la vista hacia su barriga.

—¡Eh, el pelotón del fondo! —Las tres nos giramos; don Francisco nos miraba desde la entrada del patio haciendo visera con una mano—. ¡Ya basta de manoseos! ¡A un metro de distancia todas! —Y todas dimos un paso hacia atrás como robots; algunas con miedo, otras con los ojos en blanco—. ¡Eh, tú! —Se giró hacia Vanesa, que se entretenía balanceándose sobre una de las sillas—. ¿De qué te ríes? ¿Acaso quieres un parte? No me toques las pelotas o…

Gabi y Esme le dieron la espalda, las dos conteniéndose para no saltar sobre él.

—Y luego los maleducados somos los de dentro —soltó Gabi, frunciendo el ceño.

—Solo tres meses —le recordé, contagiándole la sonrisa—. Tres meses y ya no podrás decir eso.