Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 65 de 68

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Presas

Capítulo 65. Leire

Leire

 

Fue uno de los años más difíciles y más grandes de mi vida. De esos que sientes que te hacen crecer a pedradas, de esos en los que llegas a rastras a la línea de meta. Pero llegas. Aprendí que nada duraba para siempre: ni un juicio, ni un castigo, ni el dolor. Aprendí que amar empezaba por amarse a uno mismo para darse a los demás. Y dejar que doliera. Permitir que las historias de otros te dejaran cicatrices; volverse de piedra en un mundo tan frío era demasiado fácil. Aprendí que no había opuestos. Que «vivo» no era siempre lo contrario de «muerto». Que «culpabilidad» e «inocencia» podían ir de la mano. Fue un año de desgarrarse, un año de reconstruirse. De volver a encontrar calma en los brazos de mi madre, de convertir a extraños en amigos, a amigos en extraños. De empezar a tender la mano a los demás para poder tendérsela a la parte más rota de mí.

Me lo advirtieron. La vida seguirá para ti, la Tierra seguirá rodando, pero ellos estarán dentro, tú te quedarás fuera. El final del voluntariado debía ser como el principio. Pero nada era igual.

Estaba en la misma clase, bailando ballet, pero mis pies recordaban el baile que protagonicé en el patio de la cárcel, no la coreografía del grupo. Estaba en mi casa, en mi habitación, pero ahora el poder abrir la puerta y no encontrarme un muro, el abrir la ventana y sentir el aire, se habían vuelto regalos.

—Sigues dándole vueltas, ¿verdad? —dijo mi madre, dejando caer la cuchara a mitad de camino. La resolución del juicio la había dejado mucho más tranquila, pero seguía alerta a todos mis días tristes. A los días en los que el nombre de Azahara protagonizaba las comidas familiares, a las noches en las que miraba a la gente de la calle esperando encontrarme un rostro conocido. A los días grises. A los días con rejas—. Cariño, después de todo lo que pasaste…, tienes que apartar el tema de una vez. Olvidarte.

—Es difícil. —Hice un mohín mientras contemplaba una de las cicatrices de mi muslo, aunque hacía tiempo que había dejado de doler; las heridas que más ardían eran invisibles—. Necesito hablar de ello. Necesito que la gente vea lo que yo vi, que entiendan…

—No eres la defensora de nadie, Leire. —Mi madre miró a mi hermano con tensión, como si estuviera dando un discurso de odio y temiera que él saltara. Pero era él quien más acostumbrado estaba a oírme. Era el único que me escuchaba—. Olvídalo, punto. Estamos hablando de presos, por el amor de Dios.

—Estamos hablando de personas, mamá —insistí—. ¿Es que no has pensado que un día saldrán de la cárcel? ¿Ves? Se te pone la cara blanca solo de pensarlo. ¿Sabes por qué? Porque te da miedo. Porque algo está mal. Porque la cárcel debería servir para reinsertar a las personas, no para destruirlas. Pero cuando salen, la sociedad no recibe a alguien a quien se le ha dado la oportunidad de empezar de cero, de ser mejor persona. Vuelven maltratados, solos, apartados de su familia, enfermos, sin oportunidades. Normal que sientan que su única salida es delinquir.

—¿Y piensas que con tus discursos cambiará algo? —No me miró, impaciente por acabar la conversación.

—Pienso que harán más que si me quedo callada. Alguien podría escucharme. Abrir los ojos.

—O alguien podría odiarte porque uno de esos presos a los que defiendes le destruyó la vida. —Se volvió hacia su plato, molesta. Dani aprovechó para subir el volumen de la televisión, como si así pudiera callar a mi madre—. ¿Crees que a ellos les valdrá la excusa esa de «son personas»? ¿O la de «cometieron errores»?

Bajé la vista y le pegué un mordisco a mi comida; en parte porque no tenía nada que contestar y en parte porque sabía que tenía razón. Mi mente volvió a las trincheras, a esa constante guerra entre lo que era la cárcel y lo que debería ser. Entre lo que yo había presenciado y lo que no. Entre lo que sabía y lo que desconocía. Entre ellos y yo.

Sentía que un día explotaría.

Por eso, para no hacerlo, comencé a escribir. Lo hice como había visto que lo hacía Azahara: entre clase y clase, en cada descanso, en una pequeña libreta, con las líneas torcidas y muchos tachones. Intenté encontrarme en mitad de aquel caos. Intenté encontrarme entre las letras, entre los gritos de casa y los gritos de la calle, entre el recuerdo de las rejas. Intenté encontrarme dentro de cada «deberías» y cada «tienes que».

«Deberías pasar página».

«Tienes que olvidarlo».

Así que empecé a pasar las páginas de mi propia libreta y a olvidar todo lo que me hacía daño, como hizo Azahara. Empecé a escribirme cartas, cartas a una Leire que no podía leerlas. Me manché las manos de pintura amarilla.

Escribí la historia que no quería olvidar.

Acepta que esta experiencia te enseñó algo que no querías

saber —me decía—. Acepta que este dolor y esta lucha, y el dolor y la lucha de otros, es parte de esta vida. No le tengas miedo. No temas estar confusa, no temas querer a quien otro odia. No des la espalda a quien no tiene a nadie. Acepta que les llevará un tiempo deshacerse del monstruo que vive en su pecho; igual que a ti. No olvides sus nombres. No olvides su historia. No son solo un recuerdo; están vivas, están luchando, están ahí. Existen. Sueñan, sufren. Igual que tú. Igual que todos.

Algunas personas sobreviven y hablan de ello. Algunas se

refugian en el silencio. Algunas crean y el arte convierte su dolor en catarsis.

Y algunas, como Azahara, enseñan a otros cómo sobrevivir. Nos veremos en la calle. Tendrás a Beth en tus brazos y una

mano sin alianza. Tendrás esperanza en los ojos y una historia que contar al mundo. Tendrás vida, Azahara.

Nos volveremos a encontrar. Algún día. Y hoy marca un día menos.

 

FIN