Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 39 de 68

Páginas del PDF

Presas

Capítulo 39. Azahara

Azahara

 

No había encontrado aún mi lugar seguro.

En el chabolo todavía estaba la cuna, con las sábanas rosas revueltas y un póster de Winnie the Pooh colgado. Los juguetes seguían desparramados sobre el suelo como si Beth fuera a entrar por la puerta en cualquier instante para pedirlos. El biberón seguía frío sobre el escritorio. Era una habitación demasiado pequeña para huir de ella, pero bajar al patio del módulo, con los demás niños y las demás madres, no era mejor opción.

El único refugio que encontré fue mi cama, pegada a la pared. Si daba la espalda al resto del chabolo, podía imaginar que estaba en cualquier otro sitio. En mi antigua habitación en la casa de mis padres, con la música del momento y todo cubierto de pósteres. O en la habitación que compartía con Hugo en el piso, aquella que decoramos juntos cuando todo estaba bien. Cuando solo había ilusiones y sueños.

Pero no. Estaba en la cárcel.

Lo recordé en cuanto abrieron la puerta dos segundos después de llamar, sin esperar a que yo respondiera. El aire arrastró un intenso olor a sudor frío. Me di la vuelta despacio. Don Francisco me miraba desde el centro de la habitación, con las manos en los bolsillos de su uniforme. Tenía el pelo engominado y la barba más poblada que la última vez que le vi.

—¿Viene a trasladarme? —murmuré. Él dejó entrever los dientes al sonreír.

—No. —Se sentó en el borde de mi cama, lo que me obligó a encogerme más sobre mí misma. No quería tocarle—. Quería comprobar cómo estabas.

No me creí ni una de sus palabras.

—¿Sabe algo de Beth?

—Nada que pueda decir. Pero puedo mentirte si lo prefieres.

—No, gracias.

Cerré los ojos con fuerza, esperando un escarmiento. Ya ni siquiera podía imaginarme una razón, pero algunos funcionarios no la necesitaban.

Don Francisco no se movió. Noté el peso de su cuerpo hundiendo el colchón y oí su respiración, ronca y agitada.

—Podrías salir a ver cómo está por ti misma —dijo.

—No juegue conmigo, señor. No tengo tiempo para eso. —Cerré los ojos, anticipando la bofetada que me había ganado con mi arrogancia, pero don Francisco solo rio.

—Azahara, no estoy jugando. Solo quiero hacerte un favor. He visto a muchas madres como tú y sé lo duro que es despertarse sola después de ver cada mañana a tu hija durante tanto, tanto tiempo. Sé lo mal que lo pasan por culpa de las dudas. Aunque, claro, la mayoría están en tercer grado y cuentan ya con permisos, pero no es tu caso, ¿verdad que no? —Esas palabras, de alguna forma, dejaron el mismo ardor en mi mejilla que una bofetada—. Podría solucionarlo.

Me erguí y me senté sobre la cama con las piernas cruzadas. Aún notaba la marca de la dura almohada sobre la mejilla.

—¿Qué quiere decir?

—Soy el jefe de servicios. Mi palabra está por encima de la de cualquier otro a la hora de evaluar el módulo. Si digo que te den un permiso de fin de semana para ver a tu hija, nadie puede ponerme pegas. Nadie.

Parpadeé.

—¿De verdad usted…? —Me puso un dedo sobre los labios para callarme.

—Quid pro quo, Azahara. Antes tendrás que hacerme un pequeño favor.