Presas
Capítulo 24. Azahara
Azahara
En las cárceles se veían salir muchas bolsas negras.
Era una analogía perfecta. Nosotros éramos la basura. Y de entre toda la mierda, los que no tenían ni siquiera el poder de sobrevivir al mono, los más débiles, eran los más fáciles de hacer desaparecer sin explicaciones. Casi era una alegría para el centro: un gasto menos del que ocuparse, una boca menos que alimentar y menos medicamentos de los que hacerse cargo. Casi podía imaginarme cubriendo sus caras cenizas con la bolsa sin ni siquiera dignarse a aprenderse su nombre.
Pero entonces recordé que yo nunca aprendí el suyo.
Y aun así lo vi. Lo vi con las piernas y los brazos arqueados en una posición imposible y un charco de sangre aún caliente bajo su cuerpo. Vi las esquirlas de vidrio que habían quedado enredadas en su pelo y el dibujo que ilustraba su camiseta, ahora lleno de mugre. Todavía tenía los ojos abiertos y miraba al cielo como si aún tuviera la esperanza de ser salvado, pero los únicos fantasmas a su alrededor fueron el reflejo de las luces azules y rojas que parpadeaban desde el coche de policía.
Y siguió mirando, ya sin vida, y seguí mirándole, sin aliento. Todo eran voces y llantos y gritos, pero yo no sentía nada. No veía nada. No entendía nada.
Hasta que lo cubrieron con una de esas bolsas negras. Igual que a su acompañante, una niña de su edad que había muerto —ella con los ojos cerrados, porque desde que nos vio supo que no iba a sobrevivir— a solo unos metros de distancia. También la habían tapado, pero aún se veían sus pequeños dedos asomando por una esquina, igual que la punta de una de sus coletas, con los mechones de pelo llenos de sangre. Aquella noche era tan oscura que casi podía imaginarme que era tinta. Los llantos de los familiares en cuanto llegaron y las luces de la ambulancia me parecían tan etéreos que costaba creer que no fuera un sueño.
Una puta pesadilla.
El policía que me agarraba de las muñecas tras la espalda me obligó a volcarme sobre la capota de su coche. A apoyar la mejilla en la superficie. El hilo de sangre caliente que caía desde mi sien acabó su viaje en mis labios. Desde ahí, y mientras era forzada a mirar a los cadáveres, me cegaron con el flash de una cámara. Esa fue mi noche: ecos, llantos, luces, vacío, cristales. Cuando todo pareció enfocarse de nuevo, cuando mi mundo dejó de dar vueltas, solo vi dos cosas.
A Hugo hablando con los policías, con los rizos oscuros pegados a la frente por el sudor, los ojos llorosos y un tic nervioso en las manos. Cuando me miró, sonreía. Como si no tuviera a un adolescente muerto a sus pies. Como si no fuera su coche el que tuviera la huella de esos chicos. Como si aquella noche no nos hubiera destrozado la vida.
Y a las bolsas negras. Pasaron horas, días y meses y no hubo una sola noche en la que no las viera; la forma de sus cuerpos perfectamente marcada bajo las sombras.
La primera vez que me mandaron como ordenanza a recoger la basura del módulo, me quedé paralizada. Fue como si todos los recuerdos hubieran estado esperando en mi pecho para desgarrarme en el momento en el que las volviera a ver. Esmeralda fue la única que estuvo ahí para escucharme, pero mi testimonio no pareció sorprenderle.
—Míralo así, Azahara: sobreviviste a la guerra de aquella noche. Ahora solo te queda sobrevivir al trauma.
Nunca me dijo que fuera fácil.
Tuve que apoyar casi todo mi cuerpo sobre Leire para que no se me doblaran las rodillas. Después de lo que había visto en la enfermería, la joven tenía el rostro tan descompuesto que Helena no supo cuál de las dos necesitaba el apoyo de quién.
—Azahara —repitió Leire, como si intentara devolverme al presente—; Aza, tranquila. ¿Te encuentras bien? ¿Necesitas que llamemos a alguien?
Noté un pinchazo agudo en el estómago, justo donde Marina me había golpeado. Intenté cubrirme el abdomen con el brazo mientras la mano de Leire iba directa a mi rostro. Me apartó el flequillo de la cara para que viera mejor y pasó un mechón de pelo tras mi oreja, dejando a la vista las huellas de mis heridas. Cada mañana eran un poco más pequeñas, pero todavía se notaba la diferencia de color entre la palidez de mi piel y el amarillo verdoso de los hematomas.
Me erguí enseguida, alejándome de ella con un movimiento brusco.
—No. —Apreté un poco más fuerte mi costado. Si pensaba en aquel dolor, si concentraba toda mi fuerza en mi estómago, los recuerdos no podrían herirme—. Quiero decir, sí, estoy bien. No llames a nadie.
—¿Te duele la barriga?
Bajó la mirada a mis manos. Sacudí la cabeza.
—Tengo hambre —mentí—. Esta mañana no me ha dado tiempo a desayunar, y… creo que me ha dado un bajón.
—Yo me encargaré de que llegue bien al módulo, Leire. —Esme salió del grupo de madres y se acercó a nosotras, mostrando seguridad con cada paso. Siempre parecía tenerlo todo bajo control—. Tú ve y ayuda a Helena.
—¿Estaréis bien?
—Tengo unas cuantas galletas guardadas en el chabolo para emergencias como estas. No te preocupes.
Ella frunció los labios, pero asintió. Incluso yo pude leer en su expresión que lo último que le preocupaba era el bajón de azúcar, que sabía que había algo más, pero no quería preguntar. Quizá por miedo o quizá porque le habían enseñado a no creernos.
Esme me obligó a dar media vuelta, dándole la espalda a las manos de Helena. Aún sujetaba las bolsas de basura.
—No mires —murmuró—. No son ellos.
Ella tampoco quiso mirar porque no había ni un solo preso inmune a ese recuerdo.
En las cárceles se veían salir muchas bolsas negras. Y todas, absolutamente todas, llevaban cadáveres dentro.