Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 35 de 68

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Presas

Capítulo 35. Nina

Nina

 

 

Aún intentaba deshacerme de toda la heroína que invadía mi cuerpo, pero no quería. No podía más. El mono había empezado dos días antes, encerrada en la celda, y ningún arañazo o grito había bastado para calmarlo. Todavía tenía la piel de gallina y notaba el martilleo de mis latidos en las sienes, que me recordaba todo lo que fallaba.

Estaba rota. No podía vivir con ella, no podía vivir sin ella. No quería vivir sin ella.

Tendría que dar gracias por aún conservar la memoria y no ser simplemente una muñeca vacía. Así podía recordar cada sacudida, cada vómito, cada herida que la heroína me había provocado. Todo ese dolor. Toda esa mierda. Tenía que huir de ella, pero la alternativa no era mucho mejor.

Vomité detrás de una de las macetas del vestíbulo y me quedé ahí, temblando, tratando de callar mis latidos. ¿Por qué lloraba? Joder, no estaba triste. Estaba desesperada. Necesitaba sacar todo lo que me dolía —todavía no sabía si hablaba de la droga o de su ausencia—, y quizá las lágrimas eran otra forma de conseguirlo.

Aunque llorar nunca aliviaba nada. Y cortarse tampoco. Mi cabeza daba vueltas y vueltas a lo mismo, como una estúpida pelota que cae una y otra vez en la misma ranura. Solo pensaba en cuatro cosas: el dolor mudo en mi abdomen, la velocidad con la que respiraba, la heroína, Lucio, la heroína, la heroína, la heroína, Lucio, la heroína. Joder.

Recordar ayudaba un poco. Me hacía sentir asco y vergüenza de mí misma: igual que lo que debió sentir Lucio la última vez que me vio. Había memorizado la forma en la que me agarraba del pelo cuando vomitaba, la manera en la que mis manos subían por su camisa, desabrochándole los botones, y mis labios se entreabrían para rogarle más droga. Quería recordar cada puta palabra que solté en los momentos de ira. A él, a Silvia, a todo el que se me acercara. Quería grabar cada segundo en mi mente. Cada chantaje, cada insulto.

«Te gusta verme sufrir, ¿verdad, Lucio? Quieres que te suplique, quieres que sea solo tuya. Adoras verme desesperada. Deja de castigarme. Ayúdame, joder. Ayúdame. Vámonos. Huyamos. Dame los putos polvos».

No quería ser esa persona nunca más. Esa fue la razón por la que Lucio me dio la espalda en cuanto llegó la policía, la razón por la que dejó de esperarme en la calle. Me había dejado sola y, en aquel instante, pensé que la droga era lo único que me quedaba. Lo único que me ayudaba a pasar las horas.

Tardé demasiado tiempo en darme cuenta de que me las restaba. Y ahora tenía que pagar su precio.

No podía aguantar más.

Dos días. Solo habían pasado dos putos días.

Me levanté abruptamente en cuanto oí el sonido de la puerta corredera, pero las rodillas me cedieron. Ahogué un grito. Mi cuerpo se sentía pequeño, débil, torpe. No tenía fuerzas ni para mantenerme en pie.

Pero no iba a esconderme más. No tenía razones. Me habían dado permiso para visitar el economato, y eso es lo que iba a hacer: ir al puto economato del módulo 18. Una parte de mí se preparaba para huir, para salir disparada a algún sitio donde la voz se callara y me dejaran pudrirme en paz. La otra aún era tan ilusa como para creer que en la enfermería realmente me estaban curando. El mono de la metadona nunca fue mejor que esto.

La puerta del pasillo se abrió del todo y yo no hice nada.

Una de las voluntarias de la escuela de verano cruzó el vestíbulo con el rostro y el escote acalorados. Se paró en medio del área, justo delante de una bifurcación, y aprovechó para recogerse el pelo en un moño alto. No me había visto, pero yo no tardé en reconocerla.

Mierda.

Mierda, joder, ¿tenía que ser ella?

Se me hizo un nudo en el estómago, pero ya era tarde para marcharme. De todas formas, no era yo quien estaba en el lugar equivocado. No era yo quien tenía que huir.

Leire pegó un brinco en cuanto di el primer paso hacia delante.

—Dios, qué susto me has… —La mano que se había llevado al pecho se fue deslizando por su cuerpo al verme—. Ana.

No fue un saludo. Fue una especie de confirmación, como si quisiera asegurarse de que no estaba alucinando. Ojalá. Ojalá pudiera desaparecer con la misma facilidad con la que desaparecí de su vida, ojalá pudiera saciar la sed de heroína con un chasqueo de dedos. «Quiero dejar de ser, quiero irme, quiero que me deje en paz».

—No me llames así —espeté. Apreté los puños para intentar controlar los temblores y miré en dirección contraria.

—¡Espera! Por favor, no te vayas. Ana…, yo… necesito hablar contigo.

Y yo necesitaba droga. Necesitaba dinero. Necesitaba una vida que nunca iba a tener, así que Leire podía ir acostumbrándose a no conseguir lo que supuestamente necesitaba.

—¿Has olvidado ya lo que dije la última vez que nos vimos? Que me dejaras en paz. Que te largaras.

«Que iba a matarte».

Lo peor fue recordar que de verdad lo pensé. Que en aquel momento fue todo lo que se me ocurrió, que el rostro angelical de la pequeña Ricitos de Oro me pareció una broma de muy mal gusto, una manera de recordarme lo bajo que había caído. No quería que nadie me buscara, que nadie me reconociera, que nadie me viera.

—Esa no eras tú.

—No tienes ni idea de quién soy, Leire. Deja de intentarlo.

Deja de mirarme.

Deja de buscarme.

Déjame.

En.

Paz.

Cuando di el primer paso hacia la puerta, deshaciendo todo el camino que había recorrido hasta entonces, su mano rodeó mi brazo, tan delgado que sus dedos podían rozarse. Temblaba tanto que por un momento se lo contagié.

—Escúchame, ¿vale? Solo dos minutos.

Me zafé de su brazo, pero no me moví.

—¿Has venido hasta aquí para buscarme?

—No, tengo que ir al módulo a recoger a unas internas y…

—No digo ahora. A la cárcel. ¿Has entrado para buscarme?

Ella se mordió el labio.

—No…, no exactamente. Es complicado. Necesitaba entrar y necesitaba verte.

Otra vez ese estúpido «necesitaba». Leire tenía que poner en orden sus prioridades.

—Pues ya me has visto. Ahora déjame en paz.

Pero su mano agarró mi muñeca. Los temblores se intensificaron y se extendieron de mi estómago a todo mi cuerpo. Tenía la garganta seca, la mente saturada por una única palabra: heroína, heroína, heroína. La voz de Leire chirrió como si estuviera arañando una pizarra:

—Quería pedirte perdón —dijo. Como si eso solucionara algo. Como si eso cambiara algo—. Quería verte y decirte que estoy aquí, contigo, no solo al otro lado de los muros. Quería compensar de alguna forma todo lo que…, todo lo que no vi. Lo que no hice.

Miraba al suelo y se azotaba con una goma de pelo que llevaba en la muñeca. Igual que siempre que le tocaba salir a presentar algo en clase, igual que todos las noches en su casa, con pijamas que nos venían grandes y gofres de chocolate para cenar, en las que nos confesábamos los secretos que habíamos guardado durante meses como si fueran tesoros. Seguía actuando igual que si fuéramos las niñas de siempre. Quizás ella tuviera la suerte de serlo.

—¿Por qué miras al suelo? —le dijo la Ana de diez años con restos de chocolate en las comisuras—. Te estoy hablando, Lorelei.

—No me hables así o empezaré a llamarte Ana María. Ana Mari. Ani Mari…

Intentaba sonar amenazante, pero se le escapaba la risa.

—¡Vale, vale, lo he pillado! Pero ¿ves? Ahora sí me miras. ¿Por qué?

—Es más fácil contar secretos cuando crees que nadie te escucha — murmuró. Cogió la goma de su muñeca y empezó a tirar de ella, pegándose pequeños latigazos.

—Pero soy tu amiga, Lei. Tu mejor amiga. —Hice tintinear el absurdo colgante que compartíamos por aquellas fechas, el que no tardó en perderse por alguna tubería—. No se lo contaré a nadie, prometido. Y a cambio de tu secreto, yo te contaré uno mío, ¿vale?

—Entonces ya no serán secretos.

—Bueno, pero ya no molestarán tanto. Además, ¿qué gracia tiene un secreto si no lo sabe nadie? Eso es muy aburrido. Y tú no eres aburrida, Lorelei.

Me lanzó una mirada asesina al escuchar ese mote.

—Vale, vale. Pero será un secreto de mejores amigas, ¿me lo prometes? —Estiró el dedo meñique hacia mí—. Promételo, Ana.

—Prometido. —Enlacé su dedo con el mío—. Eh, pero ahora me miras, ¿vale?

—Vale. —Cogió aire, dejando que los tirabuzones que escapaban de sus coletas se deslizaran por sus hombros—. ¿Recuerdas la célula de plastilina que tuvimos que hacer para ciencias? Esa en la que la profe me puso un diez. Bueno, pues… no la hice yo. Dani rompió la mía, así que mamá me prometió que me haría una nueva para que no me suspendiera.

Puse los ojos en blanco.

—¿Y tan malo ha sido decirlo?

Las mejillas de Leire se volvieron del tono rosa de su pijama. Me dio un empujón con ambas manos, lo que hizo que me tambaleara sobre mi cojín.

—¡Va, venga, te toca a ti!

—Vale, voy, voy. —Me erguí y la miré a los ojos. A las pupilas, al negro que reflejaba mi imagen, mi sonrisa torcida, mi falsa valentía. Solo era una niña, pero sabía que había secretos que pesaban mucho más que otros. Por eso soltarlo fue como librarse de una pequeña gran carga. Demasiado pequeña aún—. Mi madre se ha ido de casa. Hace unos meses, en realidad, pero era aburrido que solo lo supiéramos papá y yo. Él me ha dicho que mamá no va a volver, que está lejos, muy lejos. —Seguí contemplando sus ojos, seguí sonriendo, como si así consiguiera contener las lágrimas. Pero tenía diez años. Tenía diez años y llevaba demasiado sin saber lo que era una familia—. Ya la echo de menos, Lei.

Aquella noche aprendí que parecías un poco más fuerte que tus problemas cuando eras capaz de contarlos mirando a los ojos a otro. Porque significaba que no escondías nada. Que tú eras la víctima, no la culpable. No tenías nada que temer, no tenías culpa ni remordimientos; solo dolor. Solo.

Pero Leire siempre miraba al suelo porque no podía decir lo mismo de ella. Aún ahora, casi nueve años después.

«Bien. Cuéntame tu secreto, Lei», pensé.

—Querías pedirme perdón —repetí, intentando no reírme. Era absurdo. Era estúpido—. No te engañes así, anda. Siempre te ha gustado vestirte de santa e ir por ahí curando a los demás como si fueras su salvadora. Por eso has venido: para alimentar tu querida autoestima y tu querido ego, para convencerte de que una vez me digas esto ya no tienes culpa de nada.

El rostro de Leire se volvió blanco como la cera. Me di media vuelta otra vez, decidida a marcharme. No quería recordar nada más. Ya no era Ana, y ella seguía siendo la misma Leire con el halo sobre la cabeza que creía que su misión en el mundo era iluminar el camino de los demás. Todos la adoraban, la admiraban, la querían. Ella siempre lo había tenido fácil.

No quería saber nada más de ella.

—¡Ana! —Me sujetó el brazo, obligándome a mirarla—. Ana, no, escucha…

«Cállate, cállate, ¡cállate!».

—¡No, escúchame tú! —Aparté su mano con un movimiento brusco del hombro—. ¿Quieres salvarme? ¿Eso te hará sentir mejor? Bien, pues vuelve atrás, a cuando yo tenía trece años, a cuando mientras tú llorabas porque un tío te había roto el corazón, yo tenía que ver cómo mi padre se pinchaba cada puta noche. Vuelve atrás, al día que él me convenció de que podría ayudar a mi familia si me vendía, si aprendía a negociar. ¿Sabes lo que les hacían a las niñas como yo, las nuevas que aún eran vírgenes? Mientras tú conocías gente que te adoraba, mientras tu círculo de amiguitas crecía y pasabas de curso, a mí me tuvieron encerrada un día entero en una caravana asquerosa con desconocidos follándome uno detrás de otro. Porque así dejaría de tenerle miedo al sexo. Porque así, si empezaba de joven, trabajaría más. Porque a los tíos les gusta que sepas moverte. Y mientras tú te olvidabas de todo, mientras pasabas tus noches estudiando, yo intentaba olvidarme de mi asquerosa vida a base de consumir. Un porro detrás de otro, una y otra vez, todas las putas noches, porque cuando estaba colocada las sesiones dolían menos.

Una pausa para coger aire. Para que el dolor no me matara, para ver cómo su rostro entero se deformaba. No le di tiempo a reaccionar.

—Y cuando mi padre dejó de necesitarme —seguí—, fui yo la que tuve que buscarme la puta vida para conseguir más droga, tuve que venderme más, follar más, consumir más. A mi padre le pilló la pasma, me marché, encontré un tío que me prometió que cuidaría de mí. Solo me utilizó, pero me daba igual. Estaba más segura con él que en el centro de menores. Hasta que él también me dio la espalda. —Cogí aire, con los puños apretados y la mirada clavada en los ojos de Leire. Ahora sí miraba. Ahora que no había forma de esconderse—. Y entonces apareces tú, como si nada, ¿y todavía piensas que puedes salvarme? ¿Tan importante te crees como para pensar que tu perdón lo arregla todo?

Me había vuelto una experta en las risas que solo dolían.

Si guardara más recuerdos de todos los años que compartimos juntas, seguro que podría rescatar una imagen de Leire petrificada tal y como se encontraba ahora: con los labios apretados, los ojos llorosos, aguantando las lágrimas, y la mano en el pecho. Normalmente rompía a llorar y se apartaba para que nadie la viera. O bajaba la mirada. Se escondía.

—Tienes razón. —No esperaba esa respuesta—. Tienes razón —repitió—. No…, no tenía ni idea de todo por lo que has pasado. Pero me enteré de que estabas en la cárcel y me sentí tan… —Sacudió la cabeza—. No, culpable no es la palabra. Quise sentirme culpable porque así tendría una manera de acabar con lo que sentía. Era fácil: entraba y te pedía perdón, como si yo te hubiera metido aquí dentro. Era una manera de mirar los errores del otro y no los míos. Si pensaba en encontrarte, no pensaba en…, en la cárcel. En estar aquí. En quedarme aquí.

Arqueé una ceja. No entendí a qué se estaba refiriendo. ¿No se suponía que era una voluntaria? ¿No se suponía que quería entrar en la cárcel desde un primer momento? Para pedirme perdón, en teoría.

O para intentar mitigar la culpa.

Leire dejó de mirarme y se pasó una mano por los ojos. Aún contenía las lágrimas.

—Quiero que sepas que de verdad quiero ayudarte. De verdad…, de verdad siento todo lo que has pasado. Siento haberte abandonado, siento no haber hecho nada cuando pude…

—Leire, para. —Puse los ojos en blanco. No quería que empezara a rumiar; no cambiaría nada—. Teníamos trece años. No podías hacer nada.

—¿Y ahora? —Dio un paso hacia delante, sin darse cuenta de que su cercanía solo hacía que me agobiara más—. Sé que no has podido entrar en la escuela de verano, pero quiero ayudarte. No sé cómo, pero… —Cogió mi mano, que se veía demasiado delgada y amarillenta entre las suyas—. Una vez prometí estar ahí para ti. Me da igual la edad que tuviéramos, Ana. Quiero estar a tiempo de arreglarlo.

«Ya no soy Ana», pensé. Sentí el corazón taladrándome el pecho, palpitando en mis sienes. Solo quería que me dejara en paz. Que se marchase para que se fueran con ella todos los recuerdos de la vida fácil que pude haber tenido pero nunca tuve. No quería ver en ella todo lo que podía haber sido. No quería su compasión.

Aunque quizás aún podía serme útil.

—¿Quieres ayudarme? —pregunté. Ella asintió.

—Como sea.

—Genial. —Sonreí y me acerqué a su oído—. Escúchame bien, ¿vale? — Noté que la respiración se le cortaba de golpe cuando mis uñas se clavaron en su brazo. No quería que huyera. No todavía—. Necesito heroína, Leire. — Quise sonar segura, pero era inútil. Era una súplica. Era mi última oportunidad—. Solo unos pocos gramos, solo un poquito. La puedes conseguir en el puerto de Ordana de un tío llamado el Rata, y esconderla en la suela de tus zapatos cuando entres porque a ti no te cachean, a ti no te dirán nada y, joder, necesito la puta droga, necesito que todo esto pare…

Mis uñas se hundieron un poco más en su piel.

—Ana, yo no…

—¡Joder! —grité, acercándome a ella en cuanto se empezó a alejar—. No lo entiendes. Este dolor no se irá nunca, y tiene que parar… ¿No querías hacer algo por mí? ¿No querías ayudarme? Pues haz que pare. —Le solté los brazos para llevarme las manos a las sienes—. Solo pido un poco, unos gramos…

Dos putos días.

Había conseguido bajar la fiebre, y los brotes de sudor eran cada vez menos, pero debajo de todos esos síntomas, esa horrible sed seguía latente. Cuando me sentía mejor, cuando me portaba como una señorita y sonreía a los funcionarios, cuando veía la televisión en el chabolo y todos pensaba que estaba bien, la sed seguía ahí, arañando cada uno de mis nervios. Cada minuto. Cada segundo. Cada latido gritaba por un poco más de droga.

—No puedes pedirme eso. No puedo… —Leire titubeó y se alejó con una zancada, pero conseguí frenarla a tiempo.

—Me basta con un porro. Tienes que tener algo por ahí, ¿no? Ahora se ha puesto muy de moda, y estoy segura de que tus nuevos amigos también fuman para pasar el tiempo, ¿verdad? ¿Tienes algo? Cannabis, hierba, maría, caballo…

Ella sacudió la cabeza.

—No tengo nada. —Se detuvo un segundo con los labios abiertos, como si fuera a añadir algo más pero no se atreviera a decirlo—. Y es lo mejor, Ana, y lo sabes. No sobrevivirás a la droga con más droga. Voy…, voy a llamar a un funcionario si no vuelves a tu módulo.

Tuvo el valor de mirarme a los ojos mientras me hablaba, incluso cuando la voz empezó a temblarle. Vaya, la chica tímida tenía valor. Aunque ahora le faltaban cojones para ayudarme.

Solo se preocupaba por ella. Como siempre. Se vestía de santa porque no soportaba verse desnuda.

La solté y di un paso atrás.

—No hará falta. Y tienes razón, esto…, esto es lo mejor para mí.

Yo sonreí. Ella sonrió.

La sed quiso que le arrancara la piel a tiras.