Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 66 de 68

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Presas

Nota de la autora

 

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, pero no sería de extrañar que entre los muros de las cárceles españolas ocurran cosas como las que se cuentan.

Sé que habrá personas vinculadas a las cárceles que negarán lo que afirmo, que dirán que no conozco lo suficiente ese mundo y que estas cosas «no ocurren». Pero lo que no se puede negar es que las prisiones españolas casi nunca cumplen su función educativa; tan solo juegan un papel punitivo y destructor de la persona, tanto física como psíquicamente. Muchas veces, en lugar de suprimir la delincuencia, la prisión la acentúa y la maximiza.

Nuestra falta de sentido crítico en numerosas ocasiones nos hace aceptar la cárcel como la única respuesta válida y eficaz frente a todo error cometido, pero olvidamos que la persona que entra en prisión, cuando haya cumplido la condena volverá a la sociedad y tendrá que integrarse haciendo vida normal, cosa que será difícil si todo lo que ha conocido entre rejas ha sido la delincuencia y la desesperanza.

Las prisiones, tal y como funcionan hoy en día, nunca solucionarán los problemas de la sociedad: solo los camuflarán. Hay que atacar el origen del problema desde la prevención, no solo invirtiendo en políticas que luchen contra la pobreza y la educación, en políticas laborales, sanitarias, educativas, de integración…, sino acompañándolas también de un cambio de mentalidad entre ciudadanos. Hay que empezar a practicar una solidaridad real.

Con esta novela quiero denunciar el hecho de que muchas veces la cárcel crea más problemas de los que contribuye a resolver. Debería ser un lugar donde reeducarse y reintegrarse en la sociedad, pero acaba siendo todo lo contrario. Cuando el interno sale, no solo ha sido privado de su libertad, le ha sido arrebatado mucho más.

No trato de justificar los crímenes de los internos. No se trata de justificar nada, ni siquiera de perdonar. Se trata de entender. Entender por qué pasan las cosas que pasan tanto en la calle como en prisión. Entender, escuchar y ayudar en lo que haga falta.

Como Leire, yo he escrito historias que no quiero que se olviden. He hablado en base a lo que he conocido que, como ya he dicho, no es la verdad absoluta, sino un pequeño vistazo a la realidad carcelaria. Pero lo que se vive en el día a día siempre será mucho más complejo.

Nada es blanco o negro.

Y todos, absolutamente todos, somos gris.