Presas
Capítulo 54. Pedro
Pedro
Quería pensar que no viviría para ver un motín más en la cárcel. No sabía cómo iba a regresar a casa aquella noche ni de dónde sacaría las fuerzas para sentarme a cenar y preguntarle qué tal el día a mis niñas, sin ser capaz de decirles que en la cárcel los presos han vuelto a comportarse como salvajes.
No quería ver el miedo de nuevo en sus ojos. No quería que mi mujer me cogiera de la mano como la última vez, me apartara un mechón de pelo con cariño y me susurrara: «No quiero que tu profesión te mate, Pedro. Eres mejor que esos hombres».
Porque ahí es donde se equivocaban.
Cuando entré en la garita, todos mis compañeros estaban de pie y con la vista clavada en las pantallas. Los pasillos por los que se accedía al área sociocultural estaban desiertos. Los guardias se agrupaban a una distancia prudente. Los presos se habían hecho con el mando de la cárcel; los que no se habían quedado amotinados en el área habían huido hacia enfermería.
—Pedro, vigila las cámaras —me pidió Susana, una de las funcionarias de turno—. Han amenazado a los enfermeros con pinchos y luego las han dejado salir. Están llegando al módulo 21.
—¿Y los funcionarios de guardia?
Hizo una mueca.
—Los internos han aprovechado el cambio de turno.
Examiné la pantalla.
Marina León sonreía a la cámara con burla. A sus pies tenía el cuerpo todavía inconsciente de la voluntaria a la que habían secuestrado, la bailarina. Los demás voluntarios habían salido a tiempo del recinto y la chica que la acompañaba, Helena, huyó al ver el revuelo. Había corrido hasta la garita y ahora estaba encogida en una esquina, junto a la única psicóloga del centro. Lloraba como si le hubieran arrancado el alma y era incapaz de alzar la mirada hacia las pantallas.
No me extrañaba: Marina apuntaba con una pistola a la sien de su amiga.
Susana se acercó a mí con el ceño fruncido.
—Está amenazando con disparar si nos acercamos más —dijo. Asentí e hice un gesto con las manos para que se marchara.
Francisco estaba de pie, con los brazos cruzados y dándome la espalda. Golpeaba el suelo con nerviosismo.
La rabia bulló en mi interior y me asustó sentirme tan… fuera de mí. Sería capaz de pegarle un puñetazo y romperle la nariz si tuviera valor y fuerza. Pero no era como ellos. No era como él. Durante ocho años había conocido a miles de asesinos, ladrones, estafadores, violadores, criminales. Y era el único entre todos ellos que se había librado de su condena. Había vuelto su delito invisible.
—Todo lo que está pasando es por la muerte de Gabriela. —Me puse a su lado, sin apartar la mirada de las pantallas. Francisco casi me sacaba una cabeza—. Les oí murmurar hace unos días sobre la higiene en los módulos. Están asustados. Gabriela era una chica sana un día y al siguiente estaba muerta. Nadie estuvo ahí para diagnosticarla.
El funcionario se encogió de hombros.
—Ni que no muriera gente a menudo en esta pocilga. Fue solo una más.
—Sabes que Gabriela no es una más, Paco.
Mi voz sonó tan mordaz y afilada que me costó creer que fuera mía. Él pareció entender la amenaza bajo mis palabras: «Sé lo que hiciste. Sé que no fue una coincidencia. Sé que Gabriela no es, y nunca será, una más».
Fui hacia la mesa de mandos. En uno de los escritorios guardábamos todas las instancias de los presos, desde las más banales —aquellos que pedían ropa a la pastoral porque no tenían dinero para comprársela— hasta las que parecían ser gritos de ayuda, como la que Gabriela me dio aquella tarde.
Empecé a buscar entre los papeles con desesperación. El lápiz de las instancias que se escribieron aquel día ya estaba difuminado. Estaban todas: Vanesa pidiendo más leche para su niño, Laura solicitando entrar en la escuela de verano… Todas las de aquel día, excepto una.
—¿Qué has hecho con ella?
Ante mi grito, la voluntaria se encogió sobre sí misma y sus sollozos aumentaron; la psicóloga se inclinó hacia delante para intentar calmarla. Susana salió de la garita, como si supiera lo que estaba a punto de suceder.
Quedábamos Paco y yo. El funcionario ni siquiera pareció molestarse por mi tono de voz, solo se giró levemente, lo suficiente para mirarme por encima del hombro.
—¿Con qué?
—No te hagas el loco. —Me puse en pie y apreté los puños—. La instancia que Gabriela escribió el 21 de julio. La dejé ahí, con el resto.
—No sé de qué hablas. Yo no pierdo el tiempo leyendo esas tonterías.
—Pero sí haciéndolas desaparecer, ¿verdad? Igual que a los internos que te molestan.
Noté cómo los ojos de la voluntaria y la psicóloga se clavaban abruptamente en mí, cómo el llanto de la primera se cortaba por un momento. La mirada de Paco ardía. Se agachó hasta llegar a mi oído y me agarró del brazo con una mano.
—Una gilipollez más de estas, Pedro, y te reventaré hasta que nadie sea capaz de reconocerte —susurró. Luego me dio empujón.
Recuperé el equilibrio y me erguí. Estaba acostumbrado a las amenazas, aunque no fuera a las suyas. Sus palabras no hacían más que confirmarme que tenía razón.
Que Gabriela había sido sincera. Que temía por su vida. Que Paco se deshizo de ella con la facilidad con la que se sube la dosis de unas pastillas. Y ahora, por su culpa, por su maldito egoísmo, había una familia destrozada en la calle porque no habían podido ver a su hija libre. Había una niña muerta de miedo llorando en la garita. Había una chica con una pistola en la frente y una interna deseando vengarse. O quizá solo quería liberarse.
No iba a ser partícipe de aquel juego; no cuando quien perdía pagaba con su vida.
—Gabriela vino aquella misma tarde llorando como nunca había visto llorar a nadie —dije bien alto para que toda la garita me oyera—. Me dijo que necesita hablar conmigo. Que alguien la estaba amenazando y que la iban a matar. Y en aquel momento supe con absoluta certeza que tenía razones para temerte. —Cerré los ojos un segundo y recordé la forma en la que se le rompía la voz y cada una de sus lágrimas—. Después de ocho años aquí, sé distinguir cuándo un interno está siendo sincero. Tenía mucho miedo, Paco, pero tuvo el valor de decir la verdad.
El rostro de Paco se encendió como una cerilla. Abrió la boca para contestar, con el puño cerrado preparado para golpearme, pero el sonido de la puerta al abrirse nos interrumpió.
Nos volvimos todos hacia la entrada, donde Susana había aparecido con el rostro enrojecido por el esfuerzo y el pelo pegado a la frente. En cuanto vio a Paco ahí parado, fijo la mirada en él.
—Manda refuerzos al área —pidió con la voz rota a causa del cansancio —. Van armadas.
Él puso los ojos en blanco.
—Lo sé, una pistola de calibre de nueve milímetros y…
—No, no —lo interrumpió—. No solo es eso. Los internos llevaban pinchos; todos, no solo los que han mandado a la enfermería. —Tragó saliva y señaló hacia las pantallas con el mentón—. Y la chica se ha despertado.