Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 41 de 68

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Presas

Capítulo 41. Azahara

Azahara

 

Tenía la promesa del jefe de servicios de que volvería a ver a mi hija en dos semanas, cuando empezara agosto. Y ahora sabía lo que era sentir sus manos en mí y su piel contra la mía; conocía la sed y la ira con la que don Francisco dominaba dentro y fuera del módulo. Había pasado las últimas dos horas bajo el chorro de agua de la ducha. Me froté la piel con tanta fuerza y la arañé con tanta rabia que el agua acabó volviéndose rosa. Intenté ahogarme bajo la alcachofa para silenciar los gritos en mi cabeza, los recuerdos, el dolor.

Y cuando me cortaron el agua, me quedé en silencio, de pie sobre el plato de ducha. Oí con atención mi propia respiración y mis latidos, demasiado intensos para pertenecerme.

Había hecho todo lo que hacía falta para estar bien, pero me seguía sintiendo ahogada.

Tenía una espina clavada dentro de mí y no se me ocurría ninguna forma de deshacerme de ella.

Cuando Beth tenía pesadillas, le contaba un cuento hasta dormirla de nuevo. En ocasiones era ella la que me contaba sus sueños. Los monstruos se empequeñecen cuando encuentras el valor para recordarlos. Quizás escribir un cuento sobre aquella tarde me ayudaría a dejarlo atrás. Quizá necesitaba explotar en forma de palabras, porque lágrimas ya no me quedaba ni una.

Catarsis, había dicho Leire. Una manera de purificarse.

Justo lo que yo necesitaba.

Esto no es un cuento.

Los cuentos no son reales, hablan de aventuras mágicas y

terminan con finales felices. Este cuento no termina, ni siquiera empieza. No es ficticio. Los cuentos comienzan con un «Érase

una vez». Este lo hace con un «Te abrió las piernas como si le pertenecieran».

Te abrió las piernas como si le pertenecieran y recorrió el

mismo camino que en el último cacheo, con la misma frialdad, con la misma rabia. No dijiste nada porque sentiste que el miedo se había tragado tus palabras. Cerraste los ojos y dejaste que tus pensamientos se inundaran del rostro de Hugo, porque de alguna manera eso lo hacía un poco más fácil.

Te sorprendiste cuando te empujó sobre la pila y dejó caer

todo su peso sobre ti, sobre tu pecho, dejándote sin aliento. Te asustó que no te dejara espacio para moverte, que no pudieras escapar de sus brazos, como si en algún momento él pensara hacerte libre. De nuevo estabas prisionera. Y fue entonces cuando recuperaste la voz y le suplicaste que se quitara, que habías cambiado de opinión, que querías parar, que querías gritar.

Pero él te mandó callar y te dijo que te portaras «como una

señorita».

—Sé que no serás tan estúpida como para contárselo a

nadie —susurró antes de salir corriendo del baño.

Te quedaste sobre la pila con los ojos cerrados y el pulso

acelerado, sintiéndote todavía más sucia que la última vez que te tocaron. Quisiste desaparecer.

Pero no podías. Ahora tenías esperanza, ¿no es así? Ahora

tenías la promesa de que volverías a ver a Beth. Ahora tenías una razón por la que sobrevivir.

Solo que, por primera vez, ya no querías tenerla. Volviste a tu chabolo arrastrando los pies, temiendo que

aquella noche no dejaras dormir a nadie con tus llantos y empezaran a preguntar. Los rumores volaban en la cárcel y lo último que querías era que te trataran de «puta». Tenías que tragarte las lágrimas y alzar la barbilla. Después de todo, eso era lo que querías, ¿verdad? Solo estabas exagerando. Solo era un tío más. Si cerrabas los ojos, podías creer que era Hugo. A él también le gustaba dominar.

En unas semanas estarías junto a Beth, riéndoos a

carcajadas y dejando que te trenzara el pelo. Escuchando sus aventuras en la calle y compartiendo su primera tarrina de

helado. Y aquella tarde la recordarías como un trueque, un mero procedimiento.

Te duelen los muslos y sientes que toda la piel te arde.

Intentas quitarle importancia, pero, de nuevo, tu memoria está repleta de manchas negras allí donde sus manos estuvieron. Otras manos, otras manchas; nunca son tuyas, nunca eres libre.

Y ni siquiera esta catarsis consigue borrarlas.

—Azahara.

La voz de Gabi hizo que me sobresaltara. Estaba en la puerta, con una mano sobre el marco y la otra sosteniendo su vientre. Tenía los labios entreabiertos y la respiración acelerada.

—Dime que estás escribiendo una instancia —dijo.

—¿Qué?

—Una instancia, joder. —Entró en el chabolo sin pensárselo y me puse de pie de golpe, echando la carta a un lado.

—Eh, eh, ¡quieta! —Fui hacia ella con las manos en alto. Todo su cuerpo temblaba. Tenía los ojos abiertos como platos y seguía mirando el papel, casi con desesperación. Tuve que cogerle de los hombros para que no se acercara —. ¿Se puede saber qué haces? Sal de aquí antes de que te vea un funcionario y…

—Aparta. —Se deshizo de mí con un movimiento brusco—. He venido porque no puedo callarme más, ¿entiendes? No pienso callarme más. Si no escribes tú la instancia, lo haré yo.

—¿De qué coño hablas?

—¡De don Francisco, joder! —Sentí cómo mi corazón se saltaba un latido. Los ojos ámbar de Gabi se clavaron en los míos—. De lo que ha hecho. Sé lo que ha hecho.

Sacudí la cabeza.

—No, no lo sabes. —Cogí aire para que la voz dejara de temblarme—. Nadie tiene que enterarse, ¿de acuerdo?

—¡Azahara, ese hombre es un puto violador!

—No, Gabi, no conoces toda la historia.

Violadores eran los que estaban entre rejas, no los que las resguardaban. Lo que había pasado no era más que un trueque. O eso es lo que quería creer. Después de todo, don Francisco cumpliría su promesa: iba a ver a mi hija. Ese polvo era el precio que me tocaba pagar, sin más. Gabi tenía que estar equivocada. Gabi no lo entendía…

Dio un paso atrás con un suspiro desesperado.

—Tienes que escribir una instancia. Tienes que contar lo que ha hecho, Aza.

—No. Es inútil y una locura… —Gabi seguía con la respiración agitada. Casi podía sentir la velocidad con la que la adrenalina recorría su cuerpo—. Gabi, si denuncias una violación, te encierran en una celda de dos por dos y te cachean «por tu propia seguridad». Luego te dejan ahí dentro hasta que escribes una nueva instancia en la que digas que esa violación nunca ocurrió. No sirve de nada.

Gabi se llevó una mano al pecho, como si mis palabras le dolieran. Negó con la cabeza, incapaz de encontrar las suyas.

Me volví hacia el papel que acababa de escribir y lo arrugué con las manos antes de lanzarlo a la papelera.

—Bienvenida a la cárcel —murmuré—, donde el precio a pagar es siempre mayor que el que dictan.