Presas
Capítulo 6. Leire
Leire
No fui consciente de que estaba en la cárcel hasta que pasé la tercera barrera de control. Antes de eso, mi cerebro intentaba engañarme con la excusa de que no había nada que lo diferenciara de una escuela infantil. A excepción de los barrotes pintados de azul y de verde, a excepción de los espacios cerrados, del tremendo silencio de la entrada, de la sensación de que en cualquier momento el techo se caería sobre nuestras cabezas.
Por lo demás, todo era… distinto. No había pasillos oscuros de paredes grises y puertas metálicas, sino pasillos blancos de paredes granuladas, con ventanas amplias y rejas gruesas. No había presos arrastrando las cadenas, solo funcionarios yendo y viniendo, a veces acompañados de personas vestidas de calle. ¿Familiares, quizás? ¿O internos?
Entendí enseguida por qué Juanjo, el cura que nos acompañaba de parte de la pastoral, había insistido tanto en llegar puntuales: los controles parecían no acabar nunca. Tuvimos que cruzar dos edificios enteros, pasar por tres detectores de metales y despedirnos de nuestros DNI hasta que por fin entramos en el edificio central. O lo que yo supuse que era el edificio central. El bloque parecía estar en el centro de la prisión, rodeado de muros, concertinas y más edificios. La entrada, por su parte, estaba formada por un pequeño patio de arena y una inscripción en la pared que rezaba: «CENTRO PENITENCIARIO DE ORDANA».
Nos quedamos esperando en silencio. Diez voluntarios en total.
Diez locos, dirían.
De esos diez, algunos estudiaban Derecho; la mayoría, Trabajo Social. Algunos lo hacían porque sabían que nadie más lo haría, porque querían tender la mano a los que la sociedad daba la espalda. Otros, por curiosidad.
Pero la curiosidad no era suficiente para comprometerte con algo tan grande. La curiosidad te hacía pasar de refilón por la carretera que daba a la prisión, no cruzar sus puertas.
Tenía que dejar de mentirme a mí misma.
No quise entrar en la cárcel por curiosidad. Aunque me doliera admitirlo, no quise ser voluntaria para ayudar a los presos.
Lo hice por mí.
Rodeada de gente con tan buena voluntad, me sentía una farsante.
—No lo eres —susurró Helena mientras esperábamos a que nos abrieran —. Llevas hablando de este voluntariado desde hace meses, ¿recuerdas? Si lo que te moviera fuera puro morbo, te hubiera bastado con buscar vídeos turbios en YouTube.
—Lo hice. —Noté cómo el rubor me ardía en las mejillas—. Quiero decir, no busqué vídeos turbios exactamente, pero quería hacerme una idea de cómo era, ¿sabes?
—Pues eso ya lo sabes. Imágenes de Google. Documentales. Libros. Orange is the New Black. Todo eso ya lo tienes. Y, sin embargo, estás aquí. No eres ninguna farsante, Leire, y no entiendo por qué te molesta tanto admitir que quieres ayudar.
Suspiré.
—Es que… Mira a toda esa gente, Helen. A Alicia, a Fran, a Miguel. Se han cruzado media España para venir y tienen unas ganas tremendas de empezar con la escuela. Parecen tan…, tan buenos.
—Ah, claro, y luego estamos tú y yo, ¿no? —Rio y sacudió la cabeza—. Vamos, Lei, no seas tonta. Aquí nadie es Teresa de Calcuta.
—Pero no tienen miedo —insistí—. Y yo…
—Tú ya estás haciendo mucho formando parte de esto, Leire, y lo sabes. —Su voz se volvió más sombría, más grave—. Nadie te exige que no tengas miedo. Nadie te lo exigiría si supiera…
La puerta principal emitió un fuerte clac antes de correrse a un lado, justo al mismo tiempo en el que cerraban la que quedaba a nuestras espaldas. Un funcionario salió del edificio con los brazos cruzados por delante del pecho. Nos miraba con los ojos entrecerrados y los labios fruncidos, como si esperara que fuéramos a saltarle al cuello. Tenía el uniforme desgastado, el cuerpo robusto, la frente perlada de sudor y el típico bigote inglés. Hubiera sido el arquetipo perfecto de poli de no ser por sus ojos, tan azules, claros y fríos que parecían hechos de cristal. Carraspeó para hacerse oír.
—¿Sois del grupo de voluntarios?
Juanjo se adelantó un paso, sobresaliendo entre el resto de jóvenes. Debía tener la misma edad que el funcionario, pero a su lado parecía empequeñecerse. Juanjo era más alto y delgado, con las primeras arrugas marcándose alrededor de sus ojos de tanto reír, no en su entrecejo de tanto fruncirlo. Se colocó las gafas y estiró el brazo para saludar.
—Exacto. Soy Juanjo Arias, el encargado de…
—Francisco —cortó él, presentándose—. Ahora, si hacen el favor de acompañarme por aquí…
Se dio media vuelta, dejando la mano de Juanjo en el aire.
Le seguimos, torciendo por miles de pasillos exactamente iguales, oyendo cómo las puertas de metal macizo se cerraban tras nuestras espaldas, esperando en cada control a que el funcionario que había tras los cristales tintados nos dejara pasar. Había pasillos en los que llegaba la luz y pasillos en los que no. Todas las ventanas tenían rejas. La pintura de las paredes se caía a trozos. Francisco ni siquiera saludaba a los hombres que nos encontramos trabajando por el recinto, limpiando o arrastrando carritos.
—¿Y se supone que mañana tendremos que venir aquí por nuestra cuenta? —preguntó Helena en un susurro. Se abanicaba inútilmente con la mano en un intento de aliviar el calor.
Me encogí de hombros.
El funcionario se detuvo frente a la puerta de uno de los módulos y esperó a que nos abrieran desde dentro. No me dio tiempo a echar un vistazo alrededor; una vez cruzamos la puerta nos hizo entrar en la sala de la derecha de uno en uno, sin que nadie se desviara.
Una brisa de aire fresco nos sacudió nada más entrar y por primera vez sentí que tenía algo más de espacio para respirar.
El auditorio era enorme, por lo menos comparado con los demás lugares. De nuevo, me dio la sensación de haber regresado a la escuela: las mismas butacas raídas, el mismo escenario de madera, las mismas cortinas rojas a los lados, la misma pared con la pintura granate cayéndose a trozos.
La diferencia era que las butacas las estaban ocupando presos, no niños.
Criminales.
No me atreví a mirarles, ni siquiera cuando empezaron a pasar por detrás de nosotros.
—Todavía quedan un par de módulos por llegar —anunció Francisco, cruzándose de brazos frente a la puerta—. Podéis esperarles en el escenario si queréis.
Juanjo asintió y se giró hacia nosotros, con la sonrisa y el entusiasmo intactos.
—Vamos, chicos. Coged la guitarra.