Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 45 de 68

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Presas

Capítulo 45. Leire

Leire

 

«Tiene que estar mintiendo».

Eso fue lo primero que pensé al escuchar la historia de Azahara.

«Tiene que estar mintiendo. Tiene que haberse enterado de lo que hice. Ana debió de hablar con ella y de alguna forma…, de alguna forma lo sabe. Está jugando conmigo. Quiere que me sienta tan culpable como ella, pero yo no maté a nadie. Yo no maté a nadie».

«Ella tampoco», pensé.

Y, sin embargo, su historia había sido más que suficiente para que la fina línea que creía que nos separaba se desdibujara por completo.

También para reafirmar que había hecho bien acudiendo a don Pedro.

—No puedo hacer eso, Leire —había dicho él—. Es información confidencial. Tienes que entenderlo.

—Nadie tiene por qué saberlo. Por Dios, si es necesario, puedo hacer la llamada delante de usted y borrar el número al instante. Lo que sea. Por favor…

—Leire, basta —dijeron sus labios, pero su mirada decía lo contrario—. Existen unos límites, ¿entiendes? Y este es uno de ellos. Se trata de su vida privada. No puedes… No se puede jugar con eso a la ligera.

—Y precisamente por eso tenemos que hacer algo. Porque la gente seguirá diciendo que al ser su «vida privada» es un problema con el que tiene que cargar ella sola. Usted sabe mejor que nadie lo devastador que puede ser dar la espalda a una víctima solo porque el daño lo vive en casa, porque no hay nadie para verlo. Porque la gente no quiere «meterse donde no la llaman». Y ahora que tenemos la oportunidad de cambiarlo, ¿va a hacer como si nada? ¿Va a fingir que no se da cuenta?

El funcionario me cogió de los hombros y me llevó al interior de la garita, asegurándose de que nadie nos siguiera. Como si no me hubiera escuchado. Como si mis palabras le sonaran absurdas. Pero algo en la forma en la que fruncía el ceño me hacía pensar que no era tan frío como quería demostrar. Bajó el volumen.

—Leire, entiendo que la situación te haya afectado y que pienses así, pero tienes que darte cuenta de que esto no es responsabilidad tuya. Lo que está en riesgo es mi trabajo.

—Si yo fuera usted, pondría la seguridad de esa niña por encima de mi trabajo.

—Pero no lo eres. —Quiso sonar cortante, pero veía el conflicto debatiéndose en sus ojos—. Leire, tienes solo diecinueve años. Entiendo que lo veas todo tan… fácil, y dice mucho de ti que te preocupes así por ella. Pero no puedes salvar a todo el mundo. No está en tu mano.

—Estoy cansada de escuchar que no puedo hacer nada —le espeté, y bajé la mirada al suelo. Noté la rabia hirviendo en mi garganta—. No puedo…, no puedo quedarme mirando cómo le hacen daño a la gente y fingir que no me afecta. Sería muy fácil decir que se lo han buscado, que se lo merecen, pero no soy nadie para juzgarla. Y si algo tengo claro es que esa niña no tiene que pagar por el delito de nadie ni tiene que correr el riesgo que está corriendo. — Solté todo el aire que estaba conteniendo en un suspiro—. Necesito sentir que puedo hacer algo. Cualquier cosa. Y ahora…, ahora tenemos la oportunidad de intervenir, de cambiar algo. No podemos salvar a todos, tiene razón. Pero eso no significa que tengamos que cerrar los ojos ante lo que sí podemos cambiar. —Le vi cavilar. Vi cómo la duda nacía en sus ojos. Vi cómo Azahara cruzaba su corazón, igual que había cruzado el mío—. No finja que nunca se ha sentido como yo.

Su respuesta llegó en forma de un SMS, que creía que ya no se mandaban, esa misma tarde.

Si entonces había tenido ganas de hacer algo por Azahara, ahora la balanza se rompía y sentía por primera vez que también tenía que hacer algo por mí. Para que la culpa no me consumiera como la consumió a ella.

La diferencia es que Azahara nunca estuvo al volante.

Yo sí.

El cambio de hora obligó a Azahara a volver al aula, pero su voz siguió sonando en mi cabeza tiempo después, igual que los ruidos de aquella noche se repetían en la suya.

Por eso no me costó trasladar su angustia a la parroquia.

Cuando les conté la historia de Azahara al resto de los voluntarios, noté su recelo en la forma en la que evitaron mirarme.

Ojalá pudiera encontrar palabras que les removieran por dentro como me había pasado a mí. Ojalá pudiera ponerles delante de la mujer que habló con mi misma voz, pero que no tenía mi libertad. Ojalá pudiera replicar sus ojos brillantes y sus manos temblorosas, el dolor que reflejaban cada una de sus frases.

Pero para ellos, Azahara no era más que un nombre que olvidarían en dos semanas.

—Entonces, ¿de verdad la creíste cuando te dijo que era inocente? — Alicia fue la primera en romper el hielo, pero ni siquiera me miró. Jugaba con el nudo de sus zapatillas y tenía la expresión seria.

—Claro que sí. ¿Es que no has oído nada de lo que he dicho? No es la primera vez que la veo mal por culpa de su marido, y si la hubieras visto… Si hubieras visto cómo…

—Leire —Juanjo levantó una mano para frenarme—, no hace falta contestar así. Ya sabes lo que nos advirtieron antes de entrar: de todo lo que nos contaran, tenemos que creernos la mitad. Es muy noble por tu parte preocuparte así por Azahara, pero entiende que para ellos todos son inocentes. —Hizo hincapié en «todos» mientras en su rostro se formaba una sonrisa ladeada. A Alicia se le escapó una carcajada también—. No podemos fiarnos. Si están ahí es por algo.

—Pero… —Me mordí el labio para contenerme y no explotar. No podía soportar que siguieran hablando de los presos como si todos fueran iguales, como si no fueran más que una masa de gente sin nombres ni historias, sin voz ni dolor—. Me da igual lo que nos dijeran, Juanjo. Son personas. Lo mínimo que podemos hacer es creer que su sufrimiento es cierto.

—Y no he dicho lo contrario —se colocó las gafas sobre el puente de la nariz—, pero pueden enmascararlo detrás de historias falsas. Es lo que intento que entiendas, Leire. Van a hacer todo lo que esté en su mano para ganarnos, para ver si así podemos hacerles favores cuando estemos fuera.

—Azahara no me ha pedido…

—Sí, sí, no te ha pedido nada todavía —me interrumpió Fran. El chico no había dejado de fruncir el ceño desde que había empezado a hablar—. Juanjo tiene razón. Llevan mucho tiempo ahí dentro y nosotros somos como un juguete nuevo, Lei. Lo primero que aprenden al entrar es cómo actuar, cómo ser más fuertes en el módulo y más inocentes e ingenuos fuera. Son expertos en esas cosas. Harán lo que sea por salir.

—No puedes meterlos a todos en el mismo saco —insistí—. No puedes escucharles y darles palmaditas en la espalda mientras por dentro estás alerta, pensando que cada palabra es una mentira. Están cansados de ser tratados como perros. La cárcel no debería…

—Leire, no sigas por ahí —me cortó Juanjo. Echó un vistazo a todos los voluntarios, a cada cual más revuelto e incómodo—. Recuerda que estamos viendo una pequeñísima parte de la realidad.

—Por eso no me quiero imaginar cómo será el resto —bufé—. Lo único que estoy pidiendo es que se les trate como personas, que se les escuche y se les atienda. Que se les quiera. Por haber cometido un error no pueden perder el derecho a sentirse humanos.

Arranqué un pedazo de hierba con la última palabra. Notaba que la sangre me hervía, que a mi discurso se le unían todas las escenas de las que había sido testigo en las últimas semanas: la amputación del dedo de Claudia, los gritos de Verónica, el dolor de Azahara, la mirada de Marina, la desesperanza en los ojos de Ana, los cortes en los brazos de Manuel. Si yo no los recordaba, nadie lo haría.

—¿De verdad piensas eso, Lei? —Fue Helena la que habló. Estaba sentada a mi lado y tenía los hombros caídos—. ¿De todos? ¿Serías capaz de ayudar y tratar con el mismo cariño a un pederasta, a un terrorista, al asesino de tu familia? ¿Los verías como personas?

Tragué saliva antes de abrir los labios, pero no encontré palabras con las que contestar. Por suerte, Juanjo interrumpió el silencio:

—Chicos, chicos, calma. No estamos aquí para hacer juicios de moral, ¿de acuerdo? Estamos aquí para acompañar. Para escuchar. Leire, hay que aprender a levantar muros también. No puedes cargar con su condena y no les ayudas nada trayéndote sus penas a casa, ¿lo entiendes?

—Así que para la próxima solo tengo que asentir y sonreír, ¿verdad? — dije, cruzándome de brazos—. Volver a casa como si no hubiera pasado nada.

—Sí, Leire, volver a casa como si no hubiera pasado nada, porque nosotros volvemos a casa y ellos no —respondió Fran, cortante. No sabía qué clase de experiencia habría tenido con los internos, pero desde que Helena había hablado su rostro se había ensombrecido—. Ahí acaba todo lo que podemos hacer. Ahí acaba todo, punto.

Sus palabras fueron como puñaladas. ¿Es que estaban ciegos? ¿Es que de verdad no iban a hacer nada por ellos?

«Por ladrones, pederastas, asesinos, violadores —pensó una parte de mí —. Eso es lo que son ellos».

—Bueno, si seguimos así, no vamos a llegar nunca a ningún lado. — Juanjo dio una palmada para zanjar la conversación—. Ahora recojamos esto, que toca preparar la cena. ¿Alguien se ofrece voluntario para ayudarme en la cocina?

Y así, como si la cena fuera un tema mucho más importante que el trato de aquellas personas, todo el grupo comenzó a murmurar como respuesta.

Quise desaparecer. Enterrarme debajo del césped y regresar al mundo cuando dejara de sentirme tan insignificante, de ser tan sensible, cuando no sintiera el dolor de los demás como el mío propio.

Antes de levantarnos, Helena se acercó a mí.

—Anímate, va. En unas semanas estará todo olvidado.

—Eso es precisamente lo que no quiero.

Ella puso los ojos en blanco.

—Lei, de verdad, no todo es tan color de rosa. Y lo sabes. Cuanto antes te des cuenta de que nadie es tan bueno como nos hace creer en un principio, antes evitarás darte de bruces contra el suelo.

Se puso en pie, se sacudió la tierra de los pantalones y se marchó hacia el interior de la parroquia.

Qué triste era pensar así. Qué triste querer mirar a todos desde la cima en lugar de verlos desde el suelo. Qué triste que mi sensibilidad fuera una carga, un inconveniente, un impedimento, cuando para otros podría haber sido un regalo.

Pero ahí acababa todo.