Presas
Capítulo 37. Leire
Leire
—Lei, eres la peor pinche de cocina del mundo.
Helena azotó el trapo contra mi brazo mientras su otra mano todavía seguía en el mango de la sartén. Aparté la mirada de la pantalla del móvil. Por más que lo mirara, no iba a sonar, y menos a esas horas.
—Perdona, ya me pongo.
—Todo el día pegada al teléfono… —Helena me dio la espalda y se volvió de nuevo hacia la sartén—. ¿Has oído lo que acabo de decir? Parezco mi madre. Me has obligado a sacar a mi adulto interior y no me gusta.
Me coloqué a su lado y me llevé las manos al pelo para recogerlo en un moño rápido, como cada vez que improvisaba un ensayo de ballet. Tanto Helen como yo nos obligamos a levantar la voz para hacernos oír por encima del chispear del aceite hirviendo.
—Helen, estamos haciendo cena para quince. Definitivamente somos adultas.
—¿Estamos? —Me lanzó una mirada asesina que hubiera hecho sentir orgullosa a mi madre.
—¡Que ya voy! ¿Bato más huevos?
—Por favor.
Más de la mitad de la cocina de la parroquia estaba ocupada por las cajas de alimentos destinadas al comedor social, así que la movilidad era limitada. El techo era bajo, la luz tenue, y solo contábamos con dos fuegos a gas y dos sartenes para hacer las quince tortillas que pretendíamos cenarnos esa noche. En cuanto acabé de batir los huevos, empecé a cortar tomates para preparar la ensalada.
Creía que mantenerme ocupada me ayudaría a despejar la mente. Solo tenía que evitar el móvil, evitar pensar en don Pedro, evitar cualquier pregunta que tuviera que ver con la cárcel, y centrarme en el sonido del cuchillo golpeando contra la madera. En el olor del aceite inundando la cocina. En el calor que emanaba del fuego. En lo frías que tenía las manos.
Pero, quisiera o no, mi cabeza volvía siempre al mismo tema.
—Aquí ya tenemos dos más —anunció Helena, volcando las tortillas en sendos platos. Se apartó el sudor de la frente y se volvió hacia mí—. ¿Lei? ¿Todo bien?
Y así, con una simple pregunta, Helena rompió todas mis defensas. Ni siquiera me molesté en inventarme una excusa.
—He encontrado a Ana.
Seguí cortando el tomate, sin alzar la vista.
—¿Qué? ¿Ana? ¿Ana Morales, la del cole?
—¿Conoces a otra Ana en la cárcel?
—Preferiría no conocer a ninguna. —Se limpió las manos en el delantal y se acercó a mí. Las siguientes tortillas estaban en el fuego.
—Ahora la llaman Nina. ¿Te suena? Hablamos de ella en una reunión.
Si no fuera por el rubor que tenía a causa del calor, el rostro de Helena hubiera palidecido por completo.
—No jodas.
—Helen, se te está pegando una tortilla.
—¡No me cambies de tema! —dijo, pero no pudo evitar fijar la vista en la sartén. Se volvió hacia el fuego con un resoplido de indignación—. Entonces, ¿cómo la viste? ¿Está…, está bien?
—Claro que no. Está hecha mierda.
Ella chasqueó la lengua.
—¿Y tú? —Bajó la intensidad del fuego para no tener que alzar la voz—. ¿Estás bien? Sé que querías encontrarla, pero… no sé qué esperabas. Está en la cárcel, Lei.
Me obligué a centrarme en preparar la ensalada como si mi vida dependiera de ello. Sabía que si miraba a los ojos a mi amiga, aunque fuera solo un segundo, me derrumbaría. Ya oía la pena en su voz; no quería verla también en su rostro.
—En el fondo esperaba encontrarla entera, supongo. Fuerte —murmuré —. Esperaba que me dijera que no todo es tan horrible como lo pintan desde fuera. Pero tenías razón, no le sentó bien que fuera a verla. Ni siquiera quería que la llamara Ana, es como si…, es como si fuera una persona totalmente distinta. Lo es, de hecho. No tienes ni idea de todo lo que ha pasado, Helena. De verdad. Y mientras yo… Joder. —Me llevé el puño a los labios, como si así pudiera contener el llanto.
Helena apagó los fuegos, dejó a un lado la cocina y me abrazó desde detrás.
—Llora, Lei, tranquila. No puedes ponerme la excusa de la cebolla ahora. —Consiguió sacarme una pequeña sonrisa. Me plantó un fugaz beso en la mejilla—. Pero hazme un favor y no te tortures por lo que le ha tocado vivir, ¿vale? No ha sido culpa tuya.
—Si no me hubiera alejado, si no la hubiera dejado sola…
—Lei, para. No sabes cómo habrían acabado las cosas. No te tortures, ¿vale? ¿Acaso estaba enfadada?
Me costaba recordar con exactitud todo lo que había dicho Nina en nuestro último encuentro. Nina no, Ana. Ana. Ana. Quería creer que Ana seguía ahí dentro, en alguna parte.
—No… No por eso, al menos. Pero no quería verme. Me dijo que me marchara. —«Que iba a matarme», recordé, pero no quise asustar a Helena—. Tendría que haberle hecho caso, Helen, tendría que haberla dejado en paz.
Me apartó una lágrima con cuidado.
—¿Por qué? —murmuró.
—Porque así ahora no me vería reflejada en ella.
Mi respuesta hizo que retrocediera un paso con una ceja levantada.
—Leire…, tienes que dejar de huir.
Sus palabras me atravesaron como si fueran estacas. Estaba hablando sin pensar, sin ser consciente de lo que decía, y, sin embargo, Helena era capaz de ver el miedo y el significado detrás de cada frase. De cada palabra y de cada lágrima.
De ser Alicia o Juanjo, su primera reacción hubiera sido reírse. «Solo os parecéis en el blanco de los ojos», dirían, y le quitarían importancia con un movimiento de mano. «Tiene casi tu edad, vale, y la conociste de niña, pero ya está».
Ya está.
Sin embargo, Helena veía más allá. Veía a Ana como la chica del futuro perdido, la chica que prometía llegar lejos y acabó en la cárcel sin elegirlo. Hay presos que toman el camino equivocado a consciencia. Que empuñan el arma, rompen los cristales, activan la bomba.
Otros solo se pierden.
«¿Tú también crees que somos malas personas?», me había preguntado Azahara.
No. Eso era lo peor: no lo eran.
Había huido de la verdad a pesar de verla en cada esquina, en cada chiste de Esmeralda, en cada mirada de Gabriela, en cada sonrisa de Azahara. Solo aceptándola empezaría a sanar.
Pero…
—¿Cómo?
Fue solo un susurro. Helena suspiró y volvió a frotarse las manos contra el delantal.
—Dilo. Cuéntalo —me animó. A lo lejos, a través de la ventana de la cocina, se oía a Miguel tocando la guitarra en el patio, acompañado de la risa y la voz de los demás compañeros—. Cometiste un error, ¿y qué? Todos cometemos errores. Podría haber sido cualquiera.
Pero había sido yo.
—No fue solo un error. Un error es confundir la sal y el azúcar, no…, no lo que hice.
—¿Ves? Ni te atreves a decirlo. Estás huyendo, Leire, y con eso solo consigues hacerte más daño. —Las palabras de Helena no eran un escarmiento; desbordaban ternura. Se apoyó en la única encimera libre y se cruzó de brazos con un suspiro—. Ya sabes…, está bien que pienses en ti de una vez. Estás en la mierda, vale, lo acepto; todos estaremos en la mierda tarde o temprano. Pero lo que intento decirte es que… no te quedes estancada. Perdonarte por lo que hiciste no significa que estés de acuerdo con lo que hiciste. Y, joder, Leire, eres mucho más y serás mucho más que todo lo que te ha pasado. Igual que Ana. —Suspiró de nuevo, bajando la mirada a sus pies —. Quiero que estés mejor. Que poco a poco estés mejor…
—Estoy mejor. —Mi respuesta fue automática, pero la mentira que la envolvía se sentía a kilómetros—. Llevo más de un mes sin beber. Ni una mísera cerveza, ¿recuerdas? Estoy mejor.
—Estás cagada.
—Bueno, perdona si ir a la cárcel me da miedo, Helen.
—No se trata de eso. Ni tú ni yo sabemos lo que puede pasar de aquí a unos meses, así que no te comas el coco dándole vueltas a lo mismo. Estoy segura de que mantenerte callada y fingir que todo está bien delante de todos —señaló la cocina con los brazos abiertos, como si quisiera abarcar a los voluntarios— te está haciendo mucho más daño ahora que lo que pueda venir luego. Suéltalo de una vez, Lei.
—No puedo…
—Prueba conmigo.
—¿Qué?
—Inténtalo. Me da igual saberlo ya, quiero que lo cuentes todo otra vez. Lo que pasó, lo que sentiste, lo que sientes ahora. Todo. —No estaba segura de poder hacerlo. Helena estiró un brazo y envolvió mi mano entre las suyas, deshaciendo un poco la angustia—. Sé como un libro abierto, aunque no tenga sentido lo que digas. Habla, sin más. Y estoy segura de que luego te sentirás mucho mejor. Yo me quedaré aquí escuchando. No hablaré ni diré nada, prometido. Solo escucharé.
¿Solo? ¿De verdad había alguien que sería capaz de escuchar sin juzgarme? Helena estuvo aquella noche conmigo, sabía todo lo que había pasado. Si hablaba, quizá descubriría que sus recuerdos siempre fueron más inocentes que la verdad. Viendo cómo me trataba, no me sorprendería.
Pero quizás era el paso que necesitaba dar para deshacerme de la sombra que me oprimía el pecho.
Aquella noche, Helena se sumó a mi pequeño insomnio. La oí revolverse entre las sábanas, ahuyentando el rumiar que invadía mi cabeza.
—Espero que encuentres una forma de perdonarte, de verdad —murmuró —. Yo no puedo hacerlo por ti. Lo sabes, ¿verdad?
Mi voz sonó rota.
—Lo sé.