Presas
Capítulo 60. Marina
Marina
Nos tuvieron maniatados en el vestíbulo durante horas, a pesar de las quemaduras y las heridas, de los gritos y los insultos. Se llevaron a la voluntaria rubia a casa con papá y mamá. A los demás, como si no fuéramos más que basura, nos encerraron en un aula hasta que llegara la dirección.
Para entonces ya era de noche. Todas las paredes se habían vuelto negras. Las pieles, rojas, en carne viva. La sangre, más escarlata que nunca.
Nada tenía que acabar así.
Notaba el dolor de las quemaduras recorriendo mi cuerpo como si el fuego no hubiera dejado de tocarme ni un solo momento. Las clavículas, el brazo, los muslos, los pies. Cada roce hacía que me escociera un poco más, pero había llegado a un punto en el que no podía sentir más dolor. Como si toda mi piel se hubiera convertido en costra. Me había acostumbrado a ese ardor y ahora lo abrazaba como si siempre hubiera estado ahí.
Solo quedaba esperar.
Vinieron a visitarnos todos, los guardias y los funcionarios, solo para mirarnos y para hablarle a la nada, porque ningún preso tuvo la fuerza o el coraje para contestar a ninguna pregunta. Los médicos y los psicólogos nos miraban con miedo, con los ojos abiertos como niños asustados. Era divertido ver su expresión cuando les sonreía. Era divertido sentir que ya ni siquiera me consideraban humana. Veía cómo ante ellos desfilaban miles de delitos y cómo su cabecita se las ingeniaba para adivinar cuál era el que me había metido aquí. Buscarían los ojos rojos de la droga o los moratones en los brazos. Mirarían si tenía la sangre fría y la fuerza suficiente para matar a alguien. Estarían atentos a cualquier lágrima tatuada en la piel.
Ilusos. No se daban cuenta de que el odio que me había llevado a la cárcel era el mismo que ellos sentían cada día. La diferencia era que yo había tenido los cojones necesarios para acabar con él. Y ahora los tendría para salir de ese puto bodrio.
Nos dejaron claro que aquella sería nuestra última noche en las celdas antes de ir a aislamiento. Por un motín así, ni siquiera se molestaban en decirnos cuántos días; después de todo, en aquellas minúsculas habitaciones no había relojes, no había casi luz, no existía el tiempo. Estarían atentos a cualquiera de nuestros movimientos. Normal, éramos unos salvajes.
Mentiría si dijera que no disfruté de toda la atención que recibimos aquella noche. Por una vez, existía.
Pero el espectáculo terminó en cuanto cerraron los chabolos a nuestras espaldas.
—No empaquetéis nada —dijeron a través de la puerta—. No se permitirá la entrada de pertenencias personales.
—Tranquilo, guapo, solo vamos a despedirnos. —Lancé besos al aire, pero el funcionario ya había desaparecido por el pasillo. Las comisuras me escocieron al sonreír. No importaba. Ya no recordaba cómo se respiraba sin dolor.
Al menos tenía un nuevo entretenimiento hasta que me llevaran a la enfermería: contar cuántos segundos podía aguantar el dolor, cuántos arañazos podía soportar mi piel, cuánto fuego bastaría para quemarme. No había estado bajo las llamas el tiempo suficiente para acabar calcinada. Quizás ese había sido mi error. Quizá si hubiera acabado con media cara en carne viva se hubieran molestado en llevarme directa a la enfermería.
Pero no. Tocaba esperar, como siempre.
Di una patada contra la litera. Raquel gruñó desde arriba y se incorporó, encogiéndose para que la cabeza no golpeara contra el techo. Dejó que sus pies colgasen por el borde y me miró.
—No puedo más —dijo. El labio inferior le temblaba. Todavía tenía la ropa llena de ceniza y las heridas abiertas; en las rodillas, en los codos, en el muslo. Apartó la mirada en cuanto empezaron a humedecérsele los ojos—. Joder, Marina, no voy a aguantar un día más en esta jodida cárcel.
—Más te vale que sí. —Le di unas palmadas en la rodilla a las que contestó con un gruñido—. Ya verás, Raqui. Los médicos han prometido que pasarían a visitarnos. Y, total, por unos días más…
—Cuando digo que no puedo más, lo digo en serio.
—No me seas cobarde, anda. ¿Estás llorando?
Raquel se mordió el labio.
—No.
—Pues das mal rollo. —Me dejé caer en mi litera y metí la mano bajo el colchón, donde guardaba las pastillas—. Oye, si estás alterada, tengo tranquilizantes. Dos pastis y dormirás como un bebé. Francesca me las dio ayer a cambio de una caja de tabaco, así que son de fiar. ¿Quieres?
Las piernas de Raquel desaparecieron de mi vista. Oí cómo se hacía un ovillo sobre la cama y se cubría con la sábana a pesar del calor. Los muelles del catre chirriaron hasta que se quedó quieta.
—No, gracias.
—Como tú veas. —Me tomé dos pastillas—. A mí no me apetece pelearme con las pesadillas. No hoy. Cada vez queda menos, Raqui.
Me descalcé y me acurruqué sobre mi cama, apartando la sábana con el pie. Todo el chabolo olía a quemado. Alargué la mano hacia el interruptor de la luz y la apagué, aunque todavía oía los gemidos de Raquel. Me volví hacia la pared y cerré los ojos con una sonrisa. Todo estaba bien.
Pero Raquel, la sensible y estúpida Raquel, parecía no pensar lo mismo. No habíamos pasado ni dos minutos a oscuras cuando oí lo que murmuraba. Quizá me hablaba a mí o quizá rezaba. No lo sabía. No me importaba.
—Tendría que haber al menos un lugar seguro en este mundo — murmuraba—. Solo uno. Una habitación, un campo, una casa… Pero este mundo… Joder, todo se va a la mierda. La gente hace daño. La gente sufre. Todos caemos y nos quedamos abajo, como hormigas, y no quiero que las cosas sigan así, no quiero que esto nunca termine, no quiero que el mundo sea así, no quiero…
—Yo no quiero dormir sin un puto aire acondicionado y aquí estamos, Raqui —la corté antes de que sus llantos se hicieran más fuertes—. Ahora duerme. Y disfruta de esta cama tan guay; mañana nos despediremos de ella durante una buena temporada.
Puse punto y final a la frase con una pequeña carcajada y dejé que las pastillas empezaran a hacer efecto. Mi cuerpo se volvió cada vez más pesado y mi mente se nubló.
Aun así, lo último que oí antes de que el sueño me venciera fueron los dichosos gemidos de Raquel.
A la mañana siguiente, no se molestaron en abrirnos los chabolos o poner en marcha la megafonía. Todo el módulo 17 había sido condenado a aislamiento durante tiempo indefinido. Lo más probable era a la mayoría acabaran pasándonos al primer grado otra vez, que no se diferenciaba en nada del aislamiento. Nos habían indicado que esperáramos pacientemente a que todo estuviera listo y entonces nos llamarían, una por una, y nos irían encerrando como si fuéramos animales de zoo. En algún momento llegarían los médicos a revisarnos las heridas. Y ahí es donde les aseguraría que mis quemaduras solo podían tratarse fuera.
Todo iba a ser perfecto. Todo iba bien.
Por eso me levanté con la misma sonrisa con la que cerré los ojos al acostarme. Dejé que el olor a chamusquina y humo me envolviera. Quizá me daba tiempo a fumarme un porro antes de marcharme. Quizá Raquel tuviera ganas de compartirlo conmigo.
Me giré lo suficiente para colocarme de cara al techo; la litera de arriba no estaba hundida, así que Raquel ya estaba despierta.
—Eh, Raqui, ¿te apetece que…? —Mi voz fue ahogada por un grito, uno de los que nacen en el estómago y desgarran la piel desde dentro, uno de los que te dejan la boca seca y te vacían, uno de los que retumban en tus oídos hasta que te parecen ajenos.
Porque fue mi grito. Fue mi voz. Pero para mí no podía ser real. Tenía que estar soñando todavía. Las pastillas o las quemaduras o el dolor habían hecho que las pesadillas fueran reales, me habían encerrado en otra cárcel, en otro mundo, en otra historia. Ese no podía ser mi cuerpo.
Peor, no podía ser el suyo.
Todavía sobre la litera, me arrastré hacia atrás hasta que choqué con la pared, como si así pudiera huir de la imagen que tenía frente a mí. Seguía oyendo los gritos, cada vez más desesperados, que se mezclaban con el golpeteo de mis latidos. Tenía las mejillas cubiertas de lágrimas.
Pero no, aquel no podía ser mi cuerpo, porque Raquel no podía ser el cadáver que colgaba en medio del chabolo. No podía ser real.
Si lo fuera, habría alguien más gritando. Si lo fuera, habría sangre. Habría una nota de suicidio, algo. Pero cuando me atreví a levantarme de la cama, cuando quise pensar que con aquel gesto bastaría para despertarme, me di cuenta de que era real.
El cuerpo de Raquel se balanceaba ceniciento y rígido, igual que un muñeco de trapo. Las sábanas, enrolladas a modo de soga alrededor del cuello, colgaban de uno de los tubos de la calefacción que salían del techo. Iba descalza; la silla estaba tirada a sus pies como en todas las películas de terror que veíamos juntas. Ella siempre adivinaba quién era el asesino. Se quejaba de los clichés. Hacía que en aquel chabolo me sintiera menos sola.
Ahora era todo lo contrario. Su cuerpo colgando, su ausencia, su silencio y mis gritos estaban arrancándome la piel a tiras; un agujero negro había empezado a formarse dentro de mí. No es que me sintiera sola, es que me sentía desesperada. Seguía soñando, ¿verdad? Era todo producto de las pastillas. En cualquier momento Raquel, la verdadera Raquel, me zarandearía para despertarme y se quejaría de que la megafonía estaba demasiado alta.
Pero yo seguía gritando y nadie me despertaba.
Tuve el valor de mirarla a los ojos y supe que nunca iba a olvidar lo que vi en su rostro.
Porque no vi nada.
Nada.
Vi el vacío de la primera grieta que rompe una catedral, el vacío de un bosque quemado donde no puede crecer ni un hierbajo. No vi nada. No había nada.
Llegué hasta la puerta de acero y empecé a golpearla con los puños con toda la fuerza que me había quedado después del accidente. Me daba igual cuánto se abrieran las heridas: solo quería que me sacaran de ahí, que me alejaran de ella, que me despertaran, que me mataran, que me devolvieran a la única persona a la que me había atrevido a llamar amiga.
—¡Abrid la puerta, joder! —No quería llorar, no quería estar ahí, no quería al mundo, no quería nada de eso—. ¡Abridme! ¡Sacadme de aquí! ¡¡Sacadme de aquí!!
Mis gritos eran una mezcla de llantos y aullidos. Sentía la presencia del cadáver de Raqui colgado a mis espaldas, con las palmas de las manos extendidas hacia mí, invitándome a acompañarla. Seguí chillando y llorando como una desesperada, como si me estuvieran acuchillando.
Pero solo me respondió el silencio.
Una funcionaria abrió la puerta dos horas después. Dos horas que a mí me parecieron dos días. Dos horas en las que no había permitido que mi voz se silenciara, ni siquiera por un segundo. Dos horas dándole la espalda al cadáver de Raquel. Dos horas gritando desesperada por despertarme. Dos horas llorando como si me desangrara.
Cuando la mujer entró, seguí arañándome la piel, abriéndome las heridas para ver si aquel dolor podía sustituir el que sentía dentro. Ni siquiera me di cuenta de que la funcionaria me cogía de las muñecas, y tampoco fui consciente de que dejé de arañar mi piel para empezar a arañar la suya.
—¡Traed refuerzos! —bramó mientras me colocaba las manos a la espalda. Oía mis llantos y mis gritos como si pertenecieran a otra persona. La funcionaria ni siquiera se había molestado en mirar a Raquel más de dos segundos; solo había arrugado la nariz con asco—. ¡Refuerzos a la celda 211! ¡Rápido, está fuera de sí!
«No, no estoy fuera de mí —pensé—, estoy demasiado adentro».