Presas
Capítulo 63. Azahara
Azahara
En mi sueño, las paredes de su habitación seguían de color amarillo, con la pintura caída y con un cuadro torcido tapando los desperfectos. Nunca llegamos a ahorrar lo suficiente para permitirnos redecorar la habitación y ponerla lila, su color preferido, pero tampoco nos preocupó. El amarillo le daba un poco de luz. Hacía que el vacío de la habitación pareciera más brillante, que las esquinas vacías se convirtieran en promesas de que un día se llenarían de juguetes y no en el recuerdo de que ni siquiera podíamos comprar una trona.
No la necesitábamos, porque Beth sonreía. En mi sueño, me levantaba de la vieja mecedora y atravesaba el cuarto. Estaba en nuestro antiguo piso, que se encontraba igual que el día en que lo alquilamos: sin polvo acumulado bajo los muebles, sin platos rotos en la cocina, sin gritos, sin golpes, sin daños. Y entonces ella volvía la pequeña cabecita, se ponía en pie haciendo equilibrio y corría hacia mi encuentro vestida con el camisón de tirantes que mi madre nos mandó por correo cuando cumplió su primer año, descalza y balbuceando mi nombre. «Mamá». Yo abría los brazos y ella abría los suyos y en un segundo la tenía sobre mí, con las piernas alrededor de mis caderas y su mejilla rozando la mía. Y entonces me eché a llorar porque entendí que no estaba despierta.
El peso de Beth desapareció entre mis brazos como si fuera un fantasma. Intenté aferrarme a ella, guardarla junto a mí como quien guarda su mayor tesoro. Pero Beth desapareció, igual que el agua cuando se evapora, y desperté. Tenía las mejillas empapadas en lágrimas, como en el sueño, pero sabía que ahora sí estaba despierta porque mis ojos volvían a mirar ese techo lleno de humedades y esas paredes de porcelana repletas de los arañazos que algún otro preso dejó.
Me di la vuelta en mi catre hasta que la franja de luz que se colaba por el ventanuco me dio de lleno en los ojos. El color del cielo y el hedor de la comida que no había conseguido acabarme me hicieron pensar que me había dormido en algún momento de la tarde contando los cuadrados del techo. Noté un dolor sordo en el pecho, justo donde había sentido la mano de Beth segundos antes. Pero era mentira. Era un fantasma.
Y solo conocía una forma de deshacerme de él.
Me levanté de la cama con tanta ímpetu que por un momento la estrecha habitación al completo se tambaleó, pero enseguida recuperé el equilibrio y me senté en el suelo, junto a la mesa de metal. Sobre ella había dejado un par de folios con manchas secas de café y un bolígrafo. El primer folio parecía haberse vuelto negro de haberlo rellenado tanto, aprovechando cada espacio, achinando las letras, apretando con furia. El segundo me estaba esperando.
Quería seguir dormida. Quería seguir soñando. Quería seguir mintiéndome.
Por eso escribí.
Hace un mes estuve aquí. No era esta celda ni era esta
cama, pero es como si fueran la misma celda y la misma cama. No hay nada más. Las pesadillas son iguales. El calor es el mismo. El sudor, la rabia, la culpa, el hedor; todo es igual, pero a la vez nada lo es. Y por primera vez quiero que lo sea. Ni siquiera me atrevo a pedirle a Dios que me saque de aquí o que me devuelva a mis felices quince años, cuando todo lo que sentía en mi interior eran mariposas en el estómago y el futuro se me antojaba un sueño. Solo quería crecer, escaparme. Quería envejecer junto a Hugo y formar una familia. Comprar un piso, estudiar, casarme, empezar a trabajar, ir a celebrar la Navidad a casa de mis padres. Así es como tenía que ser mi vida. Así es como la veía.
Ahora siento que pedir volver a la calle es un deseo
demasiado caprichoso. Por eso solo pido volver atrás. Un mes atrás, al menos. Tenía muchas cosas que no sabía que no quería perder.
A veces me obligo a mentirme. Me repito que es la misma
celda, que es la misma cama, que son las mismas marcas, el mismo tigre. Me digo a mí misma que me he equivocado: hay
cuatrocientos veintisiete cuadrados en las paredes, no cuatrocientos doce. Hay dieciocho losas en el suelo, no dieciséis. Hay una mancha de óxido en la cabecera de la cama, aunque no soy capaz de verla bien. Es eso.
Vuelvo a estar donde estuve al principio del todo y me
obligo a creer que he ido atrás en el tiempo. Que Gabi está cuidando a Beth en el módulo mientras yo cumplo mi castigo, que le cuenta todas esas historias de mujeres valientes que inventábamos juntas en el patio. Pensar que todo está como hace un mes me calma. Incluso me alegra estar encerrada, porque significa que Hugo se encuentra lejos, solo. Que le hice daño y que por eso estoy aquí. Y aunque una parte de mí se odia por ello, la otra se recuerda que le estoy devolviendo a cuentagotas todo el dolor que me ha provocado. Toda la vida que me ha quitado.
Todo está bien. Solo me están quitando tiempo, pero me
queda tiempo de sobra. Puedo mentirme y escribir que soy la Azahara de antes. Que no han jugado conmigo. Que no me han engañado. Que no me han usado como si fuera una muñeca hinchable, un juguete desechado. Que Beth está salvo, con Esme y con Gabi, y que volveré a estar con ella; juntas encontraremos una manera de celebrar su cumpleaños en la calle. Quizá Gabi se nos una; le queda poco tiempo aquí dentro. Igual que a su bebé.
Pero mientras escribo todo esto veo la quemadura de mi
brazo y recuerdo que el fuego no es lo único que me ha marcado.
Podría escribir que todo acaba bien. Convertir esta historia
en poesía. Pero eso no haría que fuera cierto.
Porque todo el dolor que he conocido nunca será poesía.
Las heridas nunca serán y nunca fueron bellas. Solo serán heridas.
Me interrumpieron las pisadas de unas botas al otro lado de la pared. La puerta de acero se abrió con estrépito. Entró un joven funcionario con el rostro afeitado como si fuera bebé. Debía de ser el sustituto de don Pedro.
Carraspeó antes de hablar y se colocó las manos sobre el cinturón.
—¿Azahara Rubio? —Asentí y me puse en pie—. Acompáñeme, por favor. Tiene una visita.
Arqueé una ceja.
—No…, no he dejado instancia para…
—Tiene derecho a una comunicación mensual y su allegado la solicitó hace una semana por usted —insistió—. Por favor, acompáñeme.
Quiso que su tono de voz sonara autoritario y seco, pero no pudo evitar que la lengua le temblara con la última sílaba. No me molesté en contestarle. Sabía que no me daría más información. Sabía que su «por favor» era una orden, y que si me negaba él no sería el único malparado. Llevaba por lo menos un mes en primer grado; no quería tener que pasar aquí el resto de mi condena.
¿Un mes ya? Quizás habían sido dos o quizá solo dos semanas. No quería contar el tiempo porque así podía engañarme y creer que no pasaba o que iba hacia atrás. A veces me consolaba pensar que solo podía sumar días, porque significaba que cada hora era una menos de condena. Una hora menos en aquel chabolo, alejada de todo y de todos. Pero a quién quería engañar: las cosas no mejorarían si me sacaban de allí porque no iban a sacarme. Tenía pocas probabilidades de ganar privilegios cuando los funcionarios solo entraban a verme para llevarme al patio de al lado.
—Señorita —insistió el funcionario, dando un paso a un lado para que caminara por delante de él.
Mis labios se curvaron en una sonrisa torcida; al menos ese día vería algo más que aquellos cuatrocientos doce cuadrados de la pared que parecían hechos con porcelana.
No, cuatrocientos doce no. Cuatrocientos veintisiete.
Cuatrocientos veintisiete.
Me tambaleé al recorrer los eternos pasillos que llevaban a comunicaciones, hasta el punto en el que el funcionario tuvo que sostenerme del brazo. Lo hacía con recelo, midiendo los centímetros de piel que tocaba, como si tuviera la peste.
Mi cabeza buscaba formas de distraerse. Intentaba amarrarse a cada detalle, acordarse de la sensación de poder dar más de cinco pasos seguidos hacia delante sin chocarse con una pared, para cuando volvieran a chaparme. Pensé en lo cómodo que sería fumar en un espacio tan amplio como aquel, donde el humo podía correr libre hasta el techo.
El funcionario se detuvo frente a la puerta que daba a comunicaciones. Echó un vistazo a la instancia que le habían pasado y corrió la puerta con un chirrido.
—Cabina siete —dijo.
En cuanto entré en la sala, me azotó el bramido de los internos; era como si las paredes estuvieran hechas de papel. El teléfono casi nunca funcionaba bien y allí a nadie parecían molestarles los gritos.
Oí el llanto de una niña y el corazón se me paralizó.
Beth.
¿Y si era ella? ¿Y si la encontraba al otro lado del cristal, con las manos sobre el cuello de él y los ojos llorosos?
Si era ella, sería Hugo quien la sostendría. La simple posibilidad de mi marido después de tanto tiempo hizo que me paralizara. El funcionario colocó una mano en mi espalda y me empujó para que avanzara. Yo no quería.
Beth era mi cielo; Hugo, mi infierno. No sabía qué sería de mí si me encontraba con los dos.
Pero en cuanto entré en la cabina, vi un rostro totalmente distinto.
Al principio me costó reconocerla. Estaba acostumbrada a verla sin maquillaje, con el pelo desarreglado y ojeras después de una noche de calor. Ahora tenía una fina línea negra contorneándole los ojos, que parecían todavía más grandes, las mejillas rosadas y el pelo suelto y con los tirabuzones dorados cayendo a ambos lados de su cara. Parecía que en un mes había crecido años.
Cuando entré, levantó la mirada hacia mí y deslizó los labios en una pequeña sonrisa. Me vino a la memoria la misma imagen que el día que la conocí: Leire era como una de las princesas de los cuentos de Beth, esas que escapaban de la torre por su cuenta.
Cogió el teléfono con ambas manos y se lo acercó al oído.
—Hola —saludo, algo cohibida.
—No esperaba verte.
La sonrisa se le congeló en los labios.
—Quería saber cómo estabas.
Reí con sorna. Todavía no me había mirado al espejo, pero no debía de tener buen aspecto.
—¿Cómo voy a estar?
Ella suspiró. Enseguida me arrepentí de mi respuesta; sonaba cansada, rencorosa. Pero Leire era la primera persona que se dignaba a visitarme en todo ese tiempo. Incluso mi voz sonaba distinta después de tantos días hablándole solo a la pared.
—No tenemos mucho tiempo, Aza —dijo ella—. Y tengo noticias que darte. Me hubiera gustado poder hacer más, de verdad, pero… —Suspiró—. No me dejaron tomar partido en todo el asunto del incendio. Silenciaron a los medios a los pocos días. No querían oír la verdad.
Arqueé una ceja.
—¿La verdad? ¿Qué verdad? ¿Que fuiste secuestrada por un grupo de criminales y que hicieron arder el área? Porque eso fue lo que pasó, Leire.
—Cuando hablaba de ti, me obligaban a callar. —Se mordió el labio inferior y bajó la mirada. Su voz se oía agrietada a través del teléfono y el cristal—. No querían escuchar que no todos los presos tuvieron algo que ver. No querían saber qué es lo que desató aquel motín, ¿entiendes? El nombre de tu amiga está prohibido. —Se refería a Gabi. El corazón se me detuvo por un instante después de tanto tiempo intentando mentirme y creyendo que ella aún me esperaba en el módulo. Por suerte, la voz de Leire volvió a anclarme al presente—: Hice todo lo que pude, te lo prometo. Don Pedro también.
Se tapó la boca con una mano; parecía que no pudiera evitar llorar.
—Eh, Leire, tranquila. —Mi voz hubiera sonado suave si no fuera porque tenía que alzar el volumen para hacerme oír por encima del barullo de las demás cabinas—. No llores. Estoy bien, ¿ves? Estoy bien. Estoy entera, eso es lo que importa.
—Y estás ahí. —Apuntó al cristal con el dedo índice, queriendo señalar en realidad la cárcel entera. Después de todo, eso era lo único que nos separaba ahora: una pared. Un cristal. Una condena—. Por un delito que no cometiste. No es justo.
—Leire, hay micrófonos.
—Digo la verdad.
Suspiré.
—No debes preocuparte por estas cosas, ¿vale? Sal, vive tu vida. Te lo mereces. El mundo no es justo, Leire, pero tú no tienes por qué pagarlo. Acuérdate cuando… —Empecé, pero no me atreví a continuar. Quizá ya la habían juzgado. Quizá por eso estaba ahí. Me quedé muda de golpe. Si no tuviera ese cristal, esa pared, esa condena, la abrazaría, le apartaría el tirabuzón de la cara, la invitaría a un café y reiríamos hasta que la historia solo fuera una anécdota—. Debes estar en la universidad ya, ¿no? ¿Qué haces aquí?
—Hoy es mi día libre.
—Las universitarias no pasan su día libre en la cárcel.
Ella sonrió y levantó la mirada.
—Te he dicho que traía buenas noticias.
—¿Lo de los medios era una buena noticia?
Leire sacudió la cabeza. Incluso entonces se le escapó una suave risa, como una niña pequeña en la mañana de Navidad. Cuando me miró, le brillaban los ojos.
—No, no. ¿Recuerdas lo que me dijiste antes del fuego? —Habíamos hablado de demasiadas cosas y me había esforzado en olvidar la mayoría—. Dijiste que, si pasaba algo, tenía que buscar una familia para Beth. Quiero que sepas que tu hija está a salvo.
Noté un nudo en la garganta. Apreté con más fuerza el teléfono contra mi oído, como si así pudiera asegurarme de que Leire no mentía. Ella continuó hablando:
—En cuanto me contaste la situación me puse a investigar para ver si podía ayudar en algo. Sabía que Hugo no había contactado contigo y me temí lo peor, pero… tus padres se hicieron cargo de ella desde el primer momento, Azahara. Fui a hablar con ellos. Les conté quién era, lo que habías vivido, lo que te estaba ocurriendo, lo que ellos no sabían. Me dijeron que habían ido a hablar con el juez en cuanto supieron que a los tres años Beth tendría que marcharse. Ellos ya sospechaban de Hugo. Además, los trabajadores sociales no vieron adecuado para la niña el ambiente por el que se movía tu marido. Ni las compañías ni el apartamento. O lo que queda de él; al parecer, la primera vez que fueron a visitarle les engañó.
—Suele hacerlo —dije como una autómata. Todavía estaba intentando retener las palabras de Leire, pero no me parecían reales.
—El caso es que el juez decidió que Beth estaría mejor en casa de sus abuelos. Ella estuvo en manos de los trabajadores sociales durante las semanas que tardaron en tomar la decisión, pero luego fue directa con tus padres.
Tragué saliva.
—¿Y ellos…? —Me mordí el labio. Era como si hubiera olvidado cómo hablar—. ¿Ellos la quieren…?
—¡Pues claro que sí! Azahara, son tus padres. Te quieren. Son humanos, se han equivocado en el pasado, pero te quieren y quieren lo mejor para ti. También para tu hija. Han luchado muchísimo para que esté con ellos.
—¿La viste?
El rostro de Leire se iluminó con una sonrisa, y supe al instante cuál sería su respuesta:
—Está preciosa. La vi muy bien, muy feliz. Tu madre le ha comprado ropa y juguetes nuevos. Tu padre estaba preparando rollitos de canela caseros para los tres. Todo está bien. Beth está bien. —Sentía que el corazón se me iba a desbocar—. Además, por lo que tengo entendido, ya están en lista de espera para venir a verte. Parece que todo el asunto de las comunicaciones va muy lento aquí…
Asentí, pero mi cabeza seguía dando vueltas a las palabras de Leire. Beth estaba bien. Beth estaba a salvo. Mis padres me habían perdonado, mis padres me querían, mis padres la iban a cuidar.
—Gracias —murmuré.
Me pareció que era una palabra demasiado pobre para expresar tanto.
—No me las des, merecías saberlo. Realmente no hice nada.
—Leire, has hecho muchísimo desde que pusiste un pie aquí dentro.
Ella se encogió de hombros, pero vi cómo se le ruborizaban las mejillas.
—Y aun así no ha cambiado nada, ¿verdad? Tú sigues aquí dentro, yo me iré. Me lo llevan advirtiendo desde el primer día, pero sigo sin verlo justo. Incluso si hubieras conducido tú ese coche… —Bajó la voz al recordar cómo le había advertido acerca de los micrófonos—: Incluso entonces, habrías pagado de sobra tu castigo. Y yo tengo que volver a clase y seguir mi vida como si nada, como si no hubiera visto lo que he visto, como si no me afectara. No es justo. Este mundo no es justo.
—Lo dices como si tuviera que serlo. —Mis labios se curvaron hasta formar una pequeña sonrisa—. Aunque te entiendo: es bonito pensar que, si hacemos cosas buenas, recibiremos cosas buenas. O que, si aguantamos durante los tiempos malos, recibiremos alguna recompensa al final. Pero tenemos que aceptar que el mundo no funciona así. Aunque puede ser algo bueno. —Ella levantó la mirada, curiosa—. Puede ser liberador. Significa que quizá nunca te recompensarán por las buenas acciones, sí; pero también que, sin importar cuánto hayas sufrido en el pasado, no estás condenado a seguir sufriendo. He tenido mucho tiempo para pensarlo.
Leire parpadeó al escucharme.
Incluso a mí me sorprendieron mis propias palabras. Era como si las hubiera dicho otra persona, como si alguien hubiera tomado las riendas de mi voz y hubiera hablado a través de mis labios. Como si Leire hubiera despertado a una Azahara fuerte, a una Azahara con ganas de volver a vivir.
Quizás ahí fue donde todo cambió. Ahí fue donde decidí que la próxima vez que viese a Hugo sería para decirle que no volvería a ser suya, que nunca lo fui. Que aceptaría el abrazo de mis padres y el nuevo futuro que me tendían. Que, por una vez, lucharía por mí primero.
Quizás en aquel momento empecé a creer mis palabras. Dejé de buscar un mundo justo y empecé a vivir una vida con esperanza.
Habían silenciado la verdad de Leire, pero nadie iba a silenciar la mía.