Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 4 de 68

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Presas

Capítulo 4. Azahara

Azahara

 

 

No sé cuántos días pasé en la celda de aislamiento. Había contado los amaneceres, pero el número no coincidía con las bandejas sucias que se acumulaban en una esquina de la habitación. Las sábanas que había utilizado para limpiar seguían empapadas y arrugadas en el suelo. Me pasaba las horas escribiendo cartas invisibles en mi cabeza. Cartas a Gabi y a Esmeralda. Cartas a Hugo. Cartas a Dios. Pero sobre todo, cartas a Beth.

Sobrevivo por ti, nos protejo por ti. Todo esto es por ti. Aguantaré por ti.

El sudor hacía que el flequillo se me pegara a la frente y llevaba tanto tiempo sin fumar que sentía que iba a estallarme la cabeza. Me había hecho heridas en los labios de tanto morderlos y las costras de mis nudillos no dejaban de sangrar; había intentado hacerme oír, pero para los funcionarios no era más que una sombra.

Me estremecí en cuanto abrieron la puerta de la celda, como un perro que sabe que van a zurrarle. Esperé con los ojos cerrados la sacudida del funcionario que me obligaría a erguirme. En su lugar, un carraspeo me hizo levantar la cabeza.

Don Pedro me esperaba en el umbral de la puerta, jugando con las llaves en una mano y pasando el peso de su cuerpo de una pierna a otra. Ver cómo me miraba casi me hizo llorar.

—Don Pedro —murmuré. Mi voz me sonó extraña, ronca—. Es… ¿Toca ya patio? Juraría que…

Él no me dejó hablar:

—Hora de volver al módulo, Azahara.

Me puse de pie con dificultad, tambaleante. Parecía que las paredes de la celda se encogían cada día un poco más.

—¿Es en serio? —Tuve que sujetarme al marco de la puerta para mantenerme erguida. Don Pedro asintió.

—Venga, sal. La niña se muere por verte y no creo que me perdone si llegamos dos minutos tarde.

Casi consiguió arrancarme una sonrisa. Casi.

 

Estaba tan mareada que tuve que apoyarme en el hombro de don Pedro para no caer, a pesar de los carraspeos y las miradas asesinas que lanzaron los funcionarios al otro lado de la garita. Llevaba tanto tiempo sin ser capaz de dar más de cuatro pasos hacia delante que ahora los pasillos de la cárcel me parecían laberintos. El blanco de las paredes era más potente y el contraste con los colores de los barrotes y los dibujos de las paredes me aturdía. Era demasiado color, demasiada luz. No lo recordaba tan intenso.

Don Pedro no dijo nada mientras me acompañaba de vuelta al módulo. Saludó a los funcionarios que nos cruzábamos con una inclinación de la cabeza y abrió las puertas del módulo 22 sin mirarme. Ahí dentro hacía todavía más calor.

Echó un vistazo a su reloj de muñeca.

—Justo a la hora del patio. ¿Estás bien, Azahara? —Qué ironía de pregunta. A veces me costaba creer que las palabras de don Pedro fueran sinceras—. ¿Quieres que llame a Patricia para que compres algo en el economato?

—Solo quiero ver a Beth.

El sol de la tarde llenaba el patio; no había ni una sola esquina con sombra. Los muros de hormigón que nos rodeaban solo aumentaban la sensación de estar atrapadas en el interior de un horno. Un horno con columpios y toboganes, con un par de motos de plástico desperdigadas y el suelo acolchado con piezas de puzle de gomaespuma. En el centro, tirándose por la curva del tobogán sujeta a la mano de Gabi, Beth reía; su risa fue todo lo que necesité para que se rompieran los muros que yo misma había levantado en la celda. Los que me hacían sentir inhumana, vacía, rota. Los que hacían que pasara las horas deseando sentir algo. Con Beth, cada momento era vida.

Llegó al suelo despacio, con cuidado de no caerse de culo. Gabi se agachó para ayudarla a levantarse, sujetando su vientre con una mano. Entonces Beth me vio y, con la sonrisa intacta, alzó la cabecita y se apartó el pelo que le caía por la frente. Las dos diminutas coletas que llevaba se le deshicieron en cuanto trotó en mi dirección. Sus ojitos se achinaron y su sonrisa se agrandó. Extendió los brazos como si pudiera abrazar al mundo.

—¡Mami!

No supe de dónde saqué las fuerzas para ir hacia ella. Me puse de cuclillas frente al tobogán y dejé que me abrazara, que hundiera su pequeño cuerpo en mi pecho y se agarrara a mí como si quisiera llegar hasta mi corazón. Ella no lloraba, solo reía. Siempre reía. Cuando no miraba, me aparté las lágrimas para evitar preguntas.

—Hola, mi amor. —Tragué saliva y la apreté más contra mí. Cuando se separó, tenía las mejillas todavía más coloradas—. Te he echado mucho de menos.

Cogí su carita entre mis manos, como si quisiera asegurarme de que mi pequeña seguía siendo la niña que había dejado atrás antes de que me encerraran. La misma piel morena, los mismos rizos castaños y los mismos ojos ámbar que parecían el reflejo de los míos. Esmeralda le había prestado una de sus camisas de tirantes, que ahora arrastraba por el suelo como si fuera un vestido. Iba descalza, como siempre, con las manos y los pies llenos de polvo. Apreté los labios al ver un pequeño moratón en su rodilla.

—¿Y eso, Beth? ¿Te has hecho pupa?

Ella parpadeó y miró hacia abajo. Se metió una mano en la boca mientras señalaba el parque con la otra.

—La niña, que no se está quieta ni un segundo. Igualita que tú, nena.

Giré la cabeza al oír la voz de Esme, que estaba sentada en una esquina del patio con Toni aupado junto a su cadera. Madre e hijo lucían ese moreno que solo se gana al pasar horas al sol con la ropa pegada a la piel, incapaz de refugiarte. La gitana se puso en pie y dejó al niño en el suelo antes de acercarse a mí, moviendo las caderas con las manos en jarras y una de esas sonrisas que nunca pensé que encontraría en la cárcel.

Fui directa a abrazarla. Hundí la cara en su melena.

—Muchísimas gracias por cuidar de la niña, Esme —murmuré. Solo cuando se separó para cogerme de los codos me di cuenta del cansancio que arrastraba—. Dime cuánto te debo. Tengo un par de cajas de tabaco en el chabolo, unos zumos o…

Ella le quitó importancia con un movimiento de la mano.

—Venga, amor, no me vengas con tonterías. Tú habrías hecho lo mismo por mi niño. Además, la preñá me ha echado una mano.

Gabi se unió a nosotras y me pasó un brazo por detrás de la espalda. Se encogió de hombros.

—Así cojo práctica.

Sentí un nudo en la garganta al verlas a las dos a mi vera, con Beth abrazándome los talones y el pequeño Toni cantando y riendo a nuestro alrededor. Todo estaba igual que antes, como si el tiempo no hubiera pasado. Los días en el módulo solían ser así: bucles, repeticiones, rutinas. Pero una parte de mí temía que al volver nada fuera igual. Que Gabi hubiera parido, aunque aún le quedaran un par de meses para salir de cuentas, y en enfermería no hubieran sido capaces de llevarla al hospital a tiempo.

Conocía el miedo de ser madre joven, de verse en un cuerpo demasiado pequeño y débil como para dar vida. El día que Gabi llegó, perdida y sola, le prometí que, si nos lo permitían, estaría cogiéndole de la mano en todo momento. Ni siquiera el padre del niño tendría ese honor. Y Gabi tampoco quería dárselo.

También temía volver al módulo y que Esme se hubiera olvidado de mí, que hubiera decidido que a sus cuarenta y pico años ya era suficiente con cuidar a un crío como para encargarse también de mi hija. Pero, sobre todo, temía volver y que Beth hubiera crecido. Pronto cumpliría los tres años y mi mente se debatía entre querer que pasara el tiempo para acabar con la condena y querer detenerlo para mantenerla a mi lado.

—Eso sí, bonita —dijo Esme mientras me daba una palmada en el brazo —, haznos un favor a todas y no vuelvas a hacer la tontería que te llevó a aislamiento, ¿me oyes? ¿Se puede saber qué se te pasó por la cabeza?

Los recuerdos de aquel vis a vis estaban cada vez más difuminados, como si la rabia y el dolor los hubiera deformado.

—Era… Es Hugo. —Dejé caer los hombros, cansada. Gabi me acarició la espalda.

—Eso ya lo sabíamos. Pero las compis ya estaban diciendo que lo habías matado y que te iban a caer por lo menos diez tacos más.

—Por Dios, no.

—Ya, pero lo harías si tuvieras la oportunidad, ¿o no? —espetó Esmeralda. Adoptaba muy bien el papel de madre del grupo, cuando quería. Después de cinco hijos, experiencia le sobraba—. Te recuerdo que fuiste tú quien aceptó ese vis a vis con él.

—Y parecías bastante ilusionada, de hecho —comentó Gabi.

—¿Y bien? —inquirió Esme—. ¿Qué coño pasó ahí dentro para que te llevaran a aislamiento? Nos diste un susto de muerte, nena.

Abrí la boca para contestar, pero no encontré ninguna respuesta sincera. No lo sabía. Mi relación con Hugo se basaba siempre en impulsos, en ver quién podía más, quién aguantaba más. Quién quería más, quién dominaba más.

Quizás aquella tarde quise demostrarle que yo también podía dar más de mí. Quizá llevaba con las manos en el gatillo demasiado tiempo y no me atrevía a apretarlo. Quizá tenía miedo. Quizá creía que era un sueño más.

No lo sabía.

Me encogí de hombros. Esmeralda resopló y puso los ojos en blanco, pero no insistió. En el fondo ella también sabía que allí no había secretos, que los rumores corrían todavía más rápido que en la calle, hasta que llegaba un punto en el que no sabías qué era mentira y qué era verdad. Tampoco importaba. Por eso a veces lo mejor era guardar silencio.

—Has tenido suerte, Azahara. —Gabi, Esme y yo nos giramos a la vez hacia la entrada del patio, desde donde don Pedro nos miraba con los brazos cruzados—. Un parte más y podrías despedirte de la escuela de verano. Esta tarde pasarán la lista para apuntarse.

El rostro de Gabi se iluminó como una vela.

—Dios, por fin.

—¿Escuela de verano? —pregunté.

—Unos voluntarios vienen durante el mes a hacer actividades con nosotros, fuera del módulo —contestó Gabi—. El año pasado hasta hicieron una guerra de agua una tarde. Tú estabas, ¿verdad, Esme? Tuvo que ser una pasada.

Por la mueca que hizo don Pedro, supuse que a los funcionarios no les hizo tanta gracia.

—Tú estabas todavía en preventivos —añadió, mirándome—. Ahora tienes la oportunidad de apuntarte, de modo que ya sabes: ni un solo parte más.

—Vamos, don Pedro, si sabe que Azahara es un trocito de pan. —Esme me pellizcó la mejilla como si fuera una niña pequeña—. Y este verano no pienso dejar que os quedéis chapadas en el chabolo, así que más os vale ser buenas, ¿eh?

—Habló la reina del patio —dijo Gabi, poniendo los ojos en blanco. Esme soltó una carcajada.

«No harías daño ni a una mosca —la voz de Hugo retumbó en mi cabeza, intrusa—. No te atreverías. Eres demasiado buena, Azahara. Demasiado buena. Demasiado frágil. Demasiado débil. Yo me encargaré de todo».

La mano de Beth, que estiraba mi camisa, hizo que volviera a la realidad. Me miraba desde abajo, con el rostro acalorado y el pelo revuelto. Señaló el tobogán.

—Ahora voy, cariño.

Eché una última mirada a don Pedro antes de coger la manita de Beth. A pesar de la culpa y del cansancio, tenía que recordar que luchaba por ella. Que todo lo que hacía era por ella. No podía arriesgarme a volver a la celda de aislamiento. No me permitiría pasar ni un solo día lejos de mi niña.

La cuenta atrás ya era suficiente castigo.

—Seremos buenas, don Pedro. Prometido.