Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 16 de 68

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Presas

Capítulo 16. Leire

Leire

 

«Huye».

Era lo que se leía en la pintura de Azahara. Pero también lo que había hecho eco en mi mente desde que crucé las puertas de la cárcel. Fue lo que oí aquella noche, lo que seguí oyendo cuando llegué a casa y hundí el rostro en la almohada, lo que Helena no dejó de repetir al otro lado del teléfono. Lo que mi madre hizo, para no cargar con el dolor de las dos.

«Huye».

Por eso, cuando acabó el último taller, hice todo lo contrario.

Miré a los internos a través de las ventanas sin cristal. Se acercaba una tormenta de verano y las primeras gotas de lluvia caían y se colaban en el interior de las aulas. En Ordana, la gente se habría cubierto la cabeza y habría echado a correr a sus casas. Aquí, los presos se deshacían de la ropa y volvían las manos al cielo.

—¡Vamos, chicos, hora de comer! —En el patio, Alicia empezó a guiar a los internos a sus módulos. En el aula, Juanjo hizo lo mismo.

—Hoy me encargo yo de recoger, Juanjo —le dije, observando los lápices desparramados por el suelo—. Nos vemos en el comedor, ¿vale?

—Leire, no hace falta que…

Le chisté para que callara.

—Nada de excusas. Llevas toda la mañana con la guitarra y yo llevo toda la semana escaqueándome de recoger, así que no hay más que hablar. Hoy me quedo yo.

Puso los ojos en blanco y acompañó al gesto con una sonrisa.

—Como quieras… —Dejó caer los hombros; se notaba a la legua que estaba demasiado cansado para rebatir nada—. ¿Sabes llegar al módulo 22?

Asentí.

Quizá luego mi sentido de la orientación fallara, pero habría valido la pena. Necesitaba un rato a solas con la prisión, no solo en la prisión. Un momento de calma entre los papeles rotos y los dibujos abandonados de los presos para intentar leer entre líneas lo que sentían.

Necesitaba pasar más tiempo entre los muros para dejar de tenerles miedo. Igual que tuve que hablar más para no quedarme sin voz. Tuve que bailar con lágrimas en los ojos y heridas en los pies para que el escenario dejara de asustarme.

Pero mi soledad no duró mucho.

Unos minutos después de que Juanjo se marchara, oí el sonido del metal tintineando contra el suelo al otro lado de la puerta. Hubiera sospechado del cura si no fuera por el taco que le siguió. Vi cómo Azahara se inclinaba para recoger las latas que se habían caído al suelo.

—Perdón —murmuró sin mirarme. Empezó a acumular las latas en su regazo. Una de ellas se había abierto y el refresco burbujeaba en un charco justo enfrente.

—¿No deberías estar en el módulo? —pregunté, y me agaché para ayudarla.

Ella quiso sonreír, pero se detuvo.

—Siempre que nos encontramos me preguntas lo mismo.

—Pero nunca respondes.

Suspiró y se puso en pie, casi haciendo malabares con su carga.

—Instinto de supervivencia —contestó. Estiró la mano para coger el refresco que le tendía.

—¿De dónde ha salido esto?

—Del economato —contestó como si fuera lo más obvio del mundo.

—¿Y por qué estás…?

—Les debía un almuerzo a mis compañeras y he pedido refrescos, pero el ordenanza no ha llegado hasta hace cinco minutos. ¿Alguna pregunta más?

Las mejillas me ardieron de vergüenza ante su última pregunta, a pesar de la delicadeza con la que la había hecho. Como si una parte de ella quisiera escapar, pero la otra me temiera. Igual que en clase, cuando la encontré dibujando. Azahara tenía la misma coraza que los demás internos, pero la suya tenía grietas.

Lo peor era que me quedaban muchos interrogantes que quería formularle —«¿quién es el ordenanza? ¿Por qué no ha llegado lo que has pedido en el descanso?»—, pero igual que ella se ponía una máscara, yo tenía que ponerme una armadura. No podía mostrarme insegura. En la parroquia nos habían advertido por activa y por pasiva que no confiáramos en los presos, que en cualquier momento podrían rebotarse.

Viendo a Azahara, encogida como si viviera en un escalofrío constante, costaba creerlo.

—Ven, deja que te eche una mano —me ofreció mientras cogía una lata que se tambaleaba por encima de las demás—. Así se te volverán a caer. ¿No puedes llevarlas con el carro?

—No tengo permiso.

—Sigo sin entender cómo funciona todo eso de los permisos…

—Tampoco es que necesites saberlo.

Mis labios se entreabrieron para contestar, como activados por un resorte, pero los sellé antes de que mi curiosidad me delatara. No sabía quién era Azahara realmente. No sabía si lo decía con indiferencia o si la media sonrisa que se había atrevido a lucir era condescendiente. No lo parecía.

Pero no era nadie para hablar de apariencias. No en la cárcel.

No, no sabía quién era Azahara todavía. Había algo en ella que me empujaba a seguir conociéndola; quizá eran los moratones en sus rodillas, como los de una niña, la forma en la que parecía esconder cada sonrisa, como si se la hubieran prohibido durante demasiado tiempo, o la madurez y el cansancio de sus ojos, que parecían gritar que cada año vivido le había sumado una piedra a la espalda. O una cadena. O un grillete.

Azahara me recordaba demasiado a Ana.

Y tenía que encontrarla.

—¿Te importa si te acompaño al módulo? —pregunté sin esperar una respuesta. Ella se encogió de hombros—. Así evitamos que se vuelvan a caer los refrescos. Y oye, al menos están fresquitos. —Reí, pero intenté camuflar la risa en una tos al darme cuenta de que ella no contestaba—. ¿Siempre hace este calor?

—No. A veces es invierno.

«Bravo, Leire».

Sentí que mi rostro enrojecía por segundos, así que oculté mis mejillas bajo los tirabuzones y agaché la cabeza. Me pareció ver una sonrisa de reojo. Quizás, en otra situación, Azahara me hubiera dado un suave codazo. Y quizás yo me hubiera reído en lugar de llevarme los refrescos al pecho como si ellos pudieran esconderme.

Quizá toda esta conversación hubiera sido distinta si nos rodeáramos de parques en lugar de concertinas. Pero Azahara y yo seguiríamos siendo las mismas.

Tenía que dejar de tenerle miedo.

—No creo que sea mucho mejor entonces —dije después de un suave carraspeo. Azahara arrugó la nariz.

—Mucha humedad, poca ropa y ninguna calefacción. Te puedes hacer a la idea. Aunque me gusta más el invierno, la verdad. Es más fácil protegerse del frío que del calor. Y en Nochebuena tenemos una comida especial. —Ella también miraba al suelo, y en esa ocasión no escondió la sonrisa.

Sin embargo, desapareció en cuanto oímos los pasos de un funcionario cruzando el pasillo. El hombre bigotudo que nos recibió el primer día, don Francisco, venía directo a nosotras. Azahara se puso tensa y apartó la vista, sin detenerse. Yo le saludé con una inclinación de cabeza y seguí adelante, dejando que nos diera la espalda.

Nos cruzamos sin decir nada.

Sentí sus ojos en nuestra nuca hasta que torcimos la esquina.

¿Era así siempre?

—¿Cómo es la vida aquí dentro? —pregunté en un susurro, tan suave que pensé que Azahara no me había escuchado.

Pero lo hizo, porque se encogió de golpe como si le hubiera lanzado un jarro de agua fría. Echó un vistazo atrás antes de contestar.

—¿Preguntas por cortesía o por morbo?

Si ella supiera…

—Pregunto para entenderos. Para no quedarme con lo que cuentan en las noticias y escucharte a ti. Yo… No sé, simplemente me interesa saberlo.

Azahara me dedicó la sonrisa más vacía y triste que había visto en mucho tiempo. Aupó los refrescos en su pecho y ralentizó su paso, atenta al eco de las botas de don Francisco en la lejanía.

—Levantarse, arreglar la celda, bajar a desayunar, salir al patio hasta la hora de comer, regresar a la celda dos horas más y, por la tarde, otra vez al patio hasta la hora de cenar. Después de vuelta al chabolo. Y ya.

Fruncí los labios.

—No me refería exactamente a eso.

Eso ya lo sabía. Eso lo sabía todo el que hacía una búsqueda rápida en Internet. Eso no me acercaba a lo que sentía una persona cuando le quitaban la libertad de decidir, cuando sus días se repetían en un bucle infinito como había descrito Azahara. Cuando dejabas de creer en la gente.

Ella también lo sabía.

Suspiró antes de volver a hablar:

—¿Quieres saber la verdad? —Por Dios, sí. Por eso estaba ahí. Por eso, por Ana, por mí…—. La verdad es que no me había parado a pensarlo hasta que me lo has preguntado. Quiero decir, sé cómo es vivir aquí, pero no sé… No sabría explicártelo. No podría. Precisamente porque no quiero empezar a ser consciente de lo diferente que es mi vida aquí de mi vida en la calle. Si no lo piensas, duele menos.

—Si duele y lo ignoras, duele más.

—No estoy ignorando nada.

—¿No estás fingiendo? —Como me dijeron que haría; como se suponía que hacía cada preso que nos sonreía, cada preso que nos cedía el paso, cada preso que nos contaba su historia. Se suponía.

—¿No finges tú?

Fue como una estocada directa al corazón.

«Farsante».

—Es que el día… El primer día, antes de que pasara lo de Sonia, me fijé mucho en… ¿Marina, se llamaba? La chica con el pelo por los hombros, la del flequillo.

Azahara tensó la mandíbula.

—Sí, Marina. ¿Qué pasa con ella?

—Me preguntaba si todos aquí eran como ella. Si preferían fingir que no estaban heridos a perdonarse o admitir la culpa. Ella lo hace a través de los insultos, incluso del tabaco. Se ve desde lejos. Esa falsa sensación de superioridad es su medicina, igual que la de Sonia son esas…, esas pastillas. Hacen que todo esté bajo control, que te olvides de lo que está pasando. Pero para Marina esa rabia no es más que veneno. Tiene que encontrar otra manera de sanar la herida. —Azahara no dijo nada y temí haber utilizado las palabras equivocadas. Hinché el pecho y, consciente de la cercanía del módulo 22, seguí hablando—. Yo también hui aquel día al marcharme de la clase. La única valiente fue Sonia. Es la única que no trata su dolor como si fuera una tontería. Cuando uno ve que sus heridas son reales, entonces puede empezar a curarlas.

Azahara se detuvo frente a la puerta del módulo con las manos firmes alrededor de las latas. Solo me fijé en los funcionarios al seguir la dirección de su mirada; nos observaban desde detrás del enorme portón de hierro y cristal.

—Si lo que te preguntas es si aquí dentro todos están heridos —dijo Azahara, cautelosa—, en la calle obtendrás la misma respuesta.

Cogió los refrescos que le faltaban y esperó a que las puertas se abrieran antes de despedirse con una pequeña sonrisa. Reconocí a mis compañeros al fondo del vestíbulo, que esperaban nuestro turno para comer.

Azahara ni siquiera se atrevió a mirarlos.

Igual que yo tampoco tuve el valor de girarme hacia el patio, donde el resto de las presas se hacinaban, sentadas unas sobre otras, con las manos llenas de tabaco, cartas o niños. Ninguna era ella.

Azahara tenía razón. Al final, no éramos tan distintos como nos habían hecho creer.